«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?» Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es». Él dijo: «Creo, Señor». Y se postró ante él.
No son pocos los que, en estos tiempos, no conocen, verdaderamente, a Jesús. Y, aunque no lo dicen en voz alta, pero seguramente se hacen la misma pregunta que el ciego a quien Jesús curó su ceguera: ¿y quién es para que crea en él? Pero hoy esa pregunta no se la hacen a Jesús, sino que nos la hacen a nosotros, sí, a cada uno de nosotros, que somos quienes decimos que lo conocemos, que lo seguimos, que queremos estar con Él. Y ¿cómo responderíamos a esa pregunta de la gente? ¿Cómo hacemos o qué decimos para que nos crean que Él es el Mesías el Salvador?
Jesús le respondió: “lo estás viendo”. ¿Podremos decir nosotros “lo estás viendo” en mi vida? Porque nuestra vida tiene que ser un reflejo de la vida de Jesús, o por lo menos eso intentamos, pero no nos tenemos que quedar en el intento, sino que tenemos que ponernos a vivir lo que Él vivió. Así es como se es cristiano, o como se debería ser cristiano: viviendo como vivió Cristo.
Claro que, en estos tiempos en que vivimos, nos vamos haciendo muy cercanos a las ideologías mundanas y se nos va perdiendo el horizonte de la vida cristiana: el evangelio. Y, sin querer nos vamos identificando más con el mundo que con el espíritu. Por eso, en este tiempo de cuaresma el Señor nos sigue insistiendo en nuestra conversión, y ¿qué mejor espejo para mirarnos y ver que no estamos bien que el mismo Jesús?
Seguramente que el mirarnos en Jesús vamos a descubrir muchos defectos, vamos a ver que nos falta mucho por caminar y mucho más por convertir, pero no tenemos que perder la esperanza porque el Señor nos ama y se entregó por nosotros, por eso no nos va a condenar, sino que nos va a dar su Espíritu, si se lo pedimos, para ayudarnos a convertir lo que todavía nos falta. Pero somos nosotros quienes tenemos que lavarnos los ojos del corazón con el agua de la confesión para poder caminar y convertir lo que aún nos falta, para que los hombres puedan ver en nosotros a Jesús.
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