Refutación de las herejías de San Hipólito, mártir
No prestamos nuestra adhesión a discursos
vacíos ni nos dejamos seducir por pasajeros impulsos del corazón como
tampoco por el encanto de discursos elocuentes, sino que nuestra fe se
apoya en las palabras pronunciadas por el poder divino. Dios se las ha
ordenado a su Palabra, y la Palabra las ha pronunciado, tratando con
ellas de apartar al hombre de la desobediencia, no dominándolo como a un
esclavo por la violencia que coacciona, sino apelando a su libertad y
plena decisión.
Fue el Padre quien envió la Palabra, al fin de los tiempos. Quiso que no
siguiera hablando por medio de un profeta, ni que se hiciera adivinar
mediante anuncios velados; sino que le dijo que se manifestara a rostro
descubierto, a fin de que el mundo, al verla, pudiera salvarse.
Sabemos que esta Palabra tomó un cuerpo de la Virgen, y que asumió al
hombre viejo, transformándolo. Sabemos que se hizo hombre de nuestra
misma condición, porque, si no hubiera sido así, sería inútil que luego
nos prescribiera imitarle como maestro. Porque, si este hombre hubiera
sido de otra naturaleza, ¿cómo habría de ordenarme las mismas cosas que
él hace, a mí, débil por nacimiento, y cómo sería entonces bueno y
justo?
Para que nadie pensara que era distinto de nosotros, se sometió a la
fatiga, quiso tener hambre y no se negó a pasar sed, tuvo necesidad de
descanso y no rechazó el sufrimiento, obedeció hasta la muerte y
manifestó su resurrección, ofreciendo en todo esto su humanidad como
primicia, para que tú no te descorazones en medio de tus sufrimientos,
sino que, aun reconociéndote hombre, aguardes a tu vez lo mismo que Dios
dispuso para él.
Cuando contemples ya al verdadero Dios, poseerás un cuerpo inmortal e
incorruptible, junto con el alma, y obtendrás el reino de los cielos,
porque, sobre la tierra, habrás reconocido al Rey celestial; serás
íntimo de Dios, coheredero de Cristo, y ya no serás más esclavo de los
deseos, de los sufrimientos y de las enfermedades, porque habrás llegado
a ser dios.
Porque todos los sufrimientos que has soportado, por ser hombre, te los
ha dado Dios precisamente porque lo eras; pero Dios ha prometido también
otorgarte todos sus atributos, una vez que hayas sido divinizado y te
hayas vuelto inmortal. Es decir, conócete a ti mismo mediante el
conocimiento de Dios, que te ha creado, porque conocerlo y ser conocido
por él es la suerte de su elegido.
No seáis vuestros propios enemigos, ni os volváis hacia atrás, porque
Cristo es el Dios que está por encima de todo: él ha ordenado purificar a
los hombres del pecado, y él es quien renueva al hombre viejo, al que
ha llamado desde el comienzo imagen suya, mostrando, por su impronta, el
amor que te tiene. Y, si tú obedeces sus órdenes y te haces buen
imitador de este buen maestro, llegarás a ser semejante a él y
recompensado por él; porque Dios no es pobre, y te divinizará para su
gloria.
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