jueves, 9 de enero de 2025

Cabezas embotadas

"Pero él habló enseguida con ellos y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos, y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada".
¿Cuándo se nos embota la mente? Cuando no entendemos algo, cuando estamos muy preocupados, cuando nos dejamos llevar por la ira, por el odio, por el dolor, por la angustia... y tantas otras cosas, además de dejarnos llevar por nuestros propios pensamientos, ya sean buenos o malos, y, incluso por asumir muchas cosas en el día a día. Llega ese momento en donde no sabemos qué pensar, ni qué decir y queremos que el mundo se pare para poder bajarnos.
Es ahí cuando, realmente, tenemos que bajarnos de nuestro propio mundo e, intentar, mirar con los ojos de Dios, o mirar las cosas desde Dios. ¿Por qué? Como a los discípulos nos entra pánico y no podemos pensar con claridad, y vemos fantasmas donde no los hay, y, por eso, necesitamos que vuelva a entrar Jesús en nuestra barca, porque solos no podemos con tanto.
¿Él nos quitará cosa de la cabeza o de las que tenemos que hacer? Seguramente que no. Él no nos obliga a hacer o dejar de hacer nada. Pero, eso sí, nos dará la paz que necesitamos para pensar con más claridad.
Y ahí está el centro de la oración, de la reflexión de la Palabra: encontrar, primero, paz en el corazón, en el alma y en la mente para que podamos discernir qué cosas son de Dios y que cosas son mías o del mundo. Porque entre todas ellas tengo que elegir. Y elegir desde la Voluntad de Dios, porque si son de Dios será Él quien nos de la Gracia suficiente y necesaria para hacerlas, pero si me dejo estar y lleno mi cabeza con todo lo que se me ocurre, bueno o malo, entonces no tendré lo necesario para hacer lo que debo.
En esa relación silenciosa y abierta que debo conservar con mi Señor, con mi Hermano, con mi Padre, podré recuperar la tranquilidad para pensar, reflexionar y decidir, y, sobre todo, abrirme a tener que dejar algunos planes para aceptar otros que el Padre quiera que comience a vivir, pues no siempre todo lo que se me ocurra hacer, por más bueno que sea, puede ser de Dios. Y como su hijo debo intentar buscar siempre Su Voluntad.

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