Del prólogo al Comentario de san Jerónimo, presbítero, sobre el libro del profeta Isaías
Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice:
Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis,
para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no
entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol
Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las
Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar
las Escrituras es ignorar a Cristo.
Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo
nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He
guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro
de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y
apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice:
¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la
paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré?
¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.
Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de
este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al
Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que
morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de
todos los hombres. ¿Para qué vaya hablar de física, de ética, de lógica? Este libro
es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de
pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas
palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo: Cualquier visión se
os volverá -dice- como el texto de un libro sellado: se lo dan a uno que
sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto.» y él responde: «No puedo, porque está
sellado.» Y se lo dan a uno que no sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto.» Y
él responde: «No sé leer.»
Y si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice
el Apóstol: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres,
y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una
revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para
silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de
ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que
comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los
profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en
su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también:
Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo
que dice el Señor.
jueves, 30 de septiembre de 2021
Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo
miércoles, 29 de septiembre de 2021
La función del Ángel
De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios
Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser, del que lo
lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre
espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son
cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor
importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se
llaman arcángeles.
Por esto a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el
arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese
transmitido por un ángel de la máxima categoría.
Por la misma razón se les atribuyen también nombres personales, que designan
cuál es su actuación propia.
Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un
conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para
conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos
nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y,
así, «Miguel» significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel» significa: «Fortaleza de
Dios» y «Rafael» significa: «Medicina de Dios».
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es
enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie
puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que
por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos,
por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo,
nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando al fin del mundo será
desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta
Juan: Se entabló una batalla con el arcángel Miguel.
A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios»,
porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de
reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la
fortaleza de Dios anunciara la venida a del que es el Señor de los ejércitos y
héroe en las batallas.
«Rafael» significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del
hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo
libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con
razón es llamado «Medicina de Dios».
martes, 28 de septiembre de 2021
Tomó la decisión de ir
lunes, 27 de septiembre de 2021
Estaís salvados por la Gracia
Comienza la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
Policarpo y los presbíteros que están con él a la Iglesia de Dios que vive como
forastera en Filipos. Que la misericordia y la paz de parte de Dios todopoderoso
y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud. Sobremanera
me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que
recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que
asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas
de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro
Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe,
celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce
abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados,
quiso salir al encuentro de la muerte,
y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. En él creéis ahora,
aunque no lo veis, con un gozo inefable y radiante, gozo que muchos desean
alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por la gracia y no se debe
a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.
Por eso, con ánimo dispuesto y vigilante, servid al Señor con temor y con
verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en
aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo glorificó,
colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del
cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha
de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a
quienes no quieren creer en él.
Aquél qué lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros si
cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y
absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la
maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, ni insulto
por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando
más bien aquellas palabras del Señor que nos enseña. No juzguéis y no seréis
juzgados, perdonad y seréis perdonados, compadeced y seréis compadecidos; con la
medida con que midiereis a los demás se os medirá también a vosotros. Y:
Dichosos los pobres y los que padecen persecución por razón del bien, porque
de ellos es el reino de Dios.
sábado, 25 de septiembre de 2021
Sus palabras son duras
viernes, 24 de septiembre de 2021
Ánimo, Adelante!
jueves, 23 de septiembre de 2021
Piedras del edificio eterno
De los escritos de san Pío de Pietralcina, presbítero
Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino
Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra
madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio
de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.
Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra
constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir
una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va
a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del
mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la
eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la
erección de un edificio eterno. El alma, si quiere reinar con Cristo en la
gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice
divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son
estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las
tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un
cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.
Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce
vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias
benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de
las almas y, llenos de confianza, entregaos a sus santísimos brazos: como a los
elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría
y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.
No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras
almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os
baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el
contrario, ha sido honrado más y más.
Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque
quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba
todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas
enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir,
aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En
efecto, dice la Escritura: Siete veces cae el justo (Pr 24, 16).
Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería
que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas... Expulsad, como
tentaciones, las dudas que os asaltan... Expulsad también las dudas que afectan
a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y
que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no
proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que
intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia
ella. ¡No abatáis el ánimo!
Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas
las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con
Jesús en la cruz: Todo está cumplido (Jn 19, 30).
miércoles, 22 de septiembre de 2021
Siervos inútiles
martes, 21 de septiembre de 2021
Lo vio, lo amo, lo eligió
De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero
Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. «Sígueme», que quiere decir: imítame.» Le dijo: «Sígueme», más Que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que está siempre en Cristo debe andar de continuo como él anduvo.
Él -continúa el texto sagrado- se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.
Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de. su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo.
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestra asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para cenar con nosotros y nosotros con él. porque por el don de su amor habita en el corazón de los elegidos para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.
lunes, 20 de septiembre de 2021
Sobre los cristianos débiles
Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores
A los malos pastores, a los falsos pastores, a aquellos pastores que buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús, les dice el Señor: No fortalecéis a las débiles. En efecto, estos pastores se aprovechan de la leche y de la lana de sus ovejas, pero descuidan, en cambio, el bien de su rebaño y no fortalecen a las ovejas débiles. Según creo, existe diferencia entre la oveja simplemente débil y la oveja propiamente enferma, aunque algunas veces a la débil se la llame también enferma.
Me gustaría, hermanos, llegar a explicaros esta diferencia que media entre lo simplemente débil v lo propiamente enfermo; intentaré hacerlo en la medida en que soy capaz de comprenderlo; otros habrá, sin duda, que, o porque, son más peritos en la Escritura o porque habrán alcanzado una luz más abundante, podrán hacerlo mejor; yo os diré simplemente lo que comprendo, a fin de que, ya desde ahora, no os veáis totalmente privados del conocimiento de la Escritura. Débil es aquel de quien se teme que pueda sucumbir cuando la tentación se presenta; enfermo, en cambio, es aquel que se halla ya dominado por alguna pasión, y se ve como impedido por alguna pasión para acercarse a Dios y aceptar el yugo de Cristo.
Pensad en aquellos hombres que tienen ya deseos de vivir virtuosamente, que se esfuerzan por ir adquiriendo las diversas virtudes, y que, con todo, están menos dispuestos a sufrir lo que es malo que a realizar lo que es bueno. En realidad la fortaleza cristiana incluye no sólo obrar lo que es bueno, sino también resistir a lo que es malo. Quienes, por tanto, desean sinceramente practicar la justicia pero no quieren o no se ven aún con ánimos para tolerar los sufrimientos, estos tales son los débiles. En cambio, los que se entregan a la vida mundana y viven cautivos de alguna mala pasión, éstos están alejados incluso del bien obrar, no tienen fuerzas ni posibilidades de obrar el bien y por ello podemos llamarlos con toda propiedad enfermos.
De esta forma tenía enferma el alma aquel paralítico cuyos portadores, al ser impedidos por la multitud de poder presentar ante el Señor al que llevaban en la camilla, abrieron un boquete en el techo de la casa para lograr su intento. Es como si tú intentaras hacer algo parecido con tu alma, abriendo un boquete en el techo para poner ante el Señor el alma paralítica con sus miembros totalmente inmóviles; quiero decir, el alma vacía de buenas obras, llena, en cambio, de pecados y enferma por sus muchas pasiones. Si, pues, ves que todos tus miembros están sin movimiento y que tu alma está como paralítica, pero deseas llegarte al médico y quieres mostrarle lo que está oculto (quizás este médico habita en tu interior, y tú, que desconoces el sentido oculto de la Escritura, no has advertido su presencia), abre un boquete en el techo y colócate, como aquel paralítico, ante Jesús.
Habéis escuchado ya lo que se dice a los que no actúan y descuidan su deber pastoral: No vendáis a las heridas, ni recogéis las descarriadas: os lo hemos ya recordado. La oveja estaba herida por el miedo de las tentaciones, y el pastor le hubiera podido dar un remedio para esta herida, es decir, hubiera podido recordarle aquellas palabras de consuelo: Fiel es Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis; por el contrario, él dispondrá con la misma tentación el buen resultado de poder resistirla.
domingo, 19 de septiembre de 2021
Quien quiera ser el primero
sábado, 18 de septiembre de 2021
El amigo de los hombres se ha hecho hombre
De los sermones de san Proclo de Constantinopla, obispo
Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha
apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el
principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador,
mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora,
de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación
de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las
nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido
reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha
nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena,
ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre
disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros;
por esto la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo
tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y
así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este
modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de
aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la
luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y
voluntad con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne procede
Cristo, como dice san Pablo.
En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre;
el amigo de los hombres se hizo hombre sin sufrir por eso menoscabo alguno en su
divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que .no era aunque
conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre para cargar sobre sí el
castigo por nosotros merecido y hacernos de esta manera capaces de la adopción
filial y otorgamos aquel reina, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y
misericordia del Señor Jesucristo, al cual junto con el Padre y el Espíritu
Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los
siglos de los siglos. Amén.
viernes, 17 de septiembre de 2021
Para enseñar y recomendar...
jueves, 16 de septiembre de 2021
La vanidad y el pecado
miércoles, 15 de septiembre de 2021
La Madre estaba junto a la Cruz
De los Sermones de san Bernardo, abad
El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por
la misma historia de la pasión del Señor. Éste -dice el santo anciano, refiriéndose
al niño Jesús- está predestinado por Dios para ser signo de contradicción; tu misma
alma -añade, dirigiéndose a María- quedará atravesada por una espada.
En verdad, Madre santa, atravesó tu alma una espada. Por lo demás, esta espada
no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que
aquel Jesús -que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la
cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía
hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de
Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar: Por tanto,
la punzada del dolor atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir,
ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.
¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron
verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer,
ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al
siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en
lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían
de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la
piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se
admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles
el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de
sus humildes servidores.
Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?»
Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?»
Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda
vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría,
que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Éste murió en
su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor
superioral que pueda sentir cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que,
después de aquél, no tiene semejante.
martes, 14 de septiembre de 2021
Nuestra cruz de cada día
lunes, 13 de septiembre de 2021
Para mi la vida es Cristo
De las homilías de san Juan Crisósotomo, obispo
Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza:
sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca.
Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas,
nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte?
Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es
la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al
mundo; de modo que nada podemos llevamos de él. Yo me río de todo lo que es
temible en este mundo y de sus bienes. No temo !a muerte ni envidio las
riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por
eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.
¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté
reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha
garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos
su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto
tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que
llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice?
Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.
Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y
la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me
hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para
marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere
éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga.» Éste es mi alcázar, ésta es mi
roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que
así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar
donde me mande, le doy gracias también.
Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré
también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la
cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar,
permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de
desunimos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en
olvido a su pueblo.
Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis
miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque,
para mí, ninguna
luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente,
pero vuestra caridad es la que va
preparando mi corona para el futuro.
domingo, 12 de septiembre de 2021
Pensar como Dios
sábado, 11 de septiembre de 2021
De la abundancia del corazón...
viernes, 10 de septiembre de 2021
Cristo perdona en la Iglesia
De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella
Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la
confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos
manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde
el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas.
Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa
insignificante y débil -haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que
estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la
Iglesia y de su lado la tomó como esposa-, y así como lo que es del Padre es
también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre -a causa de la unidad
de naturaleza de ambos-, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus
bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello,
en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero,
Padre, que, así
como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.
El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó
aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz,
llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por
naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo
revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su
esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino,
para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por
ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir:
Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la
debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la
esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los
pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.
La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar
sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es
decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere
perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto,
no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo
lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del
Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está
íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo,
por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en,
el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.
jueves, 9 de septiembre de 2021
Si me olvido de tí...
Del Comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos
¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegan a los atrios
del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del
Dios vivo.
El profeta nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios
del Señor: «Lo deseo, Señor Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios
mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial.» Es
como si dijera: «¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo
Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará
penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?» Atrios y
casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende
que tienen tanta dicha cuanto el hombre es capaz de concebir. Por ello son
dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor
totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir,
eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos.
Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la
esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra
en ti su fuerza y con ella dispone su corazón para que llegue a ,esta suprema
felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha
aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras,
recibe, además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar
a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie sube al cielo
-se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo.
Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad porque, de
hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un
mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte
repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las
tribulaciones.
Pero como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su
fuerza, podría alguien preguntarse: «¿Concede Dios su ayuda para conseguir
esto?» A ello respondo: Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio.
En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado
y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando
hacia la dicha suprema y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos
a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura
Jerusalén del cielo: por ello allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es
decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia
sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo
ver y de esta forma Dios lo será todo en todos.
miércoles, 8 de septiembre de 2021
Lo antiguo ha pasado
De las Disertaciones de san Andrés de Creta, obispo
Cristo es el término y el fin de la ley mosaica; él nos hace pasar
de la esclavitud de esta ley a la libertad del espíritu. La ley tendía hacia él como a
su complemento; y él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión,
transformando en espíritu la letra de la ley. De este modo, hacia que todas las
cosas lo tuviesen a él por cabeza. La gracia es la que da vida a la ley y, por
esto, es superior a la misma, y de la unión de ambas resulta un conjunto armonioso,
conjunto que no hemos de considerar como una mezcla, en la cual alguno de los dos
elementos citados pierda sus características propias, sino como una transmutación divina,
según la cual todo lo que había de esclavitud en la ley se cambia en suavidad y libertad,
de modo que, como dice el Apóstol, no vivamos ya esclavizados por los «elementos del mundo»
ni sujetos al yugo y a la esclavitud de la ley.
Éste es el compendio de todos los beneficios que Cristo nos ha hecho;
ésta es la revelación del designio amoroso de Dios: su anonadamiento, su encarnación
y la consiguiente divinización del hombre. Convenía, pues, que esta fulgurante y
sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos
preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el
significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de
Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término
y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día
de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada
para ser la madre de Dios, rey de todos los siglos.
Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos
libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué
modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada
de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu.
Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro, en
cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo
lo antiguo por lo nuevo.
Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo
a la plegaria propia de este día. Cielo y tierra se aúnen en esta celebración, y que
la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto,
ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación,
de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.
martes, 7 de septiembre de 2021
No nos dejemos envolver por el mundo
domingo, 5 de septiembre de 2021
Ábrete!
sábado, 4 de septiembre de 2021
El Hijo del hombre es señor del sábado