"Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?».
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
¿Qué significa que Jesús sea el Rey para mi vida? Es una pregunta que necesitamos hacérnosla cada tanto ¿por qué? Porque, muchas veces, se nos pierde de vista que somos parte de Él, parte de Su Reinado, y para ser parte de Él tenemos que dejarlo “reinar” en nuestras vidas.
No basta con decir que Él es el Rey y después no le demos lugar para que reine en nosotros, en familia, en nuestra comunidad. Por todo esto quiero repetir párrafos de una homilía de San Juan Pablo II:
“¿Cuántas veces hemos dicho la oración de Jesús? La repetimos una y otra vez, que sea tu voluntad y no la mía... Sin embargo, muchas veces, lo decimos de labios para afuera, por dentro se siente la rebeldía de quien no se conforma con los hechos y acontecimientos.
No somos coherentes, no nos gusta cargar con nuestra cruz, ni escuchar un “no” como respuesta, aunque ese “no” venga de Jesús.
La voluntad de Dios trae momentos de intensa alegría, pero también tiene el gran peso de la cruz. Aún no aprendemos a sonreír en los momentos de dolor y a mantener la serenidad en el momento de la prueba. No logramos admitir que el dolor forme parte del gran proyecto de Dios, entonces comenzamos a luchar en contra y terminamos pidiendo lo que es nuestra voluntad y no la de Dios. Pedimos que Jesús haga lo que nosotros queremos, de la manera que lo queremos y en el plazo determinado por nosotros, para disfrazar nuestras exigencias añadimos un tímido “si es tu voluntad”, pero allá en nuestro interior es nuestra voluntad la que prevalece, condicionamos a Dios. Necesitamos aprender de Jesús y María, cuando ellos dijeron sí, lo hicieron con su vida. Esa es la razón por la que muchas veces nos va mal, no le encontramos solución a nuestros problemas, porque no nos atrevemos a decir sí a Jesús”.
Si realmente Jesús fuera el Señor, Rey de nuestras vidas, entonces todo sería más fácil, no en el orden terrenal y material como queremos, sino en el orden espiritual que es el que necesitamos renovar y fortalecer para vivir según la Voluntad del Padre y ser testigos veraces de la vida que decimos tener: hijos de Dios, consagrados en el bautismo para ser sacerdotes, profetas y reyes del Nuevo Pueblo de Dios. Por todo esto dejemos de luchar contra el Espíritu de Dios y abramos el corazón para que, en el Adviento que está a las puertas, podamos nacer junto a Jesús y ser así lo que el Padre quiere.
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