domingo, 25 de febrero de 2024

Perdamos tiempo

 Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús:
«Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías».

Siempre me ha sorprendido esta afirmación de Pedro porque habla de una experiencia única y personal de Dios. Una experiencia que le hace sentir la necesidad de estar siempre en ese mismo lugar y con esa misma gente, es decir, en la Presencia Real de Dios. Y es la experiencia que tendríamos que poder llegar a vivir, algún día, o muchos días, cada uno de nosotros.
A veces, creo, que muchos cristianos no experimentamos esa “necesidad” de estar con el Señor, en Su Presencia Real. Por eso no “necesitamos” más de Él, y así nos vamos perdiendo las Gracias que tiene para darnos.
Cuando no llegamos a experimentar un encuentro personal con Jesús, nos quedamos en el cumplir con formalidades, que, no está mal cumplir con formalidades, pero eso es lo mínimo que podemos hacer. Nos quedamos en el primer escalón de la subida a la santidad, y no dejamos de ser del montón, y, creo que Dios nos quiere algo más que del montón, nos quiere santos “porque Él nuestro Dios es Santo”.
Pero ¿cómo poder llegar a vivir un encuentro personal con Cristo? Para ello se necesita tiempo y, por supuesto, Gracia del Señor. Necesitamos tiempo y perseverancia. Tiempo porque no es estar con prisas, porque nunca vas a estar con prisas cuando necesitas hablar con tu mejor amigo, con tu amado. Porque se necesita tiempo para conocernos, para abrir el corazón.
Y eso es otra de las cosas que, creo, que no sabemos hacer: abrir el corazón. Porque, a veces, tampoco sabemos abrir nuestro corazón frente a nuestros amigos, compartir lo que verdaderamente sentimos en todo momento, y, en especial cuando nos encontramos juntos, cuando tenemos necesidad de hablar de lo profundo del corazón. Y, por eso, tampoco lo hacemos con el Señor. Nos quedamos en las formas ya conocidas y básicas: hablamos del tiempo, de los políticos, de la economía, de los vecinos, pero no de nosotros. Así también nos pasa en la oración: rezamos el Padrenuestro, o el Ave María, o rezamos el oficio, laudes o vísperas, o el Rosario, pero no abrimos el corazón frente al Señor.
Cuando podamos abrirnos frente a los amigos, cuando podamos compartir las cosas del corazón, vamos a necesitar siempre esa charla, ese compartir. Así nos va a pasar con el Señor ¡qué bien que estamos aquí! Qué bien sería volver a encontrarnos. Para eso necesitamos perder mucho tiempo…

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