"Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Hoy en día no hay mucha conciencia de pecado, salvo para aquellos que llevamos años dentro de la iglesia, pero, mejor dicho, los que llevamos años queriendo madurar y profundizar en el espíritu cristiano. Porque estar dentro de la iglesia no es profundizar, muchas veces, en el espíritu.
Vemos, en muchos lugares, cristianos que están muy confiados en que no hay pecado en sus vidas, o que no hacen mal a nadie porque rezan, van a misa, y están en alguna actividad eclesial.
Sin embargo, el Señor dijo que el "justo" peca siete veces por día. Y la Palabra del Señor no se equivoca, pues Él conoce nuestra debilidad y nuestra imperfección y pecado.
Los que nos equivocamos somos nosotros porque no hemos profundizado en el espíritu de Cristo, en la Ley del Amor de Cristo. Y tampoco hemos profundizado en qué significa pecar: es todo acto voluntario y libre en contra de la voluntad de Dios, y sus mandamientos y consejos evangélicos.
También es cierto que nos da vergüenza reconocernos pecadores, porque parece que así somos menos que los demás. Sin embargo, cuando reconocemos nuestro pecado tenemos la oportunidad de comenzar un camino de conversión, y siempre con la ayuda del Señor, que viene a estar con nosotros y ayudarnos con Su Gracia para que podamos cambiar.
Pero, cuando no reconocemos nuestro pecado, siempre vamos a estar en el mismo escalón, no subiremos nunca por la escala de la santidad, sino que nos estancaremos en la mediocridad de la vida cristiana, donde nos quedamos dentro del montón de aquellos que son "buenitos", pero que no llegan a ser Luz y Sal en la tierra, como quiere el Señor.
Reconocernos pecadores no quiere decir que somos malos, sino reconocer, solamente, que no siempre (como dice san Pablo) hago lo que debo, y él mismo nos ayuda a ver lo que debemos hacer:
"Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo. Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí. Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal. En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios; pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor! Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado".
sábado, 25 de febrero de 2023
Vino a buscar al pecador
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