Del Sermón en la santa Teofanía, atribuido a san Hipólito, presbítero
Jesús acude a Juan y es bautizado por él. ¡Cosa admirable!
El río infinito que alegra la ciudad de Dios es lavado con un poco de agua. La
fuente inconmensurable e inextinguible, origen de vida para todos los hombres,
es sumergida en unas aguas exiguas y pasajeras.
Aquel que está presente siempre y en todo lugar, incomprensible
para los ángeles e inaccesible a toda la mirada humana, llega al bautismo por
voluntad propia. Se le abrieron los cielos y se oyó una voz que venía del
cielo que decía: «Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias.»
El amado engendra amor, y la luz inmaterial una luz inaccesible.
Éste es el que es tenido por hijo de José, y es mi Unigénito según la esencia
divina.
Éste es mi Hijo amado: el que pasa hambre y alimenta a
muchedumbres innumerables, el que se fatiga y hace las fuerzas de los fatigados,
el que no tiene dónde reclinar su cabeza y lo gobierna todo con su mano, el que
sufre y remedia a todos los sufrimientos, el que es abofeteado y da la libertad
al mundo, el que es traspasado en su costado y arregla el costado de Adán.
Mas prestadme mucha atención, porque quiero recurrir a la fuente
de la vida y contemplar la fuente de la que brota el remedio.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Verbo e Hijo
inmortal, el cual vino a los hombres para purificarlos por el agua y el Espíritu;
y, queriendo hacerlos renacer a la incorrupción del alma y del cuerpo, inspiró en
nosotros un hálito de vida y nos revistió de una armadura incorruptible.
Por tanto, si el hombre ha sido hecho inmortal será también
divinizado, y, si es divinizado por el baño de regeneración del agua y del
Espíritu Santo, tenemos por seguro que, después de la resurrección de entre los
muertos, será coheredero de Cristo.
Por esto proclamo a la manera de un heraldo: Acudid, pueblos todos,
al bautismo que nos da la inmortalidad. En él se halla el agua unida al Espíritu,
el agua que riega el paraíso, que da fertilidad a la tierra, crecimiento a las
plantas, fecundidad a los seres vivientes; en resumen, el agua por la cual el
hombre es regenerado y alcanza nueva vida, el agua con la cual Cristo fue bautizado,
sobre la cual descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
El que se sumerge con fe en este baño de regeneración renuncia al
diablo y se adhiere a Cristo, niega al enemigo del género humano y profesa su fe en
la divinidad de Cristo, se despoja de su condición de siervo y se reviste de la de
hijo adoptivo, sale del bautismo resplandeciente como el sol, emitiendo rayos de
justicia, y, hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él sea la gloria y el poder, junto con su Espíritu santísimo,
bueno y dador de vida, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
viernes, 8 de enero de 2021
El agua y el Espíritu
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