lunes, 31 de octubre de 2016

Vivir lo que creemos, o vivir lo que no aceptamos?

Le insiste San Pablo a los Filipenses:
"Hermanos:
Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir".
Hoy estoy volviendo a mi ritmo normal, sin dejar de estar con el corazón junto a mi familia, sabiendo que día a día todo puede cambiar, pero siempre con la confianza puesta en que el Señor nunca nos pedirá algo más fuerte y pesado de lo que podamos llevar. Pero en este Camino siempre Él nos da un empujón, nos lleva de Sus Manos, si nos dejamos conducir; nos cobija bajo sus Alas, si nos hacemos pequeños y necesitados; pero nunca nos cobijará y nos sostendrá si no intentamos estar junto a Él, si no volvemos a creer en Él.
Quizás sean necesarios algunos golpes para darnos cuenta de lo que es importante y de cuál es el Camino a recorrer, de cuáles son las cosas que hemos dejado de lado por buscar otras que parecían importantes pero que no eran necesarias; siempre, como decían las abuelas "un gopecito a tiempo nos hacer razonar y reflexionar a tiempo" (eran otras palabras pero para que no me digan que hago apología de la violencia...) Y por eso siempre Dios nos da una nueva oportunidad para revisar nuestra vida y nuestro caminar.
En estos días nos hemos llenado de brujas, muertos, zombies y tantas otras cosas más que hacen mención a algo que no es de nuestra vida cristiana. Puede ser un juego? Sí, puede ser un juego. Pero jugando y jugando las cosas se van metiendo en nuestra manera de ser, de pensar, de actuar. Y por eso tenemos que ponernos a pensar, como nos invita San Pablo, a mantenernos firmes en nuestra fe, concordes en un mismo amor y sentir. Estas fiestas de Brujas y de Muertos ¿es propia de nuestra fe cristiana? Y ¿si no es propia de nuestra vida cristiana por que la aceptamos? ¿Por qué los cristianos nos hacemos eco de cosas que no creemos? Porque si las hacemos y las incorporamos a nuestras vidas es porque aceptamos esa forma de vivir. ¿No es algo contradictorio? ¿Es ese el sentir y el vivir que nos pide el Señor?
Y así como esto hay un montón de cosas más: ¿será necesario que podamos hacer una revisión de lo que hacemos y vivimos para no hacer y vivir lo que creemos que no creemos?

domingo, 30 de octubre de 2016

Naturaleza de la paz

Vaticano II
Gaudium et spes 78
La paz no consiste en una mera ausencia de guerra ni se reduce a asegurar el equilibrio de las distintas fuerzas contrarias ni nace del dominio despótico, sino que, con razón, se define como obra de la justicia. Ella es como el fruto de aquel orden que el Creador quiso establece en la sociedad humana y que debe irse perfeccionando sin cesar por medio del esfuerzo de aquellos hombre que aspiran a implantar en el mundo una justicia cada vez más plena.
En efecto, aunque fundamentalmente el bien común del género humano depende de la ley eterna, en sus exigencias concretas está, con todo, sometido a las continuas transformaciones ocasionadas por la evolución de los tiempos; la paz no es nunca algo adquirido de una vez para siempre, sino que es preciso irla construyendo y edificando cada día. Como además la voluntad humana es frágil y está herida por el pecado, el mantenimiento de la paz requiere que cada uno se esfuerce constantemente por dominar sus pasiones, y exige de la autoridad legítima una constante vigilancia.
Y todo esto es aún insuficiente. La paz de la que hablamos no puede obtenerse en este mundo, si no se garantiza el bien de cada una de las personas y si los hombres no saben comunicarse entre sí espontáneamente con confianza las riquezas de su espíritu y de su talento. La firme voluntad de respetar la dignidad de los otros hombres y pueblos y el solícito ejercicio de la fraternidad son algo absolutamente imprescindible para construir verdadera paz. Por ello, puede decirse que la paz es también fruto del amor, que supera los límites de lo que exige la simple justicia.
La paz terrestre nace del amor al prójimo, y es como la imagen y el efecto de aquella paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el mismo Hijo encarnado, príncipe de la paz, ha reconciliado por su cruz a todos los hombres con Dios, reconstruyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo. Así ha dado muerte en su propia carne al odio y, después del triunfo de su resurrección, ha derramado su Espíritu de amor en el corazón de los hombres.
Por esta razón, todos los cristianos quedan vivamente invitados a que, realizando la verdad en el amor, se unan a aquellos hombres que, como auténticos constructores de la paz, se esfuerzan por instaurarla y rehacerla. Movidos por este mismo espíritu, no podemos menos de alabar a quienes, renunciando a toda intervención violenta en la defensa de sus derechos, recurren a aquellos medios de defensa que están incluso al alcance de los más débiles, con tal de que esto pueda hacerse sin lesionar los derechos y los deberes de otras personas o de la misma comunidad

viernes, 28 de octubre de 2016

Como el Padre me envió...

San Cirilo de Alejandría
Sobre el evangelio de san Juan L 12,1 (PG 74,707-710)
Nuestro Señor Jesucristo instituyó a aquellos que habían de ser guías y maestros de todo el mundo y administradores de sus divinos misterios, y les mandó que fueran como astros que iluminaran con su luz no sólo el país de los judíos, sino también a todos los países que hay bajo el sol, a todos los hombres que habitan la tierra entera. Es verdad lo que afirma la Escritura: Nadie puede arrogarse este honor: Dios es quien llama. Fue, en efecto, nuestro Señor Jesucristo el que llamó a sus discípulos a la gloria del apostolado, con preferencia a todos los demás.
Aquellos bienaventurados discípulos fueron columnas y fundamento de la verdad; de ellos afirma el Señor que los envía como el Padre lo ha enviado a él, con las cuales palabras, al mismo tiempo que muestra la dignidad del apostolado y la gloria incomparable de la potestad que les ha sido conferida, insinúa también, según parece, cuál ha de ser su estilo de obrar.
En efecto, si el Señor tenía la convicción de que había de enviar a sus discípulos como el Padre lo había enviado a él, era necesario que ellos, que habían de ser imitadores de uno y otro, supieran con qué finalidad el Padre había enviado al Hijo. Por esto, Cristo, exponiendo en diversas ocasiones las características de su propia misión, decía: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan. Y también: He bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
De este modo, resume en pocas palabras la regla de conducta de los apóstoles, ya que, al afirmar que los envía como el Padre lo ha enviado a él, les da a entender que su misión consiste en invitar a los pecadores a que se arrepientan y curar a los enfermos de cuerpo y de alma, y que en el ejercicio de su ministerio no han de buscar su voluntad, sino la de aquel que los ha enviado, y que han de salvar al mundo con la doctrina que de él han recibido. Leyendo los Hechos de los apóstoles o los escritos de san Pablo, nos damos cuenta fácilmente del empeño que pusieron los apóstoles en obrar según estas consignas recibidas.

jueves, 27 de octubre de 2016

La creación habla de Dios

San Atanasio
Sermones contra los arrianos 2,78.79
En nosotros y en todos los seres hay una imagen creada de la Sabiduría eterna. Por ello, no sin razón, el que es la verdadera Sabiduría de quien todo procede, contemplando en las criaturas como una imagen de su propio ser, exclama: El Señor me estableció al comienzo de sus obras. En efecto, el Señor considera toda la sabiduría que hay y se manifiesta en nosotros como algo que pertenece a su propio ser.
Pero esto no porque el Creador de todas las cosas sea él mismo creado, sino porque él contempla en sus criaturas como una imagen creada de su propio ser. Ésta es la razón por la que afirmó también el Señor: El que os recibe a vosotros me recibe a mí,pues, aunque él no forma parte de la creación, sin embargo, en las obras de sus manos hay como una impronta y una imagen de su mismo ser, y por ello, como si se tratara de sí mismo, afirma: El Señor me estableció al principio de sus tareas, al comienzo de sus obras.
Por esta razón precisamente, la impronta de la sabiduría divina ha quedado impresa en las obras de la creación: para que el mundo, reconociendo en esta sabiduría al Verbo, su Creador, llegue por él al conocimiento del Padre. Es esto lo que enseña el apóstol san Pablo: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista: Dios mismo se lo ha puesto delante. Desde la creación del mundo, sus perfecciones invisibles son visibles para la mente que penetra en sus obras. Por esto, el Verbo, en cuanto tal, de ninguna manera es criatura, sino el arquetipo de aquella sabiduría de la cual se afirma que existe y que está realmente en nosotros.
Los que no quieren admitir lo que decimos deben responder a esta pregunta: ¿existe o no alguna clase de sabiduría en las criaturas? Si nos dicen que no existe, ¿por qué arguye san Pablo diciendo que, en la sabiduría de Dios, el mundo no lo conoció por el camino de la sabiduría? Y, sino existe ninguna sabiduría en las criaturas, ¿cómo es que la Escritura alude a tan gran número de sabios? Pues en ella se afirma: El sabio es cauto y se aparta del mal y con sabiduría se construye una casa.
Y dice también el Eclesiastés: La sabiduría serena el rostro del hombre; y el mismo autor increpa a los temerarios con estas palabras: No preguntes: «¿Por qué los tiempos pasados eran mejores que los de ahora?». Eso no lo pregunta un sabio.
Que exista la sabiduría en las cosas creadas queda patente también por las palabras del hijo de Sira: La derramó sobre todas sus obras, la repartió entre los vivientes, según su generosidad se la regaló a los que lo temen; pero esta efusión de sabiduría no se refiere, en manera alguna, al que es la misma Sabiduría por naturaleza, el cual existe en sí mismo y es el Unigénito, sino más bien a aquella sabiduría que aparece como su reflejo en las obras de la creación. ¿Por qué, pues, vamos a pensar que es imposible que la misma Sabiduría creadora, cuyos reflejos constituyen la sabiduría y la ciencia derramadas en la creación, diga de sí misma: El Señor me estableció a comienzo de sus obras? No hay que decir, sin embargo que la sabiduría que hay en el mundo sea creadora; ella por el contrario, ha sido creada, según aquello del salmo El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos

miércoles, 26 de octubre de 2016

Sigamos la senda de la verdad

De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios


 Revistámonos de concordia, manteniéndonos en la humildad y en la continencia, apartándonos de toda murmuración y de toda crítica y manifestando nuestra justicia más por medio de nuestras obras que con nuestras palabras. Porque está escrito: ¿Va a quedar sin respuesta tal palabrería?, ¿va a tener razón el charlatán?
    Es necesario, por tanto, que estemos siempre dispuestos a obrar el bien, pues todo cuanto poseemos nos lo ha dado Dios. Él, en efecto, ya nos ha prevenido diciendo: Mirad, el Señor Dios llega con poder, y con él viene su salario y su recompensa lo precede y paga a cada hombre según sus acciones. De esta forma, pues, nos exhorta a nosotros, que creemos en él con todo nuestro corazón, a que, sin pereza ni desidia, nos entreguemos al ejercicio de las buenas obras. Nuestra gloria y nuestra confianza estén siempre en él; vivamos siempre sumisos a su voluntad y pensemos en la multitud de ángeles que están en su presencia, siempre dispuestos a cumplir sus órdenes. Dice, en efecto, la Escritura: Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él y gritaban, diciendo: «¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, llena está la tierra de su gloria!»
    Nosotros, pues, también con un solo corazón y con una sola voz, elevemos el canto de nuestra común fidelidad, aclamando sin cesar al Señor, a fin de tener también nuestra parte en sus grandes y maravillosas promesas. Porque él ha dicho: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que lo aman.
    ¡Qué grandes y maravillosos son, amados hermanos, los dones de Dios! La vida en la inmortalidad, el esplendor en la justicia, la verdad en la libertad, la fe en la confianza, la templanza en la santidad; y todos estos dones son los que están va desde ahora al alcance de nuestro conocimiento. ¿Y cuáles serán, pues, los bienes que están preparados para los que lo aman? Solamente los conoce el Artífice supremo, el Padre de los siglos; sólo él sabe su número y su belleza.
    Nosotros, pues, si deseamos alcanzar estos dones procuremos, con todo ahínco, ser contados entre aquellos que esperan su llegada. ¿Y cómo podremos lograrlo, amados hermanos? Uniendo a Dios nuestra alma con toda nuestra fe, buscando siempre con diligencia lo que es grato y acepto a sus ojos, realizando lo que está de acuerdo con su santa voluntad, siguiendo la senda de la verdad y rechazando de nuestra vida toda injusticia.

martes, 25 de octubre de 2016

Dios es fiel

San Clemente I
Carta a los Corintios 24,1-5; 27,1-29,1
Consideremos, amadísimos hermanos, cómo Dios no cesa de alentarnos con la esperanza de una futura resurrección, de la que nos ha dado ya las primicias al resucitar de entre los muertos al Señor Jesucristo. Estemos atentos, amados hermanos, al mismo proceso natural de la resurrección que contemplamos todos los días: el día y la noche ponen ya ante nuestros ojos como una imagen de la resurrección: la noche se duerme, el día se levanta; el día termina, la noche lo sigue. Pensemos también en nuestras cosechas: ¿Qué es la semilla y cómo la obtenemos? Sale el sembrador y arroja en tierra unos granos de simiente, y lo que cae en tierra, seco y desnudo, se descompone; pero luego, de su misma descomposición, el Dueño de todo, en su divina providencia, lo resucita, y de un solo grano saca muchos, y cada uno de ellos lleva su fruto.
Tengamos, pues, esta misma esperanza y unamos con ella nuestras almas a aquel que es fiel en sus promesas y justo en sus juicios. Quien nos prohibió mentir ciertamente no mentirá, pues nada es imposible para Dios, fuera de la mentira. Reavivemos, pues, nuestra fe en él y creamos que todo está, de verdad, en sus manos.
Con una palabra suya creó el universo, y con una palabra lo podría también aniquilar. ¿Quién puede decirle: «Qué has hecho»? O ¿quién puede resistir la fuerza de su brazo?El lo hace todo cuando quiere y como quiere, y nada dejará de cumplirse de cuanto él ha decretado. Todo está presente ante él, y nada se opone a su querer, pues el cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos: el día al día le pasa el mensaje, la noche a la noche se lo susurra; sin que hablen, sin que pronuncien, sin que resuene su voz, a toda la tierra alcanza su pregón.
Siendo, pues, así que todo está presente ante él y que él todo lo contempla, tengamos temor de ofenderlo y apartémonos de todo deseo impuro de malas acciones, a fin de que su misericordia nos defienda en el día del juicio. Porque ¿quién de nosotros podría huir de su poderosa mano? ¿Qué mundo podría acoger a un desertor de Dios? Dice, en efecto, en cierto lugar, la Escritura: ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro. ¿En qué lugar, pues, podría alguien refugiarse para escapar de aquel que lo envuelve todo?
Acerquémonos, por tanto, al Señor con un alma santificada, levantando hacia él nuestras manos puras e incontaminadas; amemos con todas nuestras fuerzas al que es nuestro Padre, amante y misericordioso, y que ha hecho de nosotros su pueblo de elección.

lunes, 24 de octubre de 2016

No nos apartemos nunca de la Voluntad de Dios


De la carta de san Clemente primero, papa, a los Corintios


Vigilad, amadísimos, no sea que los innumerables beneficios de Dios se conviertan para nosotros en motivo de condenación por no tener una conducta digna de Dios y por no realizar siempre en mutua concordia lo que le agrada. En efecto, dice la Escritura: El Espíritu del Señor es como una lámpara que sondea lo más íntimo de las entrañas.
    Consideremos cuán cerca está de nosotros y cómo no se le oculta ninguno de nuestros pensamientos ni de nuestras palabras. Justo es, por tanto, que no nos apartemos nunca de su voluntad. Vale más que ofendamos a hombres necios e insensatos, soberbios y engreídos en su hablar, que no a Dios.
    Veneremos al Señor Jesús, cuya sangre fue derramada por nosotros; respetemos a los que dirigen nuestras comunidades, honremos a nuestros presbíteros, eduquemos a nuestros hijos en el temor de Dios, encaminemos a nuestras esposas por el camino del bien. Que ellas sean dignas de todo elogio por el encanto de su castidad, que brillen por la sinceridad y por su inclinación a la dulzura, que la discreción de sus palabras manifieste a todos su recato, que su caridad hacia todos sea patente a cuantos temen a Dios, y que no hagan acepción alguna de personas.
    Que vuestros hijos sean educados según Cristo, que aprendan el gran valor que tiene ante Dios la humildad y lo mucho que aprecia Dios el amor casto, que comprendan cuán grande sea y, cuán hermoso el temor de Dios y cómo es capaz de salvar a los que se dejan guiar por él, con toda pureza de conciencia. Porque el Señor es escudriñador de nuestros pensamientos y de nuestros deseos, y su Espíritu está en nosotros, pero cuando él quiere nos lo puede retirar. Todo esto nos lo confirma nuestra fe cristiana, pues el mismo Cristo es quien nos invita, por medio del Espíritu Santo, con estas palabras: Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor; ¿hay alguien que ame la vida y desee días de prosperidad? Guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el bien, busca la paz y corre tras ella.
    El Padre de todo consuelo y de todo amor tiene entrañas de misericordia para con todos los que lo temen y en su entrañable condescendencia reparte sus dones a cuantos a él se acercan con un corazón sin doblez. Por eso, huyamos de la duplicidad de ánimo y que nuestra alma no se enorgullezca nunca al verse honrada con la abundancia y riqueza de los dones del Señor.

domingo, 23 de octubre de 2016

Dios ha creado con sabiduría

San Clemente I
Carta a los Corintios 19,2- 20,12
No perdamos de vista al que es Padre y Creador de del mundo, y tengamos puesta nuestra esperanza en la munificencia y exuberancia del don de la paz que nos ofrece. Contemplémoslo con nuestra mente y pongamos los ojos de nuestra alma en la magnitud de sus designios, sopesando cuán bueno se muestra él para con todas sus criaturas.
Los astros del firmamento obedecen en sus movimientos, con exactitud y orden, las reglas que de él han recibido; el día y la noche van haciendo su camino, tal como él lo ha determinado, sin que jamás un día irrumpa sobre otro. El sol, la luna y el coro de los astros siguen las órbitas que él les ha señalado en armonía y sin trasgresión alguna. La tierra fecunda, sometiéndose a sus decretos, ofrece, según el orden de las estaciones, la subsistencia tanto a los hombres como a los animales y a todos los seres vivientes que la habitan, sin que jamás desobedezca el orden que Dios le ha fijado.
Los abismos profundos e insondables y las regiones más inescrutables obedecen también a sus leyes. La inmensidad del mar, colocada en la concavidad donde Dios la puso, nunca traspasa los límites que le fueron impuestos, sino que en todo se atiene a lo que él le ha mandado. Pues al mar dijo el Señor: Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí se romperá la arrogancia de tus olas.Los océanos, que el hombre no puede penetrar, y aquellos otros mundos que están por encima de nosotros obedecen también a las ordenaciones del Señor.
Las diversas estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, van sucediéndose en orden, una tras otra. El ímpetu de los vientos irrumpe en su propio momento y realiza así su finalidad sin desobedecer nunca las fuentes, que nunca se olvidan de manar y que Dios creó para el bienestar y la salud de los hombres, hace brotar siempre de sus pechos el agua necesaria para la vida de los hombres; y aún los más pequeños de los animales, uniéndose en paz y concordia, van reproduciéndose y multiplicando su prole.
Así, en toda la creación, el Dueño y soberano Creador del universo ha querido que reinara la paz y la concordia, pues él desea el bien de todas sus criaturas y se muestra siempre magnánimo y generoso con todos los que recurrimos a su misericordia, por nuestro Señor Jesucristo, a quien sea la gloria y la majestad por los siglos de los siglos. Amén

sábado, 22 de octubre de 2016

El Verbo se hizo hombre

San Pedro Crisólogo
Sermón 117
El apóstol san Pablo nos dice que dos hombres dieron origen al género humano, a saber, Adán y Cristo. Dos hombres semejantes en su cuerpo, pero muy diversos en su obrar; totalmente iguales por el número y orden de sus miembros, pero totalmente distintos por su respectivo origen. Dice, en efecto, la Escritura: El primer hombre, Adán, fue un ser animado; el último Adán, un espíritu que da vida.
Aquel primer Adán fue creado por el segundo, de quien recibió el alma con la cual empezó a vivir; el último Adán, en cambio, se configuró a sí mismo y fue su propio autor, pues no recibió la vida de nadie, sino que fue el único de quien procede la vida de todos. Aquel primer Adán fue plasmado del barro deleznable; el último Adán se formó en las entrañas preciosas de la Virgen. En aquél, la tierra se convierte en carne; en éste, la carne llega a ser Dios.
Y ¿qué más podemos añadir? Este es aquel Adán que, cuando creó al primer Adán, colocó en él su divina imagen. De aquí que recibiera su naturaleza y adoptara su mismo nombre, para que aquel a quien había formado a su misma imagen no pereciera. El primer Adán es, en realidad, el nuevo Adán; aquel primer Adán tuvo principio, pero este último Adán no tiene fin. Por lo cual, este último es, realmente, también el primero, como él mismo afirma: Yo soy el primero y yo soy el último.
«Yo soy el primero, es decir, no tengo principio. Yo soy el último, porque, ciertamente, no tengo fin. No es primero lo espiritual - dice-, sino lo animal. Lo espiritual viene después. El espíritu no fue lo primero - dice-, primero vino la vida y después el espíritu». Antes, sin duda, es la tierra que el fruto, pero la tierra no es tan preciosa como el fruto; aquélla exige lágrimas y trabajo, éste, en cambio, nos proporciona alimento y vida. Con razón el profeta se gloría de tal fruto, cuando dice: Nuestra tierra ha dado su fruto. ¿Qué fruto? Aquel que se afirma en otro lugar: A un fruto de tus entrañas lo pondré sobre tu trono. Y también: El primer hombre, hecho de tierra, era terreno; el segundo hombre es del cielo.
Igual que el terreno son los hombres terrenos; igual que el celestial son los hombres celestiales. ¿Cómo, pues, los que no nacieron con tal naturaleza celestial llegaron a ser de esta naturaleza y no permanecieron tal cual habían nacido, sino que perseveraron en la condición en que habían renacido? Esto se debe, hermanos, a la acción misteriosa del Espíritu, el cual fecunda con su luz el seno materno de la fuente virginal, para que aquellos a quienes el origen terreno de su raza da a luz en condición terrena y miserable vuelvan a nacer en condición celestial, y lleguen a ser semejantes a su mismo Creador. Por tanto, renacidos ya, recreados según la imagen de nuestro Creador, realicemos lo que nos dice el Apóstol: Nosotros, que somos imagen del hombre terreno, seamos también imagen del hombre celestial.
Renacidos ya, como hemos dicho, a semejanza de nuestro Señor, adoptados como verdaderos hijos de Dios, llevemos íntegra y con plena semejanza la imagen de nuestro Creador: no imitándolo en su soberanía, que sólo a él corresponde, sino siendo su imagen por nuestra inocencia, simplicidad, mansedumbre, paciencia, humildad, misericordia y concordia, virtudes todas por las que el Señor se ha dignado hacerse uno de nosotros y ser semejante a nosotros

viernes, 21 de octubre de 2016

El espíritu intercede por nosotros

San Agustín
Carta a Proba 130,14,27-15,28
Quien pide al Señor aquella sola cosa que hemos mencionado, es decir, la vida dichosa de la gloria, y esa sola cosa busca, éste pide con seguridad y pide con certeza, y no puede temer que algo le sea obstáculo para conseguir lo que pide, pues pide aquello sin lo cual de nada le aprovecharía cualquier otra cosa que hubiera pedido, orando como conviene. Ésta es la única vida verdadera, la única vida feliz: contemplar eternamente la belleza del Señor, en la inmortalidad e incorruptibilidad del cuerpo y del espíritu. En razón de esta sola cosa, nos son necesarias todas las demás cosas; en razón de ella, pedimos oportunamente las demás cosas. Quien posea esta vida poseerá todo lo que desee, y allí nada podrá desear que no sea conveniente.
Allí está la fuente de la vida, cuya sed debemos avivar en la oración, mientras vivimos aún de esperanza. Pues ahora vivimos sin ver lo que esperamos, seguros a la sombra de las alas de aquel ante cuya presencia están todas nuestras ansias; pero tenemos la certeza de nutrirnos un día de lo sabroso de su casa y de beber del torrente de sus delicias, porque en él está la fuente viva, y su luz nos hará ver la luz; aquel día, en el cual todos nuestros deseos quedarán saciados con sus bienes y ya nada tendremos que pedir gimiendo, pues todo lo poseeremos gozando. Pero, como esta única cosa que pedimos consiste en aquella paz que sobrepasa toda inteligencia, incluso cuando en la oración pedimos esta paz, hemos de pensar que no sabemos pedir lo que nos conviene. Porque no podemos imaginar cómo sea esta paz en sí misma y, por tanto, no sabemos pedir lo que nos conviene. Cuando se nos presenta al pensamiento alguna imagen de ella, la rechazamos, la reprobamos, reconocemos que está lejos de la realidad, aunque continuamos ignorando lo que buscamos.
Pero hay en nosotros, para decirlo de algún modo, una docta ignorancia; docta, sin duda, por el Espíritu de Dios, que viene en ayuda de nuestra debilidad. En efecto, dice el Apóstol: Cuando esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia. Y añade a continuación: El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.
No hemos de entender estas palabras como si dijeran que el Espíritu de Dios, que en la Trinidad divina es Dios inmutable y un solo Dios con el Padre y el Hijo, orase a Dios como alguien distinto de Dios, intercediendo por los santos; si el texto dice que el Espíritu intercede por los santos, es para significar que incita a los fieles a interceder, del mismo modo que también se dice: Se trata de una prueba del Señor, vuestro Dios, para ver si lo amáis, es decir, para que vosotros conozcáis si lo amáis. El Espíritu pues, incita a los santos a que intercedan con gemidos inefables, inspirándoles el deseo de aquella realidad tan sublime que aún no conocemos, pero que esperamos ya con perseverancia. Pero ¿cómo se puede hablar cuando se desea lo que ignoramos? Ciertamente que si lo ignoráramos del todo no lo desearíamos; pero, por otro lado, si ya lo viéramos no lo desearíamos ni lo pediríamos con gemidos inefables

jueves, 20 de octubre de 2016

Sobre los grados de contemplación


De los Sermones de san Bernardo, abad

    Refugiémonos en Cristo, nuestra fortaleza, y adhirámonos con todas nuestras fuerzas al Señor, la roca sólida y siempre firme, y podremos decir con el profeta, como está escrito: Afianzó mis pies en la roca y aseguró mis pasos. Consolidados así y afianzados podremos contemplar y escuchar lo que él nos diga y sabremos cómo responder cuando él nos reprenda.
    El primer grado de esta contemplación, amados hermanos, consiste en considerar atentamente cuál sea la voluntad del Señor y qué es lo acepto a sus ojos. Y, como todos pecamos con frecuencia y nuestro orgullo ofende muchas veces su santísima voluntad y no se adhiere ni conforma a lo que el Señor desea, es necesario que nos humillemos bajo la poderosa mano del Dios altísimo y procuremos solícitamente presentarnos ante él con espíritu humilde, diciendo: Sáname, Señor, y quedaré sano, sálvame y quedaré a salvo. Y también aquello otro: Señor, ten misericordia, sáname, porque he pecado contra ti.
    Cuando estos pensamientos hayan ya purificado la mirada de nuestro corazón, en vez de andar según la amargura de nuestro espíritu nos dejaremos llevar del Espíritu de Dios y viviremos alegres, sin preocuparnos va de cuál sea la voluntad de Dios sobre nosotros, sino interesándonos más bien sobre cuál sea la voluntad divina en sí misma.
    Y, ya que en su voluntad está la vida, no podemos dudar lo más mínimo de que nada encontraremos que nos sea más útil y provechoso que aquello que concuerda con el querer divino. Por tanto, si en verdad queremos conservar la vida de nuestra alma, procuremos con solicitud no desviarnos en lo más mínimo de la voluntad de Dios.
    Y cuando hayamos ya progresado algún tanto en la vida: espiritual, guiados por el Espíritu Santo, que escudriña los más altos misterios de Dios, dediquémonos a contemplar cuán suave es el Señor y cuán bueno es en sí mismo; y con el profeta supliquémosle que nos manifieste cuál sea su voluntad, para que pongamos nuestra mansión no en nuestro pobre corazón humano, sino en su santo templo; así podremos repetir con el mismo profeta: Mi alma se acongojó, te recuerdo.
    Pues hay que advertir, que la plenitud de nuestra vida espiritual se encuentra en estas dos cosas: en aquella reflexión sobre nosotros mismos, que nos turba y nos contrista en vista a la conversión, y en la contemplación de Dios, que nos llena del gozo y del consuelo del Espíritu Santo; lo primero engendra en nosotros el temor y la, humildad, lo segundo alumbra en nuestro interior el amor y la esperanza.

miércoles, 19 de octubre de 2016

San Agustín

Quien dice, por ejemplo: Como mostraste tu santidad a las naciones, muéstranos así tu gloria y saca veraces a tus profetas, ¿qué otra cosa dice sino: Santificado sea tunombre? 
Quien dice: Dios de los ejércitos, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve, ¿qué otra cosa dice sino: Venga a nosotros tu reino?
Quien dice: Asegura mis pasos con tu promesa, que ninguna maldad me domine, ¿qué otra cosa dice sino: hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo?
Quien dice: No me des riqueza ni pobreza, ¿qué otra cosa dice sino: El pan nuestro de cada día dánosle hoy?
Quien dice: Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes, o bien: Señor, si soy culpable, si hay crímenes en mis manos, si he causado daño a mi amigo, ¿qué otra cosa dice sino: Perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores?
Quien dice: Líbrame de mi enemigo, Dios mío, protégeme de mis agresores, ¿qué otra cosa dice sino: Líbranos del mal?
Y, si vas discurriendo por todas las plegarias de la santa Escritura, creo que nada hallarás que no se encuentre y contenga en esta oración dominical. Por eso, hay libertad de decir estas cosas en la oración con unas u otras palabras, pero no debe haber libertad para decir cosas distintas.
Esto es, sin duda alguna, lo que debemos pedir en la oración, tanto para nosotros como para los nuestros, como también para los extraños e incluso para nuestros mismos enemigos, y, aunque roguemos por unos y otros de modo distinto, según las diversas necesidades y los diversos grados de familiaridad, procuremos, sin embargo, que en nuestro corazón nazca y crezca el amor hacia todos.
Aquí tienes explicado, a mi juicio, no sólo las cualidades que debe tener tu oración, sino también lo que debes pedir en ella, todo lo cual no soy yo quien te lo ha enseñado, sino aquel que se dignó ser maestro de todos.
Hemos de buscar la vida dichosa y hemos de pedir a Dios que nos la conceda. En qué consiste esta felicidad son muchos los que lo han discutido, y sus sentencias son muy numerosas. Pero nosotros, ¿qué necesidad tenemos de acudir a tantos autores y a tan numerosas opiniones? En las divinas Escrituras se nos dice de modo breve y veraz: Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. Para que podamos formar parte de este pueblo, llegar a contemplar a Dios y vivir con él eternamente, el Apóstol nos dice: Esa orden tiene por objeto el amor, que brota del corazón limpio, de la buena conciencia y de la fe sincera.
Al citar estas tres propiedades, se habla de la conciencia recta aludiendo a la esperanza. Por tanto, la fe, la esperanza y la caridad conducen hasta Dios al que ora, es decir, a quien cree, espera y desea, al tiempo que descubre en la oración dominical lo que debe pedir al Señor.

martes, 18 de octubre de 2016

San Gregorio Magno

Homilías sobre los Evangelios, 17,1-3 (PL 76, 1139)
Nuestro Señor y Salvador, hermanos muy amados, nos enseña unas veces con sus palabras, otras con sus obras. Sus hechos, en efecto, son normas de conducta, ya que con ellos nos da a entender tácitamente lo que debemos hacer. Manda a sus discípulos a predicar de dos en dos, ya que es doble el precepto de la caridad, a saber, el amor de Dios y el del prójimo. 
El Señor envía a los discípulos a predicar de dos en dos, y con ello nos indica sin palabras que el que no tiene caridad para con los demás no puede aceptar, en modo alguno, el ministerio de la predicación. 
Con razón se dice que los mandó por delante a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él. En efecto, el Señor viene detrás de sus predicadores, ya que, habiendo precedido la predicación, viene entonces el Señor a la morada de nuestro interior, cuando ésta ha sido preparada por las palabras de exhortación, que han abierto nuestro espíritu a la verdad. En este sentido, dice Isaías a los predicadores: Preparadle un camino al Señor; allanad una calzada para nuestro Dios. Por esto, les dice también el salmista: Alfombrad el camino del que sube sobre el ocaso. Sobre el ocaso, en efecto, sube el Señor, ya que en el declive de su pasión fue precisamente cuando, por su resurrección, puso más plenamente de manifiesto su gloria. Sube sobre el ocaso, porque, con su resurrección, pisoteó la muerte que había sufrido. Por esto, nosotros alfombramos el camino del que sube sobre el ocaso cuando os anunciamos su gloria, para que él, viniendo a continuación, os ilumine con su presencia amorosa. 
Escuchemos lo que dice el Señor a los predicadores que envía a sus campos: La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rogad, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies. Por tanto, para una mies abundante son pocos los trabajadores; al escuchar esto, no podemos dejar de sentir una gran tristeza, porque hay que reconocer que, si bien hay personas que desean escuchar cosas buenas, faltan, en cambio, quienes se dediquen a anunciarlas. Mirad cómo el mundo está lleno de sacerdotes, y, sin embargo, es muy difícil encontrar un trabajador para la mies del Señor; porque hemos recibido el ministerio sacerdotal, pero no cumplimos con los deberes de este ministerio. 
Pensad, pues, amados hermanos, pensad bien en lo que dice el Evangelio: Rogad al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies.Rogad también por nosotros, para que nuestro trabajo en bien vuestro sea fructuoso y para que nuestra voz no deje nunca de exhortaros, no sea que, después de haber recibido el ministerio de la predicación, seamos acusados ante el justo Juez por nuestro silencio.

domingo, 16 de octubre de 2016

La Sagrada Escritura: un diálogo con el Padre

Pablo exhorta a Timoteo y le dice:
"Querido hermano:
Permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús".
Nuestra vida espiritual no siempre es lineal, no siempre está en el mejor momento, siempre hay días oscuros, de dudas, de negación, de renegadez; por eso es importante que, a pesar del momento que estamos viviendo, permanezcamos firmes en una cosa: ser conscientes de lo que aprendimos, y seguros de que la Sagrada Escrituras en la que fundamos nuestra fe es Palabra de Dios. Porque en los momentos de dudas y de oscuridad siempre despreciamos lo mejor que tenemos, dejamos de lado lo que nos hace o nos hizo bien durante mucho tiempo. Y es en esos momentos en los cuales tengo tener mayor seguridad y mayor fidelidad, pues será en esos momentos donde pueda llegar a profundizar y fortalecer más mi vida espiritual, no por mi "fuerza" sino porque Dios gratifica la constancia en la prueba. Es decir, en los momentos de prueba (de dudas, de oscuridad, de dolor) es cuando el Señor más Gracia tiene para ofrecerme, siempre y cuando yo permanezca firme en lo que he creído.
"Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté equipado para toda obra buena.
Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta, con toda magnanimidad y doctrina".
Santa Teresita de Lisieux decía que cuando pudo comenzar a leer la Sagrada Escritura y hacer de ella un encuentro constante con la Palabra del Padre, fue a partir de ese momento cuando Dios le concedió la mayor de las sabidurías, cuando el Padre le reveló los más hermosos y grandes misterios de la salvación. Por eso fue un alimento que en ningún momento dejó de saborear, pues para ella era unos de los mejores manjares que Dios le había regalado.
Claro que tenemos que entender que la Sagrada Escritura no es una novela clásica o romántica para leerla de un tirón o tomando un cerveza, sino que es la Palabra de Dios que viene a nosotros, por eso es una Palabra para escuchar, para dialogar, para dejar que hable en el silencio de la oración, y vaya penetrando en lo profundo del corazón. Quizás en el primer momento no comprendamos lo que nos dice, pero si, como María, la conservamos en el corazón Ella irá dando poco a poco sabrosos frutos al alma y a la mente, pues nos ilumina, nos fortalece, nos concede la confianza y la certeza de que es el Padre quien nos habla y nos comunica los Dones de Su Gracia y nos muestra el Camino a recorrer.

sábado, 15 de octubre de 2016

Santa Teresa de Ávila

Aunque los escritos de Santa Teresa sean un poco difícil de entenderlos el esfuerzo vale la pena, aquí os dejo uno muy lindo:

Santa Teresa de Ávila

Del Libro de su vida (Cap. 22,6-7.12.14)


Con tan buen amigo presente -nuestro Señor Jesucristo-, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Él ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes quiere que sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. 

Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos. Así que no queramos otro camino, aunque estemos en la cumbre de contemplación; por aquí vamos seguros. Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes. Él lo enseñará; mirando su vida, es el mejor dechado. 

¿Qué más queremos que un tan buen amigo al lado, que no nos dejará en los trabajos y tribulaciones, como hacen los del mundo? Bienaventurado quien de verdad le amare y siempre le trajere cabe de sí. Miremos al glorioso san Pablo, que no parece se le caía de la boca siempre Jesús, como quien le tenía bien en el corazón. Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino: san Francisco, san Antonio de Padua, san Bernardo, santa Catalina de Siena. 

Con libertad se ha de andar en este camino, puestos en las manos de Dios; si su Majestad nos quisiere subir a ser de los de su cámara y secreto, ir de buena gana. 

Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor. Procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar, porque, si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón de este amor, sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo.

viernes, 14 de octubre de 2016

Cuidado y confianza

«Cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía, pues nada hay cubierto que no llegue a descubrirse, ni nada escondido que no llegue a saberse".
Quizás nos encontramos con gente que cree que está libre de hipocresía, porque siempre dice lo que siente, y por eso se encarga de ir por el mundo "desenmascarando" a los hipócritas. Son los que se creen jueces del mundo y los salvadores de la verdad. Pero ¿será verdad que hay alguien que no tiene una pizca de hipocresía en su vida? En realidad todos tenemos un poco de todo, por eso ninguno puede "arrojar la primera piedra". Por eso mismo Jesús nos dice: cuidado con la levadura de los fariseos, que es la hipocresía; no nos dice vayan a descubrir a los hipócritas, sino cuidado, porque es algo contagioso y puede activarse muy pronto en nuestra vida, pues lo malo siempre se contagia más fácilmente que lo bueno.
Y, si prestamos atención, se los dice primero a los apóstoles porque son los que más peligro tienen de contagio, porque cuando tenemos una función, un cargo o un título estamos más próximos al contagio, porque ya creemos que podemos o que sabemos más que otros, y que, por esa razón, no tenemos peligro de contagio. Es como si el médico pensase que no se va a contagiar ninguna enfermedad porque tiene el título de doctor en medicina. No, tendrá que tener más cuidado y estar bien vacunado. Por eso mismo ¡cuidado! todos tenemos las tentaciones de caer en los peores pozos y, sin darnos cuenta, llegar a tener los mismos pecados que condenamos en los demás.
Pero también Lucas recoge dos exhortaciones más de Jesús, dos que, se podría decir, van muy unidas: el temor de Dios y la confianza en la Providencia. Nos presenta la imagen de aquellos que le temen más a los hombres que a Dios, y por eso aceptan del mundo sus pecados y leyes, pero no se detienen a pensar que es Dios quien puede darnos la muerte eterna. Los hombres podrán quitarnos la vida, pero sólo Dios puede darnos la eternidad. Los hombres podrán encerrarnos o pretender quitarnos la libertad, pero la verdadera libertad es de los hijos de Dios. Por eso mismo, ante el temor de Dios, Jesús nos presenta la confianza en la Providencia, porque el temor de Dios no es de miedo, sino de confianza, temor de perder su Infinito Amor por mí, temor de no poder compartir con Él la eternidad, temor de no poder estar junto a Él día a día, de no poder recibir su Gracia, su Paz, su Luz.


Valemos más que un par de pájaros y por eso debemos de confiar en Él, pero si renegamos de Él, Él también renegará de nosotros y "vale más un día en sus atrios que mil días fuera de Él".

jueves, 13 de octubre de 2016

Los santos de Dios ¿somos nosotros?

En la primera lectura, que es el inicio a la Carta a los Efesios, dice:
"Pablo, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios, a los santos que están en Éfeso, a los fieles en Cristo Jesús:
....
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor".
Es el comienzo de las cartas y lo que en las cartas de Pablo siempre se repite: el tomar conciencia de la elección que ha hecho Dios sobre nosotros para ser santos, y, en realidad, lo somos, pues hemos sido santificados el día de nuestro bautismo con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Y, llegado el uso de razón, lo vamos concretando día a día con la oración, la reflexión de la Palabra y la vida sacramental, cuando todo eso lo llevamos a la vida, a la práctica habitual.
Pero, también nos puede ocurrir que se nos pase por alto que todo lo que escuchamos en la Palabra, que todo lo que rezamos en la oración y todo lo que recibimos en los sacramentos caiga en saco roto y nos parezcamos más a los "¡Ay!" de Jesús:
"Sí, os lo repito: se le pedirá cuenta a esta generación.
¡Ay de vosotros, maestros de la ley, que os habéis apoderado de la llave de la ciencia: vosotros no habéis entrado y a los que intentaban entrar se lo habéis impedido!».
Nos puede suceder, y nos sucede que por sólo hacer la cosas santas y sagradas, creemos que ya somos santos y sagrados, que por haber aprendido pasajes bíblicos y saberlos de memoria ya somos maestros de la Palabra, que por ir todos los días a misa y confesarnos periódicamente ya somos perfectos en nuestra vida. Y puede ser aunque las obras hablarán mejor de lo que somos y no de lo que hacemos.
Así les pasaba a los maestros de la ley, a los doctores de la ley, a los fariseos y a los hipócritas a los que tantas veces Jesús habló con fuerza.
En realidad no es que seamos Tannnn malos, pero sí, es verdad que no siempre somos Tannnn santos, en lo general somos buenos, pero se nos escapan muchas cosas en el camino diario, y por eso Dios quiere que pongamos más atención en cómo vivimos. Si dejamos que la gracia pase por nuestra vida como por saco roto o si realmente usamos la Gracia que nos da el Señor y llevamos a la práctica el mandamiento del Amor, no sólo con quienes queremos, sino con aquellos a quienes menos queremos; si vivimos en la Verdad, la Justicia y la Paz, si, en realidad, somos testigos creíbles de Cristo, discípulos y misioneros de su Palabra y de su Vida.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Felicidad en la Fidelidad

Respondió Jesús: "Felices más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
En el encuentro entre María e Isabel, ésta le dijo: "Feliz tú por haber creído lo que te ha dicho el Señor porque se cumplirá".
¡Esa es la felicidad de María! la fidelidad a la Palabra escuchada. Una Palabra que no sólo se hizo carne en María, sino que se hizo vida en Ella, por eso "me llamarán Bienaventurada todas las generaciones".
La tradición cuenta que Santiago se puso a llorar junto al río porque su predicación no tenía eco en estas tierras, y, por eso, María, en cuerpo real, sobre el Pilar, comenzó a alentarlo y a darle esperanzas, pues esta era la Voluntad del Padre y el mandato del Hijo.
Hoy, si miramos a nuestro alrededor, pareciera que la Palabra no hace demasiado eco en nuestra humanidad, que nos convocan más otros dioses y otras palabras que la misma Palabra de Dios. Por eso tenemos que volver al Pilar de nuestra Fe, a la Palabra de Dios para no sólo escucharla, sino dejar que Ella hinque sus raíces en nuestro corazón para que podamos vivirla, porque viviendo la Palabra, dejando que la Palabra se haga vida en nosotros, será como nos re-encontremos con la Felicidad en la Fidelidad, y así, con la fuerza que nos da el Espíritu podamos testimoniar y defender con nuestra vida la Verdad del Evangelio.


María del Pilar quiere volver a encendernos en el gozo de ser hijos de Dios, en el gozo de creer que es posible vivir y transmitir la hermosura del Evangelio, de la Palabra de Dios. Nos toca, ahora, a nosotros como lo hizo Santiago llenarnos del Espíritu Santo y obedecer a la Madre que, seguramente, como en las Bodas de Caná, le dijo y nos vuelve a decir: "¡Haced todo lo que Él os diga!".

martes, 11 de octubre de 2016

Necedad humana, sabiduría divina

"Como el fariseo se sorprendió al ver que no se lavaba las manos antes de comer, el Señor le dijo:
-«Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad.
¡Necios! El que hizo lo de fuera, ¿no hizo también lo de dentro? Con todo, dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo».
Creemos que somos los mejores porque tenemos el exterior muy pulcro y ordenado. Creemos que somos los más inteligentes porque sabemos pensar y porque podemos juzgar y decidir sobre nosotros y los demás. Creemos que nadie hay mejor que yo para... Creemos que por ser tan inteligentes podemos pararnos frente a los otros y con nuestro dedo acusador dictar sentencia y castigo...
Así le pasó al fariseo con Jesús. Lo invitó a su casa y quiso demostrarle que él era más que Dios, por eso se animó a juzgarlo por los actos exteriores que Jesús no hacía: Jesús no respetaba las prescripciones judías, aparentemente, y eso lo volvía en contra de los respetables judíos que sí lo hacían.
Pero la respuesta de Jesús no se hizo esperar.
"Dad limosna de lo que hay dentro, y lo tendréis limpio todo".
Nuestras limosnas y ofrecimientos son, muchas veces, de actos y cosas exteriores a nosotros, pero pocas veces nuestro interior se convierte o se entrega al Señor, siempre dejamos algo para nosotros mismos, seguimos siendo esclavos de nuestro YO humano y no le permitimos al Espíritu que sea Él quien nos ayude a darnos todo al Señor.
Dice San Pablo:
"Pues nosotros mantenemos la esperanza de la justicia por el Espíritu y desde la fe; porque en Cristo nada valen la circuncisión o la incircuncisión, sino la fe que actúa por el amor".
De nada valen nuestros actos y valentías si nuestro corazón sigue aún siendo egoísta, vanidoso, soberbio y viviendo de nuestros propios y "sabios" criterios, sin dejar cabida en nuestro corazón a la Gracia de la conversión que nos trae el Espíritu Santo. Cuando podamos dejar de lado nuestro yo humano-pecador, podremos vivir en la verdadera libertad de los hijos de Dios, que, como el Señor no se quedan en el exterior sino que llegan al corazón.

lunes, 10 de octubre de 2016

Signos y milagros sirven para creer?

«Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás. Como generaciónJonás fue un signo para los habitantes de Nínive, lo mismo será el Hijo del hombre para esta".
¿Por qué pedimos signos y milagros? Si queremos creer vamos a creer sin milagros ni signos, pero bueno, somos así. Y no sólo en el aspecto sobrenatural pedimos signos o pruebas de fe, de verdad, de amor, sino que se lo pedimos también a quienes amamos, a quienes queremos, con quienes hablamos. Hemos llegado al punto de que ya el valor de la palabra no es fuerte, por eso necesitamos signos, pruebas. Pero ¿si tenemos signos y milagros? ¿llegamos a creer igual?
Así se lo preguntaba también Jesús: "cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" Me pueden dar todos los milagros, signos y pruebas que quieran, pero si mi corazón no está abierto a creer no lo voy a creer, o me va a dar igual.
Y, por lo tanto, al contrario es igual: si quiere creer en algo o en alguien, no buscaré ningún signo ni milagro, ni prueba ni testimonio, sólo me bastará escuchar, estar, oír.
¿Cuántas veces hemos pedido pruebas a nuestros amigos, a nuestra familia o a nuestras parejas? ¿Para qué? Para que ellos intenten demostrar algo que es evidente, si ya sabes lo que te van a responder, e, incluso, ya sabes lo que tú estás pensando o vas a responder.
Siempre, en nuestra vida van a existir las dudas, pues somos seres inteligentes que buscan constantemente la verdad, pero ¿cuál verdad? ¿La que quiero oír o la verdad verdadera? Por eso tenemos, necesitamos volver a darle a nuestras palabras el valor que tienen, a saber que puedo creer sin signos, sin pruebas. Y para ello mis palabras también tienen que ser creíbles, pues ellas son el testimonio de lo que quiero para mí, pues: "no hagáis a los demás lo que no os gustan que os hagan a vosotros", o "haced a los demás lo que os gustan que os hagan a vosotros".
Y aquí recordamos aquella frase que decía Jesús en la parábola del rico y el pobre lázaro, cuando el rico en el infierno le pedía a Jesús que enviara a Lázaro (que había muerto a la casa de sus hermanos a avisarle del infierno), Jesús le respondía: "aunque resuciten los muertos no creerán".
Sabemos de la resurrección de Jesús ¿le hemos creído?

domingo, 9 de octubre de 2016

Ser agradecidos para ser agraciados

Hay tres palabras que representan manera de vivir en el hombre, que, lentamente, se van perdiendo en nuestras sociedades: por favor, perdón y gracias. Así como también los buenos modales que, en mi época, nos lo ensañaban en la escuela primera (además de que nos lo enseñaban nuestros padres): ceder el asiento en el bus, dejar pasar a los mayores, y tantos otros más. Las normas de convivencia y de respeto hacia los demás, así como quieres que te respeten a tí deberás respetar a los otros.
Hoy en el Antiguo Testamento, en el Libro de los Reyes, vemos la actitud agradecida de Naamán, el sirio, frente a Eliseo quien, por la Gracia de Dios, lo había sanado de su lepra. Naamán no sabía como agradecerle el milagro, pero Eliseo no quería recibir pago alguno por tal situación. Por eso, para estar mejor agradecido Naamán decidió llevarse tierra de Israel y comenzar a adorar al Dios de Israel.
En el Evangelio vemos una situación parecida: fueron 10 los hombres con lepra que le pidieron a Jesús que los sanase, 9 eran judíos y 1 era samaritano. Claro que los 10 se sanaron, pero sólo uno, el samaritano, volvió a alabar a Dios y a dar Gracias por el milagro realizado.
Fijaos que las lecturas nos presentan a dos personas que no profesaban la misma devoción de quién los curó, sino que eran extranjeros. En cambio los que eran de la misma religión y pueblo no fueron agradecidos con Dios.
Es que muchas veces nos acostumbramos a que nos tengan que hacer favores, o, mejor dicho, en estos tiempos siempre exigimos que nos hagan favores, que creemos que no son favores, sino que son nuestros derechos, que los demás deben hacer lo que nosotros necesitamos. En el siglo de los derechos siempre exigimos que los demás hagan lo que yo quiero, pero nunca me siento "obligado" a pedir algo "por favor", o a dar "las gracias" porque alguien hizo algo por mí.
En realidad, somos muy desagradecidos con quienes compartimos la vida diaria; en nuestra familia, en el trabajo, entre los amigos. Porque tenemos el corazón tan lleno de nosotros mismos que no nos damos cuenta que quienes están a mi lado no tiene la "obligación" de hacer nada por mí, pero más de uno y de dos siempre están dando todo por mí.


Y "nuestro Padre que ve en lo secreto" sabrá recompensar el corazón verdaderamente agradecido, porque los corazones humilde que saben pedir por favor y saben agradecer son los que llegan al corazón del Padre, y Él sabe recompensar a quienes más saben amar y mostrar su amor a todos los que Él ama.

sábado, 8 de octubre de 2016

Bienaventurados los que cumplen la palabra de Dios y la cumplen

Les recuerda San Pablo a los Gálatas:
"Cuantos habéis ido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos según la promesa."
No es solo una idea, sino que es una realidad en nuestras vidas, al decir de San Juan: "no sólo nos llamamos hijos de Dios sino que lo somos realmente". Es una realidad que debemos "aprovechar" día a día, porque si la vivimos podremos vivir una vida bienaventurada como nos la promete el Señor, porque el hijo de Dios no sólo es el que se llama así, sino el que vive así.
"En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
-«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
-«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
Miremos a María ¿no nos parece acaso la Bienaventurada? ¿Nos la imaginamos triste y desolada, desesperanzada y amargada? No, porque Ella supo llevar a la vida aquellas Palabras que siempre escuchaba, por eso pudo abrir su corazón de par en par a la Voluntad de Dios y ser colmada de Gracias y Bendiciones:
"Me llamarán bienaventurada a los largo de generaciones, porque el Todopoderoso hizo en mí grandes cosas".
Ella dejó que Dios hiciera grandes cosas en su vida, y Dios pudo hacerla porque Ella fue disponible y obediente a Su Palabra:
"¡Hágase en mí según tu palabra!"
El hombre de hoy, nosotros, busca la felicidad en las cosas del mundo, y esa felicidad un día sí y otro también se esfuma, porque es una felicidad superficial. Y por eso constantemente anda buscando nuevos placeres, nuevas metas para alcanzar la felicidad. Sin embargo los hijos de Dios tenemos a nuestro alcance la mayor de las bienaventuranzas pero no somos capaces de alcanzarla porque no dejamos actuar, totalmente, a Dios en nuestras vidas.
"Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen".