"Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo".
Todavía hoy nos encontramos con cristianos que viven en el “cumplir” con esto, con aquello, si esto me sirve o si no me sirve. ¿A qué voy con esto? Por muchos años se ha vivido en que había que “cumplir” con los preceptos y prescripciones, sin caías en pecado mortal por “no cumplir”. Así que se fueron poniendo excepciones a ciertas reglas para que los que “no podían cumplir”, pudieran seguir en Gracia de Dios.
Hoy podemos decir que no es sólo cumplir con prescripciones o preceptos evangélicos, sino que de lo que se trata es de vivir en el Amor de Dios. Jesús llamaba, a los que sólo se dedicaban a cumplir, “¡hipócritas! ¡sepulcros blanqueados!” y otras tantas cosillas que están en los evangelios. Les decía así porque se dedicaban a “cumplir” pero sus corazones estaban muy lejos de la misericordia y el amor.
Jesús, por eso, nos llama a vivir la “plenitud de la Ley”, y esa plenitud es la Ley nueva del Amor: “os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros como YO os amé”. Y ahí radica nuestra vida cristiana. Ahí radica la plenitud de la Gracia. Si he aprendido a amar a Jesús, al Padre, entonces el camino no es tan complicado, porque si los amo podré escuchar Sus Palabra y aceptar lo que me pidan, porque sé que lo hacen por amor.
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
Con esto no quiero decir que no hay que “cumplir” con nuestras obligaciones cristianas, sino que si realmente tenemos una relación constante y personal con Jesús, con el Padre, con el Espíritu Santo, no pondremos obstáculos para estar junto a Ellos ya sea en la Misa, en la oración, aceptando la Voluntad de Dios e intentando llevarla a vida, porque, en definitiva nuestra vida está en Dios, es de Dios y vivimos para Dios, y, cuando Él disponga volveremos a Su Lado.
Por eso, no nos quedemos en el simple cumplir con cosas, sino que, viviendo junto a Jesús, dejándolo entrar en nuestras vidas para poder llegar a amarlo con todo nuestro ser, podremos aceptar los caminos que Él y el Padre nos propongan para alcanzar nuestra santidad.
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