"Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: - «No tienen vino».
Jesús le dice: - «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Su madre dice a los sirvientes: - «Haced lo que él diga»".
Al comenzar el ciclo litúrgico del Tiempo Ordinario se nos presenta un Evangelio que podría ser meditado durante todo el año por la riqueza de contenido que tiene. Cada parte o cada renglón podría ser suficiente para todo un día de meditación.
Vamos por parte: María se da cuenta del apuro que llevan los novios y busca una solución para ellos. Primero tiene una gran disposición para ver y “detectar” las necesidades de los demás, no está encerrada sobre sí misma, sino que, gracias a su desasimiento total, puede ver la vida de cada uno. Claro que no es sólo ver que hay necesidades, sino que también busca una solución para ese problema.
María no invita, primero, a deshacernos de nosotros mismos, a negarnos a nosotros mismos, para estar atentos a los hermanos. Y estar atentos no para cotillear sobre lo que les pasa, sino a intentar, de alguna manera, a ayudarlos.
Por otro lado, María sabe a Quién puede recurrir: a Su Hijo, Ella sabe lo que su Hijo puede hacer, y, por eso, le pide que haga el milagro, porque sus amigos, los de la boda, necesitan de Él.
Esa sugerencia de María Jesús le hace decir algo que aún no se había reflejado en los evangelios: “todavía no ha llegado mi hora”. ¿Se podría decir que a Jesús no le interesa ayudar a sus amigos? No, quiere respetar el Plan que el Padre tiene para Él, porque “mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre”.
Pero María, sabe que su Hijo no puede negarle lo que le pida y deja, de este modo, las palabras grabadas para toda la eternidad, no sólo para los sirvientes de la boda, sino para nosotros: “Haced lo que Él diga”. Sin saber qué hay que hacer, tenemos que abrirnos a la Palabra del Hijo para que el milagro se produzca en nuestras vidas. La obediencia al Hijo es el hilo fundamental para mantenernos unidos a Él y que nuestras vidas se transformen en alegría y plenitud.
Y es ahí cuando, recién, Jesús puede hacer el milagro: cuando los sirvientes escuchan y obedecen a sus Palabras, sin saber qué es lo que Él puede hacer, e, incluso, seguramente, riéndose por dentro por tener que obedecer a alguien que no conocen. Y así nos sucede a nosotros, o nos debería suceder: saber obedecer a Dios, buscar Su Voluntad aunque nos pida algo que no esperábamos o que pueda pedirnos algo que no estamos dispuestos a hacer.
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