sábado, 27 de junio de 2026

La fe del centurión

Sermón de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia (s. IV).

La fe del centurión anuncia la fe de los gentiles: humilde y ferviente, como el grano de mostaza. Su hijo estaba enfermo y yacía en casa paralítico, y el centurión rogó al Salvador por su salud. El Señor prometió que iría en persona a sanarlo, pero él replicó: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo» (Mt 8, 8). Se declaraba indigno de recibir al Señor, pero no habría dicho tales palabras si Cristo no hubiera entrado ya en su corazón. Luego añadió: «Mas dilo sólo de palabra y mi hijo quedará sano»(Mt 8, 8). Sabía a quién se dirigía y confiaba en su autoridad. Comparó su mando sobre soldados con el poder absoluto de Cristo sobre la creación: «Sierva tuya es toda criatura; sólo es preciso que mandes para que se haga lo que mandas».
El Señor, maravillado, dijo: «En verdad os digo que no he hallado fe tan grande en Israel» (Mt 8,10). Aunque Cristo vino a los judíos, fue este extranjero romano quien mostró una fe superior. ¿Qué alabó el Señor en él? Su humildad: «No soy digno de que entres bajo mi techo». Esta humildad era la puerta por la que Cristo entró en su corazón, poseyéndolo más plenamente.
Así, el Señor ofreció gran esperanza a los gentiles. Aún no existíamos como creyentes, pero ya nos había previsto, conocido de antemano, prometido. Y dijo: «Vendrán muchos de oriente y de occidente» (Mt 8, 11). ¿A dónde vendrán? A la fe. Creer es venir. No al templo de Jerusalén, ni a un lugar central de la tierra, ni a un monte físico. Sin embargo, vienen al verdadero templo de Jerusalén: el Cuerpo de Cristo, que dijo: «Destruid este templo y en tres días lo levantaré» (Jn 2, 19). Cristo es el centro porque es igual para todos. Y también es el monte del que Isaías profetizó: «Será manifiesto el monte del Señor, dispuesto en la cima de los montes y será exaltado sobre todas las colinas y vendrán a él todos los pueblos» (Is 2,2). Este monte creció desde una pequeña piedra hasta llenar el mundo, como reveló Daniel.
«Acercaos al monte, subid a él, y quienes hayáis subido no descendáis; allí estaréis seguros». Cristo es refugio, y aunque está a la derecha del Padre, no se aleja de nuestros corazones. Al centurión, el Señor le dijo: «Vete y que te suceda según has creído». Y en aquella hora quedó sano el niño (Mt 8,13). Como creyó, así sucedió. «Dilo de palabra y quedará sano»: lo dijo, y quedó sano.
No cuesta fatiga mandar, pero ojalá los hombres quisieran obedecerle. Dichoso aquel a quien el Señor le da órdenes, no al oído carnal, sino al del corazón, y allí lo corrige y lo guía.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.