"Hermanos:
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz".
Hay frases que, por tradición, son consideradas para las religiosos o sacerdotes porque hablan de la virtud de la obediencia, como en este caso, que habla de la obediencia y la humillación de Cristo al hacerse hombre y obedecer al Padre.
Por un lado es cierto, porque tanto los sacerdotes como los religiosos hacemos una promesa o un voto de obediencia, a los obispos o a las autoridades de la congregación o instituto.
Pero, nos olvidamos que, en este caso, san Pablo no le escribe ni a los religiosos ni a los sacerdotes, sino a los miembros de una comunidad cristiana: a los filipenses.
También es cierto que cuando leemos textos tan, perdonadme la expresión, fuertes para nuestros oídos, siempre pensamos: ¡qué bien le vendría a fulanito de tal escuchar esto!, y nunca lo pensamos para nosotros mismos.
Y, sí, la Palabra de Dios es, primero, para quien la escucha o la lee, porque Dios, mi Padre, me está hablando a mí y quiere decirme algo a mí. Eso es escuchar la Palabra. Y ¿para qué quiero escuchar la Palabra de mi Padre? Para saber cómo debo actuar como hijo, pues para eso lo llamo Padre, por que el Hijo me lo enseñó y yo lo acepté, y, como el Hijo yo también tengo que vivir según la Voluntad del Padre, porque para eso digo que soy cristiano.
Y, entonces ¿cómo vivo la obediencia a Dios? Y la obediencia a Dios la busco y la vivo en diferentes estados y lugares:
- si soy sacerdote al obispo, pues la promesa fue hecha a él.
- si soy religioso o consagrado a la autoridad de mi comunidad o de mi instituto.
- si soy laico: a mi comunidad, a mi familia, como hijo a mis padres, en el trabajo a mis jefes, etc.
- en la parroquia al párroco
- en todo lugar siempre hay alguien que es autoridad para mí, y a esa autoridad le debo obediencia.
Sí, pero tal persona no es tan santa y no me gusta como es, pues bueno, vete a otro lado. Porque Dios, si bien quiere que los que seamos autoridad seamos santos, no sólo la buscamos, sino que también debemos buscar Su Voluntad para nuestras vidas y para la vida de las personas que ha puesto a nuestro cargo y responsabilidad. Por eso, todos debemos estar muy bien dispuestos de corazón para dejar de lado nuestro YO y aceptar lo que Dios, por medio de la autoridad, me está pidiendo que viva, acepte o, en todo caso, desobedezca.
Dios no me obliga a seguirlo, pero si he aceptado seguirlo, entonces tengo que aceptar Su Voluntad y no la mía.
martes, 5 de noviembre de 2024
Difícil obedecer
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