Dice Jesús:
"Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»
¿Cuál fue la alegría de Jesús? Si uno mira su vida, y generalmente la vemos siempre, nos quedamos, las más de las veces, con lo que ha tenido que padecer por nosotros, por nuestros pecados. Llegar al final de su vida y ser condenado injustamente, castigado y crucificado, para morir en la soledad de la Cruz. Eso no es alegría. Es lo que pensaríamos. O, mejor, muchas veces pensamos que lo que nos exige el evangelio no es vivir en la alegría.
Pero podríamos hacer un paralelismo y poner esta alegría en la misma línea que aquella frase de hace unos días: "os doy mi paz, pero no como la que os da el mundo". Nuestra alegría y nuestra paz no es como la que nos da el mundo, es decir, no son pasajeras, sino que son eternas, son reales, son las que brotan de la presencia de Dios en nuestras vidas, y de la coherencia de nuestro vivir con nuestro creer.
La alegría de Jesús, la alegría de Dios, trasciendo todo nuestro vivir y todo nuestro ser, porque es un deseo de plenitud de nuestro ser, de lo más íntimo que hay en nosotros, que, generalmente, no nos ponemos a discernir porque nos quedamos en el actuar, en el parecer, y no llegamos a mirar nuestro ser, no llegamos a discernir qué es lo que el Padre Dios quiere que "seamos".
Cuando sólo nos quedamos en el parecer cada día, en cada instante, estamos como realizando un papel, como actuando, poniéndonos una careta depende la situación que nos toca vivir. Y hay muchos que se creen que ese rol actoral es verdadero, o que la gente se cree lo que están actuando. Pero cuando se quitan la máscara por las noches se sienten solos, se encuentran con la soledad de aquél que hizo reír a mucha gente pero que no tiene dentro de sí la alegría plena del que se ha encontrado a sí mismo y busca cada día su propio Ideal.
Jesús nos plantea un papel protagónico en nuestra vida y nos da la clave para que al final del día, y, sobre todo, al final de nuestra vida podamos vivir y sentir la alegría del vivir. Y nos lo ofrece porque Él lo vivió, porque Él lo experimentó y así nos lo entrega.
«Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor.
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud.»
El Amor al Padre es un amor activo, que no sólo ama de sentimiento, sino que ama de acción. Un amor que escucha y obedece, porque sabe que su Palabra es el verdadero camino, que su Palabra es Vida y Sentido. Su Palabra es un Camino que da Sentido a nuestra Vida, por eso Él se hizo Camino, Verdad y Vida, para que nosotros pudiésemos ver que para alcanzar la plenitud de nuestra alegría debíamos recorrer ese mismo Camino iluminados por la Verdad de Su Palabra que llena de Sentido nuestra Vida.
No perdamos nunca de vista hacia dónde vamos porque el recorrido que Jesús nos muestra es el único que nos permite vivir la alegría que deseamos, no como nos la da el mundo, sino aquella que nos da Dios.
jueves, 7 de mayo de 2015
miércoles, 6 de mayo de 2015
Estamos en el mundo pero no somos del mundo
Hoy, en el Oficio de Lecturas hay una lectura de Diogneto (siglo II) que, aunque parece algo muy lejano, es una hermosa definición de los cristianos:
"Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres".
A esto se refería Jesús cuando nos decía, en la Última Cena: "estáis en el mundo pero no sois del mundo...", "sin Mí no podéis hacer nada". Nuestra vida que, desde el bautismo, es una vida cristiana, sobre todo desde el día que esa realidad se hizo consciente en nosotros, no es diferente a los demás, pero tenemos una misión particular: "vosotros sois la luz del mundo", "vosotros sois la sal de la tierra", "sois como la levadura en la masa".
Cuando el Señor nos eligió y nosotros respondimos a Su llamado (cada uno en su propio estilo de vida) aceptamos vivir una vida que no es la vida del mundo, sino la Vida de Cristo, aceptamos vivir según la Voluntad de Dios. Quizás, y más que quizás, ninguno nos planteamos qué significaba ser cristiano, qué implicaciones tendría en nuestra vida abrazar una vida de fe, una vida de acuerdo a la Voluntad de Dios, de acuerdo a su Ley dentro de este Cuerpo que es la Iglesia.
Porque al fundar Jesús este nuevo Pueblo de Dios, que es la iglesia, nos dio una singularidad, un particular estilo de vida que Diogneto expresa muy bien, pero que para poder llevarlo a la práctica necesitamos poder estar de acuerdo con lo que Dios nos pide vivir desde Su Evangelio. Por que la Palabra de Dios es nuestra Ley primera, y es la que debemos tener como el fundamento de nuestra fe, una Ley que ningún hombre sobre la tierra puede modificar "no he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darle plenitud", dijo Jesús.
Por eso esta definición de Diogneto es un canto a la esperanza, es la motivación primera de todos nuestros esfuerzos por alcanzar la santidad, por vivir en santidad, por estar en el combate diario "de la carne contra el espíritu y del espíritu contra la carne", para hacer no lo quiero sino lo que debo. Nuestra plenitud y nuestra Paz son frutos del constante deseo de ser Fieles a la Vida que el Padre nos dio por medio de su Hijo Jesucristo que murió y resucitó para nuestra salvación y la del mundo entero.
"Para decirlo en pocas palabras: los cristianos son en el mundo lo que el alma es en el cuerpo. El alma, en efecto, se halla esparcida por todos los miembros del cuerpo; así también los cristianos se encuentran dispersos por todas las ciudades del mundo. El alma habita en el cuerpo, pero no procede del cuerpo; los cristianos viven en el mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; los cristianos viven visiblemente en el mundo, pero su religión es invisible. La carne aborrece y combate al alma, sin haber recibido de ella agravio alguno, sólo porque le impide disfrutar de los placeres; también el mundo aborrece a los cristianos, sin haber recibido agravio de ellos, porque se oponen a sus placeres".
A esto se refería Jesús cuando nos decía, en la Última Cena: "estáis en el mundo pero no sois del mundo...", "sin Mí no podéis hacer nada". Nuestra vida que, desde el bautismo, es una vida cristiana, sobre todo desde el día que esa realidad se hizo consciente en nosotros, no es diferente a los demás, pero tenemos una misión particular: "vosotros sois la luz del mundo", "vosotros sois la sal de la tierra", "sois como la levadura en la masa".
Cuando el Señor nos eligió y nosotros respondimos a Su llamado (cada uno en su propio estilo de vida) aceptamos vivir una vida que no es la vida del mundo, sino la Vida de Cristo, aceptamos vivir según la Voluntad de Dios. Quizás, y más que quizás, ninguno nos planteamos qué significaba ser cristiano, qué implicaciones tendría en nuestra vida abrazar una vida de fe, una vida de acuerdo a la Voluntad de Dios, de acuerdo a su Ley dentro de este Cuerpo que es la Iglesia.
Porque al fundar Jesús este nuevo Pueblo de Dios, que es la iglesia, nos dio una singularidad, un particular estilo de vida que Diogneto expresa muy bien, pero que para poder llevarlo a la práctica necesitamos poder estar de acuerdo con lo que Dios nos pide vivir desde Su Evangelio. Por que la Palabra de Dios es nuestra Ley primera, y es la que debemos tener como el fundamento de nuestra fe, una Ley que ningún hombre sobre la tierra puede modificar "no he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a darle plenitud", dijo Jesús.
Por eso esta definición de Diogneto es un canto a la esperanza, es la motivación primera de todos nuestros esfuerzos por alcanzar la santidad, por vivir en santidad, por estar en el combate diario "de la carne contra el espíritu y del espíritu contra la carne", para hacer no lo quiero sino lo que debo. Nuestra plenitud y nuestra Paz son frutos del constante deseo de ser Fieles a la Vida que el Padre nos dio por medio de su Hijo Jesucristo que murió y resucitó para nuestra salvación y la del mundo entero.
martes, 5 de mayo de 2015
Su Camino nuestra paz
El escritor de los hechos de los apóstoles narra cómo era la predicación de San Pablo, hoy nos cuenta cómo animaba a los discípulos:
"animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios".
A todos nos gusta que nos animen a vivir el evangelio, a vivir nuestra fe, pero no que nos digan que "hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios", porque esa parte de nuestra vida no nos atrae mucho.
Eso sí, nos agrada que hoy Jesús nos diga que:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde".
Porque lo que todos anhelamos es vivir en paz, tener paz en nuestro día a día. Pero vemos que también Jesús pone un pero en esta frase "no os la doy yo como la da el mundo". Entonces ¿cuál es la paz que nos da Jesús?
La paz que brota de la coherencia en la vida, la paz que brota de la Gracia que Él nos da cuando no acobardamos por ser Fieles a la Vida que Él nos pide vivir, la paz que surge en el corazón cuando sabemos que hemos obrado como nos pide el Padre y no como nos muestra el mundo, la paz que brota cuando sabemos que hemos caminado en la Verdad, la paz que se nos da cuando hemos renunciado a nosotros mismos y hemos sido colmados con el Espíritu para vivir Su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo, la paz que brota cuando a pesar de las dificultades seguimos intentado caminar en santidad, la paz que a pesar de los piedras que ponen en nuestro caminar las podemos sortear gracias a la Gracia del Señor.
No, no es fácil para el cristiano vivir radicalmente su fe en estos tiempos, pero tampoco es imposible si asumimos que es el único Camino para encontrar la Paz que anhelamos. El Camino sabemos que no es fácil por que Jesús lo recorrió primero y nos dejó sus huellas marcadas para que vayamos pisando sobre ellas, pero sabemos que en ese Caminar no estuvo solo, sino que el Padre lo acompañó, lo fortaleció, lo llevó porque Él buscó siempre Su Voluntad, incluso en el momento de mayor dolor renunció a sí mismo y aceptó el Cáliz que el Padre le presentaba.
Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio Cáliz para beber, y a cada uno nos cuesta aceptarlo por que nuestra naturaleza humana no quiere ese vino pero sabemos que sólo bebiendo de ese Vino de Redención se nos dará la Gracia necesaria para seguir andando, para seguir en fidelidad a Su Voluntad. Por que también nosotros como Jesús tenemos que llevar a plenitud estas palabras:
"es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago.»
Y la Paz del Señor residirá cada día en nuestro corazón para que siempre nos sintamos confirmados y acompañados y fortalecidos por aquél que es nuestra Vida.
"animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios".
A todos nos gusta que nos animen a vivir el evangelio, a vivir nuestra fe, pero no que nos digan que "hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios", porque esa parte de nuestra vida no nos atrae mucho.
Eso sí, nos agrada que hoy Jesús nos diga que:
«La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde".
Porque lo que todos anhelamos es vivir en paz, tener paz en nuestro día a día. Pero vemos que también Jesús pone un pero en esta frase "no os la doy yo como la da el mundo". Entonces ¿cuál es la paz que nos da Jesús?
La paz que brota de la coherencia en la vida, la paz que brota de la Gracia que Él nos da cuando no acobardamos por ser Fieles a la Vida que Él nos pide vivir, la paz que surge en el corazón cuando sabemos que hemos obrado como nos pide el Padre y no como nos muestra el mundo, la paz que brota cuando sabemos que hemos caminado en la Verdad, la paz que se nos da cuando hemos renunciado a nosotros mismos y hemos sido colmados con el Espíritu para vivir Su Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo, la paz que brota cuando a pesar de las dificultades seguimos intentado caminar en santidad, la paz que a pesar de los piedras que ponen en nuestro caminar las podemos sortear gracias a la Gracia del Señor.
No, no es fácil para el cristiano vivir radicalmente su fe en estos tiempos, pero tampoco es imposible si asumimos que es el único Camino para encontrar la Paz que anhelamos. El Camino sabemos que no es fácil por que Jesús lo recorrió primero y nos dejó sus huellas marcadas para que vayamos pisando sobre ellas, pero sabemos que en ese Caminar no estuvo solo, sino que el Padre lo acompañó, lo fortaleció, lo llevó porque Él buscó siempre Su Voluntad, incluso en el momento de mayor dolor renunció a sí mismo y aceptó el Cáliz que el Padre le presentaba.
Cada uno de nosotros tenemos nuestro propio Cáliz para beber, y a cada uno nos cuesta aceptarlo por que nuestra naturaleza humana no quiere ese vino pero sabemos que sólo bebiendo de ese Vino de Redención se nos dará la Gracia necesaria para seguir andando, para seguir en fidelidad a Su Voluntad. Por que también nosotros como Jesús tenemos que llevar a plenitud estas palabras:
"es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que lo que el Padre me manda yo lo hago.»
Y la Paz del Señor residirá cada día en nuestro corazón para que siempre nos sintamos confirmados y acompañados y fortalecidos por aquél que es nuestra Vida.
lunes, 4 de mayo de 2015
Él me eligió y yo lo elegí a Él
"Le dijo Judas, no el Iscariote:
- «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»
¿Por qué el Señor nos ha dado a nosotros el don de la fe y a otros no? ¿Por qué algunos creen y otros no? ¿Por qué nos cuesta creer?
El Don de la fe es un don que se nos ha dado a todos los hombres, todos creemos en algo o en alguien, aunque algunos hagan el esfuerzo de decir que no creen (aunque en realidad saben que existe para decir que no creen) Pero no todos tienen la capacidad o la disponibilidad de actualizar el don en sus vidas. Todos los hombres necesitamos re-ligarnos a algo o a alguien (es lo que significa religión) y cada uno elige, voluntaria y libremente, a qué o a quién re-ligarse.
Los que hemos aceptado el don de la fe cristiana lo hacemos para re-ligarnos a Cristo que es nuestra Vida, por eso intentamos cada día escuchar Su Palabra y, como Él, hacer la Voluntad del Padre. Claro que ese es el Ideal, pero no siempre escuchamos su Palabra y hacemos la Voluntad del Padre, porque para muchos la Palabra de Dios no sirve y la Voluntad de Dios no es para estos tiempos. Son los que quieren hacer un cristianismo a su propia medida, sin darse cuenta que cuando aceptamos seguir un camino, debemos aceptar también los límites que tiene ese Camino para poder llegar a donde ese Camino nos lleva.
Por eso, la pregunta de Judas es interesante ¿por qué revelas a nosotros y no al mundo? ¿Por qué Jesús se reveló a mi corazón? En realidad Jesús está en medio de todos, pero sólo algunos lo buscan, y sólo unos pocos lo eligen. Porque llegar a Él es encontrar el Camino del Amor, porque no sólo es una elección de algo para hacer, sino que el la elección de una Vida para Vivir, y ésta Vida es una Vida en el Amor.
Y así la pregunta sería ¿por qué me he enamorado de Cristo? ¿Por qué he aceptado su invitación a seguirle y no la han aceptado otros?
Él me ha elegido para que mi vida y mis palabras puedan dar testimonio del Amor del Padre y del Hijo por nosotros. Para que mi vida y mis palabras puedan ser el instrumento para que los hombres descubran a Dios. Él no ha querido mostrarse a todos, sino que ha querido habitar en mí para poder llegar a todos.
Somos así testigos creíbles de la resurrección de Jesús, somos testigos creíbles de la Vida en Cristo, de la Vida en Dios. Somos testigos creíbles de que vivir en Dios se puede y es nuestro gozo y el sentido de nuestra vida. Somos así testigos creíbles del gran Amor de Dios, de la Verdad de Dios, de la Vida de Dios. Por que no somos nosotros quienes hacen posible esta vida sino que es Dios mismo quien lo hace porque Él mora en nosotros:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él".
Y no debemos preocuparnos por qué vamos a decir o cómo lo vamos a hacer por que es el Espíritu Santo quien nos ayudará en cada momento a vivir y hacer, sólo debemos ser dóciles instrumentos en sus Manos para recibir sus Dones y vivir según Su Voluntad, por eso Él nos ha elegido, y al elegirnos nos ha llevado a su lado para, cada día instruirnos, consolarnos, fortalecernos y enviarnos:
"Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»
- «Señor, ¿qué ha sucedido para que te reveles a nosotros y no al mundo?»
¿Por qué el Señor nos ha dado a nosotros el don de la fe y a otros no? ¿Por qué algunos creen y otros no? ¿Por qué nos cuesta creer?
El Don de la fe es un don que se nos ha dado a todos los hombres, todos creemos en algo o en alguien, aunque algunos hagan el esfuerzo de decir que no creen (aunque en realidad saben que existe para decir que no creen) Pero no todos tienen la capacidad o la disponibilidad de actualizar el don en sus vidas. Todos los hombres necesitamos re-ligarnos a algo o a alguien (es lo que significa religión) y cada uno elige, voluntaria y libremente, a qué o a quién re-ligarse.
Los que hemos aceptado el don de la fe cristiana lo hacemos para re-ligarnos a Cristo que es nuestra Vida, por eso intentamos cada día escuchar Su Palabra y, como Él, hacer la Voluntad del Padre. Claro que ese es el Ideal, pero no siempre escuchamos su Palabra y hacemos la Voluntad del Padre, porque para muchos la Palabra de Dios no sirve y la Voluntad de Dios no es para estos tiempos. Son los que quieren hacer un cristianismo a su propia medida, sin darse cuenta que cuando aceptamos seguir un camino, debemos aceptar también los límites que tiene ese Camino para poder llegar a donde ese Camino nos lleva.
Por eso, la pregunta de Judas es interesante ¿por qué revelas a nosotros y no al mundo? ¿Por qué Jesús se reveló a mi corazón? En realidad Jesús está en medio de todos, pero sólo algunos lo buscan, y sólo unos pocos lo eligen. Porque llegar a Él es encontrar el Camino del Amor, porque no sólo es una elección de algo para hacer, sino que el la elección de una Vida para Vivir, y ésta Vida es una Vida en el Amor.
Y así la pregunta sería ¿por qué me he enamorado de Cristo? ¿Por qué he aceptado su invitación a seguirle y no la han aceptado otros?
Él me ha elegido para que mi vida y mis palabras puedan dar testimonio del Amor del Padre y del Hijo por nosotros. Para que mi vida y mis palabras puedan ser el instrumento para que los hombres descubran a Dios. Él no ha querido mostrarse a todos, sino que ha querido habitar en mí para poder llegar a todos.
Somos así testigos creíbles de la resurrección de Jesús, somos testigos creíbles de la Vida en Cristo, de la Vida en Dios. Somos testigos creíbles de que vivir en Dios se puede y es nuestro gozo y el sentido de nuestra vida. Somos así testigos creíbles del gran Amor de Dios, de la Verdad de Dios, de la Vida de Dios. Por que no somos nosotros quienes hacen posible esta vida sino que es Dios mismo quien lo hace porque Él mora en nosotros:
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él".
Y no debemos preocuparnos por qué vamos a decir o cómo lo vamos a hacer por que es el Espíritu Santo quien nos ayudará en cada momento a vivir y hacer, sólo debemos ser dóciles instrumentos en sus Manos para recibir sus Dones y vivir según Su Voluntad, por eso Él nos ha elegido, y al elegirnos nos ha llevado a su lado para, cada día instruirnos, consolarnos, fortalecernos y enviarnos:
"Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.»
domingo, 3 de mayo de 2015
Permanecer en Cristo para vivir en santidad
Dice hoy Jesús:
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí... Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada".
Sin mí no podéis hacer nada... dice el Señor. Y ¿qué es esta nada que no podemos hacer sin Él? Por que si miramos a nuestro alrededor hay mucha gente que vive sin Cristo y hacen muchas cosas. Y eso es cierto.
Pero Jesús se refiere a lo que el Padre quiere que seamos: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo, sed perfectos porque vuestro Padre Celestial es perfecto".
Nuestro camino o nuestra meta como cristianos es la santidad, y no hay otra meta posible pues es Él quien nos ha llamado y nos ha dado Su Espíritu para que alcancemos esa meta. Pero llegar a la meta es una carrera constante, como la define San Pablo, una carrera en la que necesitamos permanecer en Su Camino, en Su senda para llegar hasta el final. Y esta carrera es una carrera en la perfección de la vivencia del Amor:
"Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.
Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio".
Un mandamiento nuevo que no es el que siempre tenemos en nuestra mente y en el corazón, porque el amor que Jesús nos pide vivir no es el amor que vivimos nosotros, sino "amar como Él nos amó", dice San Juan. Y ese amor es muy distinto al que habitualmente queremos vivir (aunque siempre se lo exigimos a los demos para con nosotros, pero no nosotros para con los demás)
Por eso, permanecer en Cristo no sólo es rezar encerrado en mi casa viendo pasar a los pecadores lejos de mí, sino estar en Él, vivir con Él, vivir para Él. Permanecer en Cristo es tener que, no sólo rezar y sentirme bien en mi burbuja de egoísmo y vanidad, sino salir de ella y buscarlo, buscarlo en mi hermano, buscarlo en su Palabra, buscarlo en la Eucaristía. Porque el Amor Verdadero que nos exige nuestra vida cristiana sólo es alimentado por el Pan de la Eucaristía, porque sólo ese Alimento me da la fuerza para "amar a mis enemigos y rezar por los que me persiguen", para amar al que tengo a mi lado y para amar al que está más alejado, para saludar a quien me ha despreciado y abrazar al que me necesita.
Nuestra vida es una Carrera hacia la santidad, una santidad en el Amor, y para correr necesitamos el alimento que nutre nuestro espíritu y que nos sostiene en las debilidades, y nos da fuerzas para amar sin medida, para amar como Él nos amó.
"Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí... Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada".
Sin mí no podéis hacer nada... dice el Señor. Y ¿qué es esta nada que no podemos hacer sin Él? Por que si miramos a nuestro alrededor hay mucha gente que vive sin Cristo y hacen muchas cosas. Y eso es cierto.
Pero Jesús se refiere a lo que el Padre quiere que seamos: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo, sed perfectos porque vuestro Padre Celestial es perfecto".
Nuestro camino o nuestra meta como cristianos es la santidad, y no hay otra meta posible pues es Él quien nos ha llamado y nos ha dado Su Espíritu para que alcancemos esa meta. Pero llegar a la meta es una carrera constante, como la define San Pablo, una carrera en la que necesitamos permanecer en Su Camino, en Su senda para llegar hasta el final. Y esta carrera es una carrera en la perfección de la vivencia del Amor:
"Y éste es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo, Jesucristo, y que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó.
Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios, y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio".
Un mandamiento nuevo que no es el que siempre tenemos en nuestra mente y en el corazón, porque el amor que Jesús nos pide vivir no es el amor que vivimos nosotros, sino "amar como Él nos amó", dice San Juan. Y ese amor es muy distinto al que habitualmente queremos vivir (aunque siempre se lo exigimos a los demos para con nosotros, pero no nosotros para con los demás)
Por eso, permanecer en Cristo no sólo es rezar encerrado en mi casa viendo pasar a los pecadores lejos de mí, sino estar en Él, vivir con Él, vivir para Él. Permanecer en Cristo es tener que, no sólo rezar y sentirme bien en mi burbuja de egoísmo y vanidad, sino salir de ella y buscarlo, buscarlo en mi hermano, buscarlo en su Palabra, buscarlo en la Eucaristía. Porque el Amor Verdadero que nos exige nuestra vida cristiana sólo es alimentado por el Pan de la Eucaristía, porque sólo ese Alimento me da la fuerza para "amar a mis enemigos y rezar por los que me persiguen", para amar al que tengo a mi lado y para amar al que está más alejado, para saludar a quien me ha despreciado y abrazar al que me necesita.
Nuestra vida es una Carrera hacia la santidad, una santidad en el Amor, y para correr necesitamos el alimento que nutre nuestro espíritu y que nos sostiene en las debilidades, y nos da fuerzas para amar sin medida, para amar como Él nos amó.
sábado, 2 de mayo de 2015
¿Quiero conocerte, Jesús?
Jesús le responde a Felipe: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe?" En cierto modo era verdad Felipe no lo conocía a Jesús como el quería, tampoco podía entender todo lo que Jesús le decía y les enseñaba. Felipe creía que iba a ser fácil para Jesús mostrarle a Dios Padre, por que ese era el deseo de Felipe: conocer a Dios Padre para creer.
A 2000 años todavía quedamos algunos que no conocemos a Jesús a pesar de los años que llevamos llamándonos cristianos. Aún muchos de los que somos "muy cristianos" le pedimos cosas extrañas o buscamos otros caminos junto con el de Jesús. Muchos somos los que aún no confiamos en Su Palabra, salvo que la palabra diga lo que quiero escuchar. Muchos aún no lo buscamos por Quién es sino por los milagros que hace.
En realidad somos muchos los cristianos que no conocemos a Cristo, porque no hemos estado hablando con Él, porque no le dejamos tiempo para que Él nos hable, para poder comprender lo que nos dice y cómo nos lo dice y el por qué nos lo pide.
Nos hemos quedado con un Jesús de la infancia y no ha madurado nuestra fe junto con nuestra edad. Por eso llega un momento en que Jesús no es nadie para mí, o, por lo menos, es un recuerdo pasajero que lo traigo a mi memoria cada vez que necesito un consuelo o una ayuda. Jesús queda en nuestra vida adulta como aquellos ahorros que de niño guardé y en momentos de necesidad los voy a buscar, pero esos ahorros en algunos casos han perdido valor; en su momento era mucho dinero, pero ahora no alcanza ni para un caramelo.
No Señor, en realidad no te conozco. Tú has crecido conmigo, pero yo no he crecido contigo, porque fui buscando otros rostros, otras palabras, otros caminos. Tu Vida no fue parte de mi vida cuando necesitaba probar el mundo, cuando comencé a valerme por mí mismo ya no te necesité. No, no te conozco.
Y ¿quiero conocerte? Realmente es algo importante en mi vida conocerte como lo hicieron los apóstoles, como lo hicieron los santos que, con la Gracia de tu Espíritu, pudieron entregar su vida y vivir Tu Vida en sus vidas. ¿Quiero conocerte de tal manera que quiera seguir Tus pasos? ¿Quiero conocerte de tal modo que tu vida contagie mi vida y mi lleve a vivir como Tú la Voluntad del Padre de los Cielos? ¿Quiero conocerte tanto que la entrega de Tu Amor por mí me lleve a entregarme por Ti? ¿Quiero conocerte tanto que ya no pueda dejar de mirarme en Tí para alcanzar yo también la Vida por el Camino que Tú recorriste?
Él nos conoce, nos conoce tanto como el Padre nos conoce, y nos Ama tanto como el Padre nos ama. No dudemos en dejar que entre en nuestra vida y que juntos comencemos un camino de amistad, un camino de amor para que Su Amor se haga Vida en mí, y mi vida se haga amor para los que me rodean.
A 2000 años todavía quedamos algunos que no conocemos a Jesús a pesar de los años que llevamos llamándonos cristianos. Aún muchos de los que somos "muy cristianos" le pedimos cosas extrañas o buscamos otros caminos junto con el de Jesús. Muchos somos los que aún no confiamos en Su Palabra, salvo que la palabra diga lo que quiero escuchar. Muchos aún no lo buscamos por Quién es sino por los milagros que hace.
En realidad somos muchos los cristianos que no conocemos a Cristo, porque no hemos estado hablando con Él, porque no le dejamos tiempo para que Él nos hable, para poder comprender lo que nos dice y cómo nos lo dice y el por qué nos lo pide.
Nos hemos quedado con un Jesús de la infancia y no ha madurado nuestra fe junto con nuestra edad. Por eso llega un momento en que Jesús no es nadie para mí, o, por lo menos, es un recuerdo pasajero que lo traigo a mi memoria cada vez que necesito un consuelo o una ayuda. Jesús queda en nuestra vida adulta como aquellos ahorros que de niño guardé y en momentos de necesidad los voy a buscar, pero esos ahorros en algunos casos han perdido valor; en su momento era mucho dinero, pero ahora no alcanza ni para un caramelo.
No Señor, en realidad no te conozco. Tú has crecido conmigo, pero yo no he crecido contigo, porque fui buscando otros rostros, otras palabras, otros caminos. Tu Vida no fue parte de mi vida cuando necesitaba probar el mundo, cuando comencé a valerme por mí mismo ya no te necesité. No, no te conozco.
Y ¿quiero conocerte? Realmente es algo importante en mi vida conocerte como lo hicieron los apóstoles, como lo hicieron los santos que, con la Gracia de tu Espíritu, pudieron entregar su vida y vivir Tu Vida en sus vidas. ¿Quiero conocerte de tal manera que quiera seguir Tus pasos? ¿Quiero conocerte de tal modo que tu vida contagie mi vida y mi lleve a vivir como Tú la Voluntad del Padre de los Cielos? ¿Quiero conocerte tanto que la entrega de Tu Amor por mí me lleve a entregarme por Ti? ¿Quiero conocerte tanto que ya no pueda dejar de mirarme en Tí para alcanzar yo también la Vida por el Camino que Tú recorriste?
Él nos conoce, nos conoce tanto como el Padre nos conoce, y nos Ama tanto como el Padre nos ama. No dudemos en dejar que entre en nuestra vida y que juntos comencemos un camino de amistad, un camino de amor para que Su Amor se haga Vida en mí, y mi vida se haga amor para los que me rodean.
viernes, 1 de mayo de 2015
Un día grande para meditar
Un día con muchas cosas para meditar, para reflexionar, no sólo de las lecturas que tienen una riqueza extraordinaria, sino de lo que celebramos hoy: la Fiesta de San José, obrero; el día internacional del trabajo; en España el día de la madre; y también comienza el mes de María. Todo en un sólo día. ¿Qué pensar y qué parte nos toca en todo esto? Cada uno, como Dios siempre tiene algo para todos, recibirá su parte.
Pero me quedo en la figura de San José que es quien hoy reúne todas las condiciones para este día. Sí, porque desde el silencio de su vida ha sido un modelo de fidelidad a la Voluntad de Dios, aceptando lo que Dios le pedía y asumiendo en su Vida un rol protagónico, desde el silencio, en la Historia de la Salvación.
Su vida de fe dignificó su trabajo, o, mejor dicho, su trabajo fue dignificado por su vida de fe, desde y con el que sostuvo al Hijo de Dios y le enseñó el valor del esfuerzo, del ganarse el pan con el sudor de su frente, el valor del estar agradecido a Dios por lo que podían ofrecerle desde su pequeño y gran lugar, pues desde su trabajo no sólo dignificaba su vida sino que fortalecía su vida y su familia.
Por su aceptación de la Voluntad de Dios San José aceptó a María como esposa, y vivió junto a Ella un Camino en la Verdad y el Amor, sabiendo y ofreciendo, con Ella y como Ella, su vida al Servicio del Amor a Dios. Junto a María dieron todo lo que tenían para que el Hijo de Dios "creciera en estatura y gracia", dándole no sólo el pan de cada día, sino el Pan de la Vida, el amor hacia su propia religión y su pueblo, el Amor y la Obediencia a Dios, su Padre.
San José como esposo no sólo se dignificó a sí mismo sino que, al aceptar a María como su esposa, la dignificó a Ella como mujer, como esposa y como madre, brindándole todo su amor, un amor que supo aceptar las oscuridades de la fe, y los dolores del camino. Un amor que fue fiel hasta que la muerte los separó.
Y San José, junto a María, supieron crecer, a la par de Su Hijo, en la oración, en la entrega generosa de su vida como ofrenda agradable a Dios, pues en todo momento "conservaban las cosas en sus corazones", pues no todo lo que vivieron lo comprendían, y, por eso, la oración fiel y constante los sostuvo en la Gracia que recibieron al aceptar ser los padres del Hijo de Dios.
Pero me quedo en la figura de San José que es quien hoy reúne todas las condiciones para este día. Sí, porque desde el silencio de su vida ha sido un modelo de fidelidad a la Voluntad de Dios, aceptando lo que Dios le pedía y asumiendo en su Vida un rol protagónico, desde el silencio, en la Historia de la Salvación.
Su vida de fe dignificó su trabajo, o, mejor dicho, su trabajo fue dignificado por su vida de fe, desde y con el que sostuvo al Hijo de Dios y le enseñó el valor del esfuerzo, del ganarse el pan con el sudor de su frente, el valor del estar agradecido a Dios por lo que podían ofrecerle desde su pequeño y gran lugar, pues desde su trabajo no sólo dignificaba su vida sino que fortalecía su vida y su familia.
Por su aceptación de la Voluntad de Dios San José aceptó a María como esposa, y vivió junto a Ella un Camino en la Verdad y el Amor, sabiendo y ofreciendo, con Ella y como Ella, su vida al Servicio del Amor a Dios. Junto a María dieron todo lo que tenían para que el Hijo de Dios "creciera en estatura y gracia", dándole no sólo el pan de cada día, sino el Pan de la Vida, el amor hacia su propia religión y su pueblo, el Amor y la Obediencia a Dios, su Padre.
San José como esposo no sólo se dignificó a sí mismo sino que, al aceptar a María como su esposa, la dignificó a Ella como mujer, como esposa y como madre, brindándole todo su amor, un amor que supo aceptar las oscuridades de la fe, y los dolores del camino. Un amor que fue fiel hasta que la muerte los separó.
Y San José, junto a María, supieron crecer, a la par de Su Hijo, en la oración, en la entrega generosa de su vida como ofrenda agradable a Dios, pues en todo momento "conservaban las cosas en sus corazones", pues no todo lo que vivieron lo comprendían, y, por eso, la oración fiel y constante los sostuvo en la Gracia que recibieron al aceptar ser los padres del Hijo de Dios.
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