De los Sermones de san Agustín, obispo
¿Quién puede conocer los tesoros de sabiduría y ciencia ocultos en Cristo y escondidos en la pobreza de su carne?
El, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, para que nos enriqueciéramos con su pobreza.
Al asumir nuestra condición mortal,
destruyendo así la muerte, se mostró en pobreza; pero con ello nos
garantizó las riquezas futuras, sin perder las que había dejado.
¡Cuán grande es la bondad que ha reservado para sus fieles, y que comunica a los que esperan en él!
Ahora nuestro conocimiento es parcial, hasta que llegue lo
perfecto. Para hacernos capaces de esta perfección futura,
él, igual al Padre por su condición de Dios, se hizo semejante a
nosotros; tomando la condición de esclavo, para restituirnos nuestra
semejanza con Dios; él, Hijo único de Dios, se hizo Hijo del hombre,
para convertir en hijos de Dios a todos los hijos de los hombres;
tomando la condición visible de esclavo, abolió nuestra condición de
esclavos, haciéndonos libres y capaces de contemplar la naturaleza
de Dios.
Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos
semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Aquellos tesoros de sabiduría y ciencia, aquellas riquezas divinas, son llamados así
porque ellos nos bastarán. Y aquella gran bondad es llamada así porque nos saciará. Muéstranos, pues, al Padre, y eso nos bastará.
Y, en uno de los salmos, uno de nosotros, en nosotros y por nosotros, le dice al Señor: Me saciaré cuando aparezca
tu gloria. Él y el Padre son una misma cosa, y el que lo ve a él ve también al Padre. Por tanto, el Señor, Dios de los ejércitos,
es el Rey de la gloria. Cuando se vuelva a nosotros, nos mostrará su rostro; y seremos salvados y quedaremos saciados, y eso nos bastará.
Hasta que llegue este momento, hasta que nos muestre aquello que
ha de bastarnos, hasta que podamos beber y saciarnos
de aquella fuente de vida que es él mismo,mientras caminamos por la vía
de la fe y vivimos en el destierro, lejos de él, mientras tenemos
hambre y sed de perfección y santidad y deseamos con ardor inefable
contemplar la belleza de Dios, celebremos con humilde devoción su
nacimiento en condición de esclavo.
No podemos aún contemplar como es engendrado por el Padre antes de la aurora; festejemos su nacimiento de la Virgen
en plena noche. Aún no percibimos cómo su nombre es eterno y su fama dura como el sol; reconozcamos que su tienda ha sido
puesta en el sol.
Aún no vemos al Unigénito que permanece en el Padre; recordemos al Esposo que sale de su alcoba. Aún no ha
llegado el momento de sentarnos a la mesa de nuestro Padre; veneremos el pesebre de nuestro Señor Jesucristo.
martes, 5 de enero de 2021
Nos saciaremos con la visión del Verbo
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