sábado, 30 de noviembre de 2024

Predicadores

"Ahora bien, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído?; ¿cómo creerán en aquel de quien no han oído hablar?; y ¿cómo oirán hablar de él sin nadie que anuncie?; y ¿cómo anunciarán si no los envían? Según está escrito:
«¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Noticia del bien!».
Hoy en día son muchos los que predican el Mensaje de la Buena Noticia, pero no todos los predicadores lo hacen según la Palabra de Jesús, sino que lo hacen según sus propias versiones y, en algunos casos, según lo que "venda" más y mejor.
No todos los que predican hablan de Jesús y su Evangelio porque les parece pasado de moda o impropio para los tiempos que vivimos, por lo tanto lo aggiornan según el mundo y así pierde sentido la Palabra, y, por lo tanto, no es Palabra de Dios y no salva al hombre.
Es por eso que siempre habrá que analizar y cotejar las predicaciones con la Verdadera Palabra de Dios: el Evangelio, para saber si lo que estoy escuchando es la Verdad o sólo es parte de una verdad que fue tomada para hacerme caer en la falsedad del mundo.
"Si profesas con tus labios que Jesús es el Señor, y crees con tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado. Pues con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con los labios se profesa para alcanzar la salvación".
Porque no es que yo tenga que interpretar el mensaje de salvación, sino que tengo que anunciar el mensaje de Salvación, y, por eso, tengo que recibirlo y creerlo, hacerlo vida para que la vida sea la que hable de lo que creo, y lo que predique sea lo que he creído y vivido. Así el Mensaje llegará íntegro al corazón de quien necesite ser salvado. Pues como dice los Hechos de los apóstoles: "el Señor enviaba a esas comunidades a los que debían salvarse".
Pero si en una comunidad no se vive el Evangelio seremos más causa de condenación que de salvación para los hombres.

viernes, 29 de noviembre de 2024

Rechacemos el temor a la muerte

 Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la muerte

Nunca debemos olvidar que nosotros no hemos de cumplir nuestra propia voluntad, sino la de Dios, tal como el Señor nos mandó pedir en nuestra oración cotidiana. ¡Qué contrasentido y qué desviación es no someterse inmediatamente al imperio de la voluntad del Señor, cuando él nos llama para salir de este mundo! Nos resistimos y luchamos, somos conducidos a la presencia del Señor como unos siervos rebeldes, con tristeza y aflicción, y partimos de este mundo forzados por una ley necesaria, no por la sumisión de nuestra voluntad; y pretendemos que nos honre con el premio celestial aquel a cuya presencia llegamos por la fuerza. ¿Para qué rogamos y pedimos que venga el reino de los cielos, si tanto nos deleita la cautividad terrena? ¿Por qué pedimos con tanta insistencia la pronta venida del día del reino, si nuestro deseo de servir en este mundo al diablo supera al deseo de reinar con Cristo?
Si el mundo odia al cristiano, ¿por qué amas al que te odia, y no sigues más bien a Cristo, que te ha redimido y te ama? Juan, en su carta, nos exhorta con palabras bien elocuentes a que no amemos el mundo ni sigamos las apetencias de la carne: No améis al mundo —dice— ni lo que hay en el mundo. Quien ama al mundo no posee el amor del Padre, porque todo cuanto hay en el mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida. El mundo pasa y sus concupiscencias con él. Pero quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre. Procuremos más bien, hermanos muy queridos, con una mente íntegra, con una fe firme, con una virtud robusta, estar dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, cualquiera que ésta sea; rechacemos el temor a la muerte con el pensamiento de la inmortalidad que la sigue. Demostremos que somos lo que creemos.
Debemos pensar y meditar, hermanos muy amados, que hemos renunciado al mundo y que mientras vivimos en él somos como extranjeros y peregrinos. Deseemos con ardor aquel día en que se nos asignará nuestro propio domicilio, en que se nos restituirá al paraíso y al reino, después de habernos arrancado de las ataduras que en este mundo nos retienen. El que está lejos de su patria es natural que tenga prisa por volver a ella. Para nosotros, nuestra patria es el paraíso; allí nos espera un gran número de seres queridos, allí nos aguarda el numeroso grupo de nuestros padres, hermanos e hijos, seguros ya de su suerte, pero solícitos aún de la nuestra. Tanto para ellos como para nosotros significará una gran alegría el poder llegar a su presencia y abrazarlos; la felicidad plena y sin término la hallaremos en el reino celestial, donde no existirá ya el temor a la muerte, sino la vida sin fin.
Allí está el coro celestial de los apóstoles, la multitud exultante de los profetas, la innumerable muchedumbre de los mártires, coronados por el glorioso certamen de su pasión; allí las vírgenes triunfantes, que con el vigor de su continencia dominaron la concupiscencia de su carne y de su cuerpo; allí los que han obtenido el premio de su misericordia, los que practicaron el bien, socorriendo a los necesitados con sus bienes, los que, obedeciendo el consejo del Señor, trasladaron su patrimonio terreno a los tesoros celestiales. Deseemos ávidamente, hermanos muy amados, la compañía de todos ellos. Que Dios vea estos nuestros pensamientos, que Cristo contemple este deseo de nuestra mente y de nuestra fe, ya que tanto mayor será el premio de su amor, cuanto mayor sea nuestro deseo de él.

jueves, 28 de noviembre de 2024

Practiquemos el bien para salvarnos

De la homilía de un autor del siglo II

Seamos también nosotros de los que alaban y sirven a Dios, y no de los impíos, que serán condenados en el juicio. Yo mismo, a pesar de que soy un gran pecador y de que no he logrado todavía superar la tentación ni las insidias del diablo, me esfuerzo en practicar el bien y, por amor al juicio futuro, trato al menos de irme acercando a la perfección.
Por esto, hermanos y hermanas, después de haber escuchado la palabra del Dios de verdad, os leo esta exhortación, para que, atendiendo a lo que está escrito, nos salvemos todos, tanto vosotros como el que lee entre vosotros; os pido por favor que os arrepintáis de todo corazón, con lo que obtendréis la salvación y la vida. Obrando así, serviremos de modelo a todos aquellos jóvenes que quieren consagrarse a la bondad y al amor de Dios. No tomemos a mal ni nos enfademos tontamente cuando alguien nos corrija con el fin de retornarnos al buen camino, porque a veces obramos el mal sin darnos cuenta, por nuestra doblez de alma y por la incredulidad que hay en nuestro interior, y porque tenemos sumergido el pensamiento en las tinieblas a causa de nuestras malas tendencias.
Practiquemos, pues, el bien, para que al fin nos salvemos. Dichosos los que obedecen estos preceptos; aunque por un poco de tiempo hayan de sufrir en este mundo, cosecharán el fruto de la resurrección incorruptible. Por esto, no ha de entristecerse el justo si en el tiempo presente sufre contrariedades: le aguarda un tiempo feliz; volverá a la vida junto con sus antecesores y gozará de una felicidad sin fin y sin mezcla de tristeza.
Tampoco ha de hacernos vacilar el ver que los malos se enriquecen, mientras los siervos de Dios viven en la estrechez. Confiemos, hermanos y hermanas: sostenemos el combate del Dios vivo y lo ejercitamos en esta vida presente, con miras a obtener la corona en la vida futura. Ningún justo consigue en seguida la paga de sus esfuerzos, sino que tiene que esperarla pacientemente. Si Dios premiase en seguida a los justos, la piedad se convertiría en un negocio; daríamos la impresión de que queremos ser justos por amor al lucro y no por amor a la piedad. Por esto, los juicios divinos a veces nos hacen dudar y entorpecen nuestro espíritu, porque no vemos aún las cosas con claridad.
Al solo Dios invisible, Padre de la verdad, que nos ha enviado al Salvador y Autor de nuestra incorruptibilidad por el cual nos ha dado también a conocer la verdad y la vida celestial, a él sea la gloria por los siglos de los siglos Amén.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Confianza en las persecuciones

"Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas".
Al profetizar, Jesús, sobre las persecuciones que se iban a sufrir (y las que siguen sufriendo muchos cristianos) nos da dos verdades fundamentales para nuestras vidas de fe: confianza en la Providencia y el fundamento de todo: la salvación de nuestras almas.
"Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá", a esta frase hay que sumarle tantas otras en las que Jesús nos hablaba de la confianza en el Padre, pues Él es quien tiene todo bajo su Mano y nada sucede sin que Él lo quiera o lo permita. Y seguro que surge la pregunta ¿por qué lo permite? Lo permite porque nos ha dado el maravilloso y difícil don de la libertad. La libertad del hombre permite que el hombre (como diría algún filósofo) se convierte en lobo del hombre, de tal manera que no le importan los derechos de los demás, sino que sólo lo interesan sus propias convicciones y sus propios derechos, sin contar, incluso, con el derecho a la vida de los demás.
Por eso es tan necesario que el hombre pueda "educar" su libertad según la Verdad de Dios, que es quien le concedió el Don para hacer de este mundo un lugar maravilloso, donde reine la paz, la libertad, la fraternidad, donde podamos, entre todos, construir el Reino del Amor.
"Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas". Ese es el fin de nuestras vidas: la salvación eterna. Dios nos ha concedido el don de la vida eterna gracias a la muerte y resurrección de Cristo, un Don que se hace realidad por medio del Espíritu Santo en el bautismo. Pero es un Don que hay que cuidarlo y madurar en Él, y, de modo particular, hay que cuidarlo cuando surgen las persecuciones y no sólo las que buscan nuestro martirio, sino las que vienen entre la familia, los amigos, la misma sociedad en la que vivimos.
Muchas veces la familia, o los amigos o el lugar en el que me muevo habitualmente hacen que niegue u oculte mi fe, que no exprese mis sentimientos religiosos o que no pueda hablar de lo que creo e intento vivir. Eso también es una persecución que se sufre y que nos impide dar testimonio de nuestra fe.

martes, 26 de noviembre de 2024

Cada día tiene su propio afán

"En aquel tiempo, algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
Ante las profecías siempre hemos querido saber el cuándo y dónde, nos provoca mucha ansiedad el no saber dónde y cuándo van a ocurrir las cosas, y esa ansiedad nos provoca cierta desesperanza y desánimo por no saber qué hacer ni cuándo ni dónde.
Jesús no ha querido que nos desesperemos ante un futuro que no sabemos cuándo va a ocurrir, sino que trabajemos por el presente en el que podemos seguir construyendo el Reino de Dios. Pero para eso es necesario no estar pendiente del futuro sino pendientes del presente, este hoy que nos toca vivir y en el cual se va manifestando la Voluntad de Dios. Sí, esa Voluntad de Dios que decimos que vamos a vivir día tras día: "hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo".
Nuestra vida cristiana no está "pensada" para vivir pensando en el futuro, sino para vivir construyendo un hoy que será el que nos permita ser fieles y alcanzar el Reino en el Cielo. Una realidad a la que nos invita a pensar el Apocalipsis:
"Yo, Juan, miré y apareció una nube blanca; y sentado sobre la nube alguien como un Hijo de hombre, que tenía en la cabeza una corona de oro y en su mano una hoz afilada. Salió otro ángel del santuario clamando con gran voz al que estaba sentado sobre la nube:
«Mete tu hoz y siega; ha llegado la hora de la siega, pues ya está seca la mies de la tierra».
Todos, y cada uno, viviremos ese día en el que el Señor nos llame y nos examine sobre cómo hemos vivido, si hemos sabido sembrar los dones que Él nos dio, si hemos sabido cultivar el campo en el que nos tocó vivir, si hemos escuchado su Voz para poder sembrar Su Palabra, si hemos tomado su ejemplo para poder vivir en el verdadero Amor.
La época de la cosecha es todo los días, por eso hemos de saber vivir en Su Gracia para que, cada día, podamos presentarnos al Señor con las manos vacías (dice Santa Teresita) porque ese día, dice San Juan de la Cruz, seremos examinados en el Amor.
Por eso, no te preocupes por el mañana que no existe, sino ocúpate el hoy que es el que te toca vivir, y en el cual tenemos que estar unidos al Padre para que el Hijo nos enseñe a ser Fieles a la Vida que nos ha dado.

lunes, 25 de noviembre de 2024

Depende del trabajo la ganancia

De los sermones de san León Magno, papa

Dice el Señor: Si vuestra virtud no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos. Esta superioridad de nuestra virtud ha de Consistir en que la misericordia triunfe sobre el juicio. Y en verdad lo más justo y adecuado es que la creatura, hecha a imagen y semejanza de Dios, imite a su creador, que ha establecido la reparación y santificación de los creyentes en el perdón de los pecados, prescindiendo de la severidad del castigo y de cualquier suplicio, y haciendo así que de reos nos convirtiéramos en inocentes y que la abolición del pecado en nosotros fuera el origen de las virtudes.
La virtud cristiana puede superar a la de los escribas y fariseos no por la supresión de la ley, sino por no entenderla en un sentido material. Por esto el Señor, al enseñar a sus discípulos la manera de ayunar, les dice: Cuando ayunéis no os hagáis los melancólicos, como los hipócritas, que ponen una cara mustia, para hacer ver a los demás que están ayunando. Os digo de veras: Ya recibieron su paga. ¿Qué paga, sino la paga de la alabanza de los hombres? Por el deseo de esta alabanza se exhibe muchas veces una apariencia de virtud y se ambiciona una fama engañosa, sin ningún interés por la rectitud interior; así, lo que no es más que maldad escondida se complace en la falsa apreciación de los hombres.
El que ama a Dios se contenta con agradarlo, porque el mayor premio que podemos desear es el mismo amor; el amor, en efecto, viene de Dios, de tal manera que Dios mismo es el amor. El alma piadosa e íntegra busca en ello su plenitud y no desea otro deleite. Porque es una gran verdad aquello que dice el Señor: Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. El tesoro del hombre viene a ser como la reunión de los frutos recolectados con su esfuerzo. Lo que uno siembre, eso cosechará, y cual sea el trabajo de cada uno tal será su ganancia; y donde ponga el corazón su deleite, allí queda reducida su solicitud. Mas, como sea que hay muchas clases de riquezas y diversos objetos de placer, el tesoro de cada uno viene determinado por la tendencia de su deseo, y si este deseo se limita a los bienes terrenos, no hallará en ellos la felicidad, sino la desdicha.
En cambio, los que ponen su corazón en las cosas del cielo, no en las de la tierra, y su atención en las cosas eternas, no en las perecederas, alcanzarán una riqueza incorruptible y escondida, aquella a la que se refiere el profeta cuando dice: La sabiduría y el saber serán su refugio salvador, el temor del Señor será su tesoro. Esta sabiduría divina hace que, con la ayuda de Dios, los mismos bienes terrenales se conviertan en celestiales, cuando muchos convierten sus riquezas, ya sea legalmente heredadas o adquiridas de otro modo, en instrumentos de bondad. Los que reparten lo que les sobra para sustento de los pobres se ganan con ello una riqueza imperecedera; lo que dieron en limosnas no es en modo alguno un derroche; éstos pueden en justicia tener su corazón donde está su tesoro, ya que han tenido el acierto de negociar con sus riquezas sin temor a perderlas.

domingo, 24 de noviembre de 2024

Es mi Rey?

"Pilato le dijo: «Entonces, ¿tú eres rey?».
Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

¿Qué significa que Jesús sea el Rey para mi vida? Es una pregunta que necesitamos hacérnosla cada tanto ¿por qué? Porque, muchas veces, se nos pierde de vista que somos parte de Él, parte de Su Reinado, y para ser parte de Él tenemos que dejarlo “reinar” en nuestras vidas.
No basta con decir que Él es el Rey y después no le demos lugar para que reine en nosotros, en familia, en nuestra comunidad. Por todo esto quiero repetir párrafos de una homilía de San Juan Pablo II:
“¿Cuántas veces hemos dicho la oración de Jesús? La repetimos una y otra vez, que sea tu voluntad y no la mía... Sin embargo, muchas veces, lo decimos de labios para afuera, por dentro se siente la rebeldía de quien no se conforma con los hechos y acontecimientos.
No somos coherentes, no nos gusta cargar con nuestra cruz, ni escuchar un “no” como respuesta, aunque ese “no” venga de Jesús.
La voluntad de Dios trae momentos de intensa alegría, pero también tiene el gran peso de la cruz. Aún no aprendemos a sonreír en los momentos de dolor y a mantener la serenidad en el momento de la prueba. No logramos admitir que el dolor forme parte del gran proyecto de Dios, entonces comenzamos a luchar en contra y terminamos pidiendo lo que es nuestra voluntad y no la de Dios. Pedimos que Jesús haga lo que nosotros queremos, de la manera que lo queremos y en el plazo determinado por nosotros, para disfrazar nuestras exigencias añadimos un tímido “si es tu voluntad”, pero allá en nuestro interior es nuestra voluntad la que prevalece, condicionamos a Dios. Necesitamos aprender de Jesús y María, cuando ellos dijeron sí, lo hicieron con su vida. Esa es la razón por la que muchas veces nos va mal, no le encontramos solución a nuestros problemas, porque no nos atrevemos a decir sí a Jesús”.
Si realmente Jesús fuera el Señor, Rey de nuestras vidas, entonces todo sería más fácil, no en el orden terrenal y material como queremos, sino en el orden espiritual que es el que necesitamos renovar y fortalecer para vivir según la Voluntad del Padre y ser testigos veraces de la vida que decimos tener: hijos de Dios, consagrados en el bautismo para ser sacerdotes, profetas y reyes del Nuevo Pueblo de Dios. Por todo esto dejemos de luchar contra el Espíritu de Dios y abramos el corazón para que, en el Adviento que está a las puertas, podamos nacer junto a Jesús y ser así lo que el Padre quiere.

sábado, 23 de noviembre de 2024

Me saciaré en tu Presencia

De las Conferencias de santo Tomás de Aquino, presbítero

Adecuadamente termina el Símbolo, resumen de nuestra fe, con aquellas palabras: «La vida perdurable. Amén.» Porque esta vida perdurable es el término de todos nuestros deseos.
La vida perdurable consiste primariamente en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de todas nuestras fatigas: Yo soy tu escudo y tu paga abundante. Esta unión consiste en la visión perfecta: Al presente vemos a Dios como en un espejo y borrosamente. Entonces lo veremos cara a cara.
También consiste en la suprema alabanza, como dice el profeta: Allí habrá gozo y alegría, con acción de gracias al son de instrumentos.
Consiste asimismo en la perfecta satisfacción de nuestros deseos, ya que allí los bienaventurados tendrán más de lo que deseaban o esperaban. La razón de ello es porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito; por esto el hombre no puede hallar su descanso más que en Dios, como dice san Agustín: «Nos has hecho para ti, Señor, y nuestro corazón no hallará reposo hasta que descanse en ti.»
Los santos, en la patria celestial, poseerán a Dios de un modo perfecto, y por esto sus deseos quedarán saciados y tendrán más aún de lo que deseaban. Por esto dice el Señor: Entra en el gozo de tu Señor. Y san Agustín dice: «Todo el gozo no cabrá en todos, pero todos verán colmado su gozo. Me saciaré de tu semblante»; y también: «Él sacia de bienes tus anhelos.»
Todo lo que hay de deleitable se encuentra allí superabundantemente. Si se desean los deleites, allí se encuentra el supremo y perfectísimo deleite, pues procede de Dios, sumo bien: Alegría perpetua a tu derecha.
La vida perdurable consiste también en la amable compañía de todos los bienaventurados, compañía sumamente agradable, ya que cada cual verá a los demás bienaventurados participar de sus mismos bienes. Todos, en efecto, amarán a los demás como a sí mismos, y por esto se alegrarán del bien de los demás como del suyo propio. Con lo cual, la alegría y el gozo de cada uno se verán aumentados con el gozo de todos.

viernes, 22 de noviembre de 2024

Vive y habla

"Me acerqué al ángel y le pedí que me diera el librito.
Él me dice: «Toma y devóralo; te amargará en el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel».
Tomé el librito de mano del ángel y lo devoré; en mi boca sabía dulce como la miel, pero, cuando lo comí, mi vientre se llenó de amargor.
Y me dicen: «Es preciso que profetices de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos».
Una referencia que se puede ver en este pasaje del Apocalipsis es a la Sagrada Escritura, a la Palabra de Dios. Es la Palabra la que sabe muy bien a los oídos y al paladar y es dulce su lenguaje porque es un lenguaje de un Dios Amor, pero cuando lo intentamos integrar en nuestra vida se hace amargo por todo lo que implica vivir la Palabra de Dios.
Hoy en día nos llenamos la boca de hermosas palabras, y todas son palabras buenas que hemos rescatado de la vida de Jesús, de los santos, incluso hasta de nuestras comunidades, pero.. cuando nos toca vivir esas palabras se nos hace cuesta arriba el camino de concretar lo que decimos que estamos viviendo.
Y ¿por qué es tan amargo en el estómago la Palabra de Dios? Porque lleva con ella el dolor de la Cruz, el dolor del martirio, el dolor de la renuncia a nosotros mismos para vivir según la Voluntad de Dios y no la nuestra.
Hace unos días leía una homilía de San Juan Pablo II que nos decía:
“¡Padre, que se haga tu voluntad y no la mía!”
"¿Cuántas veces hemos dicho la oración de Jesús? La repetimos una y otra vez, que sea tu voluntad y no la mía... Sin embargo, muchas veces, lo decimos de labios para afuera, por dentro se siente la rebeldía de quien no se conforma con los hechos y acontecimientos.
No somos coherentes, no nos gusta cargar con nuestra cruz, ni escuchar un “no” como respuesta, aunque ese “no” venga de Jesús".
Y así es nuestra vida, vamos de hablar mucho a vivir poco. Sí, somos así, pero tenemos que cambiar, tenemos que tener un conocimiento claro de nuestras incoherencias que nos impiden ser testigos claros del Reino de Dios, porque, como le decía el Ángel a Juan: "Es preciso que profetices de nuevo sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reinos" pero no debemos profetizar ni lo que nos gusta (solamente) ni lo que nos parece, sino lo que Dios nos diga por medio de Su Palabra.

miércoles, 20 de noviembre de 2024

Llevemos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo

Del Tratado sobre el bien de la muerte de San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia

Dice el Apóstol: El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Existe, pues, en esta vida una muerte que es buena; por ello se nos exhorta a que en toda ocasión y por todas partes, llevemos en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
Que la muerte vaya, pues, actuando en nosotros, para que también se manifieste en nosotros la vida, es decir, para que obtengamos aquella vida buena que sigue a la muerte, vida dichosa después de la victoria, vida feliz, terminado el combate, vida en la que la ley de la carne no se opone ya a la ley del espíritu, vida, finalmente, en la que ya no es necesario luchar contra el cuerpo mortal, porque el mismo cuerpo mortal ha alcanzado ya la victoria.
Yo mismo no sabría decir si la grandeza de esta muerte es mayor incluso que la misma vida. Pues me hace dudar la autoridad del Apóstol que afirma: Así, la muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros. En efecto, ¡cuántos pueblos no fueron engendrados a la vida por la muerte de uno solo! Por ello, enseña el Apóstol que los que viven en esta vida deben apetecer que la muerte feliz de Cristo brille en sus propios cuerpos y deshaga nuestra condición física para que nuestro hombre interior se renueve y, si se destruye este nuestro tabernáculo terreno, tenga lugar la edificación de una casa eterna en el cielo.
Imita, pues, la muerte del Señor quien se aparta de la vida según la carne y aleja de sí aquellas injusticias de las que el Señor dice por Isaías: Abre las prisiones injustas, haz saltar los cerrojos de los cepos, deja libres a los oprimidos, rompe todos los cepos.
El Señor, pues, quiso morir y penetrar en el reino de la muerte para destruir con ello toda culpa; pero, a fin de que la naturaleza humana no acabara nuevamente en la muerte, se nos dio la resurrección de los muertos: así, por la muerte, fue destruida la culpa y, por la resurrección, la naturaleza humana recobró la inmortalidad.
La muerte de Cristo es, pues, como la transformación del universo. Es necesario, por tanto, que también tú te vayas transformando sin cesar: debes pasar de la corrupción a la incorrupción, de la muerte a la vida, de la mortalidad a la inmortalidad, de la turbación a la paz. No te perturbe, pues, el oír el nombre de muerte, antes bien, deléitate en los dones que te aporta este tránsito feliz. ¿Qué significa en realidad para ti la muerte sino la sepultura de los vicios y la resurrección de las virtudes? Por eso, dice la Escritura: Que mi muerte sea la de los justos, es decir, sea yo sepultado como ellos, para que desaparezcan mis culpas y sea revestido de la santidad de lo justos, es decir, de aquellos que llevan en su cuerpo y en su alma la muerte de Cristo.

martes, 19 de noviembre de 2024

Frío o caliente

En esta última semana del tiempo ordinario, nuestro Dios, por medio del Apocalipsis nos va advirtiendo de nuestras conductas y nos llama, por eso, a una profundo examen de conciencia:
“Esto dice el que tiene los siete espíritus de Dios y las siete estrellas: Conozco tus obras; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. Sé vigilante y reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas delante de mi Dios. Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete. Si no vigilas, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti".
"Tienes nombre como de quien vive pero estás muerto", no habla de la vida terrenal sino de la espiritual, habla de nuestro espíritu cristiano que, muchas veces, sólo es una apariencia y por dentro y en nuestras obras no hay un verdadero espíritu de Cristo, sino que nos movemos según las leyes y el espíritu del mundo, siendo así cristianos muertos que no son capaces de transformar el mundo, ni de dar testimonio verdadero de la Vida en el Espíritu.
Además nos sigue diciendo:
"Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Pero porque eres tibio ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca. Porque dices: 'Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada'; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lastima, pobre, ciego y desnudo. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas".
"Porque no eres frío ni caliente", y más adelante dirá: "que tu no sea no y que tu sí sea sí", porque somos tibios no servimos para dar el verdadero sentido a nuestro ser cristianos, sino que nos vamos "amoldando" a las costumbres del tiempo, dejando de lado los mandamientos y los consejos evangélicos, y, sobre todo, no vamos haciendo caso a la Voluntad de Dios que nos va hablando todos los días por Su Palabra y los acontecimientos diarios.
"Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete. Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo".
No tengamos miedo a las correcciones de Nuestro Padre, sino que debemos tener miedo a perder el Camino que nos lleva a la Vida.
Por eso nos pide, como a Zaqueo, una sincera conversión:
"Pero Zaqueo, de pie, y dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido».

lunes, 18 de noviembre de 2024

La segunda muerte

Del Tratado de san Fulgencio de Ruspe, obispo, Sobre el perdón de los pecados

En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque de la última trompeta, porque resonará y los muertos despertarán incorruptibles y nosotros nos veremos transformados. Al decir «nosotros» enseña Pablo que han de gozar junto con él del don de la transformación futura todos aquellos que, en el tiempo presente, se asemejan a él y a sus compañeros por la comunión con la Iglesia y por una conducta recta. Nos insinúa también el modo de esta transformación cuando dice: Esto corruptible tiene que vestirse de incorrupción, y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad. Pero a esta transformación, objeto de una justa retribución, debe preceder antes otra transformación, que es puro don gratuito.
La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien.
La primera transformación gratuita consiste en la justificación, que es una resurrección espiritual, don divino que es una incoación de la transformación perfecta que tendrá lugar en la resurrección de los cuerpos de los justificados, cuya gloria será entonces perfecta, inmutable y para siempre. Esta gloria inmutable y eterna es, en efecto, el objetivo al que tienden, primero, la gracia de la justificación y, después, la transformación gloriosa.
En esta vida somos transformados por la primera resurrección, que es la iluminación destinada a la conversión; por ella pasamos de la muerte a la vida, del pecado a la justicia, de la incredulidad a la fe, de las malas acciones a una conducta santa. Sobre los que así obran no tiene poder alguno la segunda muerte. De ellos dice el Apocalipsis: Bienaventurado el que toma parte en esta resurrección primera. Sobre ellos no tendrá poder alguno la segunda muerte. Y leemos en el mismo libro: El vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda. Así como hay una primera resurrección, que consiste en la conversión del corazón, así hay también una segunda muerte, que consiste en el castigo eterno. Que se apresure, pues, a tomar parte ahora en la primera resurrección el que no quiera ser condenado con el castigo eterno de la segunda muerte. Los que en la vida presente, transformados por el temor de Dios, pasan de mala a buena conducta, pasan de la muerte a la vida y más tarde serán transformados de su humilde condición a una condición gloriosa.

domingo, 17 de noviembre de 2024

Final de tiempo

"En verdad os digo que no pasará esta generación sin que todo suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto al día y la hora, nadie lo conoce, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre».

Estamos en el 33º domingo durante el año, es decir, en el final del tiempo litúrgico antes de comenzar, en 15 días, el Adviento. Por eso vamos a comenzar a leer pasajes que nos hablen del fin de los tiempos y nos hagan descubrir la temporalidad de nuestra vida. Sí, nuestra vida es temporal, como dice el refranero popular: no quedaremos para semillas. Pero no tenemos que temer pues el Plan de Dios es más amplio que nuestra pobre mirada terrena, y Él es quien sabe el tiempo, el día y la hora, y nadie más, aunque el hombre procure enterarse por medio de los horóscopos, cartas, etc. etc.
Y ¿por qué siempre tenemos que recordar todo esto? Creo que Dios quiere que maduremos, sí, que maduremos espiritualmente para saber que nada está escrito y nadie, más que Él sabe lo que va a pasar, y, que, por eso debemos confiar en su Amor Providente y dejarnos conducir por su mano.
Cuando nos ponemos a pensar qué es lo que va a pasar mañana y qué pasará dentro de no sé cuánto tiempo, vivimos estresados por lo que vaya a pasar, es decir, vivimos preocupados por el mañana, sin saber si el mañana va a existir. Por eso, Jesús mismo nos dijo una vez: “no os preocupéis por el mañana, cada día tiene su propio afán”. Y eso es lo que Dios quiere de nosotros: que nos ocupemos, cada día, de buscar Su Voluntad, de vivir en Gracia de Dios, para estar siempre atentos y dispuestos para lo que Él quiera de nosotros.
Vivimos en un tiempo en donde todos los días nos parecen cortos, los años se nos vienen encima, y no hemos disfrutado de lo que tenemos por estar buscando y añorando lo que no tenemos, o, en algunos casos, añorando lo que otros tienen. Y nos olvidamos por completo de lo que Dios nos está pidiendo o mostrando vivir, de lo que Dios nos ha regalado y, en muchos casos, de lo que Dios nos ha acompañado a vivir dándonos fuerzas, esperanza y todo aquello que hemos necesitado sin que se lo pidamos.
Si miramos un poco hacia atrás vamos a descubrir cuánto hemos progresado, cuánto nos ha acompañado, y, a veces, sin darnos cuenta hemos sobrepasado grandes obstáculos que no creíamos que podríamos saltar, sin embargo, hemos llegado hasta aquí con su Gracia, por Su Amor. Por eso sigamos confiando, sin preocuparnos del mañana y, sobre todo, sin preocuparnos de que otros tengan lo que yo no tengo, ni de lo que otros digan de mí, pues mi Padre, que es Todopoderoso, sabe mejor que nadie quién soy, qué necesito y qué es lo que me hace falta sin que se lo pida, pues el Espíritu vela por mí y habla por mí, sólo debo tener confianza y dejarlo hablar.

sábado, 16 de noviembre de 2024

El Bien nos salva

De la Homilía de un autor del siglo segundo

Seamos también nosotros de los que alaban y sirven a Dios, y no de los impíos, que serán condenados en el juicio. Yo mismo, a pesar de que soy un gran pecador y de que no he logrado todavía superar la tentación ni las insidias del diablo, me esfuerzo en practicar el bien y, por temor al juicio futuro, trato al menos de irme acercando a la perfección.
Por esto, hermanos y hermanas, después de haber escuchado la palabra del Dios de verdad, os leo esta exhortación, para que, atendiendo a lo que está escrito, nos salvemos todos, tanto vosotros como el que lee entre vosotros; os pido por favor que os arrepintáis de todo corazón, con lo que obtendréis la salvación y la vida. Obrando así serviremos de modelo a todos aquellos jóvenes que quieren consagrarse a la bondad y al amor de Dios. No tomemos a mal ni nos enfademos tontamente cuando alguien nos corrija con el fin de retornarnos al buen camino, porque a veces obramos el mal sin darnos cuenta, por nuestra doblez de alma y por la incredulidad que hay en nuestro interior, y porque tenemos sumergido el pensamiento en las tinieblas a causa de nuestras malas tendencias.
Practiquemos, pues, el bien, para que al fin nos salvemos. Dichosos los que obedecen estos preceptos; aunque por un poco de tiempo hayan de sufrir en este mundo, cosecharán el fruto de la resurrección incorruptible. Por esto, no ha de entristecerse el justo, si en el tiempo presente sufre contrariedades; le aguarda un tiempo feliz; volverá a la vida junto con sus antecesores y gozará de una felicidad sin fin y sin mezcla de tristeza.
Tampoco ha de hacernos vacilar el ver que los malos se enriquecen mientras los siervos de Dios viven en la estrechez. Confiemos, hermanos y hermanas: sostenemos el combate del Dios vivo y lo ejercitamos en esta vida presente, con miras a obtener la corona en la vida futura. Ningún justo consigue en seguida la paga de sus esfuerzos, sino que tiene que esperarla pacientemente. Si Dios premiase en seguida a los justos, la piedad se convertiría en un negocio; daríamos la impresión de que queremos ser justos por amor al lucro y no por amor a la piedad. Por esto los juicios divinos a veces nos hacen dudar y entorpecen nuestro espíritu, porque no vemos aún las cosas con claridad.
Al solo Dios invisible, Padre de la verdad, que nos ha enviado al Salvador y Autor de nuestra incorruptibilidad, por el cual nos ha dado también a conocer la verdad y la vida celestial, a él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 15 de noviembre de 2024

Convirtámonos, Él nos llama

De la Homilía de un autor del siglo segundo

Creo que vale la pena tener en cuenta el consejo que os he dado acerca de la continencia; el que lo siga no se arrepentirá, sino que se salvará a sí mismo por haberlo seguido y me salvará a mí por habérselo dado. No es pequeño el premio reservado al que hace volver al buen camino a un alma descarriada y perdida. La mejor muestra de agradecimiento que podemos tributar a Dios, que nos ha creado, consiste en que tanto el que habla como el que escucha lo hagan con fe y con caridad.
Mantengámonos firmes en nuestra fe, justos y santos, para que así podamos confiadamente rogar a Dios, pues él nos asegura: Clamarás y te responderé: «Aquí estoy.» Estas palabras incluyen una gran promesa, pues nos demuestran que el Señor está más dispuesto a dar que nosotros a pedir. Ya que nos beneficiamos todos de una benignidad tan grande, no nos envidiemos unos a otros por los bienes recibidos. Estas palabras son motivo de alegría para los que las cumplen, de condenación para los que las rechazan.
Así pues, hermanos, ya que se nos ofrece esta magnífica ocasión de arrepentirnos, mientras aún es tiempo convirtámonos a Dios, que nos llama y se muestra dispuesto a acogernos. Si renunciamos a los placeres terrenales y dominamos nuestras tendencias pecaminosas, nos beneficiaremos de la misericordia de Jesús. Daos cuenta que ya llega el día del juicio, ardiente como un horno, y desaparecerán los cielos con estruendo y toda la tierra se licuará como el plomo en el fuego, y entonces se pondrán al descubierto nuestras obras, aun las más ocultas. Buena cosa es la limosna como penitencia del pecado; mejor el ayuno que la oración, pero mejor que ambos la limosna; la caridad cubre la multitud de los pecados, pero la oración que sale de un corazón recto libra de la muerte. Dichoso el que sea hallado perfecto en estas cosas, porque la limosna atenúa los efectos del pecado.
Arrepintámonos de todo corazón, para que no se pierda ninguno de nosotros. Si hemos recibido el encargo de apartar a los idólatras de sus errores, ¡cuánto más debemos procurar no perdernos nosotros que ya conocemos a Dios! Ayudémonos, pues, unos a otros en el camino del bien, sin olvidar a los más débiles, y exhortémonos mutuamente a la conversión.

jueves, 14 de noviembre de 2024

Cristo atestigua la resurrección futura

De los Sermones de San Juan Crisóstomo, obispo

Comprueba solamente esto: si Cristo ha prometido la resurrección; y cuando bajo el peso de una nube de testimonios hayas comprobado la existencia de una tal promesa, más aún, cuando tengas en tu poder la certísima garantía del mismo Cristo, el Señor, confirmado en la fe, deja ya de temer la muerte. Pues quien todavía teme, es que no cree; y el que no cree contrae un pecado incurable, ya que, con su incredulidad, se atreve a inculpar a Dios o de impotencia o de mentira.
No es ésta la opinión de los bienaventurados apóstoles, no es ésta la manera de pensar de los santos mártires. Los apóstoles, en virtud de esta predicación de la resurrección, predican que Cristo ha resucitado y anuncian que, en él, los muertos resucitarán, no rehusando ni la muerte, ni los tormentos, ni las cruces. Por tanto, si todo asunto queda confirmado por boca de dos o tres testigos, ¿cómo puede ponerse en duda la resurrección de los muertos, avalada por tantos y tan cualificados testigos, que apoyan su testimonio con el derramamiento de su sangre?
Y los santos mártires, ¿qué? ¿Tuvieron o no tuvieron una esperanza firme en la resurrección? Si no la hubieran tenido, ciertamente no habrían acogido como la máxima ganancia una muerte envuelta en tantas torturas y sufrimientos: no pensaban en los suplicios presentes, sino en los premios futuros. Conocían el dicho: Lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno.
Escuchad, hermanos, un ejemplo de fortaleza. Una madre exhortaba a sus siete hijos: no lloraba, se alegraba más bien. Veía a sus hijos lacerados por las uñas, mutilados por el hierro, fritos en la sartén. Y no derramaba lágrimas, no prorrumpía en lamentos, sino que con solicitud materna exhortaba a sus hijos a mantenerse firmes. Aquella madre no era ciertamente cruel, sino fiel: amaba a sus hijos, pero no delicada, sino virilmente. Exhortaba a sus hijos a la pasión, pasión que ella misma aceptó gozosa. Estaba segura de su resurrección y de la de sus hijos.
¿Qué diré de tantos hombres, mujeres, jóvenes y doncellas? ¡Cómo jugaron con la muerte! ¡Con qué enorme rapidez pasaron a engrosar la milicia celeste! Y eso que, de haber querido, podían haber seguido viviendo, puesto que les pusieron en la alternativa: vivir, negando a Cristo, o morir, confesando a Cristo. Pero prefirieron despreciar esta vida temporal y aceptar la eterna, ser excluidos de la tierra para convertirse en ciudadanos del cielo.
Después de esto, hermanos, ¿existe algún lugar para la duda? ¿Dónde puede albergarse todavía el miedo a la muerte? Si somos hijos de los mártires, si queremos ser un día compañeros suyos, no nos contriste la muerte, no lloremos a nuestros seres queridos que nos precedieron en el Señor. Si, no obstante, nos empeñásemos en llorar, serán los mismos santos mártires los que se burlarán de nosotros y nos dirán: ¡Oh fieles! ¡Oh vosotros que ansiáis el reino de Dios! ¡Oh vosotros los que, angustiados, lloráis y os lamentáis por vuestros seres queridos que han muerto delicadamente en sus lechos y sobre colchón de plumas! ¿Qué hubierais hecho de haberlos visto torturar y asesinar por los paganos a causa del nombre del Señor?

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Antes éramos obstinados

En realidad, creo, que ninguna de las cartas de San Pablo tienen desperdicio para iluminar nuestra vida cristiana. Por ejemplo, en esta carta de Pablo a Tito, hay recomendaciones que nos vienen bien en todo tiempo y lugar, y, sobre todo, en una edad adulta donde nos creemos ya convertido y santificados, pero aún nos queda mucho camino por recorrer.
"Querido hermano:
Recuérdales que se sometan a los gobernantes y a las autoridades; que obedezcan, estén dispuestos a hacer el bien, no hablen mal de nadie ni busquen riñas; que sean condescendientes y amables con todo el mundo.
Porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, andábamos por el camino equivocado; éramos esclavos de deseos y placeres de todo tipo, nos pasábamos la vida haciendo el mal y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros".
Es que vivimos tan insertos en el mundo de hoy que nos olvidamos que no somos de este mundo y que hemos venido al mundo para transformarlo, y, a veces, no transformamos el mundo sino que perjudicamos al Cuerpo de Cristo, pues llevamos las enemistades, desobediencias, apetitos de poder, escándalos dentro del Cuerpo de Cristo, porque lo que vivimos en el mundo lo vivimos en nuestras comunidades.
Por eso me parece tan acertadas las palabras de Pablo: "recuérdales... porque antes también nosotros, con nuestra insensatez y obstinación, andábamos por el camino equivocado". Y eso me parece algo previsible en todo tiempo, pues cuando nos salimos del eje central de nuestra vida cristiana, que es el Señor, entonces nos dejamos conducir por el espíritu del mundo, sin tener en cuenta que estamos en el mundo pero no somos del mundo.
Creo que esta carta (de Pablo a Tito) nos puede servir para un hermoso examen de conciencia.

martes, 12 de noviembre de 2024

Siervos inútiles

"En aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: "En seguida, ven y ponte a la mesa"? ¿No le diréis: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os mandado, decid: “Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».
No nos damos cuenta que sólo somos instrumentos en las Manos de Dios para llevar a todos un mensaje de Salvación, pero que no somos ni los salvadores ni los dueños del mensaje, solo somos instrumentos.
Cuando no nos damos cuenta de esta divina instrumentalidad se nos suben los humos a la cabeza y vamos por la vida como los mejores cosechadores de frutos divinos, y, sin embargo no lo somos. Por eso, muchas veces, nos deprimimos porque no vemos los frutos, porque las cosas no salen como las he pensado, porque no hay las respuestas que yo quiero que se den. Y todo porque no me acuerdo que soy instrumento y que, por eso mismo, no tengo que ser YO quien organice, piense y decida, sino que, primero, tengo que ver qué es lo que Dios quiere, cuál es Su Voluntad y seguir Su Camino y no el mío.
Cuando nos olvidamos de lo esencial nos quedamos con ser protagonistas de algo que no es de Dios, y, por eso no da fruto y, sobre todo, no lleva a la Salvación.
Sí, es cierto, da cierta cosilla la frase de Jesús: "somos siervos inútiles", pero es así cuando no nos dejamos conducir por la Mano del Padre, sino que hacemos las cosas de acuerdo a nuestro propio criterio, que, para que lo sepamos, tiene un mirar pobre y finito, en cambio el Señor tiene una mirada más profunda y sabe hacia dónde va nuestra vida, o, mejor hacia dónde tendría que ir nuestro caminar.
Así, todo lo que pensemos y hagamos que sea desde Dios y no desde nuestro pobre mirada humana, pues estamos empecatados y, muchas veces, miramos desde nuestro propio ombligo o ambiciones y no nos damos cuenta que si nos dejamos guiar por lo que Dios quiere, y somos obedientes a la Voluntad de Dios todo podría haber sido mejor, y, sobre todo, nos ayuda a madurar y crecer, en la obediencia, y, por lo tanto, en la santidad.

lunes, 11 de noviembre de 2024

Cristo quiso salvarnos

Comienza la Homilía de un autor del siglo segundo

Hermanos: Debemos mirar a Jesucristo como miramos a Dios, pensando que él es el juez de vivos y muertos; y no debemos estimar en poco nuestra salvación. Porque si estimamos en poco a Cristo, poco será también lo que esperamos recibir. Aquellos que, al escuchar sus promesas, creen que se trata de dones mediocres pecan, y nosotros pecamos también si desconocemos de dónde fuimos llamados, quién nos llamó y a qué fin nos ha destinado y menospreciamos los sufrimientos que Cristo padeció por nosotros.
¿Con qué pagaremos al Señor o qué fruto le ofreceremos que sea digno de lo que él nos dio? ¿Cuántos son los dones y beneficios que le debemos? Él nos otorgó la luz, nos llama, como un padre, con el nombre de hijos, y cuando estábamos en trance de perecer nos salvó. ¿Cómo, pues, podremos alabarlo dignamente o cómo le pagaremos todos sus beneficios? Nuestro espíritu estaba tan ciego que adorábamos las piedras y los leños, el oro y la plata, el bronce y todas las obras salidas de las manos de los hombres; nuestra vida entera no era otra cosa que una muerte. Envueltos, pues, y rodeados de oscuridad, nuestra vida estaba recubierta de tinieblas y Cristo quiso que nuestros ojos se abrieran de nuevo y así la nube que nos rodeaba se disipó.
Él se compadeció, en efecto, de nosotros y, con entrañas de misericordia, nos salvó, pues había visto nuestro extravío y nuestra perdición y cómo no podíamos esperar nada fuera de él que nos aportara la salvación. Nos llamó cuando nosotros no existíamos aún y quiso que pasáramos de la nada al ser.
Alégrate, la estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores: porque la abandonada tendrá más hijos que la casada. Al decir: Alégrate, la estéril, se refería a nosotros, pues, estéril era nuestra Iglesia, antes de que le fueran dados sus hijos. Al decir: Rompe a cantar de júbilo, la que no tenías dolores, se significan las plegarias que debemos elevar a Dios, sin desfallecer, como desfallecen las que están de parto. Lo que finalmente se añade: Porque la abandonada tendrá más hijos que la casada, se dijo para significar que nuestro pueblo parecía al principio estar abandonado del Señor, pero ahora, por nuestra fe, somos más numerosos que aquel pueblo que se creía posesor de Dios.
Otro pasaje de la Escritura dice también: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. Esto quiere decir que hay que salvar a los que se pierden. Porque lo grande y admirable no es el afianzar los edificios sólidos, sino los que amenazan ruina. De este modo Cristo quiso ayudar a los que perecían y fue la salvación de muchos, pues vino a llamarnos cuando nosotros estábamos ya a punto de perecer.

domingo, 10 de noviembre de 2024

Tus dos monedas

«En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Otra de las tantas enseñanzas de Jesús que es para la gente que lo seguía, es decir, para cada uno de nosotros que decimos que somos cristianos, es decir: seguidores de Jesús. Entonces esta enseñanza es para todos y no sólo para algunos, y, por eso, más que una enseñanza es un examen de conciencia que tenemos que realizar con toda sinceridad.
Por un lado, comienza Jesús diciendo: ¡Cuidado con los escribas! ¿Por qué cuidado con los escribas? Porque lo que Jesús veía de ellos era que les gustaba mostrarse como muy “cumplidores” de todo, pero con un corazón muy lejos de Dios, pues se conformaban con aparentar lo que tenían que llegar a ser, pero estaban muy lejos de ser. Como le dijo Jesús al escriba: “no estás lejos del Reino de Dios”, pero en realidad no estaba, tampoco, cerca.
En estos tiempos que vivimos nos gusta mucho aparentar ser algo que nos gustaría ser, por eso en las redes sociales hay fotos de gente haciendo muchas cosas buenas, teniendo muy buenas intenciones, pero son, a veces, situaciones que pasan de largo cuando tienen que hacer algo por el vecino, por su familia, pero siempre les gusta mostrarse como los mejores que hacen cosas grandes. Y, por eso, otro de los consejos de Jesús fue: “que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda”, pero no siempre lo entendemos. Hay que mostrar todo lo bueno que hacemos…
Y frente a la actitud de los escribas Jesús nos pone el ejemplo de la viuda que ofrece al Templo todo lo que tenía para vivir. Y es cierto, no siempre ofrecemos a Dios toda nuestra vida, sino la que nos sirve para mostrarnos a los demás o, mejor dicho, la que sirve para que los demás vean que soy “cristiano”, mostramos sólo una máscara que nos ponemos en ciertas ocasiones. Pero no sólo es la máscara de cristianos la que utilizamos, sino que en diferentes situaciones usamos diferentes máscaras y, más aún, las maquillamos muy bien cuando las tenemos que “colgar” en las redes sociales, no vaya a ser que descubran lo que no queremos mostrar.
Pero, lamentablemente, las máscaras son frutos de la mentira en la que vivimos muchas veces, y, como todas las mentiras, tienen patas cortas y enseguida se va descubriendo la verdadera identidad. Y es ahí cuando caemos en la realidad de nuestra propia existencia, dándonos cuenta que no somos lo que queremos hacer creer a los demás, sobre todo porque, también, nos hemos creído la misma mentira que intentamos colar a los demás. Y así volvemos a Jesús: “solo la verdad os hará libres”, intentémoslo.

sábado, 9 de noviembre de 2024

Somos Templos de Dios

San Cesáreo de Arlés, obispo. Meditación de los salmos.

Hoy, hermanos muy amados, celebramos con gozo y alegría, por la benignidad de Cristo, la dedicación de este templo; pero nosotros debemos ser el templo vivo y verdadero de Dios. Con razón, sin embargo, celebran los pueblos cristianos la solemnidad de la Iglesia madre, ya que son conscientes de que por ella han renacido espiritualmente. En efecto, nosotros, que por nuestro primer nacimiento fuimos objeto de la ira de Dios, por el segundo hemos llegado a ser objeto de su misericordia. El primer nacimiento fue para muerte; el segundo nos restituyó a la vida.
Todos nosotros, amadísimos, antes del bautismo, fuimos lugar en donde habitaba el demonio; después del bautismo, nos convertimos en templos de Cristo. Y, si pensamos con atención en lo que atañe a la salvación de nuestras almas, tomamos conciencia de nuestra condición de templos verdaderos y vivos de Dios. Dios habita no sólo en templos construidos por hombres ni en casas hechas de piedra y de madera, sino principalmente en el alma hecha a imagen de Dios y construida por él mismo, que es su arquitecto. Por esto, dice el apóstol Pablo: El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros.
Y, ya que Cristo, con su venida, arrojó de nuestros corazones al demonio para prepararse un templo en nosotros, esforcémonos al máximo, con su ayuda, para que Cristo no sea deshonrado en nosotros por nuestras malas obras. Porque todo el que obra mal deshonra a Cristo. Como antes he dicho, antes de que Cristo nos redimiera éramos casa del demonio; después hemos llegado a ser casa de Dios, ya que Dios se ha dignado hacer de nosotros una casa para sí.
Por esto, nosotros, carísimos, si queremos celebrar con alegría la dedicación del templo, no debemos destruir en nosotros, con nuestras malas obras, el templo vivo de Dios. Lo diré de una manera inteligible para todos: debemos disponer nuestras almas del mismo modo como deseamos encontrar dispuesta la iglesia cuando venimos a ella.
¿Deseas encontrar limpia la basílica? Pues no ensucies tu alma con el pecado. Si deseas que la basílica esté bien iluminada, Dios desea también que tu alma no esté en tinieblas, sino que sea verdad lo que dice el Señor: que brille en nosotros la luz de las buenas obras y sea glorificado aquel que está en los cielos. Del mismo modo que tú entras en esta iglesia, así quiere Dios entrar en tu alma, como tiene prometido: Habitaré y caminaré con ellos.

viernes, 8 de noviembre de 2024

La esperanza nos consuela

San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia
Comentario sobre el salmo 118

En el tiempo de nuestra humillación, la esperanza nos consuela, y la esperanza no defrauda. Llama tiempo de humillación para nuestra alma al tiempo de la tentación, pues nuestra alma se ve humillada cuando es entregada al tentador para ser probada con rudos trabajos, para que luche y combata, experimentando el choque con las potencias contrarias. Pero en estas tentaciones se siente vigorizada por la palabra de Dios.
Esta es, en efecto, la sustancia vital de nuestra alma, de la que se alimenta, se nutre y por la que se gobierna. No hay cosa que pueda hacer vivir al alma dotada de razón como la palabra de Dios. Así como esta palabra de Dios crece en nuestra alma cuando se la acepta, se la entiende y se la comprende, en idéntica proporción crece también su alma; y, al contrario, en la medida en que disminuye en nuestra alma la palabra de Dios, en la misma medida disminuye su propia vida.
Y así como esta conexión de nuestra alma y nuestro cuerpo es animada, alimentada y sostenida por el espíritu vital, así también nuestra alma es vivificada por la palabra de Dios y la gracia espiritual. En consecuencia, posponiendo todo lo demás, debemos poner todo nuestro interés en recoger las palabras de Dios, almacenándolas en nuestra alma, en nuestros sentidos, en nuestra solicitud, en nuestras consideraciones y en nuestros actos, a fin de que nuestro comportamiento sintonice con las palabras de las Escrituras y en nuestros actos no haya nada disconforme con la serie de los mandamientos celestiales, pudiendo así decir: Tu promesa me da vida.
Los insolentes me insultan sin parar, pero yo no me aparto de tus mandatos. El mayor pecado del hombre es la soberbia, pues de ella se originó nuestra culpa. Este fue el primer dardo con que el diablo nos hirió y abatió. Porque si el hombre, engañado por la persuasión de la serpiente, no hubiera pretendido ser como Dios, conociendo el bien y el mal, que no podía discernir a fondo a causa de la fragilidad humana; si, además, había aceptado las reglas del juego: ser arrojado de aquella felicidad paradisíaca por una temeraria usurpación; repito, si el hombre, no contento con sus propias limitaciones, no hubiera atentado a lo prohibido, nunca habría recaído sobre nosotros la herencia de la culpa cruel.

jueves, 7 de noviembre de 2024

La fe supera las obras

De las Catequesis de san Cirilo de Jerusalén, obispo

La fe, aunque por su nombre es una, tiene dos realidades distintas. Hay, en efecto, una fe por la que se cree en los dogmas y que exige que el espíritu atienda y la voluntad se adhiera a determinadas verdades; esta fe es útil al alma, como lo dice el mismo Señor: El que escucha mi palabra y cree en aquel que me ha enviado tiene vida eterna y no incurre en condenación; y añade: El que cree en el Hijo no está condenado, sino que ha pasado ya de la muerte a la vida.
¡Oh gran bondad de Dios para con los hombres! Los antiguos justos, ciertamente, pudieron agradar a Dios empleando para este fin los largos años de su vida; mas lo que ellos consiguieron con su esforzado y generoso servicio de muchos años, eso mismo te concede a ti Jesús realizarlo en un solo momento. Si, en efecto, crees que Jesucristo es el Señor y que Dios lo resucitó de entre los muertos conseguirás la salvación y serás llevado al paraíso por aquel mismo que recibió en su reino al buen ladrón. No desconfíes ni dudes de si ello va a ser posible o no: el que salvó en el Gólgota al ladrón a causa de una sola hora de fe, él mismo te salvará también a ti si creyeres.
La otra clase de fe es aquella que Cristo concede a algunos como don gratuito. A unos es dado por el Espíritu el don de sabiduría; a otros el don de ciencia en conformidad con el mismo Espíritu; a unos la gracia de la fe en el mismo Espíritu; a otros la gracia de curaciones en el mismo y único Espíritu.
Esta gracia de fe que da el Espíritu no consiste solamente en una fe dogmática, sino también en aquella otra fe capaz de realizar obras que superan toda posibilidad humana; quien tiene esta fe puede decir a un monte: «Vete de aquí a otro sitio», y se irá. Cuando uno, guiado por esta fe, dice esto y cree sin dudar en su corazón que lo que dice se realizará, entonces este tal ha recibido el don de esta fe.
Es de esta fe de la que se afirma: Si tuvieseis fe, como un grano de mostaza. Porque así como el grano de mostaza, aunque pequeño en tamaño, está dotado de una fuerza parecida a la del fuego y, plantado aunque sea en un lugar exiguo, produce grandes ramas hasta tal punto que pueden cobijarse en él las aves del cielo, así también la fe, cuando arraiga en el alma, en pocos momentos realiza grandes maravillas. El alma, en efecto, iluminada por esta fe, alcanza a concebir en su mente una imagen de Dios, y llega incluso hasta contemplar al mismo Dios en la medida en que ello es posible; le es dado recorrer los límites del universo y ver, antes del fin del mundo, el juicio futuro y la realización de los bienes prometidos.
Procura, pues, llegar a aquella fe que de ti depende y que conduce al Señor a quien la posee, y así el Señor te dará también aquella otra que actúa por encima de las fuerzas humanas.

miércoles, 6 de noviembre de 2024

Hice bien los cáculos?

"En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo":
Cuando Jesús habló lo hizo para toda la gente, no sólo para una parte de los que lo seguían, no sólo para los apóstoles, sino antes de elegirlos, antes de señalar a los discípulos, habló a toda la gente:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío".
¿Por qué dijo todo eso a la gente que lo seguía? Porque no quería que lo siguieran sin saber a qué debían atenerse al aceptar seguirlo, pues no sólo es seguir a una persona como un perro a una bicicleta, sino aceptar un camino de vida, aceptar una verdadera y nueva forma de vivir. Por eso, también, les aclaró que:
"Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, sí echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo:
"Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar."
Nosotros, los cristianos, somo los que hemos aceptado las condiciones para seguir a Cristo, hemos aceptado el desafío de hacer un cambio de vida, hemos aceptado dejar de lado nuestro YO y vivir de acuerdo a la voluntad de Dios. Pero ¿hemos calculado cuánto tendríamos que dejar de lado en nuestra vida para poder ser verdaderos cristianos? ¿Hemos calculado a cuánto debíamos renunciar para seguir a Cristo?
A veces parecería que no hemos no sólo no calculado nuestras renuncias, sino que no nos importa pues no vamos a renunciar a nuestros pensamientos, a nuestra forma de vivir, a lo que tenemos ganas de vivir. Por eso, muchos no somos tan cristianos como debemos sino que somos cristianos falsos, pues no aceptamos las condiciones que nos ha puesto Jesús.
"Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío".
¿Cuál ha sido mi renuncia para vivir una Vida Nueva según el Evangelio? ¿Acepto las condiciones que el Evangelio, que el Señor, me pone para vivir como cristiano, como discípulo del Señor? ¿O como tantos otros he escrito un evangelio para mí mismo?

martes, 5 de noviembre de 2024

Difícil obedecer

"Hermanos:
Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz".
Hay frases que, por tradición, son consideradas para las religiosos o sacerdotes porque hablan de la virtud de la obediencia, como en este caso, que habla de la obediencia y la humillación de Cristo al hacerse hombre y obedecer al Padre.
Por un lado es cierto, porque tanto los sacerdotes como los religiosos hacemos una promesa o un voto de obediencia, a los obispos o a las autoridades de la congregación o instituto.
Pero, nos olvidamos que, en este caso, san Pablo no le escribe ni a los religiosos ni a los sacerdotes, sino a los miembros de una comunidad cristiana: a los filipenses.
También es cierto que cuando leemos textos tan, perdonadme la expresión, fuertes para nuestros oídos, siempre pensamos: ¡qué bien le vendría a fulanito de tal escuchar esto!, y nunca lo pensamos para nosotros mismos.
Y, sí, la Palabra de Dios es, primero, para quien la escucha o la lee, porque Dios, mi Padre, me está hablando a mí y quiere decirme algo a mí. Eso es escuchar la Palabra. Y ¿para qué quiero escuchar la Palabra de mi Padre? Para saber cómo debo actuar como hijo, pues para eso lo llamo Padre, por que el Hijo me lo enseñó y yo lo acepté, y, como el Hijo yo también tengo que vivir según la Voluntad del Padre, porque para eso digo que soy cristiano.
Y, entonces ¿cómo vivo la obediencia a Dios? Y la obediencia a Dios la busco y la vivo en diferentes estados y lugares:
- si soy sacerdote al obispo, pues la promesa fue hecha a él.
- si soy religioso o consagrado a la autoridad de mi comunidad o de mi instituto.
- si soy laico: a mi comunidad, a mi familia, como hijo a mis padres, en el trabajo a mis jefes, etc.
- en la parroquia al párroco
- en todo lugar siempre hay alguien que es autoridad para mí, y a esa autoridad le debo obediencia.
Sí, pero tal persona no es tan santa y no me gusta como es, pues bueno, vete a otro lado. Porque Dios, si bien quiere que los que seamos autoridad seamos santos, no sólo la buscamos, sino que también debemos buscar Su Voluntad para nuestras vidas y para la vida de las personas que ha puesto a nuestro cargo y responsabilidad. Por eso, todos debemos estar muy bien dispuestos de corazón para dejar de lado nuestro YO y aceptar lo que Dios, por medio de la autoridad, me está pidiendo que viva, acepte o, en todo caso, desobedezca.
Dios no me obliga a seguirlo, pero si he aceptado seguirlo, entonces tengo que aceptar Su Voluntad y no la mía.

lunes, 4 de noviembre de 2024

Coherencia

Del sermón pronunciado por san Carlos Borromeo en el último sínodo

Todos somos débiles, lo admito, pero el Señor ha puesto en nuestras manos los medios con que poder ayudar fácilmente, si queremos, esta debilidad. Algún sacerdote querría tener aquella integridad de vida que sabe se le demanda, querría ser continente y vivir una vida angélica, como exige su condición, pero no piensa en emplear los medios requeridos para ello: ayunar, orar, evitar el trato con los malos y las familiaridades dañinas y peligrosas.
Algún otro se queja de que, cuando va a salmodiar o a celebrar la misa, al momento le acuden a la mente mil cosas que lo distraen de Dios; pero éste, antes de ir al coro o a celebrar la misa, ¿qué ha hecho en la sacristía, cómo se ha preparado, qué medios ha puesto en práctica para mantener la atención?
¿Quieres que te enseñe cómo irás progresando en la virtud y, si ya estuviste atento en el coro, cómo la próxima vez lo estarás más aún y tu culto será más agradable a Dios? Oye lo que voy a decirte. Si ya arde en ti el fuego del amor divino, por pequeño que éste sea, no lo saques fuera en seguida, no lo expongas al viento, mantén el fogón protegido para que no se enfríe y pierda el calor; esto es, aparta cuanto puedas las distracciones, conserva el recogimiento, evita las conversaciones inútiles.
¿Estás dedicado a la predicación y la enseñanza? Estudia y ocúpate en todo lo necesario para el recto ejercicio de este cargo; procura antes que todo predicar con tu vida y costumbres, no sea que, al ver que una cosa es lo que dices y otra lo que haces, se burlen de tus palabras meneando la cabeza.
¿Ejerces la cura de almas? No por ello olvides la cura de ti mismo, ni te entregues tan pródigamente a los demás que no quede para ti nada de ti mismo; porque es necesario, ciertamente, que te acuerdes de las almas a cuyo frente estás, pero no de manera que te olvides de ti.
Sabedlo, hermanos, nada es tan necesario para los clérigos como la oración mental; ella debe preceder, acompañar y seguir nuestras acciones: Salmodiaré —dice el salmista— y entenderé. Si administras los sacramentos, hermano, medita lo que haces; si celebras la misa, medita lo que ofreces; si salmodias en el coro, medita a quién hablas y qué es lo que hablas; si diriges las almas, medita con qué sangre han sido lavadas, y así hacedlo todo con espíritu de caridad; así venceremos fácilmente las innumerables dificultades que inevitablemente experimentamos cada día (ya que esto forma parte de nuestra condición); así tendremos fuerzas para dar a luz a Cristo en nosotros y en los demás.

domingo, 3 de noviembre de 2024

No estés lejos

"Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas".

Siempre me preocupó bastante este evangelio, sobre todo por la respuesta de Jesús al escriba: “no estás lejos del reino de Dios”.
Un escriba era un doctor e intérprete de la Ley de Dios, quien creyéndose más listo que Jesús, quiso ponerlo a prueba, o, mejor dicho, quiso hacer que Jesús se acusara de blasfemo (es decir, de ir en contra de la Ley de Dios) y por eso le pregunto cuál era el mandamiento más importante de la Ley. Y, Jesús, viendo, sobre todo, las intenciones del corazón del escriba, contestó, por supuesto, acertadamente, a lo que el escriba, sin querer descubrir su patraña aprobó la respuesta de Jesús.
El escriba, por supuesto, estaba convencido que él era un fiel servidore de Dios y un muy buen cumplidor de la Ley y, por eso, estaba ya dentro del Reino de Dios. Pero Jesús le dijo: “no estás lejos del reino de Dios”. Y es esa respuesta la que nos tiene que preocupar, creo, a todos. ¿Por qué?
Porque no lo que sabemos lo que nos salva, sino lo que vivimos. Y como Jesús le decía, varias veces, a los escribas: “vuestro corazón está muy lejos de Dios”. ¿Por qué? Porque sabían muchas cosas, pero vivían pocas cosas, se jactaban de cumplir muy bien con las tradiciones y prescripciones que ellos mismos se habían dado, pero no vivían el espíritu de la Ley de Dios, sino que sólo cumplían para “cubrir” todo lo demás que no hacían bien.
Y así nos puede pasar, a nosotros, muchas veces, creernos tan buenos y santos que nos olvidamos de lo principal: la Voluntad de Dios en nuestras vidas. Sí, porque, aunque nos creamos buenos si no somos fieles a la Voluntad de Dios, no somos verdaderamente hijos de Dios. Seremos hijos del tiempo, hijos del mundo, acostumbrándonos a los vaivenes de las ideologías de cada tiempo, pero no nos mantenemos en el Camino que Jesús ha marcado para nuestras vidas.
Si nos miramos bien frente al espejo que es la Vida de Jesús, vamos a descubrir que aún nos falta mucho por cambiar, por crecer, por madurar. Pero ese no es el problema de descubrir que todavía no hemos alcanzado la meta. El problema es que no descubramos en nuestra vida que estamos muy lejos de ser lo que Dios quiere, pues no nos alimentamos de Dios, no nos alimentamos de Su Palabra, no nos cotejamos con Su Voluntad, y, menos aún, nos disponemos a vivir en Su Voluntad. Porque, muchas veces, nos pasa lo que al escriba queremos ver qué hacen los demás y, sobre todo, poner a los demás en la problemática para saber si responden bien o no, y así siempre quedo yo como el mejor sin descubrir que sigo manteniendo el mismo pecado de soberbia y orgullo que, cada día me aleja más de Dios, y, por supuesto de su Reino.

sábado, 2 de noviembre de 2024

Esperar el reencuentro

«No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no; os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino».
Para mí es la más hermosa frase de Jesús hablándonos de la muerte, sabiendo que, en la vida, la muerte física es sólo un etapa más de la vida.
A lo que le añadiría las palabras de las Lamentaciones:
"Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia; se renuevan cada mañana, ¡qué grande es tu fidelidad!; me digo:
«¡Mi lote es el Señor, por eso esperaré en él!».
El Señor es bueno para quien espera en él, para quien lo busca; es bueno esperar en silencio la salvación del Señor".
Cuando hemos descubierto el Camino de la Fe que nos ha mostrado Jesús, y que, desde el Evangelio, se nos va recordando cada día, no podemos dejar de pensar y mirar hacia el Cielo Prometido, porque esa es nuestra realidad: vamos caminando hacia el Cielo, un Cielo que nos habla de amor infinito, de luz sin fin, de vida eterna.
Es cierto que la muerte nos parece, siempre, una etapa tremenda y triste, por eso cuando parte al Cielo alguien de nuestra sangre o de nuestro amor, sufrimos el dolor de la despedida, pero la Luz de la Fe nos abre la puerta de la esperanza de saber que un día nos volveremos a reunir, pero, también, nos ayuda a saber que aunque han vuelto a la Casa del Padre siempre estarán junto a nosotros, porque, desde la Casa del Padre siempre estarán viviendo junto a nosotros.
La vida eterna en el Cielo, en la Casa del Padre, es la vida que nos hace caminar, cada día, buscando el ese mismo Reino aquí en la tierra, y, aunque muchos duden, ese mismo Cielo lo encontramos en la tierra cuando el Señor se hace presente en el altar, es ahí cuando se reúnen todos alrededor del Amor eterno y, junto a Él, y junto a nosotros están todos los que amamos.
Por eso no podemos como Felipe no saber a dónde van los que han vuelto al Padre, sino que sabemos, gracias al Don de la Fe, que Jesús ha sido el Camino que los ha llevado a estancia que nos prepara a cada uno.
"Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros".
Y así, cuando el Padre quiera y todo esté preparado, nos volveremos a reencontrar para vivir el más pleno y puro amor por toda la eternidad.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Abriendo la boca dijo...

"En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".
Cuando leía este evangelio había algo que me sonaba raro no, extraño, y era que el evangelista dice: "y, abriendo su boca, les enseñaba...". Abriendo su boca, suena como extraño pero a la vez es algo que era lógico, no podía no abrir la boca para enseñar, pero me vino a la cabeza lo que Él mismo decía: "de la abundancia del corazón hablan los labios", y ahí me comenzó a cerrar un poco más la frase.
Y ¿cuál es el deseo de Jesús para nosotros? ¿Qué es lo que abunda en su Corazón? Que todos seamos bienaventurados, que todos alcancemos la vida eterna, que todos nos salvemos, pero que, en ese camino de salvación, alcancemos la santidad. ¿Cómo alcanzamos la santidad? No preocupándonos por la vida terrena, o mejor dicho, que la vida terrena no nos aleje de la Mano del Padre, sino que viviendo todo lo que nos toca poder confiar en la Providencia que es el Amor Infinito del Padre por el que nos ha hecho "hijos en el Hijo", y no sólo nos ha dado el nombre de hijo de Dios, sino que en verdad lo somos.
Es esa realidad la de hijos de Dios la que nos abre las puertas de la salvación, por eso, las vivencias terrenales no nos afectan sino que nos ayudan a permanecer fieles a Su Voluntad, sabiendo que todo lo podemos en Aquél que nos ha amado.
La pobreza del espíritu no nos lleva a la pobreza material, sino que nos ayuda a descubrir en todo lo que el Padre nos ha dado la maravilla de sabernos hijos y de poder usar todos los bienes, tanto materiales como espirituales, para nuestro crecimiento personal, para nuestro confiar en Él y así poder amar sin condiciones al Padre y a los hermanos, sabiendo que todo se nos ha dado para mayor Gloria de su Nombre.
Nuestra vida, por eso, sólo es un camino hacia el Padre, pero no un camino cualquiera sino un camino en santidad, pues los que hoy celebramos, como nosotros, vivieron en este mundo, recibieron como nosotros el Espíritu Santo, y se dieron cuenta, por la Gracia del Espíritu, de cómo vivir en este mundo con el corazón puesto en Dios.
Así fueron creciendo y madurando en la fe para no dejarse atar por las trivialidades del mundo sino que, buscando la Voluntad de Dios, asumieron en sus vidas el mandato del Señor: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es santo". Por eso, los santos son los instrumentos que Dios pone en nuestros caminos para que nos alienten a vivir en fidelidad, para que nos ayuden a encontrar y a caminar por la senda que el Padre ha pensado para cada uno, y, con Su Gracia, alcanzar la meta no sólo de nuestra salvación, sino de nuestra santidad.