"En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".
Cuando leía este evangelio había algo que me sonaba raro no, extraño, y era que el evangelista dice: "y, abriendo su boca, les enseñaba...". Abriendo su boca, suena como extraño pero a la vez es algo que era lógico, no podía no abrir la boca para enseñar, pero me vino a la cabeza lo que Él mismo decía: "de la abundancia del corazón hablan los labios", y ahí me comenzó a cerrar un poco más la frase.
Y ¿cuál es el deseo de Jesús para nosotros? ¿Qué es lo que abunda en su Corazón? Que todos seamos bienaventurados, que todos alcancemos la vida eterna, que todos nos salvemos, pero que, en ese camino de salvación, alcancemos la santidad. ¿Cómo alcanzamos la santidad? No preocupándonos por la vida terrena, o mejor dicho, que la vida terrena no nos aleje de la Mano del Padre, sino que viviendo todo lo que nos toca poder confiar en la Providencia que es el Amor Infinito del Padre por el que nos ha hecho "hijos en el Hijo", y no sólo nos ha dado el nombre de hijo de Dios, sino que en verdad lo somos.
Es esa realidad la de hijos de Dios la que nos abre las puertas de la salvación, por eso, las vivencias terrenales no nos afectan sino que nos ayudan a permanecer fieles a Su Voluntad, sabiendo que todo lo podemos en Aquél que nos ha amado.
La pobreza del espíritu no nos lleva a la pobreza material, sino que nos ayuda a descubrir en todo lo que el Padre nos ha dado la maravilla de sabernos hijos y de poder usar todos los bienes, tanto materiales como espirituales, para nuestro crecimiento personal, para nuestro confiar en Él y así poder amar sin condiciones al Padre y a los hermanos, sabiendo que todo se nos ha dado para mayor Gloria de su Nombre.
Nuestra vida, por eso, sólo es un camino hacia el Padre, pero no un camino cualquiera sino un camino en santidad, pues los que hoy celebramos, como nosotros, vivieron en este mundo, recibieron como nosotros el Espíritu Santo, y se dieron cuenta, por la Gracia del Espíritu, de cómo vivir en este mundo con el corazón puesto en Dios.
Así fueron creciendo y madurando en la fe para no dejarse atar por las trivialidades del mundo sino que, buscando la Voluntad de Dios, asumieron en sus vidas el mandato del Señor: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo". Por eso, los santos son los instrumentos que Dios pone en nuestros caminos para que nos alienten a vivir en fidelidad, para que nos ayuden a encontrar y a caminar por la senda que el Padre ha pensado para cada uno, y, con Su Gracia, alcanzar la meta no sólo de nuestra salvación, sino de nuestra santidad.
viernes, 1 de noviembre de 2024
Abriendo la boca dijo...
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