De las Cartas de san Juan Bosco, presbítero
Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos
inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene ante todo que nunca
olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes
trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal,
y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.
¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido
ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar,
amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia
y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos,
soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.
Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad
que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los
encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.
Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de
vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la
cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo
para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.
Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna
autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para
obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso
apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para
servirlos mejor. Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que
era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco
fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una
amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de
escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la
esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto nos mandó que fuésemos mansos
y humildes de corazón.
Son hijos nuestros, y por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer
toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos
extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las
palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el
futuro, como conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de
la corrección y enmienda de sus hijos.
En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un
torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que
sirvan de provecho alguno a los culpables.
lunes, 31 de enero de 2022
Trabajar con amor
domingo, 30 de enero de 2022
El hijo de José.
sábado, 29 de enero de 2022
No juzgues y no serás juzgado
viernes, 28 de enero de 2022
La Cruz ejemplo de virtudes
De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero
¿Era necesario que el Hijo de Dios padeciera por nosotros? Lo era, ciertamente, y por dos razones fáciles de deducir:
la una, para remediar nuestros pecados; la otra, para darnos ejemplo de cómo hemos de obrar.
Para remediar nuestros pecados, en efecto, porque en la pasión de
Cristo encontramos el remedio contra todos los males que nos sobrevienen
a causa del pecado.
La segunda razón tiene también su importancia, ya que la pasión de
Cristo basta para servir de guía y modelo a toda nuestra vida. Pues todo
aquel que quiera llevar una vida
perfecta no necesita hacer otra cosa que despreciar lo que Cristo
despreció en la cruz y apetecer lo que Cristo apeteció. En la cruz
hallamos el ejemplo de todas las virtudes.
Si buscas un ejemplo de amor: Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos. Esto es lo que hizo Cristo en la cruz. Y por esto, si él entregó su vida por
nosotros, no debemos considerar gravoso cualquier mal que tengamos que sufrir por él.
Si buscas un ejemplo de paciencia, encontrarás el mejor de ellos en
la cruz. Dos cosas son las que nos dan la medida de la paciencia: sufrir
pacientemente grandes males, o sufrir,
sin rehuirlos, unos males que podrían evitarse. Ahora bien, Cristo, en
la cruz, sufrió grandes males y los soportó pacientemente, ya que en su pasión no profería amenazas; como cordero llevado
al matadero, enmudecía y no abría la boca. Grande fue la paciencia de Cristo en la cruz: corramos
también nosotros con firmeza y constancia la carrera para nosotros
preparada. Llevemos los
ojos fijos en Jesús, caudillo y consumador de la fe, quien, para ganar
el gozo que se le ofrecía, sufrió con toda constancia la cruz, pasando
por encima de su ignominia.
Si buscas un ejemplo de humildad, mira al crucificado: él, que era
Dios, quiso ser juzgado bajo el poder de Poncio Pilato y morir.
Si buscas un ejemplo de obediencia, imita a aquel que se hizo obediente al Padre hasta la muerte: Como por la desobediencia de un solo hombre -es decir, de Adán- todos los
demás quedaron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos quedarán constituidos justos.
Si buscas un ejemplo de desprecio de las cosas terrenales, imita a aquel que es Rey de reyes y Señor de señores, en el cual están escondidos todos los tesoros de la sabiduría
y de la ciencia, desnudo en la cruz, burlado, escupido, flagelado, coronado de espinas, a quien, finalmente, dieron a beber hiel y vinagre.
No te aficiones a los vestidos y riquezas, ya que se reparten mi ropa; ni a los honores, ya que él experimentó las burlas y azotes; ni a las dignidades, ya que,
entretejiendo una corona de espinas, la pusieron sobre mi cabeza; ni a los placeres, ya que para mi sed me dieron vinagre.
jueves, 27 de enero de 2022
Medir con la vara de Dios
miércoles, 26 de enero de 2022
Obreros de la mies
martes, 25 de enero de 2022
Conversión continua...
lunes, 24 de enero de 2022
Cristo está presente en su Iglesia
De la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, del
Concilio Vaticano segundo
Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción litúrgica.
Está presente en el sacrificio de la misa, tanto en la persona del ministro,
ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que entonces se
ofreció en la cruz, como sobre todo bajo las especies eucarísticas. Está
presente con su fuerza en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza es
Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en la
Iglesia la sagrada Escritura es él quien habla. Está presente, por último,
cuando la Iglesia suplica y canta salmos, pues él mismo prometió: Donde dos o
tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.
En verdad, en esta obra tan grande, por la que Dios es perfectamente glorificado
y los hombres santificados, Cristo asocia siempre consigo a su amadísima esposa
la Iglesia, que invoca a su Señor y por él tributa culto al Padre eterno.
Con razón, pues, se considera a la liturgia como el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y realizan, cada uno a su
manera, la santificación del hombre; y así el cuerpo místico de Jesucristo, es
decir, la cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y
de su cuerpo, que es la Iglesia, es la acción sagrada por excelencia, cuya
eficacia no es igualada, con el mismo título y en el mismo grado, por ninguna
otra acción de la Iglesia.
En la liturgia terrena participamos, pregustándola, de aquella liturgia celestial
que se celebra en la ciudad santa de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como
peregrinos, y donde Cristo, ministro del santuario y de la verdadera Tienda de Reunión,
está sentado a la diestra de Dios; con todos los coros celestiales, cantamos en la
liturgia el himno de la gloria del Señor; veneramos la memoria de los santos,
esperando ser admitidos en su asamblea; esperamos que venga como salvador Cristo Jesús,
el Señor, hasta que se manifieste él, que es nuestra vida, y nos manifestemos también
nosotros con él, revestidos de gloria.
La Iglesia, por una tradición apostólica que se remonta al mismo día de la
resurrección de Cristo, celebra el misterio pascual cada ocho días, en el día
que es llamado con razón día del Señor o domingo. En este día, los fieles deben
reunirse a fin de que, escuchando la palabra de Dios y participando en la
eucaristía, celebren el memorial de la pasión, resurrección y gloria del Señor
Jesús, y den gracias a Dios que, por la resurrección de
Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza
viva. Por esto, el domingo es
la fiesta primordial, que debe inculcarse a la piedad de los fieles, de modo
que sea también día de alegría y de liberación del trabajo. No deben
anteponérsele otras solemnidades, a no ser que sean realmente de suma
importancia, puesto que el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año
litúrgico.
domingo, 23 de enero de 2022
Investigar antes de hablar
sábado, 22 de enero de 2022
Venció por el que había vencido
viernes, 21 de enero de 2022
Estaba madura para la victoria
Del Tratado de san Ambrosio, obispo, Sobre las vírgenes
Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen,
imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el
sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió
mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la
crueldad que no se detuvo ni ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza
que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.
¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y,
con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue
ella capaz de vencer a la espada. Yeso que a esta edad las niñas no pueden
soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pican
con una aguja se ponen a llorar como si se tratara de una herida.
Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo,
inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su
cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte,
pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico,
entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega
hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del
Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero
sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.
¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser
condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba
difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo
posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la
alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de
su suerte. adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada
no de flores, sino de virtudes.
Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que con
tanta generosidad entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar,
como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya
testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí
misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era
incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la
naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla
con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo:
«Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta
otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para
asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero.»
Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo
temblaba el verdugo, como si fuese él el condenado; cómo temblaba su diestra al
ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a
esa niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un
doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la
gloria del martirio.
jueves, 20 de enero de 2022
Vive para interceder por nosotros
De las Cartas de san Fulgencio de Ruspe, obispo
Fijaos que en la conclusión de las oraciones decimos: «Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo»;
en cambio, nunca decimos: «Por el Espíritu Santo.» Esta práctica universal de la Iglesia tiene
su explicación en aquel misterio, según el cual, el mediador entre Dios y los hombres
es Cristo Jesús, hombre también él, sacerdote eterno según el rito de Melquisedec, que entró
de una vez para siempre con su propia sangre en el santuario, pero no en un santuario hecho por
mano de hombre y figura del venidero, sino en el mismo cielo, donde está a la derecha de Dios e
intercede por nosotros.
Teniendo ante sus ojos este oficio sacerdotal de Cristo, dice el Apóstol: Por
medio de él ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza, es decir,
el tributo de los labios que van bendiciendo su nombre. Por él,
pues, ofrecemos el sacrificio de nuestra alabanza y oración, ya que por su
muerte fuimos reconciliados cuando éramos todavía enemigos. Por él, que se dignó
hacerse sacrificio por nosotros, puede nuestro sacrificio ser agradable en la
presencia de Dios. Por esto nos exhorta san
Pedro: También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del
templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios
espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Por este motivo decimos a
Dios Padre: «Por nuestro Señor Jesucristo.»
Al referirnos al sacerdocio de Cristo, necesariamente hacemos alusión al
misterio de su encarnación, en el cual el Hijo de Dios, a pesar de su condición
divina, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, según la cual se
rebajó hasta someterse incluso a la muerte; es decir, fue hecho un poco inferior
a los ángeles, conservando no obstante su divinidad igual al Padre. El Hijo fue
hecho un poco inferior a los ángeles en cuanto que, permaneciendo igual al
Padre, se dignó hacerse como un hombre cualquiera. Se abajó cuando se anonadó a
sí mismo y tomó la condición de esclavo. Más aún, el abajarse de Cristo es el
total anonadamiento, que no otra cosa fue el tomar la condición de esclavo.
Cristo, por tanto, permaneciendo en su condición divina, en su condición de Hijo
único de Dios, según la cual le ofrecemos el sacrificio igual que al Padre, al
tomar la condición de esclavo fue constituido sacerdote, para que, por medio de
él, pudiéramos ofrecer la hostia viva, santa, grata a Dios. Nosotros no hubiéramos
podido ofrecer nuestro sacrificio a Dios si Cristo no se hubiese hecho sacrificio
por nosotros: en él nuestra propia raza humana es un verdadero y saludable
sacrificio. En efecto, cuando precisamos que nuestras oraciones son ofrecidas por
nuestro Señor, sacerdote eterno, reconocemos en él la verdadera carne de nuestra
misma raza, de conformidad con lo que dice el Apóstol: Todo sumo sacerdote, tomado
de entre los hombres, es constituido en favor de los hombres en lo tocante a las
relaciones de éstos con Dios, a fin de que ofrezca dones y sacrificios por los pecados.
Pero al decir: «tu Hijo», añadimos: «que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo», para recordar, con esta adición, la unidad de naturaleza que
tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y significar de este modo que el
mismo Cristo, que por nosotros ha asumido el oficio de sacerdote, es por
naturaleza igual al Padre y al Espíritu Santo.
miércoles, 19 de enero de 2022
Salvare a mi Pueblo
De la Constitución dogmática Lumen géntium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano segundo.
El Padre eterno, por un libérrimo y misterioso designio de su sabiduría y de su bondad, creó el mundo universo, decretó elevar a los hombres a la participación de la vida divina y, caídos por el pecado de Adán, no los abandonó, sino que les otorgó siempre los auxilios necesarios para la salvación, en atención a Cristo redentor, que es imagen de Dios invisible, primogénito de toda creatura. El Padre, desde toda la eternidad, conoció a los que había escogido y los predestinó a ser imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito de muchos hermanos.Determinó reunir a cuantos creen en Cristo en la santa Iglesia, la cual fue ya prefigurada desde el origen del mundo y preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el antiguo Testamento, fue constituida en los últimos tiempos y manifestada por la efusión del Espíritu y se perfeccionará gloriosamente al fin de los tiempos. Entonces, como se lee en los santos Padres, todos los justos descendientes de Adán, desde Abel el justo hasta el último elegido, se congregarán delante del Padre en una Iglesia universal.
Por su parte, todos aquellos que todavía .no han recibido el Evangelio están ordenados al pueblo de Dios por varios motivos.
Y en primer lugar aquel pueblo a quien se confiaron las alianzas y las promesas y del que nació Cristo según la carne; pueblo, según la elección, amadísimo a causa de los padres: porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables.
Pero el designio de salvación abarca también a toaos los que reconocen al Creador, entre los cuales están en primer lugar los musulmanes, que, confesando profesar la fe de Abraham, adoran con nosotros a un solo Dios, misericordioso, que ha de juzgar a los hombres en el último día. Este mismo Dios tampoco está lejos de aquellos otros que entre sombras e imágenes buscan al Dios desconocido, puesto que es el Señor quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas, y el Salvador quiere que todos los hombres se salven.
Pues los que inculpablemente desconocen el Evangelio y la Iglesia de Cristo pero buscan con sinceridad a Dios y se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con sus obras la voluntad divina, conocida por el dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna. Y la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a aquellos que, sin culpa por su parte, no han llegado todavía a un expreso conocimiento de Dios y se esfuerzan, con la gracia divina, en conseguir una vida recta.
La Iglesia considera que todo lo bueno y verdadero que se da entre estos hombres es como una preparación al Evangelio y que es dado por aquel que ilumina a todo hombre para que al fin tenga la vida.
martes, 18 de enero de 2022
El vínculo de la caridad Divina.
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios.
El que posee la caridad de Cristo que cumpla sus mandamientos. ¿Quién será capaz de explicar debidamente el vínculo que la caridad divina establece? ¿Quién podrá dar cuenta de la grandeza de su hermosura? La caridad nos eleva hasta unas alturas inefables. La caridad nos une a Dios, la caridad cubre la multitud de los pecados, la caridad lo aguanta todo, lo soporta todo con paciencia; nada sórdido ni altanero hay en ella; la caridad no admite divisiones, no promueve discordias, sino que lo hace todo en la concordia; en la caridad hallan su perfección todos los elegidos de Dios y sin ella nada es grato a Dios. En la caridad nos acogió el Señor: por su caridad hacia nosotros, nuestro Señor Jesucristo, cumpliendo la voluntad del Padre, dio su sangre por nosotros, su carne por nuestra carne, su vida por nuestras vidas.Ya veis, amados hermanos, cuán grande y admirable es la caridad y cómo es inenarrable su perfección. Nadie es capaz de practicarla adecuadamente, si Dios no le otorga este don. Oremos, por tanto, e imploremos la misericordia divina, para que sepamos practicar sin tacha la caridad, libres de toda parcialidad humana. Todas las generaciones anteriores, desde Adán hasta nuestros días, han pasado; pero los que por gracia de Dios han sido perfectos en la caridad obtienen el lugar destinado a los justos y se manifestarán el día de la visita del reino de Cristo. Porque está escrito: Anda, pueblo mío, entra en los aposentos y cierra la puerta por dentro; escóndete un breve instante mientras pasa la cólera; y me acordaré del día bueno y os haré salir de vuestros sepulcros.
Dichosos nosotros, amados hermanos, si cumplimos los mandatos del Señor en la concordia de la caridad, porque esta caridad nos obtendrá el perdón de los pecados. Está escrito: Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado; dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito y en cuyo espíritu no hay falsedad. Esta proclamación de felicidad atañe a los que, por Jesucristo nuestro Señor, han sido elegidos por Dios, al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
lunes, 17 de enero de 2022
La vocación de San Antón, abad
De la Vida de san Antonio, escrita por san Atanasio, obispo
Cuando murieron sus padres, Antonio tenia unos dieciocho o
veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que
encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.
Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus
padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba
pensando en su interior cómo los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al
Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus
posesiones y ponían el precio de la venta a los pies de los apóstoles para que
lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza
que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos,
entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo
aquellas palabras del Señor en el Evangelio: Si quieres ser perfecto, ve a
vender lo que tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego
ven y sígueme.
Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo
de lo que habían hecho los santos y como si aquellas palabras hubiesen sido
leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a
los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas
parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y
para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los
pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una
pequeña parte para su hermana.
Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó
aquellas palabras del Señor en el Evangelio: No os inquietéis por el día
siguiente. Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se
había reservado, ya que no soportaba que quedase en su poder ni la más mínima
cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y
cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de
entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una
vida de ascetismo y de intensa mortificación.
Trabajaba con sus propias manos,
ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: Si alguno no quiere trabajar,
que tampoco coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio
sustento, parte a los pobres.
Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido
que es necesario retirarse para orar sin cesar: en efecto, ponía tanta atención
en la lectura, que retenía todo lo que habla leído, hasta tal punto que llegó un
momento en que su memoria suplía los libros.
Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía
frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban
como a un hijo o como a un hermano.
domingo, 16 de enero de 2022
De agua a vino
sábado, 15 de enero de 2022
No dudes en seguirlo
viernes, 14 de enero de 2022
Una armonía divina
De la Disertación de san Atanasio, obispo, Contra los gentiles
Ninguna cosa de las que existen o son hechas empezó a ser sino en el Verbo y por
el Verbo, como nos enseña el evangelista teólogo, cuando dice: Ya al comienzo de
las cosas existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios y el Verbo era Dios. Por
él empezaron a existir todas las cosas, y ninguna de las que existen empezó a
ser sino por
él. Así como el músico, con la lira bien templada, ejecuta una armonía,
combinando con los recursos del arte los sonidos graves con los agudos y los
intermedios, así también la Sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el universo
como una lira, une las cosas de la atmósfera con las de la tierra, y las del
cielo con las de la atmósfera, y las asocia todas unas con otras, gobernándolas
con su voluntad y beneplácito. De este modo produce un mundo unificado, hermosa
y armoniosamente ordenado, sin que por ello el Verbo de Dios deje de permanecer
inmutable junto al Padre, mientras pone en movimiento todas las cosas, según le
place al Padre, con la invariabilidad de su naturaleza. Todo, en definitiva,
vive y se mantiene, por donación suya, según su propio ser y, por él, compone
una armonía admirable y verdaderamente divina.
Tratemos de explicar esta verdad tan profunda por medio de una imagen: pongamos
el ejemplo de un coro numeroso. En un coro compuesto de variedad de personas, de
niños, mujeres, hombres maduros y adolescentes, cada uno, bajo la batuta del director,
canta según su naturaleza y sus
facultades: el hombre con voz de hombre, el niño con voz de niño, la mujer con
voz de mujer, el adolescente con voz de adolescente, y sin embargo de todo el
conjunto resulta una armonía. Otro ejemplo: nuestra alma pone simultáneamente en
movimiento todos nuestros sentidos, cada uno según su actividad específica, y
así, en presencia de algún estímulo exterior, todos a la vez se ponen en
movimiento: el ojo ve, el oído oye, la mano toca, el olfato huele, el gusto
gusta, y también sucede con frecuencia que actúan los demás miembros corporales,
por ejemplo, los pies se ponen a andar. De manera semejante acontece en la
creación en general. Ciertamente, los ejemplos aducidos no alcanzan a dar una
idea adecuada de la realidad, y por esto es necesaria una más profunda
comprensión de la verdad que quieren ilustrar.
Es decir, que todas las cosas son gobernadas a un solo mandato del Verbo de
Dios, de manera que, ejerciendo cada ser su propia actividad, del conjunto
resulta un orden perfecto.
jueves, 13 de enero de 2022
Si quieres puedes limpiarme
miércoles, 12 de enero de 2022
Fama o voluntad de Dios?
martes, 11 de enero de 2022
Modelos a seguir
lunes, 10 de enero de 2022
El Verbo fuente de sabiduría
De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios
No cesamos de pedir y de rogar para que el Artífice de todas las cosas conserve
íntegro en todo el mundo el número de sus elegidos, por mediación de su amado
siervo Jesucristo, por quien nos llamó de las tinieblas a la luz, de la
ignorancia al conocimiento de la gloria de su nombre. Haz que esperemos en tu
nombre, tú que eres el origen de todo lo creado; abre los ojos de nuestro
corazón, para que te conozcamos a ti, el solo altísimo en las alturas, el
santo que reposa entre los santos; que terminas con la soberbia de los
insolentes, que deshaces los planes de las naciones, que ensalzas a los humildes
y humillas a los soberbios, que das la pobreza y la riqueza, que das la muerte,
la salvación y la vida, el solo bienhechor de los espíritus y Dios de
toda carne; tú que sondeas los abismos, que ves todas nuestras acciones, que
eres ayuda de los que están en peligro, que eres salvador de los desesperados,
que has creado todo ser viviente y velas sobre ellos; tú que multiplicas las
naciones sobre la tierra y eliges de entre ellas a los que te aman por
Jesucristo, tu Hijo amado, por quien nos has instruido, santificado y honrado.
Te pedimos, Señor, que seas nuestra ayuda y defensa. Libra a aquellos de entre
nosotros que se hallan en tribulación, compadécete de los humildes, levanta a
los caídos, socorre a los necesitados, cura a los enfermos, haz volver a los
miembros de tu pueblo que se han desviado; da alimento a los que padecen hambre,
libertad a nuestros cautivos, fortaleza a los débiles, consuelo a los pusilánimes;
que todos los pueblos de la tierra sepan que tú eres Dios y no hay otro,
y que Jesucristo es tu siervo, y que nosotros somos tu pueblo, el rebaño que
tú guías.
Tú has dado a conocer la ordenación perenne del mundo, por medio de las fuerzas
que obran en él; tú, Señor, pusiste los cimientos de la tierra, tú eres fiel por
todas las generaciones, justo en tus juicios, admirable por tu fuerza y
magnificencia, sabio en la creación y providente en el gobierno de las cosas
creadas, bueno en estos dones visibles y fiel para los que en ti confían,
benigno y misericordioso; perdona nuestras iniquidades e injusticias, nuestros
pecados y delitos.
No tomes en cuenta todos los pecados de tus siervos y siervas, antes purifícanos
en tu verdad y asegura nuestros pasos, para que caminemos en la piedad, la
justicia y la rectitud de corazón, y hagamos lo que es bueno y aceptable ante ti
y ante los que nos gobiernan.
Más aún, Señor, ilumina tu rostro sobre nosotros, para que gocemos del bienestar
en la paz, para que seamos protegidos con tu mano poderosa, y tu brazo extendido
nos libre de todo pecado y de todos los que nos aborrecen sin motivo.
Da la concordia y la paz a nosotros y a todos los habitantes del mundo, como la
diste a nuestros padres, que piadosamente te invocaron con fe y con verdad. A
ti, el único que puedes concedernos estos bienes y muchos más, te ofrecemos
nuestra alabanza por Jesucristo, pontífice y abogado de nuestras almas, por
quien sea a ti la gloria y la majestad, ahora y por todas las generaciones, por
los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 9 de enero de 2022
Eres mi hijo, el amado
sábado, 8 de enero de 2022
Dadle vosotros de comer