“Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo después he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”.
Al comenzar el Evangelio de San Lucas descubrimos el por qué se han escrito, cuál es la finalidad que han tenido, inspirados por el Señor, los escritores de los evangelios y de las cartas y, en definitiva, de toda la Palabra de Dios: conocer la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Y esto me lleva a pensar en el compromiso de los padres y padrinos el día del bautismo de sus hijos y ahijados. A los padres se les pregunta: Al pedir el Bautismo para vuestro hijo, ¿sabéis que os obligáis a educarlo en la fe, para que este niño, guardando los mandamientos de Dios, ame al Señor y al prójimo, como Cristo nos enseña en el Evangelio? Y responden: Sí, lo sabemos. Y a los padrinos se les pregunta: Y vosotros, padrinos, ¿estáis dispuestos a ayudar a sus padres en esa tarea? Y ellos también responden: Sí, estamos dispuestos.
Pero… ¿se educa, desde que se bautizan, en la fe? Generalmente, no. Porque no siempre sabemos qué es la vida cristiana y ni por qué somos cristianos. Y esa es nuestra obligación, de los que estamos bautizados, de los que formamos, verdaderamente, la Comunidad Cristiana, de dar un testimonio de vida de fe.
Y, para seguir madurando en la vida de fe tenemos la Palabra de Dios, que, como dice el Apóstol: es viva y eficaz, es la Palabra que siempre nos está hablando y llamando a vivir según la Voluntad del Padre y, siempre, como nos lo enseñó Jesús. Por eso, no sólo leer la Palabra de Dios, sino orar con la Palabra porque así es dialogar con el Padre, con el Hijo e iluminados por el Espíritu para saber cómo vivir, cómo seguir siendo fieles a Dios, al llamado que Él nos hizo en Su Hijo por el Espíritu.
No le basta, o mejor dicho, no debería bastarnos a los cristianos “cumplir” con ciertas “obligaciones”, como por ejemplo ir a misa, sino que debemos mantener una madura y constante relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu para seguir madurando en nuestra vida cristiana, para seguir recorriendo el camino de nuestra santidad. Porque esa es nuestra verdad: hemos sido llamados a ser santos y dar testimonio con nuestra vida del Amor de Dios por el hombre, de mostrar el verdadero Camino a la Vida que el Padre nos ha regalado, y, sobre todo, el verdadero Camino a la eternidad.
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