Del libro de la Imitación de Cristo
Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden
toda la ciencia de los filósofos y letrados
de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no
se pueden ponderar partiendo del criterio humano.
No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en
silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón.
Y dije: Dichoso el hombre a quien tú educas, al que enseñas tu ley, dándole
descanso tras los años duros, para
que no viva desolado aquí en la tierra.
Yo -dice el Señor- instruí a los profetas desde antiguo, y no ceso de hablar a
todos hasta hoy; pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su
corazón.
Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las
apetencias de la carne que el beneplácito divino.
Ofrece el mundo cosas temporales y efímeras, y, con todo, se le sirve con ardor.
Yo prometo lo sumo y eterno, y los corazones de los hombres languidecen presa de
la inercia.
¿Quién me sirve y me obedece con tanto empeño y diligencia como se sirve al
mundo y a sus dueños?
Sonrójate, pues, siervo indolente y quejumbroso, de que aquéllos sean más
solícitos para la perdición que tú para la vida.
Más se gozan ellos en la vanidad que tú en la verdad. Y, ciertamente, a veces
quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja
frustrado al que funda su confianza en mí.
Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de
que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin.
Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte que somete a
prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.
Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia,
porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación.
Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita.
Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la
consolación.
Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en
reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las
virtudes.
El que escucha mis palabras y las rechaza ya tiene quien lo condene en el último
día.
lunes, 31 de agosto de 2020
De la Imitación de Cristo
domingo, 30 de agosto de 2020
Me dejé seducir
sábado, 29 de agosto de 2020
No trunquemos los sueños de Dios
viernes, 28 de agosto de 2020
La necedad de la sabiduría humana
jueves, 27 de agosto de 2020
Alcancemos la sabiduría eterna
De las Confesiones de san Agustín, obispo
Cuando ya se acercaba el día de su muerte -día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos-, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por. delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre. Y abríamos la boca de .nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti.Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas, y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres, ella dijo:
«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?»
No recuerdo muy bien lo que le respondí, pero al cabo de cinco días o poco más cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, mas pronto recobró el conocimiento, nOs miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación:
«¿Dónde estaba?»
Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo:
«Enterrad aquí a vuestra madre.»
Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo:
«Mira lo que dice.»
Luego, dirigiéndose a ambos, añadió:
«Sepultad este cuerpo en cualquier lugar: esto no os ha de preocupar en absoluto; lo único que os pido es que os acordéis de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estéis.»
Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba.
miércoles, 26 de agosto de 2020
Ay de nosotros!!
martes, 25 de agosto de 2020
Cinco caminos de penitencia
De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo
¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente
muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo.
El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa
primero tus pecados y serás justificado. Por eso dice el profeta: Propuse:
«Confesaré al Señor mi culpa», y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena,
pues, tú mismo aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón
ante el Señor, pues quien condena aquello en 1o que faltó con más dificultad
volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu
acusador doméstico y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios.
Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior
al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros
enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de
nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que
ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras
culpas. Porque si vosotros perdonáis al prójimo sus faltas -dice el
Señor-, también os perdonará las vuestras vuestro Padre celestial.
¿Quieres conocer un tercer camino de penitencia? Lo tienes en la oración
ferviente y continuada, que brota de lo íntimo del corazón.
Si deseas que te hable aún de un cuarto camino, te diré que lo tienes en la
limosna: ella posee una grande y extraordinaria virtualidad.
También si eres humilde y obras con modestia, en este proceder encontrarás, no
menos que en cuanto hemos dicho hasta aquí, un modo de destruir el pecado: De
ello tienes un ejemplo en aquel publicano, que, si bien no pudo recordar ante
Dios su buena conducta, en lugar de buenas obras presentó su humildad y se vio
descargado del gran peso de sus muchos pecados.
Te he recordado, pues, cinco caminos de penitencia: primero, la acusación de los
pecados; segundo, el perdonar las ofensas de nuestro prójimo; tercero, la
oración; cuarto, la limosna; y quinto, la humildad.
No te quedes, por tanto, ocioso, antes procura caminar cada día por la senda de
estos caminos: ello, en efecto, resulta fácil y no te puedes excusar aduciendo
tu pobreza, pues aunque vivieres en gran penuria podrías deponer tu ira y
mostrarte humilde, podrías orar asiduamente y confesar tus pecados; la pobreza
no es obstáculo para dedicarte a estas prácticas. Pero, ¿qué estoy diciendo? La
pobreza no impide de ninguna manera el andar por aquel camino de penitencia que
consiste en seguir el mandato del Señor, distribuyendo los propios bienes -hablo
de la limosna-, pues esto lo realizó incluso aquella viuda pobre que dio sus dos
pequeñas monedas.
Ya que has aprendido con estas palabras a sanar tus heridas, decídete a usar de
estas medicinas y así, recuperada ya tu salud, podrás acercarte confiado a la
mesa santa y salir con, gran gloria al encuentro del Señor, rey de la gloria, y
alcanzar los bienes eternos por la gracia, la misericordia y la benignidad de
nuestro Señor Jesucristo.
lunes, 24 de agosto de 2020
Verdad, valor y misericordia
domingo, 23 de agosto de 2020
¿Quién es para mí?
sábado, 22 de agosto de 2020
Reina del mundo y reina de la Paz
De las Homilías de san Amadeo de Lausana, obispo
Observa cuán adecuadamente brilló por toda la tierra, ya
antes de la asunción, el admirable nombre de María y se difundió por todas
partes su ilustre fama, antes de que fuera ensalzada su majestad sobre los
cielos. Convenía, en efecto, que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo,
reinase primero en la tierra y, así, penetrara luego gloriosa en el cielo;
convenía que fuera engrandecida aquí abajo, para penetrar luego, llena de
santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en
gloria por obra del Espíritu del Señor.
Así pues, durante su vida mortal gustaba anticipadamente las
primicias del reino futuro, ya sea elevándose hasta Dios con inefable
sublimidad, como también descendiendo hacia sus prójimos con indescriptible
caridad. Los ángeles la servían, los hombres le tributaban su veneración.
Gabriel y los ángeles la asistían con sus servicios; también los apóstoles
cuidaban de ella, especialmente san Juan, gozoso de que el Señor, en la cruz, le
hubiese encomendado su madre virgen, a él, también virgen. Aquéllos se alegraban
de contemplar a su reina éstos a su señora, y linos y otros se esforzaban en
complacerla con sentimientos de piedad y devoción.
Y ella, situada en la altísima cumbre de sus virtudes,
inundada como estaba por el mar inagotable de los carismas divinos, derramaba en
abundancia sobre el pueblo creyente y sediento el abismo de sus gracias, que
superaban a las de cualquiera otra creatura. Daba la salud a los cuerpos y el
remedio para las almas, dotada como estaba del poder de resucitar de la muerte
corporal y espiritual. Nadie se apartó jamás triste o deprimido de su lado, o
ignorante de los misterios celestiales. Todos volvían contentos a sus casas,
habiendo alcanzado por la madre del Señor lo que deseaban.
Plena hasta rebosar de tan grandes bienes, la esposa, madre
del esposo único, suave y agradable, llena de delicias, como una fuente de los
jardines espirituales, como un pozo de agua viva y vivificante, que mana con
fuerza del Líbano divino, desde el monte de Sión hasta las naciones extranjeras,
hacia derivar ríos de paz y torrentes de gracia celestial. Por esto, cuando la
Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el
rey de reyes, en medio de Ia alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y
de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía
del Salmista, que decía al Señor: De pie a tu derecha está la reina enjoyada
con oro de Ofir.
viernes, 21 de agosto de 2020
Muertos son los que tienen el alma muerta...
jueves, 20 de agosto de 2020
Muchos son los llamados...
miércoles, 19 de agosto de 2020
Buscad las cosas de arriba
Del Comentario de san Jerónimo presbítero, sobre el Eclesiastés
Cuando a cualquier hombre Dios da riquezas y hacienda y le permite
disfrutar de ellas, tomar su paga y holgarse en medio de sus fatigas, esto es un
don de Diosa Porque así no tiene que pensar mucho en los días de su vida,
mientras Dios le llena de alegría el corazón. Lo que se afirma aquí es que, en
comparación de aquel que come de sus riquezas en la Oscuridad de sus muchos
cuidados y reúne con enorme cansancio bienes perecederos, es mejor la condición
del que disfruta de lo presente. Éste, en efecto, disfruta de un placer, aunque
pequeño; aquél, en cambio, sólo experimenta grandes preocupaciones. Y explica el
motivo por qué es un don de Dios el poder disfrutar de las riquezas: Porque así
no tiene que pensar mucho en los días de su vida.
Dios, en efecto, hace que se distraiga con alegría de corazón: no estará triste,
sus pensamientos no lo molestarán, absorto como está por la alegría y el goce
presente. Pero es mejor entender esto, según el Apóstol, de la comida y bebida
espirituales que nos da Dios, y reconocer la bondad de todo aquel esfuerzo,
porque se necesita gran trabajo y esfuerzo para llegar a la contemplación de los
bienes verdaderos. Y ésta es la suerte que nos pertenece: alegrarnos de nuestros
esfuerzos y fatigas. Lo cual, aunque es bueno, sin embargo no es aún la bondad
total, hasta que se manifieste Cristo, que es nuestra vida.
Todo el mundo se fatiga para comer y, a pesar de todo, nunca se sacia su alma.
¿En qué supera el sabio al necio? ¿En qué al pobre que sabe vivir su vida? Todo
aquello por lo cual se fatigan los hombres en este mundo se consume con la boca
y, una vez triturado por los dientes, pasa al vientre para ser digerido. Y el
pequeño placer que causa a nuestro paladar dura tan sólo el momento en que pasa
por nuestra garganta.
Y, después de todo esto, nunca se sacia el alma del que come: ya porque vuelve a
desear lo que ha comido (y tanto el sabio como el necio no pueden vivir sin
comer, y el pobre sólo se preocupa de cómo podrá sustentar su débil organismo
para no morir de inanición), ya porque el alma ningún provecho saca de este
alimento corporal, y la comida es igualmente necesaria para el sabio que para el
necio, y allí se encamina el pobre donde adivina que hallará recursos.
Es preferible entender estas afirmaciones como referidas al hombre eclesiástico,
el cual, instruido en las Escrituras santas, se fatiga para comer y, a pesar de
todo, nunca se sacia su alma, porque siempre desea aprender más. Y en esto sí
que el sabio aventaja al necio; porque, sintiéndose pobre (aquel pobre que es
proclamado dichoso en el Evangelio), trata de comprender aquello que pertenece a
la vida, anda por el camino angosto y estrecho que lleva a la vida, es pobre en
obras malas y sabe dónde habita Cristo, que es la vida.
martes, 18 de agosto de 2020
La soberbia de querer ser Dios
lunes, 17 de agosto de 2020
El sabio tiene los ojos puestos en la cabeza
De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo, sobre el Eclesiastés
Si el alma eleva sus ojos a su cabeza, que es Cristo, según la
interpretación de Pablo, habrá que considerarla dichosa por la penetrante mirada
de sus ojos, ya que los tiene puestos allí donde no existen las tinieblas del
mal. El gran Pablo y todos los que tuvieron una grandeza semejante a la suya
tenían los ojos fijos en su cabeza, así como todos los que viven, se mueven y
existen en Cristo. Pues, así como es imposible que el que está en la luz vea
tinieblas, así también lo es que el que tiene los ojos puestos en Cristo los
fije en cualquier cosa vana. Por tanto, el que tiene los ojos puestos en la
cabeza, y por cabeza entendemos aquí al que es principio de todo, los tiene
puestos en toda virtud (ya que Cristo es la virtud perfecta y totalmente
absoluta), en la verdad, en la justicia, en la incorruptibilidad, en todo bien.
Porque el sabio tiene sus ojos puestos en la cabeza, mas el necio camina en las
tinieblas. El que no pone su lámpara sobre el candelero, sino que la pone bajo
el lecho, hace que la luz sea para él tinieblas.
Por el contrario, cuántos hay que viven entregados a la lucha por
las cosas de arriba y a la contemplación de las cosas verdaderas, y son tenidos
por ciegos e inútiles, como es el caso de Pablo, que se gloriaba de ser insensato
por Cristo. Porque su prudencia y sabiduría no consistía en las cosas que retienen
nuestra atención aquí abajo. Por esto dice: Nosotros somos insensatos por Cristo,
que es lo mismo que decir: «Nosotros somos ciegos con relación a la vida de este
mundo, porque miramos hacia arriba y tenemos los ojos puestos en la cabeza.» Por
esto vivía privado de hogar y de mesa, pobre, errante, desnudo, padeciendo hambre
y sed.
¿Quién no lo hubiera juzgado digno de lástima, viéndolo encarcelado,
sufriendo la ignominia de los azotes, viéndolo entre las olas del mar al ser la
nave desmantelada, viendo cómo era llevado de aquí para allá entre cadenas? Pero,
aunque tal fue su vida entre los hombres, él nunca dejó de tener los ojos puestos
en la cabeza, según aquellas palabras suyas: ¿Quién podrá apartarnos del amor de
Cristo? ¿La aflicción? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez?
¿El peligro? ¿La espada? Que es como si dijese: «¿Quién apartará mis ojos de la
cabeza y hará que los ponga en las cosas que son despreciables?» A nosotros nos
manda hacer lo mismo, cuando nos exhorta a poner nuestro corazón en las cosas del
cielo, lo que equivale a decir «tener los ojos puestos en la cabeza».
domingo, 16 de agosto de 2020
Qué pedimos? Qué damos?
¿Por qué recurrimos a Jesús? ¿Cuántos milagros le hemos pedido al Señor? ¿Hemos sido muy insistentes como la mujer cananea del evangelio? Sí, seguramente que más de una vez y de dos hemos ido al Señor a pedirle algún milagro. Y más de una vez hemos sido muy insistentes. Y más de una vez hemos sentido que el Señor no nos escuchaba, que hacía oídos sordos a nuestros pedidos y que nuestras oraciones no llegaban a sus oídos. Y nos hemos sentido abandonados de la mano de Dios, porque Él no hacía lo que nosotros le pedíamos.
A veces, la respuesta que nos da el Señor no nos deja conforme, como no lo hizo con la mujer del evangelio: “sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel” o “no está bien tomar el pan de los hijos para dárselo a los perritos”. Y esta última ha sido una respuesta muy dura de parte del Señor. Si nos la dice a nosotros nos parecería muy mal, y hasta parece que quisiera insultar a la pobre mujer. Y no es así.
Jesús ha querido dejar muy claro cuál es su misión, y, sobre todo, sacar lo mejor de uno mismo, pues lo que él quería era encontrar la fe en el corazón de la mujer, sin importarle ninguna otra cosa. Sabía de la Bondad del Señor y con humildad llegó a Su Corazón y logró el milagro que quería: “tienes razón, Señor, pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.
Y esta respuesta es una exhortación para nosotros: sí, para nosotros, porque no siempre acudimos a la Mesa del Banquete Celestial a recibir el Alimento de Vida que el Señor nos da. Pero lo peor es que otras tantas veces nos dejamos que otros que lo necesitan se acerquen a ese Banquete, porque ponemos obstáculos e impedimos que los que realmente necesitan de la Gracia de la Eucaristía no puedan alimentarse con Él.
Sin embargo, hay quienes se alimentan de esas “migajas” que nosotros desperdiciamos cuando nos quejamos sin medida y ponemos excusas para no acercarnos a la Eucaristía. El deseo de esa mujer es el deseo de tanta gente que no ha encontrado el camino para llegar al Señor, que sólo ha encontrado obstáculos en el camino y no hemos sido capaces de acercarnos a ellos para llevarles parte del Alimento que hemos recibido.
Por eso mismo, Jesús le decía a los escribas y doctores de la Ley: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis, y a los que están entrando no les dejáis entrar”. (Mt, 23, 13)
Aquella mujer, dolorida por la enfermedad de su hija, pudo reconocer el alimento verdadero y lo encontró en el Corazón Misericordioso del Señor que hizo brotar en ella el Don más grande: el Don de la Fe: “Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas”.
Es el Don de la Fe lo que tenemos que madurar en nuestra vida cristiana, porque, muchas veces, “usamos” de nuestra fe como la cartera en el mercado: creemos que podemos “comprar” los milagros cada vez que lo necesitemos, por eso no siempre conseguimos lo que queremos, porque, como dice san Pablo “no sabemos pedir”, y, cuando tenemos lo que queremos ya no necesitamos más del Señor, y dejamos que los Dones se vayan perdiendo por el camino. Y se van perdiendo por el camino porque nos volvemos egoístas con los Dones recibidos, no entregamos o repartimos lo que el Señor nos va dando día a día, porque seguimos con la mirada puesta en nuestro ombligo y si hacemos algo es para quitarnos de encima lo que nos molesta: “atiéndela, que viene detrás gritando”, no era por misericordia o compasión que querían que el Señor la atendiera, sino porque les molestaba sus gritos.
“Gratis habéis recibido, dadlo gratis”, cuando miremos el dolor el hombre de hoy no queramos hacerlo callar, sino que intentemos sanarlo con los Dones que el Señor nos ha regalado a nosotros: “dadles vosotros de comer”.
sábado, 15 de agosto de 2020
Modelo de Hombre Nuevo
viernes, 14 de agosto de 2020
El ideal de la vida apostólica
De las cartas de san Maximiliano Kolbe, presbítero y mártir
Me llena de gozo, querido hermano, el celo que te anima en la
propagación de la gloria de Dios. En la actualidad se da una gravísima epidemia
de indiferencia, que afecta, aunque de modo diverso, no sólo a los laicos, sino
también a los religiosos. Con todo, Dios es digno de una gloria infinita. Siendo
nosotros pobres criaturas limitadas y, por tanto, incapaces de rendirle la
gloria que él merece, esforcémonos, al menos, por contribuir, en cuanto podamos,
a rendirle la mayor gloria posible.
La gloria de Dios consiste en la salvación de las almas, que
Cristo ha redimido con el alto precio de su muerte en la cruz. La salvación y la
santificación más perfecta del mayor número de almas debe ser el ideal más
sublime de nuestra vida apostólica. Cuál sea el mejor camino para rendir a Dios
la mayor gloria posible y llevar a la santidad más perfecta el mayor número de
almas, Dios mismo lo conoce mejor que nosotros, porque él es omnisciente e
infinitamente sabio. Él, y sólo él, Dios omnisciente, sabe lo que debemos hacer
en cada momento para rendirle la mayor gloria posible. ¿Y cómo nos manifiesta
Dios su propia voluntad? Por medio de sus representantes en la tierra. La
obediencia, y sólo la santa obediencia, nos manifiesta con certeza la voluntad
de Dios. Los superiores pueden equivocarse, pero nosotros obedeciendo no nos
equivocamos nunca. Se da una excepción: cuando el superior manda algo que con
toda claridad y sin ninguna duda es pecado, aunque este sea insignificante;
porque en este caso el superior no sería el representante de Dios.
Dios, y solamente Dios infinito, infalible, santísimo y
clemente es nuestro Señor, nuestro creador y Padre, principio y fin, sabiduría,
poder y amor: todo. Todo lo que no sea él vale en tanto en cuanto se refiere a
él, creador de todo, redentor de todos los hombres y fin último de toda la
creación. Es él quien, por medio de sus representantes aquí en la tierra, nos
revela su admirable voluntad nos atrae hacia sí, y quiere por medio nuestro
atraer el mayor número posible de almas y unirlas a sí del modo más íntimo y
personal.
Querido hermano, piensa qué grande es la dignidad de nuestra
condición por la misericordia de Dios. Por medio de la obediencia nosotros nos
alzamos por encima de nuestra pequeñez y podemos obrar conforme a la voluntad de
Dios. Más aún: adhiriéndonos así a la divina voluntad, a la que no puede
resistir ninguna criatura, nos hacemos más fuertes que todas ellas. Ésta es
nuestra grandeza; y no es todo: por medio de la obediencia nos convertimos en
infinitamente poderosos.
Éste y sólo éste es el camino de la sabiduría y de la
prudencia, y el modo de rendir a Dios la mayor gloria posible. Si existiese un
camino distinto y mejor: Jesús nos lo hubiera indicado con sus palabras y su
ejemplo.
Los treinta años de su vida escondida son descritos así por la sagrada
Escritura: Y les estaba sujeto. Igualmente, por lo que se refiere al resto de la
vida toda de Jesús, leemos con frecuencia en la misma sagrada Escritura que él
había venido a la tierra para cumplir la voluntad del Padre.
Amemos sin límites a nuestro buen Padre: amor que se
demuestra a través de la obediencia y se ejercita sobre todo cuando nos pide el
sacrificio de la propia voluntad. El libro más bello y auténtico donde se puede
aprender y profundizar este amor es el Crucifijo. Y esto lo obtendremos mucho
más fácilmente de Dios por medio de la Inmaculada, porque a ella ha confiado
Dios toda la economía de la misericordia.
La voluntad de María, no hay duda alguna, es la voluntad del
mismo Dios. Nosotros, por tanto, consagrándonos a ella, somos también como ella,
en las manos de Dios, instrumentos de su divina misericordia. Dejémonos guiar
por María; dejémonos llevar por ella, y estemos bajo su dirección tranquilos y
seguros: ella se ocupará de todo y proveerá a todas nuestras necesidades, tanto
del alma como del cuerpo; ella misma removerá las dificultades y angustias
nuestras.
jueves, 13 de agosto de 2020
Cristo es nuestra paz y nuestra luz
Del Tratado de san Gregorio de Nisa, obispo, Sobre el perfecto modelo del cristiano
Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Teniendo en cuenta que Cristo es la paz, mostraremos la autenticidad de nuestro nombre de cristianos si, con nuestra manera de vivir, ponemos de manifiesto la paz que reside en nosotros y que es el mismo Cristo. Él ha dado muerte a la enemistad, como dice el Apóstol. No permitamos, pues, de ningún modo que esta enemistad reviva en nosotros, antes demostremos que está del todo muerta. Dios, por nuestra salvación, le dio muerte de una manera admirable; ahora que yace bien muerta, no seamos nosotros quienes la resucitemos en perjuicio de nuestras almas, con nuestras iras y deseos de venganza.
Ya que tenemos a Cristo, que es la paz, nosotros también matemos la enemistad, de manera que nuestra vida sea una prolongación de la de Cristo, tal como lo conocemos por la fe. Del mismo modo que él, derribando la barrera de separación, de los dos pueblos creó en su persona un solo hombre, estableciendo la paz, así también nosotros atraigámonos la voluntad no sólo de los que nos atacan desde fuera, sino también de los que entre nosotros promueven sediciones, de modo que cese ya en nosotros esta oposición entre las tendencias de la carne y del espíritu, contrarias entre sí; procuremos, por el contrario, someter a la ley divina la prudencia de nuestra carne, y así, superada esta dualidad que hay en cada uno de nosotros, esforcémonos en reedificarnos a nosotros mismos, de manera que formemos un solo hombre, y tengamos paz en nosotros mismos.
La paz se define como la concordia entre las partes disidentes. Por esto, cuando cesa en nosotros esta guerra interna, propia de nuestra naturaleza, y conseguimos la paz, nos convertimos nosotros mismos en paz, y así demostramos en nuestra persona la veracidad y propiedad de este apelativo de Cristo.
Además, considerando que Cristo es la luz verdadera sin mezcla posible de error alguno, nos damos cuenta de que también nuestra vida ha de estar iluminada con los rayos de la luz verdadera. Los rayos del sol de justicia son las virtudes que de él emanan para iluminarnos, para que nos desnudemos de las obras de las tinieblas y andemos como en pleno día, con dignidad, y apartando de nosotros las ignominias que se cometen a escondidas y obrando en todo a plena luz, nos convirtamos también nosotros en luz y, según es propio de la luz, iluminemos a los demás con nuestras obras.
Y si tenemos en cuenta que Cristo es nuestra santificación, nos abstendremos de toda obra y pensamiento malo e impuro, con lo cual demostraremos que llevamos con sinceridad su mismo nombre, mostrando la eficacia de esta santificación no con palabras, sino con los actos de nuestra vida.
miércoles, 12 de agosto de 2020
Corrección fraterna y confesión
martes, 11 de agosto de 2020
Ser niños? Creo que no es para mí...
lunes, 10 de agosto de 2020
Dar con alegría