«¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá».
Último domingo del Tiempo de Adviento, ya estamos casi en Navidad. ¿Has tenido tiempo de preparar el corazón? Buenos, si nos has tenido tiempo aún lo tienes porque la Madre viene a visitarte. Sí, como fue a la casa de Isabel y Zacarías viene a tu casa, viene a tu corazón, si es que tú le abres la puerta y la dejas entrar. Si abres el corazón y dejas que María entre en él entonces, como con Isabel, el Espíritu Santo llegará a ti y alabarás al Señor como lo hicieron ellas y ellos, porque, seguramente, así como Juan saló de gozo en el seno de su madre, así también Jesús se alegró de saber de Juan, y, por eso, sus madres cantaron maravillas a Dios.
Sí ¿quién soy yo para que la Madre de mi Señor venga a visitarme? Soy su hijo, ¡sí! Soy hijo de María porque Jesús lo quiso así, soy hijo de la Madre del Señor y, por eso mismo, soy hermano de Dios, e hijo del Padre, lleno del Espíritu Santo. Y esa verdad que creemos porque lo somos, es la verdad que nos debería hacer salta de gozo todos los días de nuestra vida. Sí, una verdad que, a pesar de los días grises y tormentosos, a pesar de los días negros y de las cruces pesadas, siento en mi corazón el gozo de saber que tengo una Madre que me consuela, que me conforta, un Espíritu que me fortalece y me indica el camino para alcanzar la meta, un Hermano que ha sido ejemplo de vida y que me da su Vida todos los días en lo que puedo acercarme a la Eucaristía, y, sobre todo, un Padre que me ama con amor infinito.
Sí, Navidad no es sólo el nacimiento del Hijo de Dios, sino que en él nacemos todos a una vida nueva, a una vida nueva que creemos que ya vive en nosotros y que tenemos, por la Gracia de Dios, que hacer madurar y fructificar. Es la vida que Él nos prometió y que se cumple cada día que estamos en Él. Es esa promesa que nos ha dicho y que se cumple, por la cual, también nosotros como María, somos bienaventurados por creer en lo que el Señor nos prometió.
Es esa Bienaventuranza la que nos levanta cada día para mirar el Cielo y descubrir en el suelo los regalos del Padre, poder escuchar en su Palabra y llenar, así, nuestros corazones de Su Amor y de su Paz, para poder llevarla, como María, a la casa de aquellos que la necesite, pues cuando nosotros llevamos a Dios en nuestros corazones, Él llega, por medio nuestro, a los demás, así como llegó el Espíritu Santo a Isabel y Juan cuando María entró en su casa.
No te detengas. No dejes que las espinas del camino te impidan ver la Grandeza del Reino que vive en ti, pues esa grandeza la que nos ayudará a seguir luchando hasta el final, a mantenernos fieles a Dios para alcanzar la meta de la santidad, para poder vivir la alegría de la Navidad todos los días, pues gracias a este nacimiento la Vida Nueva nace en nosotros, y esa Vida Nueva la que llevamos a todos los que no encuentran un sentido para alcanzar la Felicidad que nos da le sabernos hijos de Dios.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.