miércoles, 8 de febrero de 2023

Lo que sale del corazón

«Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».
Si bien en aquella época Jesús tenía que liberar a los alimentos del título de impuros, sabiendo que todo lo había hecho el Padre y todo era bueno, pero no siempre se comprendía lo que Él decía y a qué se refería. Por eso tenía que volver a explicar a los discípulos, en privado, qué era lo que quería decir. Y es ahí cuando les habla de que lo que hace impuro al hombre es el pecado que habita en el corazón.
«Lo que sale de dentro, eso sí hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».
Hoy, en este mundo y en este tiempo en que vivimos, tendríamos que volver a preguntarnos ¿cómo está nuestro corazón, nuestra alma, nuestra capacidad de comprender y entender? Porque vivimos en un tiempo donde lo importante para el hombre es el parecer o aparentar.
Nos dedicamos mucho al arte de cultivar nuestro cuerpo para que se vea bien, que no se vean las arrugas, que los músculos se vean bien definidos, la vestimenta (aunque en este campo cada día es más horrible, pero bueno... contra gustos...) Pero nos dedicamos tanto a lo de afuera del cuerpo que nos olvidamos lo que hay dentro, y ahí está el verdadero meollo de la cuestión.
Por eso el Señor le quita a los alimentos el título de prohibidos o impuros.
Pero, también, hay otra cosa a la que podemos hacer referencia y es a las palabras que salen de nuestras bocas o a las palabras que escuchamos. Muchas veces nos encontramos con gente que sufre por lo que han dicho de ella o por lo que le han contado que han dicho, y, sin embargo, las palabras no nos pueden dañar cuando sabemos bien quienes somos y qué es lo que hemos hecho. Como dice algún dicho: la gente parece saber mejor que yo lo que he dicho y hecho.
Las palabras que yo no he dicho no pueden dañarme, sino que me dañan las palabra que yo digo, pues esas palabras hablan de quién soy y de cómo soy. Sí. Cuando critico o juzgo o comento algo de alguien, no sólo estoy hablando de mí, sino que esas palabras también hablan de mi: de mi forma de comunicar, de ver a las personas, de lo que me gusta, de lo que me asusta, de si soy veraz o si soy misericordioso... y tantas otras cosas más.
Por eso, tenemos que tener muy en cuenta qué es lo que sale de mi corazón y no lo que llega a mis oídos.

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