"En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su «tienda» es más grande y más perfecta: no hecha por monos del hombre, es decir no de este mundo creado.
No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna".
Jesús con su propia vida y con su propia sangre ha instaurado un sacerdocio nuevo y universal, un sacerdocio del que participamos todos, de una u otra forma: el sacerdocio real de todos los bautizados y el sacerdocio ministerial de los que hemos sido llamados al presbiterado.
Y ¿qué significa que somos partícpes del nuevo sacerdocio de Cristo? Que, como Él, también nosotros al responder afirmativamente a su llamado a seguirlo, hemos de entregar nuestra vida como ofrenda al Padre para hacer Su Voluntad: "Yo dije, aquí vengo, como está escrito, Padre, a hacer Tu Voluntad".
¿Por qué para hacer la Voluntad del Padre? Es el Camino que hemos elegido vivir para alcanzar la Vida en Dios, en la tierra como en el Cielo, y, viviéndola a semejanza del Hijo, podremos, con nuestra ofrenda diaria cooperar en la Obra de la Salvación de los Hombres, construyendo en nuestra vida en Hombre Nuevo según la Gracia, y, tansformando con nuestra vida la historia en la que estoy inserto, y dando testimonio y luz para que otros encuentren el Camino hacia la Vida.
Así como Jesús se ofreció al Padre para dar la Vida al Mundo, así también, cada día, al despertaranos, le ofrecemos al Padre nuestra vida para dar Vida al mundo, pues nuestros ofrecimientos colaboran en la Obra de Cristo, que Él, con su Vida comenzó para nuestra salvación y del mundo entero.
Con las palabras de san Pablo:
"Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia".
Y, ¿ cuál es el primer padecimiento? Renunciar a nosotros mismos para hacer la Voluntad de Dios, ese es nuestro primer padecimiento: dejar de pensar en lo que quiero para pensar en lo que Dios quiere, y, con la Gracia de Su Espíritu poder ser Fiel a la Vida que Él quiere que viva. Entregando, cada día, desde la Patena de nuestra corazón nuestra oración para nuestra salvación y la conversión de aquellos que necesitan salvarse.
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