martes, 14 de enero de 2025

Nuestra dignidad

"Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras:
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies».
La dignidad del hombre, varón y mujer, no le viene por sí sólo sino que le viene del Creador, de Aquél que, por amor, lo creó y le dio el mando sobre todas las cosas, haciéndolo superior a todo lo creado. Por eso, cuando cayó bajo el poder del pecado lo rescató con lo mejor que tenía: su propio Hijo, a quién le pidió que bajara a la vida de los hombres para devolverles, con su propio Espíritu, una nueva dignidad: la de hijos de Dios.
Así, cuando el hombre pierde el norte de su vida y busca otro norte que no sea Dios, su dignidad se transforma, se trastoca y vuelve a perder lo único que lo hace superior: su espíritu, su espiritualidad.
Nosotros, los que hemos conocido el Amor que Dios nos tiene tenemos, en este tiempo que vivimos, una seria responsabilidad: no perder de vista Quién nos ha otorgado una brillante dignidad y cómo la hemos obtenido, o, mejor dicho, cómo nos la han regalado y, como dice el Apóstol: ¡a qué precio! Pues la dignidad de hijos de Dios nos la ha obtenido Jesús por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Él pagó el precio por nuestra salvación y nos rescató del pecado original, otorgándonos así no sólo el nombre de hijos de Dios, sino, como dice san Juan: ¡lo somos!
Pero, muchas veces, se nos olvida quiénes somos y cómo hemos recibido y qué hemos recibido el día de nuestro bautismo, y, vamos, con el tiempo, aceptando más los espíritus del mundo y sus ideología que el Espíritu Santo que se nos ha dado, y se va estropeando nuestro ser hijos de Dios, pues vamos siendo hijos del mundo, de la historia, dejando de ser lo que verdaderamente tenemos que ser.

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