domingo, 13 de febrero de 2022

Cambio de mentalidad

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados".
Desde el comienzo de su predicación, Jesús, no quiso dejarnos sin saber a qué nos comprometíamos y qué significaría seguirlo. Lo primero que nos dijo fue: “quien quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, cargue con su cruz de cada día y sígame. Una condición sin la cual no podemos seguir a Jesús, y, a partir de ahí, podemos comenzar a comprender todas las cosas que seguirán.
Las Bienaventuranzas no se pueden llegar a comprender si no hacemos un cambio de mentalidad, pues no podemos entenderlas desde una mentalidad mundana y materialista como la que tenemos en este siglo XXI, ni tampoco desde una lectura literal de cada bienaventuranza. ¿Por qué? Porque Jesús no busca ni nuestra tristeza, ni nuestra desgracia, ni nuestra muerte, sino todo lo contrario. Es por ello por lo que nos ha pedido negarnos a nosotros mismos para comprender lo demás.
La pobreza a la que nos invita el Señor, y la que nos dice que nos va a traer la bienaventuranza no es la pobreza material, sino la espiritual, pues la pobreza espiritual es la que nos hace descubrirnos pequeños y sin medios suficientes para alcanzar la santidad a la que nos llama el Padre de los cielos. Tampoco es que nos pida que confiemos sin mostrarnos Quién es Él, sino que nos da razones para poder confiar y esperar, nos da razones para que, con la Gracia del Espíritu, nos hagamos fuertes en nuestra pequeñez y dejemos así actuar al Padre en nuestras vidas, pues Él mismo, Jesús, “aprendió, por medio del sufrimiento, a obedecer”, y supo que, aceptando la Voluntad del Padre, era el único Camino para llegar a la Resurrección.
Así, cuando nosotros confiamos y creemos en su Palabra, podemos, también, aunque con dolor, aceptar desde el Amor y la obediencia, la Voluntad de Dios para alcanzar las Bienaventuranzas que Jesús ha proclamado. Pero si no partimos de lo primero, no vamos a alcanzar lo último: llegar a Su Reino.


 

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