De los Sermones de san León Magno, papa
El que quiera venerar de verdad la pasión del Señor debe
contemplar de tal manera, con los ojos de su corazón, a Jesús crucificado, que
reconozca su propia carne en la carne de Jesús.
Que tiemble la tierra por el suplicio de su Redentor, que se
hiendan las rocas que son los corazones de los infieles y que salgan fuera,
venciendo la mole que los abruma, los que se hallaban bajo el peso mortal del
sepulcro. Que se aparezcan ahora también en la ciudad santa, es decir, en la
Iglesia de Dios, como anuncio de la resurrección futura, y que lo que ha de
tener lugar en los cuerpos se realice ya en los corazones.
No hay enfermo a quien le sea negada la victoria de la cruz,
ni hay nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho
para los que tanto se ensañaban con él, ¿cuánto más no lo será para los que se
convierten a él?
La ignorancia ha sido eliminada, la dificultad atemperada, y
la sangre sagrada de Cristo ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las
fronteras de la vida.
La oscuridad de la antigua noche ha cedido el lugar a la luz verdadera.
El pueblo cristiano es invitado a gozar de las riquezas del
paraíso, y a todos los regenerados les ha quedado abierto el regreso a la patria
perdida, a no ser que ellos
mismos se cierren aquel camino que pudo ser abierto por la fe de un ladrón.
Procuremos ahora que la ansiedad y la soberbia de las cosas
de esta vida presente no nos sean obstáculo para conformarnos de todo corazón a
nuestro Redentor, siguiendo sus ejemplos. Nada hizo él ni padeció que no fuera
por nuestra salvación, para que todo lo que de bueno hay en la cabeza lo posea
también el cuerpo.
En primer lugar, aquella asunción de nuestra substancia en la
Divinidad, por la cual la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros,
¿a quién dejó excluido de su misericordia sino al que se resista a creer? ¿Y
quién hay que no tenga una naturaleza común con la de Cristo, con tal de que
reciba al que asumió la suya? ¿Y quién hay que no sea regenerado por el mismo
Espíritu por el que él fue engendrado? Finalmente, ¿quién no reconoce en él su
propia debilidad? ¿Quién no se da cuenta de que el hecho de tomar alimento, de
entregarse al descanso del sueño, de haber experimentado la angustia y la
tristeza, de haber derramado lágrimas de piedad es todo ello consecuencia de
haber tomado la condición de siervo?
Es que esta condición tenía que ser curada de sus antiguas
heridas, purificada de la inmundicia del pecado; por eso el Hijo único de Dios
se hizo también hijo del hombre, de modo que poseyó la condición humana en toda
su realidad y la condición divina en toda su plenitud.
Es, por tanto, algo nuestro aquel que yació exánime en el
sepulcro, que resucitó al tercer día y que subió a la derecha del Padre en lo
más alto de los cielos; de manera que, si avanzamos por el camino de sus
mandamientos, si no nos avergonzamos de confesar todo lo que hizo por nuestra
salvación en la humildad de su cuerpo, también nosotros tendremos parte en su
gloria, ya que no puede dejar de cumplirse lo que prometió: A todo aquel que me
reconozca ante los hombres lo reconoceré yo también ante mi Padre que está en
los cielos.
jueves, 31 de marzo de 2022
Sobre la Pasión
miércoles, 30 de marzo de 2022
Misericordia para los arrepentidos
De las Cartas de san Máximo Confesor, abad
Los predicadores de la verdad y ministros de la gracia divina, todos los que desde el principio hasta nuestros días, cada uno en su tiempo, nos han dado a conocer la voluntad salvífica de Dios, nos enseñan que nada hay tan grato y querido por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a él con sincero arrepentimiento.Y, para inculcamos esto mismo de un modo aún más divino, la divina Palabra del Dios y Padre, aquel que es la primigenia y única revelación de la infinita bondad, con un rebajamiento y condescendencia inefables, se dignó convivir con nosotros, hecho uno de nosotros; e hizo, padeció y enseñó todo aquello que era necesario para que nosotros, que éramos enemigos y extranjeros, que estábamos privados de la vida feliz, fuéramos reconciliados con nuestro Dios y Padre y llamados de nuevo a la vida.
En efecto, no sólo curó nuestras enfermedades con la fuerza de sus milagros, no sólo nos liberó de nuestros muchos y gravísimos pecados, cargando con la debilidad de nuestras pasiones y con el suplicio de la cruz -como si él lo mereciera, cuando en realidad estaba inmune de toda culpa-, con lo que saldó nuestra deuda, sino que nos enseñó también, con abundancia de doctrina, a imitarlo en su benignidad condescendiente y en su perfecta caridad para con todos.
Por esto afirmaba: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Y también: No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Y decía también que él había venido a buscar a la oveja perdida. Y que había sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Asimismo, insinúa de una manera velada, con la parábola de la dracma perdida, que él ha venido a restablecer en el hombre la imagen divina, cubierta por el repugnante estiércol de los vicios. Y también: Os aseguro que habrá en el cielo gran alegría por un pecador que se convierta.
Con este fin, a aquel hombre que cayó en manos de los ladrones, que lo desnudaron, lo golpearon y se fueron dejándolo medio muerto, él lo reconfortó, vendándole las heridas, derramando en ellas aceite y vino, haciéndolo montar sobre su propia cabalgadura y acomodándolo en el mesón para que tuvieran cuidado. de él, dando para ello una cantidad de dinero y prometiendo al mesonero que, a la vuelta, le pagaría lo que gastase de más.
Nos muestra también la condescendencia del buen padre para con el hijo pródigo que regresa arrepentido, al que abraza, al que devuelve plenamente sus prerrogativas de hijo, sin echarle en cara su conducta anterior.
Por esto mismo, cuando encuentra a la oveja que se había apartado de las otras cien, errante por los montes y colinas, la devuelve al redil, no a golpes y con amenazas ni agotándola de fatiga, sino que, lleno de compasión, la carga sobre sus hombros y la vuelve al grupo de las demás.
Por esto también clamaba: Venid a mí todos los que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. Y decía: Tomad sobre vosotros mi yugo, dando el nombre de yugo a sus mandamientos, esto es, a una vida ajustada a las enseñanzas evangélicas; y dándoles también el nombre de carga, ya que, por la penitencia, parecen algo pesado y molesto: Porque mi yugo -dice- es suave y mi carga ligera.
Y en otro lugar, queriendo enseñamos la divina justicia y bondad, nos manda: Sed santos, perfectos, misericordiosos, como vuestro Padre celestial. Y también: Perdonad y seréis perdonados. Y: Cuanto queréis que os hagan los demás, hacédselo igualmente vosotros.
martes, 29 de marzo de 2022
Excelencia de la caridad
De los Sermones de san León Magno, papa
Dice el Señor en el evangelio de san Juan: En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que tenéis caridad unos con otros; y en la carta del mismo apóstol leemos: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
Que cada uno de los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus más íntimos afectos; y, si descubre en su conciencia frutos de caridad, tenga por cierto que Dios está en él y procure hacerse más y más capaz de tan gran huésped, perseverando con más generosidad en las obras de misericordia.
Pues, si Dios es amor, no podemos poner límite alguno a la caridad, ya que la Divinidad es infinita.
Así pues, amadísimos, si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días cuaresmales nos invitan a ello de un modo más apremiante; si deseamos llegar a la Pascua santificados en el alma y en el cuerpo, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en sí a todas las otras y cubre la multitud de los pecados.
Por esto, ya que nos preparamos para celebrar aquel misterio que excede a todos los demás, en el que In sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, dispongámonos mediante el sacrificio espiritual de la misericordia, de tal manera que demos de lo que nosotros hemos recibido de la bondad divina, aun a los mismos que nos han ofendido.
Que nuestra liberalidad para con los pobres y demás necesitados de cualquier clase sea en este tiempo más generosa, a fin de que sean más numerosos los que eleven hacia Dios su acción de gracias, y con nuestros ayunos remediemos el hambre de los indigentes. El acto de piedad más agradable a Dios es precisamente este dispendio en favor de los pobres, ya que en esta solicitud misericordiosa reconoce él la imagen de su propia bondad.
Y no temamos la pobreza que nos pueda resultar de esta nuestra largueza, ya que la misma bondad es una gran riqueza y nunca puede faltamos con qué dar, pues Cristo mismo es quien da el alimento y quien lo recibe. En todo este asunto interviene la mano de aquel que al partir el pan lo aumenta y al repartirlo lo multiplica. Que el que distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá, como dice el apóstol san Pablo: Dios, que provee de semilla al sembrador y de pan para su alimento, os dará también a vosotros semilla en abundancia y multiplicará los frutos de vuestra justificación, en Cristo Jesús, nuestro Señor, el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
lunes, 28 de marzo de 2022
Excelencia de la caridad
De los Sermones de san León Magno, papa
Dice el Señor en el evangelio de san Juan: En esto conocerán todos que sois discípulos míos, en que tenéis caridad unos con otros; y en la carta del mismo apóstol leemos: Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
Que cada uno de los fieles se examine, pues, a sí mismo, esforzándose en discernir sus más íntimos afectos; y, si descubre en su conciencia frutos de caridad, tenga por cierto que Dios está en él y procure hacerse más y más capaz de tan gran huésped, perseverando con más generosidad en las obras de misericordia.
Pues, si Dios es amor, no podemos poner límite alguno a la caridad, ya que la Divinidad es infinita.
Así pues, amadísimos, si bien todo tiempo es bueno para ejercitarse en la virtud de la caridad, estos días cuaresmales nos invitan a ello de un modo más apremiante; si deseamos llegar a la Pascua santificados en el alma y en el cuerpo, debemos poner un interés especialísimo en la adquisición de esta virtud, que contiene en sí a todas las otras y cubre la multitud de los pecados.
Por esto, ya que nos preparamos para celebrar aquel misterio que excede a todos los demás, en el que In sangre de Jesucristo borró nuestras iniquidades, dispongámonos mediante el sacrificio espiritual de la misericordia, de tal manera que demos de lo que nosotros hemos recibido de la bondad divina, aun a los mismos que nos han ofendido.
Que nuestra liberalidad para con los pobres y demás necesitados de cualquier clase sea en este tiempo más generosa, a fin de que sean más numerosos los que eleven hacia Dios su acción de gracias, y con nuestros ayunos remediemos el hambre de los indigentes. El acto de piedad más agradable a Dios es precisamente este dispendio en favor de los pobres, ya que en esta solicitud misericordiosa reconoce él la imagen de su propia bondad.
Y no temamos la pobreza que nos pueda resultar de esta nuestra largueza, ya que la misma bondad es una gran riqueza y nunca puede faltamos con qué dar, pues Cristo mismo es quien da el alimento y quien lo recibe. En todo este asunto interviene la mano de aquel que al partir el pan lo aumenta y al repartirlo lo multiplica. Que el que distribuye limosnas lo haga con despreocupación y alegría, ya que, cuanto menos se reserve para sí, mayor será la ganancia que obtendrá, como dice el apóstol san Pablo: Dios, que provee de semilla al sembrador y de pan para su alimento, os dará también a vosotros semilla en abundancia y multiplicará los frutos de vuestra justificación, en Cristo Jesús, nuestro Señor, el cual vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 27 de marzo de 2022
El hijo mayor
sábado, 26 de marzo de 2022
Sirvamos a Cristo en los pobres
De las Disertaciones de san Gregario de Nacianzo, obispo
Dichosos los misericordiosos -dice la Escritura-,
porque ellos alcanzarán misericordia. La misericordia no es, ciertamente,
la última de las bienaventuranzas. Y dice también el salmo: Dichoso el que
cuida del pobre y desvalido. Y asimismo: Dichoso el que se apiada y presta.
Y en otro lugar: El justo a diario se compadece y da prestado. Hagámonos, pues,
dignos de estas bendiciones divinas.
Ni la misma noche ha de interrumpir el ejercicio de nuestra misericordia. No
digas al prójimo: Anda, vete; mañana te lo daré. Que no haya solución de
continuidad entre nuestra decisión y su cumplimiento. La beneficencia es lo
único que no admite dilación.
Parte tu pan con el que tiene hambre, da hospedaje a los
pobres que no tienen techo, y ello con prontitud y alegría. Quien
practique la misericordia -dice el Apóstol-, que lo haga con jovialidad;
esta prontitud y diligencia duplicarán el premio de tu dádiva. Pues lo que se
ofrece de mala gana y por fuerza no resulta en modo alguno agradable ni hermoso.
Hemos de alegramos en vez de entristecemos cuando prestamos algún beneficio.
Si quitas las cadenas y la opresión, dice la Escritura, esto es, la avaricia
y la reticencia, las dudas y palabras quejumbrosas, ¿qué resultará de ello? Algo
grande y admirable. Una gran recompensa. Brillará tu luz como la aurora, en
seguida te brotará la carne sana. ¿Y quién hay que no desee la luz y la
salud?
Por esto, si me juzgáis digno de alguna atención, siervos de
Cristo, hermanos y coherederos suyos, visitemos a Cristo siempre que se presente
la ocasión, alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, demos albergue a Cristo,
honremos a Cristo, no sólo en la mesa, como Simón, ni sólo con ungüentos, como
María, ni sólo en el sepulcro, como José de Arimatea, ni con lo necesario para
la sepultura, como aquel que amaba a medias a Cristo, Nicodemo, ni, por último,
con oro, incienso y mirra, como los Magos, sino que, ya que el Señor de todo
quiere misericordia y no sacrificios, y ya que la compasión está por encima de
la grasa de millares de carneros, démosela en la persona de los pobres y de los
que están hoy echados en el polvo, para que, al salir de este mundo, nos reciban
en las moradas eternas, por el mismo Cristo nuestro Señor, a quien sea la gloria
por los siglos. Amén.
viernes, 25 de marzo de 2022
El misterio de nuestra reconciliación
De las Cartas de san León Magno, papa
La majestad asume la humildad, el poder la debilidad, la
eternidad la mortalidad; y, para saldar la deuda contraída por nuestra condición
pecadora, la naturaleza invulnerable se une a la naturaleza pasible; de este
modo, tal como convenía para nuestro remedio, el único y mismo mediador entre
Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también él, pudo ser a la vez inmortal, por la
conjunción en él de esta doble condición.
El que es Dios verdadero nace como hombre verdadero, sin que
falte nada a la integridad de su naturaleza humana, conservando la totalidad de
la esencia que le es propia y asumiendo la totalidad de nuestra esencia humana.
Y, al decir nuestra esencia humana, nos referimos a la que fue plasmada en
nosotros por el Creador, y que él asume para restaurarla.
Esta naturaleza nuestra quedó viciada cuando el hombre se
dejó engañar por el maligno, pero ningún vestigio de este vicio original
hallamos en la naturaleza asumida por el Salvador. Él, en efecto, aunque hizo
suya nuestra misma debilidad, no por esto se hizo partícipe de nuestros pecados.
Tomó la condición de esclavo, pero libre de la sordidez del
pecado, ennobleciendo nuestra humanidad sin mermar su divinidad, porque aquel
anonadamiento suyo -por el cual, él, que era invisible, se hizo visible, y él,
que es el Creador y Señor de todas las cosas, quiso ser uno más entre los
mortales- fue una dignación de su misericordia, no una falta de poder. Por
tanto, el mismo que, permaneciendo en su condición divina, hizo al hombre es el
mismo que se hace él mismo hombre, tomando la condición de esclavo.
Y, así, el Hijo de Dios hace su entrada en la bajeza de este
mundo, bajando desde el trono celestial, sin dejar la gloria que tiene junto al
Padre, siendo engendrado en un nuevo orden de cosas.
En un nuevo orden de cosas, porque el que era invisible por
su naturaleza se hace visible en la nuestra, el que era inaccesible a nuestra
mente quiso hacerse accesible, el que existía antes del tiempo empezó a existir
en el tiempo, el Señor de todo el universo, velando la inmensidad de su
majestad, asume la condición de esclavo, el Dios impasible e inmortal se digna
hacerse hombre pasible y sujeto a las leyes de la muerte.
El mismo que es Dios verdadero es también hombre verdadero, y
en él, con toda verdad, se unen la pequeñez del hombre y la grandeza de Dios.
Ni Dios sufre cambio alguno con esta dignación de su piedad,
ni el hombre queda destruido al ser elevado a esta dignidad. Cada una de las dos
naturalezas realiza sus actos propios en comunión con la otra, a saber, la
Palabra realiza lo que es propio de la Palabra, y la carne lo que es propio de
la carne.
En cuanto que es la Palabra, brilla por sus milagros; en
cuanto que es carne, sucumbe a las injurias. Y así como la Palabra retiene su
gloria igual al Padre, así también su carne conserva la naturaleza propia de
nuestra raza.
La misma y única persona, no nos cansaremos de repetirlo, es
verdaderamente Hijo de Dios y verdaderamente hijo del hombre. Es Dios, porque ya
al comienzo de las cosas existía la Palabra, y la Palabra estaba con Dios y la
Palabra era Dios; es hombre, porque la Palabra se hizo carne y puso su morada
entre nosotros.
jueves, 24 de marzo de 2022
Dividimos el reino?
miércoles, 23 de marzo de 2022
Dichosos los limpios de corazón
Del Libro de san Teófilo de Antioquía, obispo, a Autólico
Si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te responderé:
«Muéstrame primero qué tal sea tu persona», y entonces te mostraré a mi Dios.
Muéstrame primero los ojos de tu mente ven, si los oídos de tu corazón oyen.
Del mismo modo, en efecto, que los que gozan de la visión
corporal perciben lo que sucede aquí en la tierra y examinan las cosas opuestas
entre sí -como son la luz y las tinieblas, lo blanco y lo negro, lo deforme y lo
hermoso, lo proporcionado y lo que no lo es, lo mesurado y lo desmesurado, lo
que rebasa sus límites y lo que es incompleto-, y lo mismo podemos decir con
respecto a lo que es objeto de audición -los sonidos agudos, graves,
agradables-, así también acontece con los oídos del corazón y los ojos de la
mente, con respecto a la visión de Dios.
Efectivamente, Dios se deja ver de los que son capaces de
verlo, porque tienen abiertos los ojos de la mente. Porque todos tienen ojos,
pero algunos los tienen bañados en tinieblas y no pueden ver la luz del sol. Y
no porque los ciegos no la vean deja por eso de brillar la luz solar, sino que
ha de atribuirse esta oscuridad a su defecto de visión. Así tú tienes los ojos
entenebrecidos por tus pecados y malas acciones.
El alma del hombre debe ser nítida como un espejo reluciente.
Cuando en un espejo hay herrumbre, no puede el hombre contemplar en él su
rostro; del mismo modo, cuando hay pecado en el hombre, no puede éste ver a
Dios. Pero, si quieres, puedes sanar; confíate al médico y él punzará los ojos
de tu mente y de tu corazón. ¿Quién es este médico? Dios, que por su Palabra y
sabiduría creó todas las cosas, ya que, como dice el salmo: La Palabra del Señor
hizo el cielo; el Aliento de su boca, sus ejércitos. Eminente es su sabiduría.
Con ella fundó Dios la tierra; con su inteligencia consolidó los cielos, con su
ciencia brotaron los abismos y las nubes destilaron rocío.
Si eres capaz, oh hombre, de entender todo esto y procuras
vivir de un modo puro, santo y piadoso, podrás ver a Dios; pero es condición
previa que haya en tu corazón la fe y el temor de Dios, para llegar a entender
estas cosas. Cuando te hayas despojado de tu condición mortal y hayas revestido
la inmortalidad, entonces estarás en disposición de ver a Dios. Porque Dios
resucitará tu cuerpo, haciéndolo inmortal como el alma, y entonces, hecho tú
inmortal, podrás contemplar al que es inmortal, si ahora crees en él.
martes, 22 de marzo de 2022
Lo que pide la oración...
De los Sermones de san Pedro Crisólogo, obispo
Tres cosas hay, hermanos, por las que se mantiene la fe, se
conserva firme la devoción, persevera la virtud. Estas tres cosas son la
oración, el ayuno y la misericordia. Lo que pide la oración lo alcanza el ayuno
y lo recibe la misericordia. Oración, misericordia y ayuno: tres cosas que son
una sola, que se vivifican una a otra.
El ayuno es el alma de la oración, la misericordia es lo que
da vida al ayuno. Nadie intente separar estas cosas, pues son inseparables. El
que sólo practica' una de ellas, o no las practica simultáneamente, es como si
nada hiciese. Por tanto, el que ora que ayune también, el que ayuna que
practique asimismo la misericordia. Quien desea ser escuchado en sus oraciones
que escuche él también a quien le pide, pues el que no cierra sus oídos a las
peticiones del que le suplica abre los de Dios a sus propias peticiones.
El que ayuna que procure entender el sentido del ayuno: que
se haga sensible al hambre de los demás, si quiere que Dios sea sensible a la
suya; si espera alcanzar misericordia, que él también la tenga; si espera
piedad, que él también la practique; si espera obtener favores de Dios, que él
también sea dadivoso. Es un mal solicitante el que espera obtener para sí lo que
él niega a los demás.
Hombre, sé para ti mismo la medida de la misericordia; de
este modo, alcanzarás misericordia del modo que quieras, en la medida que
quieras, con la presteza que quieras; tan sólo es necesario que tú te
compadezcas de los demás con la misma presteza y del mismo modo.
Hagamos, por consiguiente, que la oración, la misericordia y
el ayuno sean los tres juntos nuestro patrocinio ante Dios, los tres juntos
nuestra defensa, los tres juntos nuestra oración bajo tres formas distintas.
Reconquistemos con nuestro ayuno lo que perdimos por no
saberlo apreciar; inmolemos con el ayuno nuestras almas, ya que éste es el mejor
sacrificio que podemos ofrecer a Dios, como atestigua el salmo: Mi sacrificio es
un espíritu quebrantado: un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.
Hombre, ofrece a Dios tu alma, ofrécele el sacrificio del
ayuno, para que sea una ofrenda pura, un sacrificio santo, una víctima viva que,
sin salirse de ti mismo, sea ofrecida a Dios. No tiene excusa el que niega esto
a Dios, ya que está en manos de cualquiera el ofrecerse a sí mismo.
Mas, para que esto sea acepto a Dios, al ayuno debe acompañar
la misericordia; el ayuno no da fruto si no es regado por la misericordia, se
seca sin este riego: lo que es la lluvia para la tierra, esto es la misericordia
para el ayuno. Por más que cultive su corazón, limpie su carne, arranque sus
malas costumbres, siembre las virtudes, si no abre las corrientes de la
misericordia, ningún fruto recogerá el que ayuna.
Tú que ayunas, sabe que tu campo, si está en ayunas de
misericordia, ayuna él también; en cambio, la liberalidad de tu misericordia
redunda en abundancia para tus graneros. Mira, por tanto, que no salgas
perdiendo, por querer guardar para ti, antes procura recolectar a largo plazo;
al dar al pobre das a ti mismo, y lo que no dejas para los demás no lo
disfrutarás tú luego.
lunes, 21 de marzo de 2022
Imitemos la bondad de Dios
De las Disertaciones de san Gregorio de Nacianzo, obispo
Reconoce de dónde te viene la existencia, el aliento, la
inteligencia y el saber, y, lo que es más aún, el conocimiento de Dios, la
esperanza del reino de los cielos, la contemplación de la gloria (ahora, es
verdad, como en un espejo y confusamente, pero después de un modo pleno y
perfecto), el ser hijo de Dios, el ser coheredero de Cristo y, para decirlo con
toda audacia, el haber sido incluso hecho dios. ¿De dónde y de quién te viene
todo esto?
Y, para enumerar también estas cosas menos importantes y que
están a la vista, ¿por gracia de quién contemplas la hermosura del cielo, el
recorrido del sol, la órbita de la luna, la multitud de las estrellas y el orden
y concierto que en todo esto brilla, como en las cuerdas de una lira? ¿Quién te
ha dado la lluvia, el cultivo de los campos, la comida, las diversas artes, el
lugar para habitar, las leyes, la vida social, una vida llevadera y civilizada,
la amistad y la familiaridad con los que están unidos a ti por vínculos de
parentesco?
¿De dónde te viene que, entre los animales, unos te sean
mansos y dóciles, y otros estén destinados a servirte de alimento?
¿Quién te ha constituido amo y rey de todo lo que hay sobre
la tierra?
¿Quién, para no recordar una por una todas las cosas, te ha
dado todo aquello que te hace superior a los demás seres animados?
¿No es verdad que todo esto procede de Dios, el cual te pide
ahora, en justa retribución, tu benignidad, por encima de todo y en favor de
todo? ¿Es que no nos avergonzaremos, después que de él hemos recibido y
esperamos recibir tanto, de negarle incluso esto: la benignidad? Él, aun siendo
Dios y Señor, no se avergüenza de llamarse Padre nuestro, y nosotros ¿nos
cerraremos a los que son de nuestra misma condición?
No, hermanos y amigos míos, no seamos malos administradores
de los bienes que Dios nos ha regalado, no nos hagamos acreedores a la
reprensión de Pedro: Avergonzaos, los que retenéis lo ajeno, esforzaos en
imitar la equidad de Dios, y así nadie será pobre.
No pongamos nuestro afán en reunir y conservar riquezas,
mientras otros padecen necesidad, no sea que nos alcancen las duras y
amenazadoras palabras del profeta Amós, cuando dice: Escuchad, los que decís:
«¿Cuándo pasará la luna nueva, para vender el trigo, y el sábado, para ofrecer
el grano?»
Imitemos aquella suprema y primera ley de Dios, según la cual
hace llover sobre justos y pecadores, y hace salir el sol igualmente para todos;
que pone la tierra, las fuentes, los ríos y los bosques a plena disposición de
los animales terrestres, el aire a disposición de las aves, el agua a
disposición de los animales acuáticos; y que ha dado a todos con abundancia lo
que necesitan para subsistir, sin estar en esto sujetos al dominio de nadie, sin
ninguna ley que ponga limitaciones, sin límites ni fronteras; sino que lo ha
puesto todo en común, con amplitud y abundancia, sin que por ello falte nunca de
nada. Y esto lo hizo para hacer resaltar, con la igualdad del don, la igual
dignidad de toda la naturaleza y para manifestar las riquezas de su benignidad.
domingo, 20 de marzo de 2022
Os digo que no...
O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
sábado, 19 de marzo de 2022
Fiel cuidador y guardián
De los Sermones de san Bernardino de Siena, presbítero
Es norma general de todas las gracias especiales comunicadas
a cualquier creatura racional que, cuando la gracia divina elige a alguien para
algún oficio especial o algún estado muy elevado, otorga todos los carismas que
son necesarios a aquella persona así elegida, y que la adornan con profusión.
Ello se realizó de un modo eminente en la persona de san
José, que hizo las veces de padre de nuestro Señor Jesucristo y que fue
verdadero esposo de la Reina del mundo y Señora de los ángeles, que fue elegido
por el Padre eterno como fiel cuidador y guardián de sus más preciados tesoros,
a saber, de su Hijo y de su esposa; cargo que él cumplió con absoluta fidelidad.
Por esto el Señor le dice: Bien, siervo bueno y fiel, pasa al banquete de tu
Señor.
Si miramos la relación que tiene José con toda la Iglesia,
¿no es éste el hombre especialmente elegido, por el cual y bajo el cual Cristo
fue introducido en el mundo de un modo regular y honesto? Por tanto, si toda la
Iglesia está en deuda con la Virgen Madre, ya que por medio de ella recibió a
Cristo, de modo semejante le debe a san José, después de ella, una especial
gratitud y reverencia.
Él, en efecto, cierra el antiguo Testamento, ya que en él la
dignidad patriarcal y profética alcanza el fruto prometido. Además, él es el
único que poseyó corporalmente lo que la condescendencia divina había prometido
a los patriarcas y a los profetas.
Hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma
familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras
vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el
cielo; al contrario, la ha colmado y consumado.
Por esto, no sin razón añade el Señor: Pasa al banquete de tu
Señor. Pues, aunque el gozo festivo de la felicidad eterna entra en el corazón
del hombre, el Señor prefirió decide: Pasa al banquete, para insinuar de un modo
misterioso que este gozo festivo no sólo se halla dentro de él, sino que lo
rodea y absorbe por todas partes, y que está sumergido en él como en un abismo
infinito.
Acuérdate, pues, de nosotros, bienaventurado José, e
intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a
nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de aquel que con el Padre
y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.
viernes, 18 de marzo de 2022
La Alianza del Señor
Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Moisés, en el Deuteronomio, dice al pueblo: El Señor, nuestro
Dios, hizo alianza con nosotros en el Horeb; no hizo esa alianza con nuestros
padres, sino con nosotros. ¿Por qué no hizo la alianza con los padres? Porque la
ley no fue instituida para los justos; los padres, en efecto, eran justos y
tenían escrito en su interior el contenido del decálogo, amando a Dios, su
Creador, y absteniéndose de toda injusticia contra el prójimo; por esto no
necesitaron la conminación de una ley escrita, ya que llevaban en su corazón los
mandatos de la ley.
Pero al caer en olvido y extinguirse la justicia y el amor de
Dios, durante la permanencia en Egipto, fue necesario que Dios, por su gran
benevolencia hacia los hombres, se manifestara a sí mismo de palabra.
Con su poder sacó al pueblo de Egipto, para que el hombre
volviera a ser discípulo y seguidor de Dios; y lo atemorizó con su palabra, para
que no despreciara a su Hacedor.
Lo alimentó con el maná, alimento espiritual, como dice
también Moisés en el Deuteronomio: Te alimentó con el maná, que no conocieron
tus padres, para enseñarte que no sólo se vive de pan, sino de cuanto sale de la
boca de Dios.
Además, le ordenó el amor de Dios y la justicia para con el
prójimo, para que no fuese injusto ni indigno de Dios, disponiendo así al
hombre, por medio del decálogo, para su amistad y la concordia con el prójimo;
todo ello en provecho del hombre, ya que Dios ninguna necesidad tiene del
hombre.
Todo esto contribuía a la gloria del hombre, otorgándole la
amistad con Dios, de la que estaba privado, sin que nada añadiera a Dios, ya que
él no necesita del amor del hombre.
El hombre, en cambio, se hallaba privado de la gloria de
Dios, que sólo podía obtener por la sumisión a él. Por esto Moisés decía también
al pueblo: Elige la vida, y viviréis tú y tu descendencia, amando al Señor, tu
Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años
en la tierra.
Y, queriendo disponer al hombre para esta vida, el Señor
promulgó por sí mismo el decálogo, para todos sin distinción; y, con su venida
en carne, este decálogo no fue abolido, sino que sigue en vigor, completado y
aumentado. En cambio, no promulgó por sí mismo al pueblo los preceptos que
implican servidumbre, sino que los promulgó por boca de Moisés, como afirma el
mismo Moisés: En aquella ocasión el Señor me mandó que os enseñara, mandatos y
decretos.
Aquellos preceptos, pues, que implicaban servidumbre y tenían
el carácter de signo fueron eliminados por el nuevo Testamento de libertad; en
cambio, los que eran de ley natural, liberadores y comunes a todo .hombre, los
completó y perfeccionó, dando a los hombres, con suma liberalidad y largueza, el
conocimiento de Dios como Padre adoptivo, para que lo amasen de todo corazón y
siguieran al que es su Palabra sin desviarse.
jueves, 17 de marzo de 2022
Ten cuidado con tu corazón
miércoles, 16 de marzo de 2022
No sea así entre ustedes
martes, 15 de marzo de 2022
Conversión cuaresmal
lunes, 14 de marzo de 2022
Moisés y Cristo
De las Catequesis de san Juan Crisóstomo, obispo
Los judíos vieron maravillas; también tú las verás, y más grandes y
sorprendentes que cuando los judíos salieron de Egipto. Tú no viste sumergirse
al Faraón con su ejército, pero has visto al diablo con todo su poder cubierto
por las olas. Los judíos atravesaron el mar Rojo; tú has atravesado ,el dominio
de la muerte. Ellos fueron liberados de Egipto; tú has sido liberado de los
demonios. Los judíos escaparon de la esclavitud en país extranjero; tú has
escapado de la esclavitud, mucho más triste, del pecado.
¿Quieres aún más pruebas de que has sido honrado con dones mayores? Los judíos,
entonces, no pudieron contemplar el rostro glorificado de Moisés, a pesar de que
era consiervo y congénere suyo; tú, en cambio, has contemplado la gloria del
rostro de Cristo. Y el apóstol Pablo afirma: Todos nosotros reflejamos como en
un espejo en nuestro rostro descubierto la gloria del Señor.
Ellos tenían entonces a Cristo que los seguía; pero, de un modo mucho más real,
nos sigue ahora a nosotros. Pues entonces el Señor los acompañaba en atención a
Moisés, pero ahora os acompaña no sólo en atención a Moisés, sino por vuestra
obediencia. Ellos, al salir de Egipto, encontraron el desierto; tú, al salir de
este mundo, encontrarás el cielo. Ellos tuvieron como guía e ilustre caudillo a
Moisés; pero nosotros tenemos como guía y caudillo al otro Moisés, que es Dios
mismo.
¿Cuál fue la nota distintiva del primer Moisés? Moisés -dice la Escritura- era
el hombre más humilde del mundo. Esta característica se la podemos atribuir, sin
temor a equivocarnos, a nuestro Moisés, ya que en él moraba íntima y
consubstancial mente el Espíritu suavísimo. Entonces, Moisés, alzando las manos
al cielo, hacía caer el maná, pan de ángeles; nuestro Moisés alza las manos al
cielo y nos proporciona el alimento eterno. Aquél golpeó la roca e hizo salir
torrentes de agua;
éste toca la mesa, golpea la mesa espiritual y hace manar las fuentes del
Espíritu. Por esto la mesa está situada en medio, cual una fuente, para que los
rebaños acudan a la fuente desde todo lugar y beban de sus aguas salvadoras.
Disponiendo, pues, de una fuente tal, de una mesa abastecida con tal abundancia
de alimentos de toda clase, de tanta abundancia de bienes espirituales,
acerquémonos con un corazón sincero y una conciencia pura, para que alcancemos
gracia y misericordia en el tiempo oportuno: la gracia y la misericordia del
Hijo único, nuestro Señor y salvador Jesucristo, por el cual y con el cual sea
la gloria, el honor y el poder al Padre y al Espíritu dador de vida, ahora y
siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 13 de marzo de 2022
Qué bien estamos aquí!
sábado, 12 de marzo de 2022
No sólo buenos, santos
viernes, 11 de marzo de 2022
Una caricatura
jueves, 10 de marzo de 2022
Imitemos al Señor en su manera de apacentar
De las Homilías de san Asterio de Amasea, obispo
Si queréis asemejaras a Dios, puesto que habéis sido hechos a su imagen, imitad
su ejemplo. Vosotros, que sois cristianos, nombre que en sí mismo implica la
bondad, imitad el amor de Cristo.
Considerad las riquezas de su bondad, ya que, queriendo venir a los hombres
haciéndose él mismo hombre, envió ante sí a Juan, como pregonero y ejemplo de
penitencia, y, antes de Juan, a todos los profetas, los cuales exhortaban a los
hombres a que se arrepintieran, a que volvieran a la vida, a que se enmendaran.
Luego, al venir él en persona, clamaba con su propia voz: Venid a mí todos los
que andáis rendidos y agobiados, que yo os daré descanso. ¿Y cómo acogió a los
que hicieron caso de esta invitación? Les concedió sin dificultad el perdón de
sus pecados, al momento los libró de todo aquello que los agobiaba: el Hijo los
santificó, el Espíritu los confirmó, el hombre viejo fue sepultado en el agua
bautismal y el hombre nuevo, regenerado, resplandeció por la gracia.
¿Qué se siguió de ahí? El que antes era enemigo se convirtió en amigo, el que
era un extraño en hijo, el que era profano en sagrado y santo.
Imitemos el estilo del Señor en su manera de apacentar; meditemos los
evangelios y, viendo en ellos, como en un espejo, su ejemplo de diligencia y
benignidad, aprenderemos a fondo estas virtudes.
En ellos, en efecto, encontramos descrito, con un lenguaje parabólico y
misterioso, a un hombre, pastor de cien ovejas, el cual, cuando una de las cien
se separó del rebaño e iba errando descarriada, no se quedó con las demás que
continuaban paciendo ordenadamente, sino que se marchó a buscar a la
descarriada, atravesando valles y desfiladeros, subiendo montes altos y
escarpados, pasando por desiertos, y así le fue siguiendo la pista con gran
fatiga, hasta que la halló errante.
Una vez hallada, no le dio de azotes, ni la hizo volver con prisas y a empujones
al rebaño, sino que la cargó sobre sus hombros y, tratándola suavemente, la
llevó al rebaño, con una alegría mayor por aquella sola que había encontrado.
que por la muchedumbre de las demás. Reflexionemos sobre el significado de este
hecho, envuelto en la oscuridad de una semejanza. Esta oveja y este pastor no
significan simplemente una oveja y un pastor cualquiera, sino algo más profundo.
En estos ejemplos se esconde una enseñanza sagrada.
En ellos se nos advierte que no tengamos nunca a nadie por perdido sin remedio y
que, cuando alguien se halle en peligro, no seamos negligentes o remisos en
prestarle ayuda, sino que a los que se han desviado de la recta conducta los
volvamos al buen camino, nos alegremos de su vuelta y los agreguemos a la
muchedumbre de los que viven recta y piadosamente.
miércoles, 9 de marzo de 2022
Habeis oído que se dijo