jueves, 30 de septiembre de 2021

Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo

Del prólogo al Comentario de san Jerónimo, presbítero, sobre el libro del profeta Isaías

    Cumplo con mi deber, obedeciendo los preceptos de Cristo, que dice: Ocupaos en examinar las Escrituras, y también: Buscad y hallaréis, para que no tenga que decirme, como a los judíos: Estáis en un error; no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Pues si, como dice el apóstol Pablo, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce las Escrituras no conoce el poder de Dios ni su sabiduría, de ahí se sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo.
    Por esto quiero imitar al amo de casa, que de su provisión saca lo nuevo y lo antiguo, y a la esposa que dice en el Cantar de los cantares: He guardado para ti, mi amado, lo nuevo y lo antiguo; y, así, expondré el libro de Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ¡Qué hermosos son los pies de los que anuncian el bien, de los que anuncian la paz! Y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo? Y él responde: Aquí estoy, mándame.
    Nadie piense que yo quiero resumir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice, en efecto, al Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y signos admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos, y será el Salvador de todos los hombres. ¿Para qué vaya hablar de física, de ética, de lógica? Este libro es como un compendio de todas las Escrituras y encierra en sí cuanto es capaz de pronunciar la lengua humana y sentir el hombre mortal. El mismo libro contiene unas palabras que atestiguan su carácter misterioso y profundo: Cualquier visión se os volverá -dice- como el texto de un libro sellado: se lo dan a uno que sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto.» y él responde: «No puedo, porque está sellado.» Y se lo dan a uno que no sabe leer, diciéndole: «Por favor, lee esto.» Y él responde: «No sé leer.»
    Y si a alguno le parece débil esta argumentación, que oiga lo que dice el Apóstol: Cuanto a los dotados del carisma de profecía, que hablen dos o tres, y que los demás den su dictamen; y, si algún otro que está sentado recibiera una revelación, que calle el que está hablando. ¿Qué razón tienen los profetas para silenciar su boca, para callar o hablar, si el Espíritu es quien habla por boca de ellos? Por consiguiente, si recibían del Espíritu lo que decían, las cosas que comunicaban estaban llenas de sabiduría y de sentido. Lo que llegaba a oídos de los profetas no era el sonido de una voz material, sino que era Dios quien hablaba en su interior, como dice uno de ellos: El ángel que hablaba en mí, y también: Que clama en nuestros corazones: «¡Padre!», y asimismo: Voy a escuchar lo que dice el Señor.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

La función del Ángel

De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios

    Hay que saber que el nombre de «ángel» designa la función, no el ser, del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.
    Por esto a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.
    Por la misma razón se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y, así, «Miguel» significa: «¿Quién como Dios?», Gabriel» significa: «Fortaleza de Dios» y «Rafael» significa: «Medicina de Dios».
    Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiera un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando al fin del mundo será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se entabló una batalla con el arcángel Miguel.
    A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: «Fortaleza de Dios», porque venía a anunciar a aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los Principados y Potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida a del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.
    «Rafael» significa, como dijimos: «Medicina de Dios»; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado «Medicina de Dios».

martes, 28 de septiembre de 2021

Tomó la decisión de ir

Hoy me sorprendió esta frase del evangelio:
"Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tornó la decisión de ir a Jerusalén".
Son de esas frases que lees siempre pero en las que nunca te detienes a pensar en lo que dicen. No habla de la muerte de Jesús, ni de su pasión, sino de "los días en que iba a ser llevado al cielo". Una hermosa expresión que nos habla de un camino hacia otro lugar, una expresión que habla en positivo de la vida eterna, y no habla en negativo de la muerte, sino de un camino hacia la Vida.
Quizás el evangelista quería quitarle "negrura" a la pasión de Cristo, y, ya habíendo asimilado que la muerte no es lo definitivo sino que es un paso más en la vida, le dio un hermoso giro, que no es sólo poético, sino verdadero, pues el paso por la pasión y muerte, era sólo eso un paso hacia el cielo, pues ya había conocido, Lucas, que Jesús había ascendido a los Cielos.
Es cierto que saber que la muerte sólo es una puerta más que hay que atravezar en el Camino a la Vida, no le quita dolor al momento, pues la tristeza y el dolor siempre formarán parte de este recorrido, sino que nos abre a la esperanza de saber que la vida no termina sino que continúa. Y es eso lo que, pienso yo, o me gusta pensar, que el evangelista nos quiere hacer sentir: la vida es un camino hacia el cielo, y llegará el momento en que ese cielo estará más cerca en nuestra vida, y sólo hay una puerta que nos lleva hacia el.
Además nos dice que llegado ese día Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Sí, porque Jesús sabía cuándo iba a ser esa Hora, la Hora de volver al Padre, pero, sobre todo la Hora para salvarnos a todos de la condenación, del pecado; la Hora de obedecer hasta le muerte y muerte de Cruz.
Si recordamos los evangelios vamos a saber que no fueron días y horas alegres para Jesús, pues estar decidido a hacer la Voluntad de Dios, en ese momento nos fue para Él algo divertido, sino que "mi corazón sufre una angustia de muerte y qué he de decir... ¡hágase tu voluntad y no la mía!".
Estar preparados para esa Hora no quiere decir que la recibamos con buenos ánimos, pero sí podemos abrazar la Esperanza de saber que no es una separación definitiva, sino que en la Vida eterna nos volveremos a encontrar, pues aunque Jesús sabía de su resurrección, igual le costó aceptar esa Hora, pero sabiendo que era la Voluntad del Padre, tuvo la fuerza para ir hacia ese momento decidicamente.
La Esperanza de la eternidad no le quita dolor a la muerte, pero nos ayuda a aceptar el momento sabiendo que no es el fin, sino que es una etapa más en el Camino de la Vida.

 

lunes, 27 de septiembre de 2021

Estaís salvados por la Gracia

Comienza la carta de san Policarpo, obispo y mártir, a los Filipenses
   
    Policarpo y los presbíteros que están con él a la Iglesia de Dios que vive como forastera en Filipos. Que la misericordia y la paz de parte de Dios todopoderoso y de Jesucristo, nuestro salvador, os sean dadas con toda plenitud. Sobremanera me he alegrado con vosotros, en nuestro Señor Jesucristo, al enterarme de que recibisteis a quienes son imágenes vivientes de la verdadera caridad y de que asististeis, como era conveniente, a quienes estaban cargados de cadenas dignas de los santos, verdaderas diademas de quienes han sido escogidos por nuestro Dios y Señor. Me he alegrado también al ver cómo la raíz vigorosa de vuestra fe, celebrada desde tiempos antiguos, persevera hasta el día de hoy y produce abundantes frutos en nuestro Señor Jesucristo, quien, por nuestros pecados, quiso salir al encuentro de la muerte, y Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte. En él creéis ahora, aunque no lo veis, con un gozo inefable y radiante, gozo que muchos desean alcanzar, sabiendo como saben que estáis salvados por la gracia y no se debe a las obras, sino a la voluntad de Dios en Cristo Jesús.
    Por eso, con ánimo dispuesto y vigilante, servid al Señor con temor y con verdad, abandonando la vana palabrería y los errores del vulgo y creyendo en aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos y lo glorificó, colocándolo a su derecha; a él le fueron sometidas todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, y a él obedecen todos cuantos tienen vida, pues él ha de venir como juez de vivos y muertos y Dios pedirá cuenta de su sangre a quienes no quieren creer en él.
    Aquél qué lo resucitó de entre los muertos nos resucitará también a nosotros si cumplimos su voluntad y caminamos según sus mandatos, amando lo que él amó y absteniéndonos de toda injusticia, de todo fraude, del amor al dinero, de la maldición y de los falsos testimonios, no devolviendo mal por mal, ni insulto por insulto, ni golpe por golpe, ni maldición por maldición, sino recordando más bien aquellas palabras del Señor que nos enseña. No juzguéis y no seréis juzgados, perdonad y seréis perdonados, compadeced y seréis compadecidos; con la medida con que midiereis a los demás se os medirá también a vosotros. Y: Dichosos los pobres y los que padecen persecución por razón del bien, porque de ellos es el reino de Dios.
 

sábado, 25 de septiembre de 2021

Sus palabras son duras

«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto".
El lenguaje de la Cruz siempre nos parece duro y difícil, pues no hemos sido creados para sufrir, hemos sido creados para compartir la felicidad y la plenitud de la vida en Dios, en su Amor; pero el pecado original nos encadenó al sufrimiento y la muerte, al sufrimiento de la carne y a la muerte en la Gracia, por eso el Hijo de Dios tuvo que venir a liberarnos del pecado y darnos una Nueva Vida en la Gracia, por medio de la filiación divina que nos devolvió con su muerte y resurrección.
Sabemos y conocemos de lo que el Señor nos libró y lo que nos devolvió, pero igualmente cuando sentimos la palabra Cruz, se nos achica el corazón, pues la Cruz siempre es dura y cuesta aceptarla. No le preguntamos al Señor cómo será o cuando tendremos que asumirla, sino que, muchas veces, cuando llega el momento intentamos quitárnosla de nuestros hombros, así como Jesús le pidió al Padre en el Huerto de los Olivos.
Y es en ese momento donde tenemos que volver a llevar nuestra mirada y nuestro corazón: al Huerto de los Olivos. Sí, saber que humanamente, también al Hijo de Dios, se le hizo demasiado pesado asumir la Cruz de la Pasión, y por eso ante el Padre lloró para que se le quite ese Caliz que tenía que beber. Pero, el amor al Padre y a Su Voluntad, le dieron la fuerza para saber que Ese era el Camino que tenía que recorrer y salieron las hermosas palabras de sus labios que nos permitieron ser redimidos: "pero que no se haga mi voluntad sino la tuya".
No es el Camino que quería el Padre para su Hijo y para sus hijos, pero es el Camino necesario para alcanzar aquello que habíamos perdido por el pecado original. Por eso la Cruz ya no es una desgracia o un castigo del Padre a sus hijos, sino que es signo de redención para quién la asume y para el resto de los hombres que necesitan de la Gracia de la Cruz, para encontrar el Camino de la salvación.
El sufrimiento comienza a tener valor de redención desde que el Hijo de Dios asumió en su carne el sufrimiento del pecado de los hombres, y muriendo en la Cruz mató al mismo pecado y nos devolvió la Vida de hijos de Dios. Por eso hemos de pedir siempre la fortaleza del Espíritu Santo para poder asumir cada día la cruz que nos toque llevar para nuestra salvación y la del mundo entero.

 

viernes, 24 de septiembre de 2021

Ánimo, Adelante!

“¿Quién de entre vosotros queda de los que vieron este templo en su primitivo esplendor? Y el que veis ahora, ¿no os parece que no vale nada?
Ánimo, pues Zorobabel - oráculo del Señor -; ánimo también tú, Josué, hijo de Josadac, sumo sacerdote.
¡Ánimo gentes todas! - oráculo del Señor -. ¡Adelante, que yo estoy con vosotros! - oráculo del Señor del universo -.
Ahí está mi palabra, la que os di al sacaros de Egipto; y mi espíritu está en medio de vosotros: ¡No temáis!"
A veces puede parecer que lo que estamos haciendo o creando no es algo bueno, siempre puede parecernos que lo anterior ha sido mejor, o que lo que otros hacen es mejor que lo nuestro. No siempre miramos o hacemos las cosas desde Dios, y, por eso, cuando lo miramos desde nuestra imperfección y pequeñez siempre vemos que las cosas son pocas o no son buenas, sin embargo, cuando todo lo hacemos desde Dios, aunque no veamos los frutos o el esfuerzo en la belleza o grandeza de las cosas, es Dios quien le da el toque de belleza o grandeza a todo lo que hacemos. Y, como dice en esta profecía, siempre Él nos dará ánimos para que no caigamos, para que no cesen nuestros esfuerzos de querer seguir creciendo en fidelidad, en verdad, en santidad, pues ahí está la cuestión: todo lo que el Señor nos pide que hagamos o vivamos o asumamos es para nuestro bien y crecimiento. Quizás no veamos con nuestros ojos lo que Dios ha logrado hacer en nuestras vidas, porque siempre miramos humanamente todo, y no vemos lo que, a través nuestro, Dios va haciendo o contruyendo.
Es cierto que en este proceso de "construcción" de este templo sagrado que somos cada uno de nosotros, los que fuimos ungidos con el Santo Crisma el día de nuestro bautismo, siempre habrá momentos de "parón", de bajón en nuestros ánimos y fuerzas, pero debemos seguir mirando al Señor, debemos seguir poniendo la confianza en Él, saber que, a pesar de que siempre me vuelva a preguntar ¿quién dice tú que soy yo?, Él sabe que lo amo, sabe que lo quiero, sabe y, sobre todo, Él confía más en mí, que yo en Él, pues Él ha entregado su vida para mi salvación, antes de que yo se lo pidiera.
Por eso, ante toda circunstancia que la vida ponga delante de tí, cuando veas que no has crecido nada y que nada de lo que haces está bien, recuerda las palabras del Señor:
¡Ánimo, gentes todas! ¡Adelante, yo estoy con vosotros!

 

jueves, 23 de septiembre de 2021

Piedras del edificio eterno

De los escritos de san Pío de Pietralcina, presbítero

    Mediante asiduos golpes de cincel salutífero y cuidadoso despojo, el divino Artífice busca preparar piedras para construir un edificio eterno, como nuestra madre, la santa Iglesia Católica, llena de ternura, canta en el himno del oficio de la dedicación de una iglesia. Y así es en verdad.
    Toda alma destinada a la gloria eterna puede ser considerada una piedra constituida para levantar un edificio eterno. Al constructor que busca erigir una edificación le conviene ante todo pulir lo mejor posible las piedras que va a utilizar en la construcción. Lo consigue con el martillo y el cincel. Del mismo modo el Padre celeste actúa con las almas elegidas que, desde toda la eternidad, con suma sabiduría y providencia, han sido destinadas para la erección de un edificio eterno. El alma, si quiere reinar con Cristo en la gloria eterna, ha de ser pulida con golpes de martillo y cincel, que el Artífice divino usa para preparar las piedras, es decir, las almas elegidas. ¿Cuáles son estos golpes de martillo y cincel? Hermana mía, las oscuridades, los miedos, las tentaciones, las tristezas del espíritu y los miedos espirituales, que tienen un cierto olor a enfermedad, y las molestias del cuerpo.
    Dad gracias a la infinita piedad del Padre eterno que, de esta manera, conduce vuestra alma a la salvación. ¿Por qué no gloriarse de estas circunstancias benévolas del mejor de todos los padres? Abrid el corazón al médico celeste de las almas y, llenos de confianza, entregaos a sus santísimos brazos: como a los elegidos, os conduce a seguir de cerca a Jesús en el monte Calvario. Con alegría y emoción observo cómo actúa la gracia en vosotros.
    No olvidéis que el Señor ha dispuesto todas las cosas que arrastran vuestras almas. No tengáis miedo a precipitaros en el mal o en la afrenta de Dios. Que os baste saber que en toda vuestra vida nunca habéis ofendido al Señor que, por el contrario, ha sido honrado más y más.
    Si este benevolentísimo Esposo de vuestra alma se oculta, lo hace no porque quiera vengarse de vuestra maldad, tal como pensáis, sino porque pone a prueba todavía más vuestra fidelidad y constancia y, además, os cura de algunas enfermedades que no son consideradas tales por los ojos carnales, es decir, aquellas enfermedades y culpas de las que ni siquiera el justo está inmune. En efecto, dice la Escritura: “Siete veces cae el justo” (Pr 24, 16).
    Creedme que, si no os viera tan afligidos, me alegraría menos, porque entendería que el Señor os quiere dar menos piedras preciosas... Expulsad, como tentaciones, las dudas que os asaltan... Expulsad también las dudas que afectan a vuestra forma de vida, es decir, que no escucháis los llamamientos divinos y que os resistís a las dulces invitaciones del Esposo. Todas esas cosas no proceden del buen espíritu sino del malo. Se trata de diabólicas artes que intentan apartaros de la perfección o, al menos, entorpecer el camino hacia ella. ¡No abatáis el ánimo!
    Cuando Jesús se manifieste, dadle gracias; si se oculta, dadle gracias: todas las cosas son delicadezas de su amor. Os deseo que entreguéis el espíritu con Jesús en la cruz: “Todo está cumplido” (Jn 19, 30).

miércoles, 22 de septiembre de 2021

Siervos inútiles

Cuando Jesús envió a los Doce a proclamar el Reino de Dios les dio algunas advertencias, unas de ellas fueron estas:
"Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos».
Muchas veces queremos que todos nos oigan o que acepten las cosas que les decimos. A algunos les gusta quedar bien con todos y que nadie hable mal. Pero no es así: el Evangelio no resulta muy agradable a muchas personas, y no todas están abiertas o dispuestas a creer la Palabra de Dios.
Al principio pareciera que lo que decimos o que lo que vivimos está mal o hemos dado una mala imagen. Puede ser que sí, pero no siempre es así. Hay mucha gente que aprecia la labor de los cristianos, y sobre todo, muchos logran comprender y aceptar la Palabra de Dios con corazón sencillo y docil.
A veces, también, no sabemos transmitir el mensaje del evangelio como nos pide el Señor, y otras no vemos los frutos de lo que hemos sembrado o predicado, pero ver o no los frutos ya no es asunto nuestro, porque es el Señor quien debe seguir regando y la persona quien seguirán madurando en la fe.
Lo que nos da a entender Jesús es que somos simples instrumentos en sus Manos, y es Él quien nos envía a predicar Su Palabra. Y, por eso tenemos que tener una conciencia muy clara de quiénes somos y de lo que hacemos, e intentar, con todos los medios que Él pone a nuestro alcance, mantenernos en fidelidad a Su Voluntad. Por que, muchas veces, con el afan de ser "estrellas" en el mundo de la evangelización nos vamos olvidando del mensaje de Cristo y nos quedamos en mensajes humanos, que suenan muy bien y muy lindos, pero no son la Palabra de Dios que es la Sana y Salva.
¿Por qué a Jesús y a los apóstoles no los recibieron en muchos lugares? Como dice en el evangelio que muchos discípulos decían: "tus palabras son muy duras". Sí, el Evangelio es duro, y es más duro cuanto más duro sea nuestro corazón para encontrar la Verdad, cuanto más duro sea nuestro corazón para reconocer nuestro error, nuestro pecado, entonces las Palabras de Jesús resonará muy fuertes, y ante ellas, lo mejor es cerrar el corazón, pues lo que me estás diciendo no me gusta.
Y, sí, cuando nos creemos los Salvadores del mundo podemos llegar a tener mucha gente que nos "adule", y cuando no sea así caeremos en depresión o sinsentido de nuestra misión. Pero si nos damos cuenta que el Salvador es el Señor, y sólo somos, como Él nos dice "siervos inútiles", entonces podremos descubrir que la misión sólo se puede vivir y dar buenos frutos si lo dejamos a Jesús, el Salvador, ser protagonista y lo anunciamos a Él como el Único Salvador y Mediador entre Dios y los Hombres. De todo lo demás se ocupa Él mismo, el instrumento sólo esparce la semilla en el campo y el Sembrador se encarga de regarla y hacerla crecer si ha caído en tierra fértil.

 

martes, 21 de septiembre de 2021

Lo vio, lo amo, lo eligió

 De las Homilías de san Beda el Venerable, presbítero


    Jesús vio a un hombre, llamado Mateo, sentado ante la mesa de cobro de los impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Lo vio más con la mirada interna de su amor que con los ojos corporales. Jesús vio al publicano y, porque lo amó, lo eligió, y le dijo: Sígueme. «Sígueme», que quiere decir: imítame.» Le dijo: «Sígueme», más Que con sus pasos, con su modo de obrar. Porque, quien dice que está siempre en Cristo debe andar de continuo como él anduvo.
    Él -continúa el texto sagrado- se levantó y lo siguió. No hay que extrañarse del hecho de que aquel recaudador de impuestos, a la primera indicación imperativa del Señor, abandonase su preocupación por las ganancias terrenas y, dejando de lado todas sus riquezas, se adhiriese al grupo que acompañaba a aquel que él veía carecer en absoluto de bienes. Es que el Señor, que lo llamaba por fuera con su voz, lo iluminaba de un modo interior e invisible para que lo siguiera, infundiendo en su mente la luz de la gracia espiritual, para que comprendiese que aquel que aquí en la tierra lo invitaba a dejar sus negocios temporales era capaz de darle en el cielo un tesoro incorruptible.
    Y sucedió que, estando Jesús a la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores vinieron a colocarse junto a él y a sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de. su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos, debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó, por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y me abre la puerta entraré en su casa, cenaré con él y él conmigo.
    
Nosotros escuchamos su voz, le abrimos la puerta y lo recibimos en nuestra casa, cuando de buen grado prestamos nuestra asentimiento a sus advertencias, ya vengan desde fuera, ya desde dentro, y ponemos por obra lo que conocemos que es voluntad suya. Él entra para cenar con nosotros y nosotros con él. porque por el don de su amor habita en el corazón de los elegidos para saciarlos con la luz de su continua presencia, haciendo que sus deseos tiendan cada vez más hacia las cosas celestiales y deleitándose él mismo en estos deseos como en un manjar sabrosísimo.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Sobre los cristianos débiles

 Del Sermón de san Agustín, obispo, Sobre los pastores


    A los malos pastores, a los falsos pastores, a aquellos pastores que buscan sus intereses personales, no los de Cristo Jesús, les dice el Señor: No fortalecéis a las débiles. En efecto, estos pastores se aprovechan de la leche y de la lana de sus ovejas, pero descuidan, en cambio, el bien de su rebaño y no fortalecen a las ovejas débiles. Según creo, existe diferencia entre la oveja simplemente débil y la oveja propiamente enferma, aunque algunas veces a la débil se la llame también enferma.
Me gustaría, hermanos, llegar a explicaros esta diferencia que media entre lo simplemente débil v lo propiamente enfermo; intentaré hacerlo en la medida en que soy capaz de comprenderlo; otros habrá, sin duda, que, o porque, son más peritos en la Escritura o porque habrán alcanzado una luz más abundante, podrán hacerlo mejor; yo os diré simplemente lo que comprendo, a fin de que, ya desde ahora, no os veáis totalmente privados del conocimiento de la Escritura. Débil es aquel de quien se teme que pueda sucumbir cuando la tentación se presenta; enfermo, en cambio, es aquel que se halla ya dominado por alguna pasión, y se ve como impedido por alguna pasión para acercarse a Dios y aceptar el yugo de Cristo.
    Pensad en aquellos hombres que tienen ya deseos de vivir virtuosamente, que se esfuerzan por ir adquiriendo las diversas virtudes, y que, con todo, están menos dispuestos a sufrir lo que es malo que a realizar lo que es bueno. En realidad la fortaleza cristiana incluye no sólo obrar lo que es bueno, sino también resistir a lo que es malo. Quienes, por tanto, desean sinceramente practicar la justicia pero no quieren o no se ven aún con ánimos para tolerar los sufrimientos, estos tales son los débiles. En cambio, los que se entregan a la vida mundana y viven cautivos de alguna mala pasión, éstos están alejados incluso del bien obrar, no tienen fuerzas ni posibilidades de obrar el bien y por ello podemos llamarlos con toda propiedad enfermos.
    De esta forma tenía enferma el alma aquel paralítico cuyos portadores, al ser impedidos por la multitud de poder presentar ante el Señor al que llevaban en la camilla, abrieron un boquete en el techo de la casa para lograr su intento. Es como si tú intentaras hacer algo parecido con tu alma, abriendo un boquete en el techo para poner ante el Señor el alma paralítica con sus miembros totalmente inmóviles; quiero decir, el alma vacía de buenas obras, llena, en cambio, de pecados y enferma por sus muchas pasiones. Si, pues, ves que todos tus miembros están sin movimiento y que tu alma está como paralítica, pero deseas llegarte al médico y quieres mostrarle lo que está oculto (quizás este médico habita en tu interior, y tú, que desconoces el sentido oculto de la Escritura, no has advertido su presencia), abre un boquete en el techo y colócate, como aquel paralítico, ante Jesús.
    Habéis escuchado ya lo que se dice a los que no actúan y descuidan su deber pastoral: No vendáis a las heridas, ni recogéis las descarriadas: os lo hemos ya recordado. La oveja estaba herida por el miedo de las tentaciones, y el pastor le hubiera podido dar un remedio para esta herida, es decir, hubiera podido recordarle aquellas palabras de consuelo: Fiel es Dios para no permitir que seáis tentados más allá de lo que podéis; por el contrario, él dispondrá con la misma tentación el buen resultado de poder resistirla.

domingo, 19 de septiembre de 2021

Quien quiera ser el primero

“¿De qué discutíais por el camino?». Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
«Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».
Nos olvidamos de que, en muchos casos, la “espina del pecado”, como la llama San Pablo, es la del apetito de poder. Sí, es la espina que más se nota en nuestras vidas cuando no estamos en buena relación con la Voluntad de Dios, cuando no estamos viviendo en Gracia de Dios.
Ese apetito nos hace creer, sumado a nuestro orgullo o vanidad, que somos los únicos que podemos hacer bien las cosas, y así no valoramos la actitud o las cualidades de los demás para hacer las cosas, o, simplemente no los dejamos actuar porque “como yo no nadie lo va a hacer bien”.
Ese apetito nos hace olvidar que nuestra misión es una misión de servicio a Dios en los hermanos, o, si queréis en los hermanos por Dios, pues cuando el Señor nos invita a prestar un servicio no es para darnos “poder” sobre los demás, sino para que, desde el amor, sirvamos a la vida, a la vida de los demás, sin que “tu mano izquierda sepa lo que hace tu derecha”.
Lo que también nos olvidamos es que estamos un tiempo muy difícil de la humanidad. Sí, en un tiempo donde todos nos creemos indispensables, o donde sólo “valemos” si tenemos poder sobre los demás; o donde “valemos” si tenemos un papel protagónico en la sociedad, en la comunidad e, incluso, en nuestra familia. Como no alcancemos ese rol pareciera que no somos nadie y que no valemos para nada. Y, lo que es peor, muchas, veces nos hacen sentir de esa manera, ejerciendo un poder despreciativo frente a los que no tienen los mismos logros que los demás.
Y, lo que la vida nos va enseñando, pero no aprendemos, es que ninguno de nosotros es indispensable en esta vida, porque nuestro tiempo tiene un fin y las cosas que se hacen sin Dios, enseguida se pierden en el tiempo. En cambio, cuando estamos en comunidad y prestamos un servicio real desde el amor y la voluntad de Dios todo tiene un valor mayor, no porque sea más relevante, sino porque Dios le da ese enorme valor.


 

sábado, 18 de septiembre de 2021

El amigo de los hombres se ha hecho hombre

De los sermones de san Proclo de Constantinopla, obispo

    Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador, mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora, de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena, ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
    Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros; por esto la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y voluntad con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne procede Cristo, como dice san Pablo.
    En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre; el amigo de los hombres se hizo hombre sin sufrir por eso menoscabo alguno en su divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que .no era aunque conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre para cargar sobre sí el castigo por nosotros merecido y hacernos de esta manera capaces de la adopción filial y otorgamos aquel reina, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y misericordia del Señor Jesucristo, al cual junto con el Padre y el Espíritu Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 17 de septiembre de 2021

Para enseñar y recomendar...

Creo que el párrafo de la carta de san Pablo a Timoteo, de hoy, no tiene más explicaciones que las que da Pablo. Sólo hace falta leerla con calma y meditarla, sabiendo que no le escribe a una persona que no ha hecho una elección por Cristo, sino que le escribe a alguien que ha conocido a Jesús y se ha decidido a vivir una vida cristiana. Os la vuelvo a copiar para que la leais con calma....
"Querido hermano:
Esto es lo que tienes que enseñar y recomendar.
Si alguno enseña otra doctrina y no se aviene a las palabras de nuestro Señor Jesucristo y a la doctrina que es conforme a la piedad, es un orgulloso y un ignorante, que padece la enfermedad de plantear cuestiones inútiles y discusiones sobre palabras; de ahí salen envidias, polémicas, blasfemias, malévolas suspicacias, altercados interminables de hombres corrompidos en la mente y privados de la verdad, que piensan que la piedad es un medio de lucro.
La piedad es ciertamente una gran ganancia para quien se contenta con lo suficiente. Pues nada hemos traído al mundo, como tampoco podemos llevarnos nada de él. Teniendo alimentos y con qué cubrirnos, contentémonos con esto.
Los que quieren enriquecerse sucumben a la tentación, se enredan en un lazo y son presa de muchos deseos absurdos y nocivos, que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y algunos, arrastrados por él, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos.
Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas. Busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos".
No sólo Timoteo tiene que enseñar lo que es la sana doctrina y cuál ha de ser el estilo de vida de todo cristiano, sino también cada uno de nosotros, quienes hemos sido consagrados como sacerdotes y profetas el día de nuestro bautismo, estamos llamados y enviados a anunciar lo que creemos, y lo que creemos es la sana doctrina que Jesús nos enseñó desde el Evangelio. Y si alguien predica algo diferente a la enseñanza de Jesús, es porque no quiere vivir como cristiano, sino que buscar una propia religión, un camino que se ajuste a sus propios gustos y no a la Voluntad de Dios.

 

jueves, 16 de septiembre de 2021

La vanidad y el pecado

"Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no mediste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
El fariseo, en realidad, no apreciaba demasiado a Jesús, quizás, como se dijo en otras oportunidades, lo había invitado a su casa para ver qué decía y "sacarle" cosas para denunciarlo a los otros fariseos. Él se creía mejor que Jesús, por eso tampoco hizo los ritos que se hacían para recibir a una persona en su casa: lavarle los pies, darle el beso de la paz, y otras cosas, pues no haciendo esos ritos despreciaba al que había invitado a su casa y a su mesa.
El creernos mejor que los demás ya es un desprecio a uno mismo, porque uno nunca sabe quién o cómo es el que tengo enfrente, y, por sobre todo, va haciendo crecer la vanidad hacia la soberbia, alejándome de la Gracia santificadora y salvadora.
Cuando dejo crecer la vanidad en mi corazón es entonces cuando nunca descubro en mi vida las cosas a modificar, los pecados a convertir, sino que, cada día, me siento más puro que los demás, más inteligente que los demás, más perfecto que los demás, y, así me voy alejando cada día más de la Gracia del Perdón, y pierdo la oportunidad de recibir el Verdadero Amor del Señor.
Y, al no sentir que hay pecado en mi vida, que soy más puro y más bueno, no seré perdonado pues no tengo nada de qué arrepentirme. En cambio, esta mujer sabiendo de su pecado se echó a los pies del Señor para suplicar, con sus lágrimas, el perdón y la reconciliación, algo que, nuestras soberbia, nunca nos permite hacer.
Cuando dejamos paso a la humildad por medio del reconocimiento de nuestras faltas y pecados, podemos llegar a sentir el gozo de ser perdonados, el calor del abrazo del Señor para aquél que ha querido volver al Camino que lo lleva a crecer en el Amor.
Intentemos dejar de lado nuestras conductas farisaicas y a los pies del Señor pidamos perdón por nuestros errores y pecados, para que, como la mujer podamos ser reconciliados no sólo con Dios, sino con nosotros mismos, y descubrir que todavía queda mucho camino para recorrer hasta alcanzar la meta de la verdadera santidad.

 

miércoles, 15 de septiembre de 2021

La Madre estaba junto a la Cruz

De los Sermones de san Bernardo, abad

    El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la pasión del Señor. Éste -dice el santo anciano, refiriéndose al niño Jesús- está predestinado por Dios para ser signo de contradicción; tu misma alma -añade, dirigiéndose a María- quedará atravesada por una espada.
    En verdad, Madre santa, atravesó tu alma una espada. Por lo demás, esta espada no hubiera penetrado en la carne de tu Hijo sin atravesar tu alma. En efecto, después que aquel Jesús -que es de todos, pero que es tuyo de un modo especialísimo- hubo expirado, la cruel espada que abrió su costado, sin perdonarlo aun después de muerto, cuando ya no podía hacerle mal alguno, no llegó a tocar su alma, pero sí atravesó la tuya. Porque el alma de Jesús ya no estaba allí, en cambio la tuya no podía ser arrancada de aquel lugar: Por tanto, la punzada del dolor atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal.
    ¿Por ventura no fueron peores que una espada aquellas palabras que atravesaron verdaderamente tu alma y penetraron hasta la separación del alma y del espíritu: Mujer, ahí tienes a tu hijo? ¡Vaya cambio! Se te entrega a Juan en sustitución de Jesús, al siervo en sustitución del Señor, al discípulo en lugar del Maestro, al hijo de Zebedeo en lugar del Hijo de Dios, a un simple hombre en sustitución del Dios verdadero. ¿Cómo no habían de atravesar tu alma, tan sensible, estas palabras, cuando aun nuestro pecho, duro como la piedra o el hierro, se parte con sólo recordarlas?
    No os admiréis, hermanos, de que María sea llamada mártir en el alma. Que se admire el que no recuerde haber oído cómo Pablo pone entre las peores culpas de los gentiles el carecer de piedad. Nada más lejos de las entrañas de María, y nada más lejos debe estar de sus humildes servidores.
    Pero quizá alguien dirá: «¿Es que María no sabía que su Hijo había de morir?» Sí, y con toda certeza. «¿Es que no sabía que había de resucitar al cabo de muy poco tiempo?» Sí, y con toda seguridad. «¿Y, a pesar de ello, sufría por el Crucificado?» Sí, y con toda vehemencia. Y si no, ¿qué clase de hombre eres tú, hermano, o de dónde te viene esta sabiduría, que te extrañas más de la compasión de María que de la pasión del Hijo de María? Éste murió en su cuerpo, ¿y ella no pudo morir en su corazón? Aquélla fue una muerte motivada por un amor superioral que pueda sentir cualquier otro hombre; esta otra tuvo por motivo un amor que, después de aquél, no tiene semejante.

martes, 14 de septiembre de 2021

Nuestra cruz de cada día

Antes de comenzar el seminario el párroco de mi pueblo nos pidió a los jóvenes hacer una misión de navidad. No teníamos mucha idea de lo que era porque éramos todos jóvenes recién convertidos, pero él nos dió una oración para hacer en cada casa, y llevábamos una Cruz con Jesús crucificado. La oración era la bendición de San Francisco de Asís. Casi toda la gente del barrio nos abrió las puertas y nos agradeció por la bendición del párroco. Pero llegamos a una casa donde nos recibió una persona que al ver la Cruz nos dijo: ¿por qué me traéis a muerto? y nos cerró la puerta en la cara.
Así es nuestra reacción ante la Cruz que el Señor nos pide cada día, o en momentos más difíciles: ¡quítame esa Cruz Señor! y le cerramos la puerta en la cara.
¿Por qué entonces celebramos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz? ¿Por qué entonces nos hacemos al Señal de la Cruz? ¿Por qué aceptamos la invitación de Jesús a seguirlo y cargar nuestra cruz de cada día? ¿Por qué los cristianos somos tan negadores de la Cruz?
Hoy en muchas parroquias, capillas o comunidades se hará la Fiesta de la Cruz o de Jesús Crucificado, en sus distintas devociones. Pero ¿somos conscientes de lo que estamos celebrando? ¿Por qué lo celebramos?
Lo celebramos porque, en el fondo de nuestro corazón, sabemos que la Cruz es el Único camino para nuestra santificación y salvación. Sabemos que después de la Cruz viene la Resurrección, pero así como el Señor ante la Cruz lloró al Padre, nosotros también lo hacemos, pero, he aquí, que no seguimos la oración de Jesús sino que nos quedamos en la mitad: Si es posible que pase de mí este cáliz.... (y sigue) pero que no se haga mi voluntad sino la tuya. Y esa es la parte que nos falta en nuestra oración ante la Cruz: que no se haga mi voluntad sino la tuya, pues sólo después de esa oración el Padre me dará la Fuerza del Espíritu para poder llevarla sin desfallecer, sin perder la esperanza, y, en cada caída poder levantarme para terminar el camino que Él ha pensado para mí.
No, la Cruz no es el tormento que buscamos, es la aceptación de la Voluntad del Padre para mi salvación y la del mundo entero, uniéndonos al decir de san Pablo: "ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo, en favor de su cuerpo que es la Iglesia".

 

lunes, 13 de septiembre de 2021

Para mi la vida es Cristo

De las homilías de san Juan Crisósotomo, obispo

    Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca. Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús. Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevamos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo !a muerte ni envidio las riquezas. No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza.
    ¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo.
    Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña. Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme. En toda ocasión yo digo: «Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga.» Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también.
    Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunimos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo.
    Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Pensar como Dios

“Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».
¿Qué es pensar como los hombres y no como Dios?
Para Jesús había sólo un modo de pensar y actuar: “no he venido a hacer mi voluntad sino la del que me envió”, “mi alimento es hacer la voluntad de mi padre”, “no hago otra cosa que lo que he visto hacer a mi padre”. Para Él no había otro modo de vivir si no era buscando la Voluntad de Dios, de Su Padre, aunque ésta le costara lágrimas de sangre, como nos lo cuenta el Evangelio en el Huerto de los Olivos.
Pedro, habiendo escuchado el anuncio de la Pasión y Muerte de Jesús, se puso a increparlo, pues no era eso lo que Pedro esperaba de Jesús, ¡no! Pedro esperaba que Jesús fuera declarado Rey o Emperador, pues así sería como liberarían a Israel. Pero esa no era la Voluntad de Dios, Jesús no venía a liberar al hombre de la esclavitud de los romanos, sino de la esclavitud del pecado, y del pecado original.
Y ¿cuál había sido el pecado original? La desobediencia de Adán y Eva: “así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos”.
Y lo mismo sigue pasando en nuestra vidas cuando somos fieles a Dios, a Su Voluntad, o cuando somos infieles a ella, pues cuando somos fieles construimos comunidad, ya sea en la familia, en el trabajo, o donde estemos; pero cuando nos dejamos llevar por el pecado del hombre: la avaricia, la vanidad, el egoísmo… entonces vamos destruyendo todo lo que había, incluso, no dejamos que otros puedan colaborar en la Obra creadora de Dios, haciendo lo que pedimos diariamente: “venga a nosotros tu Reino”.
Pero ¿cómo construimos el Reino de Dios en la tierra? También lo decimos todos los días: “hágase tu Voluntad aquí en la tierra como en el Cielo”. No será fácil para el hombre, pero no es imposible para el hombre que vive en Dios, que se relaciona constantemente con Él, que vive su Palabra y se unión en los Sacramentos.


 

sábado, 11 de septiembre de 2021

De la abundancia del corazón...

"El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa del corazón lo habla la boca.
¿Por qué me llamáis “Señor, Señor”, y no hacéis lo que digo?"
¿Qué es lo que abunda en nuestro corazón? Por que tendríamos que comenzar por hacernos esa pregunta y tener el valor de mirar hacia adentro y analizar lo que abunda en nuestro corazón. Por que de eso se trata, si de la abundancia del corazón hablan los labios... o tendríamos que grabar nuestras conversaciones con los demás para saber qué es lo que sale de nuestros labios para comprender qué es lo que hay en nuestro corazón.
Cualquiera de las dos opciones son las que nos dirán qué es lo que abunda, qué es lo que hemos guardado en el corazón, o con qué alimentamos nuestro corazón, nuestra alma, para saber por dónde va el camino de nuestra conversión, si es que queremos convertirnos al Señor.
Nos hemos olvidado, creo, de que el Señor nos llamó para hacernos sus discípulos, es decir, llenarnos de sus Palabras y de su Vida para poder ensañarla a los demás, para hablar a los demás de la grandeza del Amor del Padre que nos envió a Su Hijo para enseñarnos el Camino para llegar a Él, para ensarñarnos como vivir como hijos de Dios.
Pasa que en este camno, en este peregirnar por el mundo nos vamos contagiando de las cosas del mundo, vamos aceptando el vivir del mundo, y, por eso, de nuestro labios pueden salir, a veces, palabras de Dios, pero no porque estén en nuestro corazón sino porque las hemos aprendido de memoria para señarlar a otros sus errores, para, como le decía Jesús a los fariseos hipócritas: "atais pesadas cargas a los hombros de los demás que vosotros no sois capaces de llevarlas".
Intentemos hacer un buen y profundo examen de conciencia y de corazón para saber qué es lo que abunda y poder, con la Gracia de Dios, quitarlo, dejarlo en sus Manos para que Él nos alivie de la carga, nos de Su Espíritu y nos ayude a ser Fieles a la Vida que nos regaló desde la Cruz y la Resurrección.

 

viernes, 10 de septiembre de 2021

Cristo perdona en la Iglesia

De los Sermones del beato Isaac, abad del monasterio de Stella

    Hay dos cosas que corresponden exclusivamente a Dios: el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados. Por ello nosotros debemos manifestar a Dios nuestra confesión y esperar su perdón. Sólo a Dios corresponde el perdonar los pecados, por eso, sólo a él debemos confesar nuestras culpas. Pero, así como el Señor todopoderoso y excelso se unió a una esposa insignificante y débil -haciendo de esta esclava una reina y colocando a la que estaba bajo sus pies a su mismo lado, pues de su lado, en efecto, nació la Iglesia y de su lado la tomó como esposa-, y así como lo que es del Padre es también del Hijo y lo que es del Hijo es también del Padre -a causa de la unidad de naturaleza de ambos-, así, de manera parecida, el esposo comunicó todos sus bienes a aquella esposa a la que unió consigo y también con el Padre. Por ello, en la oración que hizo el Hijo en favor de su esposa, dice al Padre: Quiero, Padre, que, así como tú estás en mí y yo en ti, sean también ellos una cosa en nosotros.
    El esposo, por tanto, que es uno con el Padre y uno con la esposa, destruyó aquello que había hallado menos santo en su esposa y lo clavó en la cruz, llevando al leño sus pecados y destruyéndolos por medio del madero. Lo que por naturaleza pertenecía a la esposa y era propio de ella lo asumió y se lo revistió, lo que era divino y pertenecía a su propia naturaleza lo comunicó a su esposa. Suprimió, en efecto, lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino, para que así, entre la esposa y el esposo, todo fuera común. Por ello el que no cometió pecado ni le encontraron engaño en su boca pudo decir: Misericordia, Señor, que desfallezco. De esta manera participa él en la debilidad y en el llanto de su esposa y todo resulta común entre el esposo y la esposa, incluso el honor de recibir la confesión y el poder de perdonar los pecados; por ello dice: Ve a presentarte al sacerdote.
    La Iglesia, pues, nada puede perdonar sin Cristo, y Cristo nada quiere perdonar sin la Iglesia. La Iglesia solamente puede perdonar al que se arrepiente, es decir, a aquel a quien Cristo ha tocado ya con su gracia. Y Cristo no quiere perdonar ninguna clase de pecados a quien desprecia a la Iglesia. Por lo tanto, no debe separar el hombre lo que Dios ha unido. Gran misterio es éste; pero yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.
    No te empeñes, pues, en separar la cabeza del cuerpo, no impidas la acción del Cristo total, pues ni Cristo está entero sin la Iglesia ni la Iglesia está íntegra sin Cristo. El Cristo total e íntegro lo forman la cabeza y el cuerpo, por ello dice: Nadie ha subido al cielo, sino el Hijo del hombre, que está en, el cielo. Éste es el único hombre que puede perdonar los pecados.

jueves, 9 de septiembre de 2021

Si me olvido de tí...

Del Comentario de san Bruno, presbítero, sobre los salmos

    ¡Qué deseables son tus moradas! Mi alma se consume y anhela llegan a los atrios del Señor, es decir, desea llegar a la Jerusalén del cielo, la gran ciudad del Dios vivo.
    El profeta nos muestra cuál sea la razón por la que desea llegar a los atrios del Señor: «Lo deseo, Señor Dios de los ejércitos celestiales, Rey mío y Dios mío, porque son dichosos los que viven en tu casa, la Jerusalén celestial.» Es como si dijera: «¿Quién no anhelará llegar a tus atrios, siendo tú el mismo Dios, el Señor de los ejércitos, el Rey del universo? ¿Quién no anhelará penetrar en tu tabernáculo si son dichosos los que viven en tu casa?» Atrios y casa significan aquí lo mismo. Y cuando dice aquí dichosos ya se sobrentiende que tienen tanta dicha cuanto el hombre es capaz de concebir. Por ello son dichosos los que habitan en sus atrios, porque alaban a Dios con un amor totalmente definitivo, que durará por los siglos de los siglos, es decir, eternamente; y no podrían alabar eternamente, sino fueran eternamente dichosos.
    Esta dicha nadie puede alcanzarla por sus propias fuerzas, aunque posea ya la esperanza, la fe y el amor; únicamente la logra el hombre dichoso que encuentra en ti su fuerza y con ella dispone su corazón para que llegue a ,esta suprema felicidad, que es lo mismo que decir: únicamente alcanza esta suprema dicha aquel que, después de ejercitarse en las diversas virtudes y buenas obras, recibe, además el auxilio de la gracia divina; pues por sí mismo nadie puede llegar a esta suprema felicidad, como lo afirma el mismo Señor: Nadie sube al cielo -se entiende por sí mismo-, sino el Hijo del hombre, que está en el cielo.
    Afirmo que dispone su corazón para subir hasta esta suprema felicidad porque, de hecho, el hombre se encuentra en un árido valle de lágrimas, es decir, en un mundo que, en comparación con la vida eterna, que viene a ser como un monte repleto de alegría, es un valle profundo donde abundan los sufrimientos y las tribulaciones.
    Pero como sea que el profeta declara dichoso al hombre que encuentra en ti su fuerza, podría alguien preguntarse: «¿Concede Dios su ayuda para conseguir esto?» A ello respondo: Sin duda alguna, Dios concede a los santos este auxilio. En efecto, nuestro legislador, Cristo, el mismo que nos dio la ley, nos ha dado y continuará dándonos sin cesar sus bendiciones; con ellas nos irá elevando hacia la dicha suprema y así subiremos, de altura en altura, hasta que lleguemos a contemplar a Cristo, el Dios de los dioses; él nos divinizará en la futura Jerusalén del cielo: por ello allí podremos contemplar al Dios de los dioses, es decir, a la Santa Trinidad en sus mismos santos; es decir, nuestra inteligencia sabrá descubrir en nosotros mismos a aquel Dios a quien nadie en este mundo pudo ver y de esta forma Dios lo será todo en todos.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Lo antiguo ha pasado

De las Disertaciones de san Andrés de Creta, obispo

    Cristo es el término y el fin de la ley mosaica; él nos hace pasar de la esclavitud de esta ley a la libertad del espíritu. La ley tendía hacia él como a su complemento; y él, como supremo legislador, da cumplimiento a su misión, transformando en espíritu la letra de la ley. De este modo, hacia que todas las cosas lo tuviesen a él por cabeza. La gracia es la que da vida a la ley y, por esto, es superior a la misma, y de la unión de ambas resulta un conjunto armonioso, conjunto que no hemos de considerar como una mezcla, en la cual alguno de los dos elementos citados pierda sus características propias, sino como una transmutación divina, según la cual todo lo que había de esclavitud en la ley se cambia en suavidad y libertad, de modo que, como dice el Apóstol, no vivamos ya esclavizados por los «elementos del mundo» ni sujetos al yugo y a la esclavitud de la ley.
    Éste es el compendio de todos los beneficios que Cristo nos ha hecho; ésta es la revelación del designio amoroso de Dios: su anonadamiento, su encarnación y la consiguiente divinización del hombre. Convenía, pues, que esta fulgurante y sorprendente venida de Dios a los hombres fuera precedida de algún hecho que nos preparara a recibir con gozo el gran don de la salvación. Y éste es el significado de la fiesta que hoy celebramos, ya que el nacimiento de la Madre de Dios es el exordio de todo este cúmulo de bienes, exordio que hallará su término y complemento en la unión del Verbo con la carne que le estaba destinada. El día de hoy nació la Virgen; es luego amamantada y se va desarrollando; y es preparada para ser la madre de Dios, rey de todos los siglos.
    Un doble beneficio nos aporta este hecho: nos conduce a la verdad y nos libera de una manera de vivir sujeta a la esclavitud de la letra de la ley. ¿De qué modo tiene lugar esto? Por el hecho de que la sombra se retira ante la llegada de la luz, y la gracia sustituye a la letra de la ley por la libertad del espíritu. Precisamente la solemnidad de hoy representa el tránsito de un régimen al otro, en cuanto que convierte en realidad lo que no era más que símbolo y figura, sustituyendo lo antiguo por lo nuevo.
    Que toda la creación, pues, rebose de contento y contribuya a su modo a la plegaria propia de este día. Cielo y tierra se aúnen en esta celebración, y que la festeje con gozo todo lo que hay en el mundo y por encima del mundo. Hoy, en efecto, ha sido construido el santuario creado del Creador de todas las cosas, y la creación, de un modo nuevo y más digno, queda dispuesta para hospedar en sí al supremo Hacedor.

martes, 7 de septiembre de 2021

No nos dejemos envolver por el mundo

"Hermanos:
Ya que habéis aceptado a Cristo Jesús, el Señor, proceded unidos a él, arraigados y edificados en él, afianzados en la fe que os enseñaron, y rebosando agradecimiento.
Cuidado con que nadie os envuelva con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo".
¿A quién le dice estas cosas san Pablo? ¿A qué tipo de personas exhorta con estas palabras? A aquellas que, como nosotros, se han decidido por seguir a Cristo, a aquellas que recibiendo el Bautismo del agua y del Espíritu, han sido configuradas con Cristo como hijos de Dios.
San Pablo no se dirige a personas que no creen en Cristo, que no creen en Dios, sino a aquellas que dicen creer, pero que, en el fondo, con sus actitudes y forma de vida, pareciera que también aceptan las ideologías humanas y siguen más al mundo que a Cristo.
Es cierto que, aparentemente, las teorías y doctrinas del mundo son muy atractivas y, a simple vista, son mejores que las que nos propone Jesús en el Evangelio, pero tienen una diferencia que, muchas veces, no las pensamos ni las tenemos en cuenta:
"Porque en él (Cristo) habita la plenitud de la divinidad corporalmente, y por él, que es cabeza de todo Principado y Potestad, habéis obtenido vuestra plenitud".
El hombre siempre está en la búsqueda de la felicidad, de la plentiud de su ser, de su vida; pero muchas veces busca la plenitud por el camino erróneo, por el camino más fácil, y es ahí cuando se equivoca, pues el camino más fácil no lleva a la plenitud del ser, sino a una felicidad aparente y superficial que dura lo que dura una flor.
Es así que el hombre de este siglos vive constantemente buscando nuevos estímulos para sentirse vivo, para no descubrirse vacío de sentido y de plenitud. Los estímulos cuanto más fuertes y rápidos son los que hacen que deje de pensar en un sentido más profundo de su vida, en una búsqueda verddadera del sentido de su vida.
Sin embargo san Pablo nos sigue diciendo:
"En él habéis sido también circuncidados con una circuncisión no hecha por manos humanas mediante el despojo del cuerpo de carne, con la circuncisión de Cristo.
Por el bautismo fuisteis sepultados con Cristo y habéis resucitado con él, por la fe en la fuerza de Dios que lo resucitó de los muertos. Y a vosotros, que estabais muertos por vuestros pecados, y la incircuncisión de vuestra carne, os vivificó con él, y nos perdono todos los pecados".
En el Bautismo hemos sido recreados como Hombres Nuevos para vivir una vida plena en el Espíritu, no dejemos que las teorías mundanas y humanas vacíen de sentido nuestra vida critiana, sino que pongamos el esfuerzo en madurar y profundizar nuestra fe para que encontrando el sentido de nuestra vida en Cristo, podamos dar razones y testimoniar la alegría del Evangelio.

 

domingo, 5 de septiembre de 2021

Ábrete!

"Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua. Y, mirando al cielo, suspiró y le dijo: «Effetá», (esto es: «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba".
Seguramente que los que habéis participado en el bautismo de un hijo o ahijado o simplemente de familiar o invitado, no os acordaréis de este rito “Effetá”, pues se hace después de recibir el agua bautismal, para que, así como lo hizo Jesús, al nuevo cristiano se le hace una bendición que dice: El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te permita, muy pronto, escuchar su palabra y profesar la fe para gloria y alabanza de Dios Padre.
Es cierto que todos los ritos, de todos los sacramentos, son muy lindos, pero este es particular porque nos da “el puntapié inicial” para comenzar una vida cristiana: necesitamos tener los oídos abiertos para poder escuchar la Palabra de Dios, pero no sólo los oídos físicos, sino, sobre todo, los oídos del alma, del corazón, pues de nada sirve que aprenda la Palabra de Dios, si no escucho cuál es Su Voluntad.
Pero, además, esto tiene otra connotación, porque diría san Pablo ¿cómo van a escuchar la Palabra de Dios si nadie se las predica? y ¿cómo la van a hablar si no la conocen? Pues bien, le corresponde a los padres y padrinos, primeros catequistas de los niños, hablarles de Dios, leerles la Palabra, rezar con ellos, entablar un diálogo espiritual con sus hijos y ahijados, que es a lo que se comprometieron en el bautismo.
Y, por otro lado, el Señor nos bendice los labios para que desde nuestro corazón salgan las enseñanzas que hemos aprendido, y podamos dar testimonio de lo que creemos. Porque habría que recordar que “de la abundancia del corazón hablan los labios”.
Por todo esto es un rito que me parece muy lindo para recordar, pero que, muchas veces, se nos pasa por alto en las celebraciones. Es el Señor quien nos abre los oídos y los labios para escuchar y proclamar su Palabra, nos toca a nosotros llenar nuestros corazones con Sus Palabras para que siempre podamos anunciar la alegría de la salvación.


 

sábado, 4 de septiembre de 2021

El Hijo del hombre es señor del sábado

"Unos fariseos dijeron:
«¿Por qué hacéis en sábado lo que no está permitido?».
Respondiendo Jesús, les dijo:
«¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre?
Entró en la casa de Dios, tomando los panes de la proposición, que sólo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a sus a los que estaban con él».
Y les decía:
«El Hijo del hombre es señor del sábado».
Cuando queremos acusar a alguien de algo siempre usamos la Ley, aunque no la conozcamos o no la cumplamos, a esos se les llema legalistas, porque se aferran a la ley y dejan de lado la situación que el otro está viviendo.
Es claro que Jesús no quería dejar de cumplir de la Ley de Dios, pero las prescripciones humanas que a partir de la Ley de Dios habían creado, no eran leyes que no se podían modificar o dejar de cumplir.
En otra oportunidad Jesús les dice: "no está hecho el hombre para la ley, sino la Ley para el hombre", pues la Ley quiere ayudar al hombre a vivir, a encontrar el camino para alcanzar la plenitud, el encuentro con el Señor.
Está claro que hay diferentes tipos de leyes: la Ley Divina, como los mandamientos, que son inmodicables por el hombre; y la Ley positiva humana que son los decretos que se desprenden de la Ley divina y que el hombre o la autoridad eclesiástica va creando o modificando de acuerdo al tiempo. Pero una y otra (aunque la humana puede ser imperfecta) se crean para acompañar al hombre en el caminar hacia Dios.
Lo que Jesús, en toda su predicación, va a querer enseñar es que no hay que cumplir con la letra de la ley, sino que hay que entender el espíritu con el que se creo la Ley, pues la letra, como dice san Pablo, mata al espíritu, en cambio la Ley del Espíritu da vida.
Por eso no solo debemos conocer la Ley de Dios y lo que se ha legislado sobre ella, sino que debemos encontrarnos con Dios, tener una relación profunda con el Señor para saber vivir la Ley de acuerdo a Su Voluntad, pues Su Ley está escrita en nuestro corazón y nos ayuda a encontrar el sentido de lo que nos pide o permite vivir, para así alcanzar la santidad para la que fuimos creados.