De los Capítulos, distribuidos en cinco centurias, de san Máximo Confesor, abad
El Verbo de Dios nació según la carne una vez por todas, por
su bondad y condescendencia para con los hombres, pero continúa naciendo
espiritualmente en aquellos que lo desean; en ellos se hace niño y en ellos se
va formando a medida que crecen sus virtudes; se da a conocer a sí mismo en
proporción a la capacidad de cada uno, capacidad que él conoce; y si no se
comunica en toda su dignidad y grandeza no es porque no lo desee, sino porque
conoce las limitaciones de la facultad receptiva de cada uno, y por esto nadie
puede conocerlo de un modo perfecto.
En este sentido el Apóstol, consciente de toda la virtualidad
de este misterio, dice: Jesucristo es el mismo hoy que ayer, y para siempre,
es decir, que se trata de un misterio siempre nuevo, que ninguna comprensión
humana puede hacer que envejezca.
Cristo, que es Dios, nace y se hace hombre, asumiendo un
cuerpo y un alma racional, él, por quien todo lo que existe ha salido de la
nada; en el Oriente una estrella brilla en pleno día y guía a los magos hasta el
lugar en que yace el Verbo encarnado; con ello se demuestra que el Verbo,
contenido en la ley y los profetas, supera místicamente el conocimiento sensible
y conduce a los gentiles a la luz de un conocimiento superior.
Es que las enseñanzas de la ley y los profetas,
cristianamente entendidas, son como la estrella que conduce al conocimiento del
Verbo encarnado a todos aquellos que han sido llamados por designio gratuito de
Dios.
Así pues, Dios se hace perfecto hombre, sin que le falte nada
de lo que pertenece a la naturaleza humana, excepción hecha del pecado (el cual,
por lo demás, no es inherente a la naturaleza humana); de este modo ofrece a la
voracidad insaciable del dragón infernal el señuelo de su carne, excitando su
avidez; cebo que, al morderlo, se había de convertir para él en veneno mortal y
causa de su total ruina, por la fuerza de la divinidad que en su interior
llevaba oculta; esta misma fuerza divina serviría, en cambio, de remedio para la
naturaleza humana, restituyéndola a su dignidad primitiva.
En efecto, así como el dragón infernal, habiendo inoculado su
veneno en el árbol de la ciencia, había corrompido al hombre cuando éste quiso
gustar de aquel árbol, así también aquél, cuando pretendió devorar la carne del
Señor, sufrió la ruina y la aniquilación, por el poder de la divinidad latente
en esta carne.
La encarnación de Dios es un gran misterio, y nunca dejará de
serlo. ¿Cómo el Verbo, que existe personal y substancialmente en el Padre, puede
al mismo tiempo existir personal y substancialmente en la carne? ¿Cómo, siendo
todo él Dios por naturaleza, se hizo hombre todo él por naturaleza, y esto sin
mengua alguna ni de la naturaleza divina, según la cual es Dios, ni de la
nuestra, según la cual es hombre? únicamente la fe puede captar ,estos
misterios, esta fe que es el fundamento y la base de lodo aquello que excede la
experiencia y el conocimiento natural.
lunes, 4 de enero de 2021
Misterio siempre nuevo
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