"Su hijo le dijo:
"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".
Pero el padre dijo a sus criados:
"Sacad en seguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado".
Reconocer nuestros pecados y debilidades, no es una muestra de debilidad, ni nos tiene que dar vergüenza porque El Padre sabe de qué madera estamos hechos y conoce lo profundo de nuestro corazón más que nosotros mismos. Pero es necesario para nosotros poder abrir el corazón y reconocer en voz alta lo que hemos hecho porque así podemos estar libres de nosotros mismos y recomenzar un camino que habíamos dejado de recorrer.
Pero, sobre todo, la imagen del abrazo del Padre al hijo que ha vuelto es lo más hermoso de una verdadera conversión, pues El Padre nunca nos reprochará el habernos ido, sino que se alegrará de haber regresado. Y ahí esta el valor de la conversión: en la fuerza que se ha necesitado para volver al camino que, por una u otra causa, habíamos dejado de recorrer.
Es por ello que necesitamos siempre una verdadera confesión de nuestros pecados. Pero una confesión donde podamos hablar y contarle al Señor, en la persona del sacerdote, lo que hemos hecho, cómo hemos metido la pata y cómo nos arrepentimos de haber dejado de lado a Dios y movernos por nuestros propios instintos.
La confesión sacramental es el momento más hermoso de nuestras vidas, porque es el momento en el que podemos hablar con Jesús cara a cara, corazón a corazón y que Él pueda sanar (porque ha sido Su Voluntad) nuestros corazones por las palabras de la absolución sacramental. Sentir en ese momento el abrazo del Padre que nos consuela y nos reconforta, saber que Él borrará de ese modo las manchas de nuestro pecado y nos dejará un corazón "blanco como la nieve" aunque nuestro pecados hayan sido "rojos como la grana".
Son los misterios de los sacramentos que, muchas veces, no valoramos y que los tenemos ahí para nuestro bien y nuestra fortaleza, pero que, como el hijo mayor, no usamos porque no los pedimos y nos quedamos, a veces, celando a quienes tienen la fortaleza y la voluntad de poder usarlos para el bien de sus almas.
sábado, 11 de marzo de 2023
El abrazo del perdón
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