De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job.
Escucha mis palabras, Job, presta oído a mi discurso. Ésta es la característica
propia de la manera de enseñar de los arrogantes, que no saben inculcar sus
enseñanzas con humildad ni comunicar rectamente las cosas rectas que saben. En
su manera de hablar se pone de manifiesto que ellos, al enseñar, se consideran
como situados en el lugar más elevado, y miran a los que reciben su enseñanza
como si estuvieran muy por debajo de ellos, y se dignan hablarles no en plan de
consejo, sino como quien pretende imponerles su dominio.
A estos tales les dice,
con razón, el Señor, por boca del profeta: Vosotros los habéis dominado con crueldad
y violencia. Con crueldad y con violencia dominan, en efecto, aquellos que, en vez de
corregir a sus súbditos razonando reposadamente con ellos, se apresuran a doblegarlos
rudamente con su autoridad.
Por el contrario, la verdadera enseñanza evita con su
reflexión.: este vicio de la arrogancia, con tanto más interés cuanto que su intención
consiste precisamente en herir con los dardos de sus palabras a aquel que es el maestro
de la arrogancia. Procura, en efecto, no ir a obtener, con una manera arrogante de
comportarse, el resultado contrario, es decir: predicar a aquel a quien quiere atacar,
con santas enseñanzas, en el corazón de sus oyentes. Y, así, se esfuerza por enseñar de
palabra y de obra la humildad, madre y maestra de todas las virtudes, de manera que la
explica a los discípulos de la verdad con las acciones, más que con las palabras.
De ahí que Pablo, hablando a los tesalonicenses, como olvidándose de la autoridad que
tenía por su condición de apóstol, les dice: Nos mostramos amables con vosotros. Y, en
el mismo sentido, el apóstol Pedro, cuando dice: Estad siempre prontos para dar razón
de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere, enseña que hay que guardar en ello
el modo debido, añadiendo: Pero con mansedumbre y respeto y en buena conciencia.
Y, cuando Pablo dice a su discípulo: Vete enseñando todo esto, reprendiendo con toda
autoridad, no es su intención inculcarle un dominio basado en el poder, sino una
autoridad basada en la conducta. En efecto, la manera de enseñar algo con autoridad es
practicarlo antes de enseñarlo, ya que la enseñanza pierde toda garantía cuando la
conciencia contradice las palabras. Por tanto, lo que le aconseja no es un modo de
hablar arrogante y altanero, sino la confianza que infunde una buena conducta. Por
esto hallamos escrito también acerca del Señor: Les enseñaba como quien tiene autoridad,
y no a la manera de los doctores que tenían ellos. El, en efecto, de un modo único y
singular, hablaba con autoridad, en el sentido verdadero de la palabra, ya que nunca
cometió mal alguno por debilidad. Él tuvo por el poder de su divinidad aquello que nos
comunicó a nosotros por la inocencia de su humanidad.
miércoles, 28 de julio de 2021
La verdadera enseñanza evita la arrogancia
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