De las cartas de san Juan Bosco
Si de verdad buscamos la auténtica felicidad de nuestros alumnos y queremos inducirlos al cumplimiento de sus obligaciones, conviene, ante todo, que nunca olvidéis que hacéis las veces de padres de nuestros amados jóvenes, por quienes trabajé siempre con amor, por quienes estudié y ejercí el ministerio sacerdotal, y no sólo yo, sino toda la Congregación salesiana.
¡Cuántas veces, hijos míos, durante mi vida, ya bastante prolongada, he tenido ocasión de convencerme de esta gran verdad! Es más fácil enojarse que aguantar; amenazar al niño que persuadirlo; añadiré incluso que, para nuestra impaciencia y soberbia, resulta más cómodo castigar a los rebeldes que corregirlos, soportándolos con firmeza y suavidad a la vez.
Os recomiendo que imitéis la caridad que usaba Pablo con los neófitos, caridad que con frecuencia lo llevaba a derramar lágrimas y a suplicar, cuando los encontraba poco dóciles y rebeldes a su amor.
Guardaos de que nadie pueda pensar que os dejáis llevar por los arranques de vuestro espíritu. Es difícil, al castigar, conservar la debida moderación, la cual es necesaria para que en nadie pueda surgir la duda de que obramos sólo para hacer prevalecer nuestra autoridad o para desahogar nuestro mal humor.
Miremos como a hijos a aquellos sobre los cuales debemos ejercer alguna autoridad. Pongámonos a su servicio, a imitación de Jesús, el cual vino para obedecer y no para mandar, y avergoncémonos de todo lo que pueda tener incluso apariencia de dominio; si algún dominio ejercemos sobre ellos, ha de ser para servirlos mejor.
Éste era el modo de obrar de Jesús con los apóstoles, ya que era paciente con ellos, a pesar de que eran ignorantes y rudos, e incluso poco fieles; también con los pecadores se comportaba con benignidad y con una amigable familiaridad, de tal modo que era motivo de admiración para unos, de escándalo para otros, pero también ocasión de que muchos concibieran la esperanza de alcanzar el perdón de Dios. Por esto, nos mandó que fuésemos mansos y humildes de corazón.
Son hijos nuestros, y, por esto, cuando corrijamos sus errores, hemos de deponer toda ira o, por lo menos, dominarla de tal manera como si la hubiéramos extinguido totalmente.
Mantengamos sereno nuestro espíritu, evitemos el desprecio en la mirada, las palabras hirientes; tengamos comprensión en el presente y esperanza en el futuro, como nos conviene a unos padres de verdad, que se preocupan sinceramente de la corrección y enmienda de sus hijos.
En los casos más graves, es mejor rogar a Dios con humildad que arrojar un torrente de palabras, ya que éstas ofenden a los que las escuchan, sin que sirvan de provecho alguno a los culpables.
viernes, 31 de enero de 2025
Trabaje siempre con amor
jueves, 30 de enero de 2025
Construyendo
"Mantengámonos firmes en la esperanza que profesamos, porque es fiel quien hizo la promesa".
¿Qué es la esperanza? Es saber esperar por aquello que aún no está, que deseamos o que anhelamos y, sobre todo, lo que se nos ha Prometido. ¿En qué tenemos puesta nuestra esperanza los cristianos? En la vida eterna, pero no sólo en la que vendrá, sino en la que vivimos día a día, pues somos hijos de un Dios Eterno y nos ha dado un espíritu que trae consigo la divinidad de su Hijo, por eso "hemos sido hecho hijos en el Hijo", y el Hijo nos enseñó a llamar a nuestro Dios Padre nuestro.
Esa esperanza de un nuevo mundo, de un nuevo reino, es la que nos lleva a pedir, cada día: venga a nosotros tu reino. Y ¿cómo construimos ese Reino, ese hombre nuevo?
"Fijémonos los unos en los otros para estimularnos a la caridad y a las buenas obras; no faltemos a las asambleas, como suelen hacer algunos, sino animémonos tanto más cuanto más cercano veis el Día".
A veces, las contrariedades de la vida, o los cotilleos, o las malas informaciones o prejuicios, no nos permiten mirar a nuestros hermanos con amor, mirar sus virtudes y no sus errores, y eso nos lleva no poder vivir unidos como hermanos en el Amor de Dios. La realidad mundana que, muchos vivimos, nos lleva a "meternos" en el arduo camino de querer aparentar más que los demás, en la carrera del yo soy más que tú o tengo más que tú, y no lleva a enemistades, envidias, celos, etc.
Por eso mismo, hoy Jesús nos advierte:
«Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».
Busquemos siempre, como Él mismo dice: El Reino de Dios y todo lo demás se nos dará por añadidura, y el Reino de Dios lo construimos cada día cuando nos damos cuenta cómo se construye: "hágase Tu Voluntad en la tierra como en el cielo".
miércoles, 29 de enero de 2025
De la descendencia de Abrahán
Comentario sobre la carta a los Gálatas de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
La ley -dice el Apóstol- fue nuestro pedagogo hasta que llegara Cristo. He aquí sus palabras: Estábamos prisioneros, custodiados por la ley. Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo. Con estas palabras reprende ahora a los que anulan la gracia de Cristo: como si no hubiera llegado todavía el que debía llamarnos a la libertad, pretenden permanecer aún bajo el pedagogo.
Lo que dice que todos son hijos de Dios por la fe, en cuanto que todos los que fueron bautizados en Cristo se revistieron de Cristo, tiene un objetivo bien concreto: evitar que los paganos desesperen de su salvación, pensando que no son hijos al no estar custodiados por el pedagogo: revestidos de Cristo por la fe, todos se convierten en hijos. No hijos por naturaleza, como el Hijo único, que, además, es la Sabiduría de Dios; ni por la prepotente y singular asunción que les capacitara para ser y actuar por naturaleza en persona de la Sabiduría, a la manera como el Mediador se identificó con la Sabiduría asumida sin intervención de mediador alguno. No, son hijos por participación de la sabiduría, en virtud y gracias a la fe del Mediador.
En esta fe no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, por cuanto todos los fieles son uno en Cristo Jesús. Y si esto hace la fe, por la que se vive justamente en esta vida, ¿cuánto más perfecta y copiosamente lo hará la misma visión, cuando veamos cara a cara?
Pues de momento y aun poseyendo, por la justificación de la fe, las primicias del Espíritu, que es vida, comoquiera que todavía el cuerpo está muerto por el pecado, esta diferenciación de nacionalidad, de condición social o de sexo está ciertamente superada por la unidad de la fe, pero se mantiene en la existencia mortal. Y que en la peregrinación de la presente vida, hayan de mantenerse tales categorías, lo preceptúan los apóstoles - quienes además nos han legado normas salubérrimas para vivir en común manteniendo las diferencias de nacionalidad, judíos y griegos; de condición social, señores y esclavos; de sexo, hombres y mujeres, y otras diferencias que eventualmente puedan presentarse-, y antes que ellos, el mismo Señor, quien afirmó: Pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.
Porque todos -dice- sois uno en Cristo Jesús. Y añade: Y si sois, de modo que se subdistinga y se sobrentienda: sois uno en Cristo Jesús, y a continuación se deduzca: luego sois descendencia de Abrahán, de suerte que el sentido sea éste: Porque todos sois uno en Cristo Jesús, luego sois descendencia de Abrahán. Antes había dicho: No se dice: «y a los descendientes», en plural, sino en singular: «y a tu descendencia», que es Cristo. Aquí, pues, nos demuestra que Cristo es el único descendiente, no refiriéndose exclusivamente a él, único mediador, sino también a la Iglesia, su cuerpo, de la que él es cabeza. Y esto para que todos sean uno en Cristo y reciban, de acuerdo con la promesa, la herencia por la fe, a la que la promesa estaba supeditada; esto es: en espera de la llegada de la fe, el pueblo estaba como custodiado por el pedagogo hasta la fecha prefijada, en cuya fecha serían llamados a la libertad todos cuantos en el pueblo han sido llamados conforme al designio de Dios, es decir, los que en aquella era fueron reconocidos como trigo.
martes, 28 de enero de 2025
Muy difícil
"Por eso, al entrar él en el mundo dice:
«Tú no quisiste ni sacrificios ni ofrendas, pero me formaste un cuerpo; no aceptaste holocaustos ni víctimas expiatorias. Entonces yo dije: He aquí que vengo - pues así está escrito en el comienzo del libro acerca de mi - para hacer, ¡oh Dios! tu voluntad».
¡Qué difícil que es para un cristiano entender que lo más importante es hacer la Voluntad de Dios! Y eso que lo rezamos todos los días: "venga a nosotros tu reino, hágase Tú Voluntad así en la tierra como en el cielo". Y, sin embargo, no buscamos en el día a día cuál es la Voluntad de Dios. Y cuando nos dice: "eso que están haciendo no es voluntad de Dios", nos ofendemos y echamos diablos por la boca.
Todo es quiere decir que no hemos comprendido qué es ser cristiano, nos hemos quedado con las formas, con el cumplir, y, como antiguamente, nuestro corazón ha quedado muy lejos de Dios.
Sí, parece que lo que estoy diciendo es muy exagerado, pero, si te lo pones a pensar: ¿cuándo te has preguntado qué es lo que Dios quiere de tí? ¿Has pensado en el día si lo que estás haciendo o lo que tienes ganas de hacer es lo que Dios quiere que hagas? ¿Has renunciado a tus gustos, placeres, proyectos o planes por hacer la Voluntad de Dios?
Y, por otro lado, ¿vamos analizando nuestra vida a la Luz de los Mandamientos y de los consejos evangélicos de Jesús? Porque, tampoco eso lo hacemos cuando hacemos un examen de conciencia, pasamos muy por arriba esas preguntas y nos quedamos con lo que puede ser pecado pero sin ahondar demasiado, no vaya a ser que salga a la luz todo lo que he dejado guardado y, sobre todo, lo que no he hecho según el querer del Padre.
Porque ser cristiano es ser familia de Cristo, no sólo seguir con un perro que va detrás de su amo (aunque hoy en día los amos van detrás de sus perros, pero bueno...) Sino que ser familia, discípulo de Cristo es, según sus propias palabras:
"La gente que tenía sentada alrededor le dijo:
«Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan».
Él les pregunta:
«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».
Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice:
«Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre».
Es para recordarlo cada día.
lunes, 27 de enero de 2025
Lo que era molestó fue lo que nos salvó
Homilías sobre la carta a los Romanos de San Juan Crisóstomo
A los que llamó, los justificó. Los justificó por el baño regenerador. A los que justificó, los glorificó. Los glorificó por la gracia, por la adopción. ¿Cabe decir más? Que es como si dijera: No me hables más de peligros ni de insidias tramadas por todos. Pues si es verdad que hay quienes no tienen fe en los bienes futuros, no pueden negar sin embargo la evidencia de los bienes ya recibidos: por ejemplo, el amor que Dios te ha mostrado, la justificación, la gloria.
Y todo esto se te ha concedido en atención a lo que parecía molesto: y todo aquello que tú considerabas deshonroso: cruz, las torturas, las cadenas, fue lo que restableció el orden en todo el mundo. Y así como él se sirvió de su pasión, es decir de aquello que se presentaba como sufrimiento, para restablecer la libertad y la salvación de toda la naturaleza humana, así obra contigo: cuando sufres, se sirve de este sufrimiento para tu salvación y para tu gloria.
Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? ¿Quién no está contra nosotros?, se pregunta. Pues hemos de admitir que todo el mundo, dictadores, pueblos, parientes y conciudadanos están contra nosotros. Sin embargo, todos esos que están contra nosotros están tan lejos de hacernos mal que hasta son agentes involuntarios de nuestras victorias y de los beneficios mil que nos vienen, pues la sabiduría de Dios troca sus asechanzas en salvación y gloria para nosotros.
¿Ved cómo nadie está contra nosotros? Pues lo que más renombre dio a Job fue precisamente que el diablo en persona tomó las armas contra él: se valió contra él de sus amigos, de su esposa, de las llagas, de los criados, urdiendo contra él mil otras maquinaciones. Y no obstante no le sucedió ningún mal. Si bien todo esto, con ser una gran cosa, no es la mayor: lo realmente extraordinario es que todo esto se trocó en bien y en una ganancia. Como Dios estaba de su parte, todo lo que parecía conspirar contra él, cedía en favor suyo.
Les pasó lo mismo a los apóstoles: judíos, paganos, falsos hermanos, príncipes, pueblos, hambre, pobreza y otras muchas cosas se pusieron en contra suya. Pero nada pudo contra ellos. Y lo más maravilloso era que todo esto les hacía más espléndidos, ilustres y dignos de alabanza ante Dios y los hombres. Por eso dice: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?
Y no contento con lo dicho, te pone en seguida ante la mayor prueba de amor de Dios para con nosotros, prueba sobre la que insiste una y otra vez: la muerte del Hijo. No sólo -dice- nos justificó, nos glorificó y nos predestinó a ser imagen suya, sino que no perdonó a su Hijo por ti. Por eso añadió: El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ¿Cómo podrá abandonarnos quien por nosotros no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros? Piensa en el gran peso de bondad que supone no perdonar a su propio Hijo, sino entregarlo y entregarlo por todos, por los hombres viles, ingratos, enemigos y blasfemos. ¿cómo no nos dará todo con él? Es como decir: si nos ha dado a su Hijo, y no sólo nos lo ha dado, sino que lo entregó a la muerte, ¿cómo puedes dudar de lo demás, si has recibido al Señor? ¿Cómo puedes abrigar dudas respecto a las posesiones, poseyendo al Señor?
domingo, 26 de enero de 2025
Una gran tarea
“Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo después he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”.
Al comenzar el Evangelio de San Lucas descubrimos el por qué se han escrito, cuál es la finalidad que han tenido, inspirados por el Señor, los escritores de los evangelios y de las cartas y, en definitiva, de toda la Palabra de Dios: conocer la solidez de las enseñanzas que has recibido.
Y esto me lleva a pensar en el compromiso de los padres y padrinos el día del bautismo de sus hijos y ahijados. A los padres se les pregunta: Al pedir el Bautismo para vuestro hijo, ¿sabéis que os obligáis a educarlo en la fe, para que este niño, guardando los mandamientos de Dios, ame al Señor y al prójimo, como Cristo nos enseña en el Evangelio? Y responden: Sí, lo sabemos. Y a los padrinos se les pregunta: Y vosotros, padrinos, ¿estáis dispuestos a ayudar a sus padres en esa tarea? Y ellos también responden: Sí, estamos dispuestos.
Pero… ¿se educa, desde que se bautizan, en la fe? Generalmente, no. Porque no siempre sabemos qué es la vida cristiana y ni por qué somos cristianos. Y esa es nuestra obligación, de los que estamos bautizados, de los que formamos, verdaderamente, la Comunidad Cristiana, de dar un testimonio de vida de fe.
Y, para seguir madurando en la vida de fe tenemos la Palabra de Dios, que, como dice el Apóstol: es viva y eficaz, es la Palabra que siempre nos está hablando y llamando a vivir según la Voluntad del Padre y, siempre, como nos lo enseñó Jesús. Por eso, no sólo leer la Palabra de Dios, sino orar con la Palabra porque así es dialogar con el Padre, con el Hijo e iluminados por el Espíritu para saber cómo vivir, cómo seguir siendo fieles a Dios, al llamado que Él nos hizo en Su Hijo por el Espíritu.
No le basta, o mejor dicho, no debería bastarnos a los cristianos “cumplir” con ciertas “obligaciones”, como por ejemplo ir a misa, sino que debemos mantener una madura y constante relación con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu para seguir madurando en nuestra vida cristiana, para seguir recorriendo el camino de nuestra santidad. Porque esa es nuestra verdad: hemos sido llamados a ser santos y dar testimonio con nuestra vida del Amor de Dios por el hombre, de mostrar el verdadero Camino a la Vida que el Padre nos ha regalado, y, sobre todo, el verdadero Camino a la eternidad.
sábado, 25 de enero de 2025
Sufrir por amor a Cristo
Homilía 2 sobre las alabanzas de San Pablo de San Juan Crisóstomo, obispo
Qué es el hombre, cuán grande su nobleza y cuánta su capacidad de virtud lo podemos colegir sobre todo de la persona de Pablo. Cada día se levantaba con una mayor elevación y fervor de espíritu y, frente a los peligros que lo acechaban, era cada vez mayor su empuje, como lo atestiguan sus propias palabras: Olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante; y, al presentir la inminencia de su muerte, invitaba a los demás a compartir su gozo, diciendo: Estad alegres y asociaos a mi alegría; y, al pensar en sus peligros y oprobios, se alegra también y dice, escribiendo a los corintios: Vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos y de las persecuciones; incluso llama a estas cosas armas de justicia, significando con ello que le sirven de gran provecho.
Y así, en medio de las asechanzas de sus enemigos, habla en tono triunfal de las victorias alcanzadas sobre los ataques de sus perseguidores y, habiendo sufrido en todas partes azotes, injurias y maldiciones, como quien vuelve victorioso de la batalla, colmado de trofeos, da gracias a Dios, diciendo: Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo. Imbuido de estos sentimientos, se lanzaba a las contradicciones e injurias, que le acarreaba su predicación, con un ardor superior al que nosotros empleamos en la consecución de los honores, deseando la muerte más que nosotros deseamos la vida, la pobreza más que nosotros la riqueza, y el trabajo mucho más que muchos otros apetecen el descanso que lo sigue. La única cosa que él temía era ofender a Dios; lo demás le tenía sin cuidado. Por esto mismo, lo único que deseaba era agradar siempre a Dios.
Y, lo que era para él lo más importante de todo, gozaba del amor de Cristo; con esto se consideraba el más dichoso de todos, sin esto le era indiferente asociarse a los poderosos y a los príncipes; prefería ser, con este amor, el último de todos, incluso del número de los condenados, que formar parte, sin él, de los más encumbrados y honorables.
Para él, el tormento más grande y extraordinario era el verse privado de este amor: para él, su privación significaba el infierno, el único sufrimiento, el suplicio infinito e intolerable.
Gozar del amor de Cristo representaba para él la vida, el mundo, la compañía de los ángeles, los bienes presentes y futuros, el reino, las promesas, el conjunto de todo bien; sin este amor, nada catalogaba como triste o alegre. Las cosas de este mundo no las consideraba, en sí mismas, ni duras ni suaves.
Las realidades presentes las despreciaba como hierba ya podrida. A los mismos gobernantes y al pueblo enfurecido contra él les daba el mismo valor que a un insignificante mosquito.
Consideraba como un juego de niños la muerte y la más variada clase de tormentos y suplicios, con tal de poder sufrir algo por Cristo.
viernes, 24 de enero de 2025
La devoción se ha de ejercitar
De la introducción a la vida devota de San Francisco de Sales, obispo.
En la misma creación, Dios creador mandó a las plantas que diera cada una fruto según su propia especie: así también mandó a los cristianos, que son como las plantas de su Iglesia viva, que cada uno diera un fruto de devoción conforme a su calidad, estado y vocación.
La devoción, insisto, se ha de ejercitar de diversas maneras, según que se trate de una persona noble o de un obrero, de un criado o de un príncipe, de una viuda o de una joven soltera, o bien de una mujer casada. Más aún: la devoción se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios y ocupaciones particulares de cada uno.
Dime, te ruego, mi Filotea, si sería lógico que los obispos quisieran vivir entregados a la soledad, al modo de los cartujos; que los casados no se preocuparan de aumentar su peculio más que los religiosos capuchinos; que un obrero se pasara el día en la iglesia, como un religioso; o que un religioso, por el contrario, estuviera continuamente absorbido, a la manera de un obispo, por todas las circunstancias que atañen a las necesidades del prójimo. Una tal devoción ¿por ventura no sería algo ridículo, desordenado o inadmisible?
Y con todo, esta equivocación absurda es de lo más frecuente. No ha de ser así; la devoción, en efecto, mientras sea auténtica y sincera, nada destruye, sino que todo lo perfecciona y completa, y, si alguna vez resulta de verdad contraria a la vocación o estado de alguien, sin duda es porque se trata de una falsa devoción.
La abeja saca miel de las flores sin dañarlas ni destruirlas, dejándolas tan íntegras, incontaminadas y frescas como las ha encontrado. Lo mismo, y mejor aún, hace la verdadera devoción: ella no destruye ninguna clase de vocación o de ocupaciones, sino que las adorna y embellece.
Del mismo modo que algunas piedras preciosas bañadas en miel se vuelven más fúlgidas y brillantes, sin perder su propio color, así también el que a su propia vocación junta la devoción se hace más agradable a Dios y más perfecto. Esta devoción hace que sea mucho más apacible el cuidado de la familia, que el amor mutuo entre marido y mujer sea más sincero, que la sumisión debida a los gobernantes sea más leal, y que todas las ocupaciones, de cualquier clase que sean, resulten más llevaderas y hechas con más perfección.
Es, por tanto, un error, por no decir una herejía, el pretender excluir la devoción de los regimientos militares, del taller de los obreros, del palacio de los príncipes, de los hogares y familias; hay que admitir, amadísima Filotea, que la devoción puramente contemplativa, monástica y religiosa puede ser ejercida en estos oficios y estados; pero, además de este triple género de devoción, existen también otros muchos y muy acomodados a las diversas situaciones de la vida seglar.
Así pues, en cualquier situación en que nos hallemos, debemos y podemos aspirar a la vida de perfección.
jueves, 23 de enero de 2025
El bautismo
Libro sobre el conocimiento del bautismo de San Ildefonso, obispo
Vino el Señor para ser bautizado por el siervo. Por humildad, el siervo lo apartaba, diciendo: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Pero, por justicia, el Señor se lo ordenó, respondiendo: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
Después de esto, declinó el bautismo de Juan, que era bautismo de penitencia y sombra de la verdad, y empezó el bautismo de Cristo, que es la verdad, en el cual se obtiene la remisión de los pecados, aun cuando no bautizase Cristo, sino sus discípulos. En este caso, bautiza Cristo, pero no bautiza. Y las dos cosas son verdaderas: bautiza Cristo, porque es él quien purifica, pero no bautiza, porque no es él quien baña. Sus discípulos, en aquel tiempo, ponían las acciones corporales de su ministerio, como hacen también ahora los ministros, pero Cristo ponía el auxilio de su majestad divina. Nunca deja de bautizar el que no cesa de purificar; y, así, hasta el fin de los siglos, Cristo es el que bautiza, porque es siempre él quien purifica.
Por tanto, que el hombre se acerque con fe al humilde ministro, ya que éste está respaldado por tan gran maestro. El maestro es Cristo. Y la eficacia de este sacramento reside no en las acciones del ministro, sino en el poder del maestro, que es Cristo.
miércoles, 22 de enero de 2025
Venció por Quien había vencido
De los sermones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
A vosotros se os ha concedido la gracia -dice el Apóstol- de estar del lado de Cristo, no sólo creyendo en él, sino sufriendo por él.
Una y otra gracia había recibido el diácono Vicente, las había recibido y, por esto, las tenía. Si no las hubiese recibido, ¿cómo hubiera podido tenerlas? En sus palabras tenía la fe, en sus sufrimientos la paciencia.
Nadie confíe en sí mismo al hablar; nadie confíe en sus propias fuerzas al sufrir la prueba, ya que, si hablamos con rectitud y prudencia, nuestra sabiduría proviene de Dios y, si sufrimos los males con fortaleza, nuestra paciencia es también don suyo.
Recordad qué advertencias da a los suyos Cristo, el Señor, en el Evangelio; recordad que el Rey de los mártires es quien equipa a sus huestes con las armas espirituales, quien les enseña el modo de luchar, quien les suministra su ayuda, quien les promete el remedio, quien, habiendo dicho a sus discípulos: En el mundo tendréis luchas, añade inmediatamente, para consolarlos y ayudarlos a vencer el temor: Pero tened valor: yo he vencido al mundo.
¿Por qué admirarnos, pues, amadísimos hermanos, de que Vicente venciera en aquel por quien había sido vencido el mundo? En el mundo - dice- tendréis luchas; se lo dice para que estas luchas no los abrumen, para que en el combate no sean vencidos. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos. No dejemos que nos domine el propio placer, no dejemos que nos atemorice la ajena crueldad, y habremos vencido al mundo.
En uno y otro ataque sale al encuentro Cristo, para que el cristiano no sea vencido. La constancia en el sufrimiento que contemplamos en el martirio que hoy conmemoramos es humanamente incomprensible, pero la vemos como algo natural si en este martirio reconocemos el poder divino.
Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con que él hablaba, era tan grande la dureza con que eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.
Es que, en realidad, hermanos, así era: era otro el que hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos, en el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en efecto: No os preocupéis de lo que vais a decir o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros.
Era, pues, el cuerpo de Vicente el que sufría, pero era el Espíritu quien hablaba, y, por estas palabras del Espíritu, no sólo era redargüida la impiedad, sino también confortada la debilidad.
martes, 21 de enero de 2025
Maduras para el testimonio
Del tratado sobre las vírgenes de San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia
Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.
¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada dónde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pinchan con una aguja, se ponen a llorar como si se tratara de una herida.
Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.
¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.
Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo:
«Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que no quiero».
Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, cómo si él fuese el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio.
lunes, 20 de enero de 2025
Por la caridad al Cielo
Tratados sobre el evangelio de San Juan de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Como quiera que el Espíritu Santo es el donador de la caridad de que hablamos, oye al Apóstol que dice: El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado.
¿Por qué el Señor, sólo después de su resurrección, quiso darnos el Espíritu, de quien derivan a nosotros los mayores beneficios, ya que por él el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones? ¿Qué es lo que quiso darnos a entender? Que en la resurrección nuestra caridad ha de ser ardiente, que nos aparte del amor al mundo y corra apasionadamente hacia Dios. Aquí nacemos y morimos: no amemos esto. Emigremos por la caridad, habitemos allá arriba por la caridad. Por la misma caridad con que amamos a Dios.
Durante nuestra presente peregrinación, pensemos continuamente que nuestra permanencia en esta vida es transitoria, y así, con una vida santa, nos iremos preparando un puesto allí de donde nunca habremos de emigrar. Pues nuestro Señor Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él, según dice el Apóstol. Esto es lo que hemos de amar.
Si vivimos, si tenemos fe en el resucitado, él nos dará, no lo que aquí aman los hombres que no aman a Dios, o que aman tanto más, cuanto menos le aman. Pero veamos qué es lo que nos ha prometido: no riquezas temporales y terrenas ni honores o ejecutorias de poder en este mundo, pues ya veis que todo esto se da también a los hombres malos, para que no sea sobrevalorado por los buenos. Ni, por último, la misma salud corporal; y no es que no la dé, sino que, como veis, se la da también al ganado. Ni una larga vida. ¿Cómo llamar largo lo que un día se acaba? Ni como algo extraordinario, nos prometió a nosotros los creyentes, la longevidad o una decrépita ancianidad, a la que todos aspiran antes de llegar y de la que todos se lamentan una vez que han llegado. Ni la belleza corporal, que la enfermedad o la deseada ancianidad hacen desaparecer.
Querer ser hermoso, querer ser anciano: he aquí dos deseos imposible de armonizar. Si eres anciano, no serás hermoso, pues cuando llega la ancianidad, huye la hermosura. Ni pueden coexistir en una misma persona el vigor de la hermosura y los lamentos de la ancianidad. Así que no es esto lo que nos prometió el que dijo: El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba: de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.
Prometió la vida eterna, donde no hemos de temer, donde no seremos perturbados, de donde no emigraremos, en donde no moriremos; donde ni se llorará al predecesor ni se esperará al sucesor. Y por ser de este orden las cosas que prometió a los que le amamos y a los que nos urge la caridad del Espíritu Santo, por eso no quiso darnos el Espíritu hasta ser glorificado. De este modo, en su propio cuerpo pudo mostrarnos la vida, que ahora no tenemos, pero que esperamos en la resurrección.
domingo, 19 de enero de 2025
Haced lo que Él diga
"Faltó el vino, y la madre de Jesús le dijo: - «No tienen vino».
Jesús le dice: - «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora».
Su madre dice a los sirvientes: - «Haced lo que él diga»".
Al comenzar el ciclo litúrgico del Tiempo Ordinario se nos presenta un Evangelio que podría ser meditado durante todo el año por la riqueza de contenido que tiene. Cada parte o cada renglón podría ser suficiente para todo un día de meditación.
Vamos por parte: María se da cuenta del apuro que llevan los novios y busca una solución para ellos. Primero tiene una gran disposición para ver y “detectar” las necesidades de los demás, no está encerrada sobre sí misma, sino que, gracias a su desasimiento total, puede ver la vida de cada uno. Claro que no es sólo ver que hay necesidades, sino que también busca una solución para ese problema.
María no invita, primero, a deshacernos de nosotros mismos, a negarnos a nosotros mismos, para estar atentos a los hermanos. Y estar atentos no para cotillear sobre lo que les pasa, sino a intentar, de alguna manera, a ayudarlos.
Por otro lado, María sabe a Quién puede recurrir: a Su Hijo, Ella sabe lo que su Hijo puede hacer, y, por eso, le pide que haga el milagro, porque sus amigos, los de la boda, necesitan de Él.
Esa sugerencia de María Jesús le hace decir algo que aún no se había reflejado en los evangelios: “todavía no ha llegado mi hora”. ¿Se podría decir que a Jesús no le interesa ayudar a sus amigos? No, quiere respetar el Plan que el Padre tiene para Él, porque “mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre”.
Pero María, sabe que su Hijo no puede negarle lo que le pida y deja, de este modo, las palabras grabadas para toda la eternidad, no sólo para los sirvientes de la boda, sino para nosotros: “Haced lo que Él diga”. Sin saber qué hay que hacer, tenemos que abrirnos a la Palabra del Hijo para que el milagro se produzca en nuestras vidas. La obediencia al Hijo es el hilo fundamental para mantenernos unidos a Él y que nuestras vidas se transformen en alegría y plenitud.
Y es ahí cuando, recién, Jesús puede hacer el milagro: cuando los sirvientes escuchan y obedecen a sus Palabras, sin saber qué es lo que Él puede hacer, e, incluso, seguramente, riéndose por dentro por tener que obedecer a alguien que no conocen. Y así nos sucede a nosotros, o nos debería suceder: saber obedecer a Dios, buscar Su Voluntad aunque nos pida algo que no esperábamos o que pueda pedirnos algo que no estamos dispuestos a hacer.
sábado, 18 de enero de 2025
Dialogando con la Palabra
"Hermanos:
La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón.
Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas".
Cuánta verdad tienen estas palabras del escritor de la carta a los Hebreos, porque, si lo hacemos con conciencia, cuando leemos o, mejor dicho, cuando reflexionamos y rezamos con la Palabra de Dios, nos vamos dando cuenta cuánto nos falta para llegar a alcanzar la meta, y, cuánto aún tenemos para convertirnos cada día.
Cuando dialogamos de verdad con nuestro Padre, con la fuerza del Espíritu, al leer Su Palabra, es ahí cuando vamos recibiendo su fuerza, su deseo para mí, para que, escuchándolo tenga la capacidad y la disponibilidad para poder vivir lo que Él me está diciendo por medio de Su Palabra.
Pasa, muy a menudo, que simplemente leemos la Palabra de Dios, si es que lo hacemos, pero al leerla como un simple libro de texto o de novela histórica o vaya a saber cómo, no llegamos a entablar un diálogo sincero con el Padre, con el Señor, con el Espíritu y, por eso, no encontramos en ese momento nada que nos inspire o que nos lleve a encontrar la Voluntad de Dios para mi día a día.
Sin embargo, si nos ponemos frente a la Palabra como lo que realmente es: un sincero diálogo con Dios, entonces no sólo tendré la Gracia para escuchar, sino que, también, tendré la Gracia para obedecer. Y eso lo sabemos porque, en muchos momentos del Evangelio, Jesús, siendo Dios, también se retiraba en soledad a hablar con el Padre, a orar, porque necesitaba saber qué era lo que el Padre quería, pues Él no vino a hacer su voluntad sino la Voluntad del Padre que lo envió.
Así también nosotros necesitamos, cada día, en soledad poder entablar ese diálogo con el Padre para saber cuál es Su Voluntad, y, eso no podemos hacer no sólo con el rezo constante, sino con el diálogo por medio de Su Palabra. Claro es que para ello necesito "perder tiempo" para el diálogo, y disponibilidad de corazón para poder escuchar y obedecer, tres cosas importantes que no están siempre a la orden del día en nuestro día a día, pero que tenemos que conseguirlo si queremos ser Fieles a la Voluntad de Dios.
viernes, 17 de enero de 2025
San Antonio
De la vida de San Antonio por San Atanasio de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia
Cuando murieron sus padres, Antonio tenía unos dieciocho o veinte años, y quedó él solo con su única hermana, pequeña aún, teniendo que encargarse de la casa y del cuidado de su hermana.
Habían transcurrido apenas seis meses de la muerte de sus padres, cuando un día en que se dirigía, según costumbre, a la iglesia, iba pensando en su interior que los apóstoles lo habían dejado todo para seguir al Salvador, y cómo, según narran los Hechos de los apóstoles, muchos vendían sus posesiones y ponían el precio de venta a los pies de los apóstoles para que lo repartieran entre los pobres; pensaba también en la magnitud de la esperanza que para éstos estaba reservada en el cielo; imbuido de estos pensamientos, entró en la iglesia, y dio la casualidad de que en aquel momento estaban leyendo aquellas palabras del Señor en el Evangelio:
«Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres -así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo.»
Entonces Antonio, como si Dios le hubiese infundido el recuerdo de lo que habían hecho los santos y como si aquellas palabras hubiesen sido leídas especialmente para él, salió en seguida de la iglesia e hizo donación a los aldeanos de las posesiones heredadas de sus padres (tenía trescientas parcelas fértiles y muy hermosas), con el fin de evitar toda inquietud para sí y para su hermana. Vendió también todos sus bienes muebles y repartió entre los pobres la considerable cantidad resultante de esta venta, reservando sólo una pequeña parte para su hermana.
Habiendo vuelto a entrar en la iglesia, oyó aquellas palabras del Señor en el Evangelio: «No os agobiéis por el mañana.»
Saliendo otra vez, dio a los necesitados incluso lo poco que se había reservado, ya que no soportaba que quedase en su poder ni la más mínima cantidad. Encomendó su hermana a unas vírgenes que él sabía eran de confianza y cuidó de que recibiese una conveniente educación; en cuanto a él, a partir de entonces, libre ya de cuidados ajenos, emprendió en frente de su misma casa una vida de ascetismo y de intensa mortificación.
Trabajaba con sus propias manos, ya que conocía aquella afirmación de la Escritura: El que no trabaja que no coma; lo que ganaba con su trabajo lo destinaba parte a su propio sustento, parte a los pobres.
Oraba con mucha frecuencia, ya que había aprendido que es necesario retirarse para ser constantes en orar: en efecto, ponía tanta atención en la lectura, que retenía todo lo que había leído, hasta tal punto que llego un momento en que su memoria suplía los libros.
Todos los habitantes del lugar, y todos los hombres honrados, cuya compañía frecuentaba, al ver su conducta, lo llamaban amigo de Dios; y todos lo amaban como a un hijo o como a un hermano.
jueves, 16 de enero de 2025
No tengo pecado
"¡Atención, hermanos! Que ninguno de vosotros tenga un corazón malo e incrédulo, que lo lleve a desertar del Dios vivo.
Animaos, por el contrario, los unos a los otros, cada día, mientras dure este “hoy”, para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado.
En efecto, somos partícipes de Cristo, si conservamos firme hasta el final la actitud del principio".
Al leer este párrafo de la carta a los Hebreos me acordaba de una frase de San Agustín:
"Mi pecado más incurable era el no creerme pecador".
No son pocos los que se creen sin pecado, o, mejor dicho, que no tienen conciencia de pecado, pues todo lo que hacen (según ellos) es todo bueno, aunque otros le digan que no lo están haciendo bien.
A lo que me lleva a esto del evangelio:
"En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme».
Compadecido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Quiero: queda limpio».
La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio".
Al no tener conciencia de pecado o de que estoy actuando mal no puedo pedir perdón, y al no pedir perdón no me reconcilio ni con los hermanos ni con Dios, y, lo que es peor para el alma no recibo la Gracia santificante que me ayuda en el camino hacia Dios.
A veces, nos creemos tan listos y tan inteligentes que somos incapaces de reconocernos pecadores, somos incapaces de reconocer que nos equivocamos, y, lo que es aún peor, es que le echamos la culpa a los demás, como en el paraíso: "la culpa es de la mujer que me diste"... "la culpa es de la serpiente que me sedujo"... y así vamos caminando porque ninguno tiene la culpa, sino que me "obligaron", o lo que aún hace menos inteligente a la gente es decir: "no me di cuenta".
Sí, nos creemos tan astutos y tan inteligentes que siempre hacemos lo que queremos sin tener en cuenta que nos estamos equivocando, que estamos haciendo mal, que el pecado ha entrado en nuestro corazón y le estamos dando de "comer" al mundo y a satanás rompiendo la comunión con Dios y con los hermanos.
La humildad es el gran ausente, muchas veces, en la vida de las comunidades cristianas, haciendo que donde dicen que vivimos en comunidad sea todo una mentira, rompiendo la unidad en el amor y en la vida cristiana.
miércoles, 15 de enero de 2025
Un 15 de enero
Hoy no voy a hablar de las Escrituras, no porque no quiera, sino porque hoy es un día que ha marcado mi vida, o, mejor dicho, el 15 de enero de 1986 marcó mi vida, lo mismo que el 15 de enero de 2004.
El 15 de enero de 1986 ingresaba a la Casa de Formación de la Fraternidad Mariana Masculina, de la Fundación Apostólica Mariana, fundada por el P. Efraín Antonio Sueldo Luque. En la Fraternidad, con la ayuda del P. Efraín me formé para el sacerdocio, ordenándome sacerdote en el 93, y quedándome a su lado hasta su muerte en 2003. Fueron años de mucha Gracia y de vivir e intentar alcanzar los ideales que el P. Efraín fue sembrando, poco a poco, en mi alma.
El 15 de enero de 2004, hace 20 años, subiá al Cielo mi padre: Marío Bernardino Failache, quien en 1986 me llevara en su camioneta a la Casa de Formación, la cual estaba en la manzana donde mi padre vivió durante varios años con mis abuelos, en la Villa Sanguinetti de Arrecifes.
Son dos fechas, como tantas otras, pero éstas las que más han marcado mi vida porque han sido dos hitos importantes. ¿Por qué? La primera dejaba la casa de mis padres, mis trabajo, mi lugar para seguir el llamado del Señor, quizás con mucha inconsciencia de lo que Él podía pedirme, pero con el corazón dispuesto para intentar, como dice el lema que nos enseñó Efraín, a ser Fieles a la Vida. Es esa Fidelidad la que después de varios años me trajo a estas tierras de España, y en las que aún intento seguir viviendo los ideales que Efraín me enseñó durante tantos años.
Por otro lado, que mi padre subiera a los Cielos justo a los 18 años de haberme dejado en la Casa de Formación, también su fue un signo de que ahora seguiría o debía seguir viviendo los valores que él me transmitió: la honestidad, la veracidad, la amabilidad, la cercanía y, sobre todo, tener las puertas abiertas para recibir y servir a mis amigos y hermanos. Él junto a mi madre siempre han tenido las puertas abiertas de la casa para mantener las relaciones de amistad, para cobijar a cuantos necesitaban un ambiente de familia, y eso lo hicieron con tantos y tantos, y siempre la casa estaba llena de gente, de ambiente de fiesta y alegría.
Hoy los tres, Efraín, Papá y Mamá gozan de la Bienaventuranza de la Casa del Padre, pero se que siempre estarán para seguir cuidando y velando para que, con la Gracia del Espíritu Santo, pueda mantener mi Fidelidad a la Vida que ellos me dieron, y en esta vida poder vivir los valores humanos y sobrenaturales que me enseñaron con sus vidas.
Sí, el 15 de enero no es una fecha cualquiera.
martes, 14 de enero de 2025
Nuestra dignidad
"Dios no sometió a los ángeles el mundo venidero, del que estamos hablando; de ello dan fe estas palabras:
«¿Qué es el hombre, para que te acuerdes de él, o el ser humano, para que mires por él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, todo lo sometiste bajo sus pies».
La dignidad del hombre, varón y mujer, no le viene por sí sólo sino que le viene del Creador, de Aquél que, por amor, lo creó y le dio el mando sobre todas las cosas, haciéndolo superior a todo lo creado. Por eso, cuando cayó bajo el poder del pecado lo rescató con lo mejor que tenía: su propio Hijo, a quién le pidió que bajara a la vida de los hombres para devolverles, con su propio Espíritu, una nueva dignidad: la de hijos de Dios.
Así, cuando el hombre pierde el norte de su vida y busca otro norte que no sea Dios, su dignidad se transforma, se trastoca y vuelve a perder lo único que lo hace superior: su espíritu, su espiritualidad.
Nosotros, los que hemos conocido el Amor que Dios nos tiene tenemos, en este tiempo que vivimos, una seria responsabilidad: no perder de vista Quién nos ha otorgado una brillante dignidad y cómo la hemos obtenido, o, mejor dicho, cómo nos la han regalado y, como dice el Apóstol: ¡a qué precio! Pues la dignidad de hijos de Dios nos la ha obtenido Jesús por medio de su Pasión, Muerte y Resurrección. Él pagó el precio por nuestra salvación y nos rescató del pecado original, otorgándonos así no sólo el nombre de hijos de Dios, sino, como dice san Juan: ¡lo somos!
Pero, muchas veces, se nos olvida quiénes somos y cómo hemos recibido y qué hemos recibido el día de nuestro bautismo, y, vamos, con el tiempo, aceptando más los espíritus del mundo y sus ideología que el Espíritu Santo que se nos ha dado, y se va estropeando nuestro ser hijos de Dios, pues vamos siendo hijos del mundo, de la historia, dejando de ser lo que verdaderamente tenemos que ser.
lunes, 13 de enero de 2025
Todos tenemos la misma fe
Comentario a la carta a los Romanos de Orígenes, presbítero
Por él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Pablo dice haber recibido de Cristo este don y esta misión, en cuanto mediador entre Dios y los hombres. El don hemos de relacionarlo con la resistencia a las fatigas; la misión, a la autoridad de la predicación, porque el mismo Cristo es llamado apóstol, o sea, enviado del Padre, pues él se dice enviado a evangelizar a los pobres. Así pues, todo lo que tiene. se lo transmite a sus discípulos. En sus labios -se ha dicho- se derrama la gracia.
Da también la gracia a sus apóstoles, trabajando con la cual puedan decir: He trabajado más que todos ellos: aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y porque de él se ha dicho: Tenemos en Cristo al apóstol y sumo sacerdote de la fe que profesamos, quien confiere a sus discípulos la dignidad del apostolado, para que también ellos sean constituidos apóstoles de Dios.
Pues los paganos, que estaban excluidos de la ciudadanía de Israel y eran ajenos a las alianzas, no podían creer en el evangelio sino por la gracia conferida a los apóstoles. En virtud de esta gracia se dice que los paganos obedecían por la fe a la predicación de los apóstoles, y se nos recuerda que el pregón de la gracia apostólica que anunciaba el nombre de Cristo, alcanzó a toda la tierra, hasta el punto de llegar hasta Roma. A ellos, a los de Roma, les dice el Apóstol: Entre ellos estáis también vosotros, llamados por Cristo Jesús. Pablo se dice llamado a ser apóstol; los romanos también son llamados, pero no a ser apóstoles, sino a formar parte de los santos en respuesta a la fe.
Antes de nada doy gracias a mi Dios, por medio de Jesucristo, por todos vosotros, porque en el mundo entero se pondera vuestra fe. Lo mismo que escribiendo a otras comunidades Pablo dice que da gracias a Dios por todos, lo dice ahora escribiendo a los romanos. La primera palabra, es una palabra de acción de gracias. Ahora bien: dar gracias a Dios es lo mismo que ofrecerle un sacrificio de alabanza; por eso añade: por medio de Jesucristo, es decir, por medio del gran Pontífice. Conviene saber que todo el que desea ofrecer a Dios un sacrificio, debe hacerlo por mediación de un pontífice.
Pero veamos por qué el Apóstol da gracias a su Dios: Porque -dice- en el mundo entero se pondera vuestra fe. Puede entenderse de esta manera: esta fe que profesan los romanos es la misma que se predica no sólo en la tierra, sino también en el cielo. Pues Jesús reconcilió en su sangre, no sólo a los que hay en la tierra, sino también a los que hay en el cielo, y al nombre de Jesús se dobla toda rodilla en la tierra, en el cielo y en el abismo. Esto es predicar la fe en todo el mundo: por ella todo el universo se someterá a Dios.
domingo, 12 de enero de 2025
Un bautismo que duele
"…también Jesús fue bautizado; y, mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre él con apariencia corporal semejante a una paloma, y vino una voz del cielo:
“Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”.
Con la solemnidad del Bautismo del Señor finaliza el Tiempo de Navidad. Una solemnidad que, indiscutiblemente, nos lleva a reafirmar nuestro propio bautismo, y, sobre todo, a recordar que, así como el Espíritu Santo desciende sobre Jesús, ese mismo Espíritu recibimos nosotros el día de nuestro bautismo.
Ese día comenzamos un camino de santificación que se va completando con otros sacramentos: Eucaristía y Confirmación, que hacen que nuestra vida cristiana tenga todo lo necesario para alcanzar la plenitud de la santidad.
Bautismo, Eucaristía y Confirmación son los llamados Sacramentos de Iniciación Cristiana, los que no siempre son recibidos por los cristianos, sino que muchos se quedan con los dos primeros: bautismo y eucaristía, y ésta sólo la primera vez, quizás una segunda, si hay viento a favor.
Y, como bien el nombre lo indica, son de iniciación, es decir nos inician en una vida nueva, en un Camino nuevo, que es el Camino que Cristo nos fue indicando con su propia vida y Su Palabra. Por eso, es tan importante, para un cristiano, seguir profundizando en la Palabra de Dios, pues es el alimento que va haciendo, cada día, que maduremos en la Fe que hemos recibido, porque el Don de la Fe que nos da el Bautismo es un Don que, si bien es Gracia de Dios, pero implica una responsabilidad, es un Don y una tarea para la vida cotidiana.
Además, este Don no es sólo para nosotros solos, sino que es un Don para los demás, pues la Gracia que Dios nos da para que seamos fieles a la Vida que nos ha regalado, nos convierte en discípulos y misioneros de Su Palabra, de Su Vida para llevarla a cuantos la necesiten. Porque, el día de la Ascensión a los Cielos, Jesús les dijo a todos los discípulos presentes:
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».
Así, pues, el bautismo nos hace discípulos y misioneros del Evangelio de Jesucristo, que no sólo es para los sacerdotes y religiosos, sino para todos los bautizados. Un mensaje que no se transmite sólo con palabras, sino que el mejor modo de transmitirlo es con la vida cotidiana. Y, como diría Santa Madre Teresa de Calcuta, el Evangelio hay que transmitirlo con alegría, pues la tristeza no contagia a nadie, ni nadie quiere a un triste cristiano, ni a un cristianismo triste.
sábado, 11 de enero de 2025
Nuestro trabajo: creer
De los Sermones de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Interrogado el Señor cuál era el trabajo de Dios, respondió: Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha enviado. Podría haber contestado nuestro piadoso Dios: El trabajo de Dios es la justicia. Ahora bien: si la justicia es el trabajo de Dios, según acabo de decir, ¿cómo puede consistir el trabajo de Dios en lo que el Señor afirma, es decir, en creer en él, si creer en él no fuera la misma justicia? Pero —me dirás— acabamos de oír al Señor: Éste es el trabajo de Dios: que creáis en él; en cambio, tú nos dices que el trabajo de Dios es la justicia. Demuéstranos que creer en Cristo es la justicia.
¿Te parece —y con esto respondo a tu justa objeción—, te parece que creer en Cristo no es justicia? ¿Qué es, entonces? Ponle un nombre a este trabajo. Si reflexionas atentamente sobre lo que has oído, estoy seguro que me responderás: Este trabajo se llama fe: creer en Cristo se llama fe. De acuerdo: creer en Cristo se llama fe. Escucha ahora tú otro texto de la Escritura: El justo vive de la fe. Obrad la justicia, creed: El justo vive de la fe. Es difícil que viva mal quien cree bien. Creed de todo corazón, creed sin claudicaciones, creed sin vacilaciones, sin argumentar contra esta misma fe acudiendo a humanas sospechas. Se llama fe precisamente porque se hace lo que se dice (fit quod dicitur).
Si ahora yo te pregunto: ¿Crees?, tú me respondes: Creo. Pues bien, haz lo que dices y eso es la fe. Yo, es verdad, puedo oír la voz del que me contesta, pero no me es posible ver el corazón del que cree. ¿Pero es que yo conduje a la viña, yo que no puedo ver el corazón? Ni conduzco, ni asigno la tarea, ni preparo el denario de la paga. Soy vuestro compañero de trabajo. Trabajo en la viña según las posibilidades que él se ha dignado poner a mi alcance. El que me contrató conoce el espíritu con que trabajo. Para mí —dice el Apóstol—, lo de menos es que me pidáis cuentas vosotros. Vosotros podéis oír mi voz, pero no podéis ver mi corazón. Presentémonos todos ante Dios con el corazón en la mano y realicemos nuestra tarea con ahínco. No disgustemos al que nos ha contratado, para poder recibir el salario con la frente bien alta.
También nosotros, carísimos, podremos contemplar recíprocamente nuestro corazón, pero más tarde. De momento nos hallamos rodeados de las tinieblas de nuestra mortalidad, y caminamos guiados por la antorcha de la Escritura, como dijo el apóstol Pedro: Esto nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.
Por lo cual, carísimos, y en fuerza a esta fe por la que creemos en Dios, en comparación con los infieles, nosotros somos el día. Cuando aún no éramos creyentes, éramos, como ellos, noche; ahora somos luz, como dice el Apóstol: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Tinieblas en vosotros, luz en el Señor. El mismo Apóstol dice en otro lugar: Porque todos sois hijos de la luz e hijos del día; no lo sois de la noche ni de las tinieblas. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Somos, pues, día en comparación con los infieles. Mas en comparación con aquel día en que resucitarán los muertos y esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad, somos noche todavía. A nosotros, como si estuviéramos ya en el día, nos dice el apóstol Juan: Queridos, ahora somos hijos de Dios. Y comoquiera que aún es de noche, ¿qué es lo que sigue?: Y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es. Pero esto no es ya el trabajo: es la recompensa. Le veremos tal cual es: ésta es la recompensa. Entonces brillará el día más luminoso. Pero ya en este día conduzcámonos con dignidad; ahora que todavía es noche no nos juzguemos unos a otros. Considerad que cuando el apóstol Pablo dice: Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad, no se opone ni disiente de su coapóstol Pedro, que dice: Hacéis muy bien en prestarle atención —se refiere a la palabra divina—, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que despunte el día, y el lucero nazca en vuestros corazones.
viernes, 10 de enero de 2025
Amor heroico
"Queridos hermanos:
Nosotros amemos a Dios, porque él nos amó primero. Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano".
San Juan lleva a un nivel más alto el mandamiento del amor, pues no sólo es decir que amo, sino poner en práctica nuestro amor. Pues no sólo es el prójimo, sino al hermano, un término que abarca a todos y, especialmente a los que no son de nuestra cercanía, ni tan solo de nuestra gusto y parecer.
Porque, en realidad, hay que unir todo lo que Jesús ha dicho sobre el amor al hermano y al prójimo, y, más aún, el hecho de no quedarnos sólo con la letra de la ley sino llevar a plenitud lo que Dios ha querido decirnos con esa Ley.
"Tratad a los demás como queréis que ellos os traten. Pues, si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; será grande vuestra recompensa y seréis hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso. No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros".
Nuestro ser en Cristo, nuestro ser cristiano, va más a allá de las palabras, va a los hechos y, aún más, a los hechos más heroicos en nuestras vidas, a la virtud vivida de forma heroica, porque sólo ese es el Camino que recorrió Jesús: "nos amó hasta el extremo", o, como diría Madre Teresa: "amar hasta que duela".
jueves, 9 de enero de 2025
Cabezas embotadas
"Pero él habló enseguida con ellos y les dice: «Ánimo, soy yo, no tengáis miedo».
Entró en la barca con ellos, y amainó el viento.
Ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada".
¿Cuándo se nos embota la mente? Cuando no entendemos algo, cuando estamos muy preocupados, cuando nos dejamos llevar por la ira, por el odio, por el dolor, por la angustia... y tantas otras cosas, además de dejarnos llevar por nuestros propios pensamientos, ya sean buenos o malos, y, incluso por asumir muchas cosas en el día a día. Llega ese momento en donde no sabemos qué pensar, ni qué decir y queremos que el mundo se pare para poder bajarnos.
Es ahí cuando, realmente, tenemos que bajarnos de nuestro propio mundo e, intentar, mirar con los ojos de Dios, o mirar las cosas desde Dios. ¿Por qué? Como a los discípulos nos entra pánico y no podemos pensar con claridad, y vemos fantasmas donde no los hay, y, por eso, necesitamos que vuelva a entrar Jesús en nuestra barca, porque solos no podemos con tanto.
¿Él nos quitará cosa de la cabeza o de las que tenemos que hacer? Seguramente que no. Él no nos obliga a hacer o dejar de hacer nada. Pero, eso sí, nos dará la paz que necesitamos para pensar con más claridad.
Y ahí está el centro de la oración, de la reflexión de la Palabra: encontrar, primero, paz en el corazón, en el alma y en la mente para que podamos discernir qué cosas son de Dios y que cosas son mías o del mundo. Porque entre todas ellas tengo que elegir. Y elegir desde la Voluntad de Dios, porque si son de Dios será Él quien nos de la Gracia suficiente y necesaria para hacerlas, pero si me dejo estar y lleno mi cabeza con todo lo que se me ocurre, bueno o malo, entonces no tendré lo necesario para hacer lo que debo.
En esa relación silenciosa y abierta que debo conservar con mi Señor, con mi Hermano, con mi Padre, podré recuperar la tranquilidad para pensar, reflexionar y decidir, y, sobre todo, abrirme a tener que dejar algunos planes para aceptar otros que el Padre quiera que comience a vivir, pues no siempre todo lo que se me ocurra hacer, por más bueno que sea, puede ser de Dios. Y como su hijo debo intentar buscar siempre Su Voluntad.
miércoles, 8 de enero de 2025
El agua y el Espíritu
Del Sermón en la Santa Teofanía de San Hipólito, mártir
Jesús fue a donde Juan y recibió de él el bautismo. Cosa realmente admirable. La corriente inextinguible que alegra la ciudad de Dios es lavada con un poco de agua. La fuente inalcanzable, que hace germinar la vida para todos los hombres y que nunca se agota, se sumerge en unas aguas pequeñas y temporales.
El que se halla presente en todas partes y jamás se ausenta, el que es incomprensible para los ángeles y está lejos de las miradas de los hombres, se acercó al bautismo cuando él quiso. Se abrió el cielo, y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto».
El amado produce amor, y la luz inmaterial genera una luz inaccesible: «Este es el que se llamó hijo de José, es mi Unigénito según la esencia divina».
Este es mi Hijo, el amado: aquel que pasó hambre, y dio de comer a innumerables multitudes; que trabajaba, y confortaba a los que trabajaban; que no tenía dónde reclinar su cabeza, y lo había creado todo con su mano; que padeció, y curaba todos los padecimientos; que recibió bofetadas, y dio al mundo la libertad; que fue herido en el costado, y curó el costado de Adán.
Pero prestadme cuidadosamente atención: quiero acudir a la fuente de la vida, quiero contemplar esa fuente medicinal.
El Padre de la inmortalidad envió al mundo a su Hijo, Palabra inmortal, que vino a los hombres para lavarlos con el agua y el Espíritu: y, para regenerarnos con la incorruptibilidad del alma y del cuerpo, insufló en nosotros el espíritu de vida y nos vistió con una armadura incorruptible.
Si, pues, el hombre ha sido hecho inmortal, también será dios. Y si se ve hecho dios por la regeneración del baño del bautismo, en virtud del agua y del Espíritu Santo, resulta también que después de la resurrección de entre los muertos será coheredero de Cristo.
Por lo cual, grito con voz de pregonero: Venid, las tribus todas de las gentes, al bautismo de la inmortalidad. Ésta es el agua unida con el Espíritu, con la que se riega el paraíso, se fecunda la tierra, las plantas crecen, los animales se multiplican; y, en definitiva, el agua por la que el hombre regenerado se vivifica, con la que Cristo fue bautizado, sobre la que descendió el Espíritu Santo en forma de paloma.
Y el que desciende con fe a este baño de regeneración renuncia al diablo y se entrega a Cristo, reniega del enemigo y confiesa que Cristo es Dios, se libra de la esclavitud y se reviste de la adopción, y vuelve del bautismo tan espléndido como el sol, fulgurante de rayos de justicia; y, lo que es el máximo don, se convierte en hijo de Dios y coheredero de Cristo.
A él la gloria y el poder, junto con el Espíritu Santo, bueno y vivificante, ahora y siempre, y por los siglos de los siglos. Amén.
martes, 7 de enero de 2025
Propósitos de comienzo de año
"Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio de Zabulón y Neftalí. para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
«Tierra de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:
«Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
Terminan las fiestas de Navidad y volvemos a la rutina del año, pero, siempre, lo comenzamos con nuevos propósitos, con nuevos desafíos, quizás, algunos, nos hemos puesto uno o más desafíos por cumplir en este año. Propósitos que, generalmente, nos olvidamos a los pocos días o nos desilusionamos porque no podemos cumplir con todos o con ninguno. Por eso, al comenzar el año la Palabra nos propone un desafío que lo llevamos todos los días y que es el comienzo de la predicación de Jesús:
"convertíos, porque está cerca el reino de los cielos".
Sí, ha de ser nuestro propósito y desafío durante el año. Y no es porque seamos grandes pecadores (o sí...) sino porque se nos van "colando" en nuestra vida cotidiana posturas, ideas, palabras, modos que vienen del mundo en el que vivimos y nos movemos, y se va ocultando, poco a poco, nuestro ser cristiano.
Porque tenemos que tener en cuenta lo que decía San Juan en su carta y nos lo vuelve a decir cada día:
"Queridos míos: no os fieis de cualquier espíritu, sino examinad si los espíritus vienen de Dios, pues muchos falsos profetas han salido al mundo.
En esto podréis conocer el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa a Jesucristo venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios: es del Anticristo. El cual habéis oído que iba a venir; pues bien, ya está en el mundo".
Seguramente, muchas veces, nos fiamos de ideas o ideologías que vienen del mundo sin ponernos a discernir si son propias al evangelio que queremos y que debemos intentar vivir los que decimos que somos cristianos, incluso, pensamiento o proyectos que queremos hacer o vivir ¿son de Dios? ¿Son del Espíritu Santo?
Cada día debemos discernir qué es lo que vamos a hacer, cómo lo vamos a hacer e, incluso, qué es lo que vamos a decir y cómo lo vamos a vivir. No todo lo bueno es de Dios ni todo lo malo no es de Dios, sino que cuando pedimos el Espíritu para discernir entonces tendremos más confianza en que el Señor nos ayudará y, si es de Dios, nos fortalecerá con su Gracia para poder hacer lo que le agrada y nos santifica.
lunes, 6 de enero de 2025
Dios se manifestó a todo el mundo
Sermón en la Epifanía del Señor de San León Magno, papa y doctor de la Iglesia
La misericordiosa providencia de Dios, que ya había decidido venir en los últimos tiempos en ayuda del mundo que perecía, determinó de antemano la salvación de todos los pueblos en Cristo.
De estos pueblos se trataba en la descendencia innumerable que fue en otro tiempo prometida al santo patriarca, Abrahán, descendencia que no sería engendrada por una semilla de carne, sino por la fecundidad de la fe, descendencia comparada a la multitud de las estrellas, para que de este modo el padre de todas las naciones esperara una posteridad no terrestre, sino celeste.
Así pues, que todos los pueblos vengan a incorporarse a la familia de los patriarcas, y que los hijos de la promesa reciban la bendición de la descendencia de Abrahán, a la cual renuncian los hijos según la carne. Que todas las naciones, en la persona de los tres Magos, adoren al Autor del universo, y que Dios sea conocido, no ya solo en Judea, sino también en el mundo entero, para que por doquier sea grande su nombre en Israel.
Instruidos en estos misterios de la gracia divina, queridos míos, celebremos con gozo espiritual el día que es el de nuestras primicias y aquél en que comenzó la salvación de los paganos. Demos gracias al Dios misericordioso quien, según palabras del Apóstol, nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz; el nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido. Porque, como profetizó Isaías, el pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierra de sombras, y una luz les brilló. También a propósito de ellos dice el propio Isaías al Señor: Naciones que no te conocían te invocarán, un pueblo que no te conocía correrá hacia ti.
Abrahán vio este día, y se llenó de alegría, cuando supo que sus hijos según la fe serían benditos en su descendencia, a saber, en Cristo, y él se vio a sí mismo, por su fe, como futuro padre de todos los pueblos, dando gloria a Dios, al persuadirse de que Dios es capaz de hacer lo que promete.
También David anunciaba este día en los salmos cuando decía: Todos los pueblos vendrán a postrarse en tu presencia, Señor; bendecirán tu nombre; y también: El Señor da a conocer su victoria, revela a las naciones su justicia.
Esto se ha realizado, lo sabemos, en el hecho de que tres magos, llamados de su lejano país, fueron conducidos por una estrella para conocer y adorar al Rey del cielo y de la tierra. La docilidad de los magos a esta estrella nos indica el modo de nuestra obediencia, para que, en la medida de nuestras posibilidades, seamos servidores de esa gracia que llama a todos los hombres a Cristo.
Animados por este celo, debéis aplicaros, queridos míos, a seros útiles los unos a los otros, a fin de que brilléis como hijos de la luz en el reino de Dios, al cual se llega gracias a la fe recta y a las buenas obras; por nuestro Señor Jesucristo que, con Dios Padre y el Espíritu Santo, vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.
domingo, 5 de enero de 2025
Cumplir o vivir...
"Pues de su plenitud todos hemos recibido, gracia tras gracia.
Porque la ley se dio por medio de Moisés,
la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo".
Todavía hoy nos encontramos con cristianos que viven en el “cumplir” con esto, con aquello, si esto me sirve o si no me sirve. ¿A qué voy con esto? Por muchos años se ha vivido en que había que “cumplir” con los preceptos y prescripciones, sin caías en pecado mortal por “no cumplir”. Así que se fueron poniendo excepciones a ciertas reglas para que los que “no podían cumplir”, pudieran seguir en Gracia de Dios.
Hoy podemos decir que no es sólo cumplir con prescripciones o preceptos evangélicos, sino que de lo que se trata es de vivir en el Amor de Dios. Jesús llamaba, a los que sólo se dedicaban a cumplir, “¡hipócritas! ¡sepulcros blanqueados!” y otras tantas cosillas que están en los evangelios. Les decía así porque se dedicaban a “cumplir” pero sus corazones estaban muy lejos de la misericordia y el amor.
Jesús, por eso, nos llama a vivir la “plenitud de la Ley”, y esa plenitud es la Ley nueva del Amor: “os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros como YO os amé”. Y ahí radica nuestra vida cristiana. Ahí radica la plenitud de la Gracia. Si he aprendido a amar a Jesús, al Padre, entonces el camino no es tan complicado, porque si los amo podré escuchar Sus Palabra y aceptar lo que me pidan, porque sé que lo hacen por amor.
«El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”.
Con esto no quiero decir que no hay que “cumplir” con nuestras obligaciones cristianas, sino que si realmente tenemos una relación constante y personal con Jesús, con el Padre, con el Espíritu Santo, no pondremos obstáculos para estar junto a Ellos ya sea en la Misa, en la oración, aceptando la Voluntad de Dios e intentando llevarla a vida, porque, en definitiva nuestra vida está en Dios, es de Dios y vivimos para Dios, y, cuando Él disponga volveremos a Su Lado.
Por eso, no nos quedemos en el simple cumplir con cosas, sino que, viviendo junto a Jesús, dejándolo entrar en nuestras vidas para poder llegar a amarlo con todo nuestro ser, podremos aceptar los caminos que Él y el Padre nos propongan para alcanzar nuestra santidad.
sábado, 4 de enero de 2025
Misterio siempre nuevo
Centuria 1 de San Máximo Confesor
La Palabra de Dios, nacida una vez en la carne (lo que nos indica la querencia de su benignidad y humanidad), vuelve a nacer siempre gustosamente en el espíritu para quienes lo desean; vuelve a hacerse niño, y se vuelve a formar en aquellas virtudes; y no es por malevolencia o envidia que disminuye la amplitud de su grandeza, sino que se manifiesta a sí mismo en la medida en que sabe que lo puede asimilar el que lo recibe, y así, al mismo tiempo que explora discretamente la capacidad de quienes desean verlo, sigue manteniéndose siempre fuera del alcance de su percepción, a causa de la excelencia del misterio.
Por lo cual, el santo Apóstol, considerando sabiamente la fuerza del misterio, exclama: Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre; ya que entendía el misterio como algo siempre nuevo, al que nunca la comprensión de la mente puede hacer envejecer.
Nace Cristo Dios, hecho hombre mediante la incorporación de una carne dotada de alma inteligente; el mismo que había otorgado a las cosas proceder de la nada. Mientras tanto, brilla en lo alto la estrella del Oriente y conduce a los Magos al lugar en que yace la Palabra encarnada; con lo que muestra que hay en la ley y los profetas una palabra místicamente superior, que dirige a la gentes a la suprema luz del conocimiento.
Así pues, la palabra de la ley y de los profetas, entendida alegóricamente, conduce, como una estrella, al pleno conocimiento de Dios a aquellos que fueron llamados por la fuerza de la gracia, de acuerdo con el designio divino.
Dios se hace efectivamente hombre perfecto, sin alterar nada de lo que es propio de la naturaleza, a excepción del pecado (pues ni el mismo pecado era propio de la naturaleza).
Se hace efectivamente hombre perfecto a fin de provocar, con la vista del manjar de su carne, la voracidad insaciable y ávida del dragón infernal; y abatirlo por completo cuando ingiriera una carne que habría de convertírsele en veneno, porque en ella se hallaba oculto el poder de la divinidad. Esta carne sería al mismo tiempo remedio de la naturaleza humana, ya que el mismo poder divino presente en aquélla habría de restituir la naturaleza humana a la gracia primera.
Y así como el dragón, deslizando su veneno en el árbol de la ciencia, había corrompido con su sabor la naturaleza, de la misma manera, al tratar de devorar la carne del Señor, se vio corrompido y destruido por la virtud de la divinidad que en ella residía.
Inmenso misterio de la divina encarnación, que sigue siendo siempre misterio; pues, ¿de qué modo puede la Palabra hecha carne seguir siendo su propia persona esencialmente, siendo así que la misma persona existe al mismo tiempo con todo su ser en Dios Padre? ¿Cómo la Palabra, que es toda ella Dios por naturaleza, se hizo toda ella por naturaleza hombre, sin detrimento de ninguna de las dos naturalezas: ni de la divina, en cuya virtud es Dios, ni de la nuestra, en virtud de la cual se hizo hombre?
Sólo la fe capta estos misterios, ella precisamente que es la sustancia y la base de todas aquellas realidades que exceden la percepción y razón de la mente humana en todo su alcance.
viernes, 3 de enero de 2025
Doble pecado de la caridad
Del tratado del evangelio de san Juan de San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia
Vino el Señor mismo, como doctor en caridad, rebosante de ella, compendiando, como de él se predijo, la palabra sobre la tierra, y puso de manifiesto que tanto la ley como los profetas radican en los dos preceptos de la caridad.
Recordad conmigo, hermanos, aquellos dos preceptos. Pues, en efecto, tienen que seros en extremo familiares, y no sólo veniros a la memoria cuando ahora os los recordamos, sino que deben permanecer siempre grabados en vuestros corazones. Nunca olvidéis que hay que amar a Dios y al prójimo: a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser; y al prójimo como a sí mismo.
He aquí lo que hay que pensar y meditar, lo que hay que mantener vivo en el pensamiento y en la acción, lo que hay que llevar hasta el fin. El amor de Dios es el primero en la jerarquía del precepto, pero el amor del prójimo es el primero en el rango de la acción. Pues el que te puso este amor en dos preceptos no había de proponer primero al prójimo y luego a Dios, sino al revés, a Dios primero y al prójimo después.
Pero tú, que todavía no ves a Dios, amando al prójimo haces méritos para verlo; con el amor al prójimo aclaras tu pupila para mirar a Dios, como sin lugar a dudas dice Juan: Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve.
Que no es más que una manera de decirte: Ama a Dios. Y si me dices: «Señálame a quién he de amar», ¿qué otra cosa he de responderte sino lo que dice el mismo Juan: A Dios nadie lo ha visto jamás? Y para que no se te ocurra creerte totalmente ajeno a la visión de Dios: Dios, dice, es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios. Ama por tanto al prójimo, y trata de averiguar dentro de ti el origen de ese amor; en él verás, tal y como ahora te es posible, al mismo Dios.
Comienza, pues, por amar al prójimo. Parte tu pan con el hambriento, y hospeda a los pobres sin techo; viste al que ves desnudo, y no te cierres a tu propia carne.
¿Qué será lo que consigas si haces esto? Entonces romperá tu luz como la aurora. Tu luz, que es tu Dios, tu aurora, que vendrá hacia ti tras la noche de este mundo; pues Dios ni surge ni se pone, sino que siempre permanece.
Al amar a tu prójimo y cuidarte de él, vas haciendo tu camino. ¿Y hacia dónde caminas sino hacia el Señor Dios, el mismo a quien tenemos que amar con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser? Es verdad que no hemos llegado todavía hasta nuestro Señor, pero sí que tenemos con nosotros al prójimo. Ayuda, por tanto, a aquel con quien caminas, para que llegues hasta aquel con quien deseas quedarte para siempre.
jueves, 2 de enero de 2025
Dos almas en un cuerpo
Sermón de San Gregorio Nacianceno, obispo
Nos habíamos encontrado en Atenas, como la corriente de un mismo río que, desde el manantial patrio, nos había dispersado por las diversas regiones, arrastrados por el afán de aprender, y que, de nuevo, como si nos hubiésemos puesto de acuerdo, volvió a unirnos, sin duda porque así lo dispuso Dios.
En aquellas circunstancias, no me contentaba yo sólo con venerar y seguir a mi gran amigo Basilio, al advertir en él la gravedad de sus costumbres y la madurez y seriedad de sus palabras, sino que trataba de persuadir a los demás, que todavía no lo conocían, a que le tuviesen esta misma admiración. En seguida empezó a ser tenido en gran estima por quienes conocían su fama y lo habían oído.
En consecuencia, ¿qué sucedió? Que fue casi el único, entre todos los estudiantes que se encontraban en Atenas, que sobrepasaba el nivel común y el único que había conseguido un honor mayor que el que parece corresponder a un principiante. Éste fue el preludio de nuestra amistad; ésta la chispa de nuestra intimidad; así fue como el mutuo amor prendió en nosotros.
Con el paso del tiempo, nos confesamos mutuamente nuestras ilusiones y que nuestro más profundo deseo era alcanzar la filosofía, y, ya para entonces, éramos el uno para el otro todo lo compañeros y amigos que nos era posible ser, de acuerdo siempre, aspirando a idénticos bienes y cultivando cada día más ferviente y más íntimamente nuestro recíproco deseo.
Nos movía un mismo deseo de saber, actitud que suele ocasionar profundas envidias, y, sin embargo, carecíamos de envidia; en cambio, teníamos en gran aprecio la emulación. Contendíamos entre nosotros, no para ver quién era el primero, sino para averiguar quién cedía al otro la primacía; cada uno de nosotros consideraba la gloria del otro como propia.
Parecía que teníamos una misma alma que sustentaba dos cuerpos. Y, si no hay que dar crédito en absoluto a quienes dicen que todo se encuentra en todas las cosas, a nosotros hay que hacernos caso si decimos que cada uno se encontraba en el otro y junto al otro.
Una sola tarea y afán había para ambos, y era la virtud, así como vivir para las esperanzas futuras de tal modo que, aun antes de haber partido de esta vida, pudiese decirse que habíamos emigrado ya de ella. Ése fue el ideal que nos propusimos, y así tratábamos de dirigir nuestra vida y todas nuestras acciones, dóciles a la dirección del mandato divino, acuciándonos mutuamente en el empeño por la virtud; y, a no ser que decir esto vaya a parecer arrogante en exceso, éramos el uno para el otro la norma y regla con la que se discierne lo recto de lo torcido.
Y, así como otros tienen sobrenombres, o bien recibidos de sus padres, o bien suyos propios, o sea, adquiridos con los esfuerzos y orientación de su misma vida, para nosotros era maravilloso ser cristianos, y glorioso recibir este nombre.
miércoles, 1 de enero de 2025
¡Feliz año 2025!
"El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz."
Con la bendición del Señor comenzamos este ¡Feliz Año 2025!
Y es hermoso comenzar no sólo el año sino cada día del año con la bendición del Señor, con la meditación de Su Palabra y con el deseo de que, cada día, pueda ser vivido desde la Voluntad de Dios. Ese es el camino del peregrino de la Esperanza.
Sí, en este año jubilar en el que hemos sido convocados como "peregrinos de la Esperanza", hemos de vivir en la Esperanza de que seguiremos los pasos del Señor, los pasos de Jesús, y Él no ha vivido con otro lema que el de hacer la Voluntad del Padre.
Así, al comenzar el año no sólo tenemos la mirado puesta en nuestros deseos de que este sea un año mejor, sino en que este sea un año de conversión, de búsqueda del camino de nuestra santidad.
Por eso, hoy, al comenzar el año lo comenzamos con la mirada puesta en María, Madre de Dios. Y María tiene mucho para enseñarnos y nos da pistas para poder hacer propósitos para este nuevo año.
Primero tendríamos que pensar en qué dijo Jesús de María, su Madre. «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». La disponibilidad de María para escuchar y cumplir la Voluntad de Dios. Estar disponibles siempre para escuchar y vivir la Voluntad de Dios, ese sería nuestro primer propósito para este año.
Un segundo propósito, sería otra actitud de María: la prontitud. "En aquellos mismos días, María se levantó y se puso en camino de prisa hacia la montaña, a una ciudad de Judá" a ayudar a su prima Isabel. No esperó que la llamaran, que le dijeran que la necesitaban, simplemente partió sin demora, de prisa, pues sabía que podían necesitarla. Prontitud en el hacer.
Y todo eso porque Ella sabía en Quién confiaba, por eso no dudo en convertirse en un gran instrumento en las manos del Padre: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí..."
Nosotros, los Peregrinos de la Esperanza, como María tenemos que estar siempre disponibles para que, con prontitud, podamos dejarnos "utilizar" por Dios para llevar Su Palabra a todos los hombres, e iluminar al mundo con la alegría del Evangelio.