Respondió Jesús: "Felices más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
En el encuentro entre María e Isabel, ésta le dijo: "Feliz tú por haber creído lo que te ha dicho el Señor porque se cumplirá".
¡Esa es la felicidad de María! la fidelidad a la Palabra escuchada. Una Palabra que no sólo se hizo carne en María, sino que se hizo vida en Ella, por eso "me llamarán Bienaventurada todas las generaciones".
La tradición cuenta que Santiago se puso a llorar junto al río porque su predicación no tenía eco en estas tierras, y, por eso, María, en cuerpo real, sobre el Pilar, comenzó a alentarlo y a darle esperanzas, pues esta era la Voluntad del Padre y el mandato del Hijo.
Hoy, si miramos a nuestro alrededor, pareciera que la Palabra no hace demasiado eco en nuestra humanidad, que nos convocan más otros dioses y otras palabras que la misma Palabra de Dios. Por eso tenemos que volver al Pilar de nuestra Fe, a la Palabra de Dios para no sólo escucharla, sino dejar que Ella hinque sus raíces en nuestro corazón para que podamos vivirla, porque viviendo la Palabra, dejando que la Palabra se haga vida en nosotros, será como nos re-encontremos con la Felicidad en la Fidelidad, y así, con la fuerza que nos da el Espíritu podamos testimoniar y defender con nuestra vida la Verdad del Evangelio.
María del Pilar quiere volver a encendernos en el gozo de ser hijos de Dios, en el gozo de creer que es posible vivir y transmitir la hermosura del Evangelio, de la Palabra de Dios. Nos toca, ahora, a nosotros como lo hizo Santiago llenarnos del Espíritu Santo y obedecer a la Madre que, seguramente, como en las Bodas de Caná, le dijo y nos vuelve a decir: "¡Haced todo lo que Él os diga!".
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