martes, 27 de octubre de 2026

El Don de la Fe

En aquel tiempo, decía Jesús:
«¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé?
Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas».
Las parábolas del Reino de los Cielos nos ayudan a ver, en estos dos casos, que el Reino que habita en nosotros no habla de gran cantidad, por eso cuando nosotros decimos que no tenemos tanta fe estamos, casi, diciendo mentiras. No es una mentira en sentido estricto, sino que no es verdad que tengamos poca fe, porque la fe no se mide en cantidad porque es Don de Dios.
Entonces, ¿por qué tenemos esa sensación de que tenemos poca fe? Porque, en realidad, no hemos hecho casi nada para madurar en la fe, para saber bien cómo se utiliza o para qué tenemos fe. Que tampoco lo vamos a saber todo con certeza porque, también, la fe al ser Don de Dios es un misterio para el hombre, y sólo los que tienen espíritu de niño aceptan esos misterios con alegría y sin preocupaciones.
Por eso Jesús nos habla del Reino de Dios como algo insignificante (la semilla de mostaza) o algo escondido (una perla en el campo) que para que crezca hay que sembrarlo en tierra fértil o encontrarlo y dejar todo para comprarlo. Es decir como semilla nos lleva a la parábola del sembrador: el Señor sembró la semilla en nuestro corazón que, seguramente, Él ha formado con tierra fértil, y soy yo quien tiene que tener la constancia de regarlo con el agua de la Gracia por medio de los Sacramentos, la oración, la reflexión de la Palabra; pero también puede ser que tenga que hundir la pala en esa tierra para encontrar esa perla escondida y al encontrarla tener que salir a vender todo lo que guardaba o atesoraba para poder deshacerme de mí mismo y comenzar a ver el valor de lo que el Reino me está dando, me está ofreciendo pero por no dejar mi vida me pierdo de disfrutarlo.
Quizás he hecho más lío del que debía, pero espero que el Espíritu Santo nos ayude a aprovechar en todo momento de nuestra vida el hermoso Don de la Fe, de creer en un Dios que nos ama y que quiere lo mejor para nosotros aquí en la tierra, y, después, en el Cielo.

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