De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Magnesios.
Como en las personas de vuestra comunidad que tuve la suerte de ver, os
contemplé en la fe a todos vosotros y a todos cobré amor, yo os exhorto a que
pongáis empeño
por hacerlo todo en la concordia de Dios, bajo la presidencia del obispo, que
ocupa el lugar de Dios; y de los presbíteros, que representan al colegio de los
apóstoles; desempeñando los diáconos, para mí muy queridos, el ejercicio que les
ha sido confiado del ministerio de Jesucristo, el cual estaba junto al Padre
antes de los siglos y se manifestó en estos últimos tiempos.
Así pues, todos, conformándoos al proceder de Dios, respetaos mutuamente y nadie
mire a su prójimo bajo un punto de vista meramente humano, sino amaos unos a
otros en Jesucristo en todo momento. Que nada haya en vosotros que pueda
dividiros, antes bien, formad un solo cuerpo con vuestro obispo y con los que os
presiden, para que seáis modelo y ejemplo de inmortalidad.
Por consiguiente, a la manera que el Señor nada hizo sin contar con su Padre, ya
que formaba una sola cosa con él -nada, digo, ni por sí mismo ni por sus
apóstoles-, así también vosotros, nada hagáis sin contar con vuestro obispo y
con los presbíteros, ni tratéis de colorear como laudable algo que hagáis
separadamente, sino que, reunidos en común, haya una sola oración, una sola
esperanza en la caridad y en la santa alegría, ya que uno solo es Jesucristo,
mejor que el cual nada existe. Corred todos a una como a un solo templo de Dios,
como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre, que en
un solo Padre estuvo y a él solo ha vuelto.
No os dejéis engañar por doctrinas extrañas ni por cuentos viejos que no sirven
para nada. Porque si hasta el presente seguimos viviendo según la ley judaica,
confesamos no haber recibido la gracia. En efecto, los santos
profetas vivieron según Jesucristo. Por eso justamente
fueron perseguidos, inspirados que fueron por su gracia
para convencer plenamente a los incrédulos de que hay un solo Dios, el cual se
habría de manifestar a sí mismo por medio de Jesucristo, su Hijo, que es su
Palabra que procedió del silencio, y que en todo agradó a aquel que
lo había enviado.
Ahora bien, si los que se habían criado en el antiguo orden de cosas vinieron a
una nueva esperanza, no guardando ya el sábado, sino considerando el domingo
como el principio de su vida, pues en ese día amaneció también nuestra vida
gracias al Señor y a su muerte, ¿cómo podremos nosotros vivir sin aquel a quien
los mismos profetas, discípulos suyos ya en espíritu, esperaban como a su. Maestro?
Y por eso, el mismo a quien justamente esperaban, una vez llegado, los resucitó de
entre los muertos.
lunes, 19 de julio de 2021
Una sola oración
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