"…también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma, y vino una voz del cielo:
“Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor finaliza el Tiempo de Navidad. Una solemnidad que, indiscutiblemente, nos lleva a reafirmar nuestro propio bautismo, y, sobre todo, a recordar que, así como el Espíritu Santo desciende sobre Jesús, ese mismo Espíritu recibimos nosotros el día de nuestro bautismo.
Ese día comenzamos un camino de santificación que se va completando con otros sacramentos: Eucaristía y Confirmación, que hacen que nuestra vida cristiana tenga todo lo necesario para alcanzar la plenitud de la santidad.
Bautismo, Eucaristía y Confirmación son los llamados Sacramentos de Iniciación Cristiana, los que no siempre son recibidos por los cristianos, sino que muchos se quedan con los dos primeros: bautismo y eucaristía, y ésta sólo la primera vez, quizás una segunda, si hay viento a favor.
Y, como bien el nombre lo indica, son de iniciación, es decir nos inician en una vida nueva, en un Camino nuevo, que es el Camino que Cristo nos fue indicando con su propia vida y Su Palabra. Por eso, es tan importante, para un cristiano, seguir profundizando en la Palabra de Dios, pues es el alimento que va haciendo, cada día, que maduremos en la Fe que hemos recibido, porque el Don de la Fe que nos da el Bautismo es un Don que, si bien es Gracia de Dios, pero implica una responsabilidad, es un Don y una tarea para la vida cotidiana.
Además, este Don no es sólo para nosotros solos, sino que es un Don para los demás, pues la Gracia que Dios nos da para que seamos fieles a la Vida que nos ha regalado, nos convierte en discípulos y misioneros de Su Palabra, de Su Vida para llevarla a cuantos la necesiten. Porque, el día de la Ascensión a los Cielos, Jesús les dijo a todos los discípulos presentes:
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Así, pues, el bautismo nos hace discípulos y misioneros del Evangelio de Jesucristo, que no sólo es para los sacerdotes y religiosos, sino para todos los bautizados. Un mensaje que no se transmite sólo con palabras, sino que el mejor modo de transmitirlo es con la vida cotidiana. Y, como diría Santa Madre Teresa de Calcuta, el Evangelio hay que transmitirlo con alegría, pues la tristeza no contagia a nadie, ni nadie quiere a un triste cristiano, ni a un cristianismo triste.
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