Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.
No siempre se entienden los misterios de nuestra fe, y menos aún, el hermoso y extraordinario misterio de la Eucaristía, un misterio que habla de un cambio extraordinario en la sustancia de unos alimentos que siempre estarán en la mesa de todos: el pan y el vino.
Ese misterio se llama transubstanciación porque no cambia el aspecto físico del pan y del vino, sino que se transforma la substancia, es decir, por la Gracia del Espíritu Santo y las palabras pronunciadas por el sacerdote (quien actúa en Persona de Cristo) el pan será el Cuerpo y el vino la Sangre de Cristo, el alimento de nuestra vida de fe, de nuestra esperanza en la vida eterna, y, sobre todo, de la salvación de nuestra alma.
Por eso, no es, para los que hemos tenido la Gracia de aceptar los misterios de la Fe, cualquier cosa acercarnos a la Eucaristía, ni tampoco es un premio por habernos portado bien, sino que es el alimento necesario para seguir siendo Fieles a la Vida que Jesús nos regaló con su muerte y resurrección, una Vida que recibimos en el bautismo y que nos cuesta conservar y madurar todos los días.
Así, los que, por medio del Don del Espíritu, hemos conocido el Amor de Dios sabemos que en ese Pan Blanco recibimos a nuestro Dios y Señor, Él es la Vida que nos renueva, que nos fortalece, que nos ayuda a levantarnos de nuestras caídas y a encendernos, cada día, con los Dones de Su Espíritu para que, como san Pablo, sigamos combatiendo el buen combate hasta llegar a la meta sin perder la fe.
No, no es cualquier pan. No, no es cualquier cosa. No es nuestro premio por ser buenos, es nuestro alimento para ser santos e irreprochables en el amor. Lo necesitamos y Él se hace presente y se nos entrega para que siempre permanezcamos unidos a Él para, un día, alcanzar la vida en su Reino.
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