De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo
Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad
de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se
levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros
que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias
palabras: Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que veo por
delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a
compartir su gozo, diciendo: Alegraos y congratulaos conmigo; y al pensar
en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios:
Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones;
incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven
de gran provecho.
Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono
triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y,
habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien
vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo:
Gracias sean dadas a Dios, que en todo tiempo nos lleva en el cortejo triunfal de
Cristo. Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias,
que le acarreaba su predicación con un ardor superior al que nosotros empleamos en
la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida,
la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que otros apetecen el
descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le
tenia sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.
Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de
Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente
asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último
de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte sin él, de los más
encumbrados y honorables.
Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado
de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento,
el suplicio infinito e intolerable.
Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la
compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el
conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las
cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.
Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los
mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un
insignificante mosquito.
Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de
tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.
lunes, 25 de enero de 2021
Pablo lo sufrió todo por amor a Cristo
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