"Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras:
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies».
La dignidad del hombre, varón y mujer, no le viene por sí sólo sino que le viene del Creador, de Aquél que, por amor, lo creó y le dio el mando sobre todas las cosas, haciéndolo superior a todo lo creado. Por eso, cuando cayó bajo el poder del pecado lo rescató con lo mejor que tenía: su propio Hijo, a quién le pidió que bajara a la vida de los hombres para devolverles, con su propio Espíritu, una nueva dignidad: la de hijos de Dios.
Así, cuando el hombre pierde el norte de su vida y busca otro norte que no sea Dios, su dignidad se transforma, se trastoca y vuelve a perder lo único que lo hace superior: su espíritu, su espiritualidad.
Nosotros, los que hemos conocido el Amor que Dios nos tiene tenemos, en este tiempo que vivimos, una seria responsabilidad: no perder de vista Quién nos ha otorgado una brillante dignidad y cómo la hemos obtenido, o, mejor dicho, cómo nos la han regalado y, como dice el Apóstol: ¡a qué precio! Pues la dignidad de hijos de Dios nos la ha obtenido Jesús por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Él pagó el precio por nuestra salvación y nos rescató del pecado original, otorgándonos así no sólo el nombre de hijos de Dios, sino, como dice san Juan: ¡lo somos!
Pero, muchas veces, se nos olvida quiénes somos y cómo hemos recibido y qué hemos recibido el día de nuestro bautismo, y, vamos, con el tiempo, aceptando más los espíritus del mundo y sus ideología que el Espíritu Santo que se nos ha dado, y se va estropeando nuestro ser hijos de Dios, pues vamos siendo hijos del mundo, de la historia, dejando de ser lo que verdaderamente tenemos que ser.
martes, 14 de enero de 2025
Nuestra dignidad
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