martes, 30 de junio de 2020

Habrá nueva normalidad?

"Ciertamente, nada hace el Señor Dios sin haber revelado su designio a sus servidores los profetas.
Ha rugido el león, ¿quién no temerá?
El Señor, Dios ha hablado ¿quién no profetizará?
Os transformé como Dios transformó a Sodoma y Gomorra y quedasteis como tizón sacado del incendio.
Pero no os convertisteis a mí - oráculo del Señor -.
Por eso, así voy a tratarte, Israel.
Sí, así voy a tratarte: prepárate al encuentro con tu Dios".
Son fuertes las palabras que dirige Dios por medio de Amós a su pueblo. Palabras que hablan de un llamado, de una elección, pero también de una infidelidad. Palabras que hablan del dolor de Dios por el desamor de su pueblo, y, por eso, del castigo que le sobreviene por haberse alejado de su Mano.
Palabras que, para lo que estamos viviendo en estos meses, nos vienen muy bien para saber que no tenemos que olvidar lo que hemos vivido. Aunque, en realidad, si miramos a nuestro alrededor, muchos parecen haberse olvidado que hemos pasado días de mucho sufrimiento, dolor y angustia, por el miedo al contagio, a la muerte, al sufrimiento. Pero... siempre hay un pero en nuestra vida, parece que hubiese sido hace muchos años y que ya nada podrá volver a sucedernos.
Muchos se han escudado en la fe, en la relación con Dios, y, aunque pueden haber sufrido la pérdida de sus seres queridos, siguen en la lucha de cuidarse y de cuidar a los demás. Pero, para otros parece ser que el dolor de los demás no es nuestro dolor y vivimos como si ya no hubiese nada de qué preocuparnos.
¿Cuál es la nueva normalidad si todos seguimos siendo los mismos con los mismos defectos y pecados? ¿Cuál es la nueva normalidad si no hemos aprendido a cuidarnos y a cuidar a los demás? Si lo vivido no nos ha mejorado en nuestra manera de comportarnos ¿qué es lo nuevo?
Muchas veces creemos que porque hemos pintado el frente de nuestra casa ya tenemos una casa nueva, y no, sólo hemos cambiado el color del frente pero lo de adentro sigue igual.
Nosotros debemos ponernos a pensar en las palabras del Señor al Pueblo de Israel para no caer en la tentación de dejar de lado lo que hemos vivido, no acordarnos lo que hemos sufrido será un error para nuestras vidas. Sólo la sabiduría que surge del reflexionar sobre la vida y lo vivido hará que seamos verdaderamente nuevos y podamos seguir construyendo una nueva realidad. Una nueva realidad en la que no contamos con el apoyo de todos, sino que sólo contamos con nuestra decisión de cambiar, de encontrarnos verdaderamente con el Señor y ser Fieles a Su llamado y a Su Voluntad.

lunes, 29 de junio de 2020

San Pedro y San Pablo

De los Sermones de san Agustín, obispo

    El día de hoy es para nosotros sagrado, porque en él celebramos el martirio de los santos apóstoles Pedro y Pablo. No nos referimos, ciertamente, a unos mártires desconocidos. A toda la tierra alcanza su pregón y hasta los límites del orbe su lenguaje. Estos mártires, en su predicación, daban testimonio de lo que habían visto y, con un desinterés absoluto, dieron a conocer la verdad hasta morir por ella.
    San Pedro, el primero de los apóstoles, que amaba ardientemente a Cristo, y que llegó a oír de él estas palabras: Y yo te digo que tú eres Pedro. Él había dicho antes: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Cristo le replicó: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia. Sobre esta piedra edificaré esta misma fe que profesas. Sobre esta afirmación que tú has hecho: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo, edificaré mi Iglesia. Porque tú eres Pedro.» «Pedro» es una palabra que se deriva de «piedra», y no al revés. «Pedro» viene de «piedra», del mismo modo que «cristiano» viene de «Cristo».
    El Señor Jesús, antes de su pasión, como sabéis, eligió a sus discípulos, a los que dio el nombre de apóstoles. Entre ellos, Pedro fue el único que representó la totalidad de la Iglesia casi en todas partes. Por ello, en cuanto que él solo representaba en su persona a la totalidad de la Iglesia, pudo escuchar estas palabras: Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Porque estas llaves las recibió no un hombre único, sino la Iglesia única. De ahí la excelencia de la persona de Pedro, en cuanto que él representaba la universalidad y la unidad de la Iglesia, cuando se le dijo: Yo te entrego, tratándose de algo que ha sido entregado a todos. Pues, para que sepáis que la Iglesia ha recibido las llaves del reino de los cielos, escuchad lo que el Señor dice en otro lugar a todos sus apóstoles: Recibid el Espíritu Santo. Y a continuación: Quedan perdonados los pecados a quienes los perdonéis; quedan retenidos a quienes los retengáis.
    En este mismo sentido, el Señor, después de su resurrección, encomendó también a Pedro sus ovejas para que las apacentara. No es que él fuera el único de los discípulos que tuviera el encargo de apacentar las ovejas del Señor; es que Cristo, por el hecho de referirse a uno solo, quiso significar con ello la unidad de la Iglesia; y, si se dirige a Pedro con preferencia a los demás, es porque Pedro es el primero entre los apóstoles.
    No te entristezcas, apóstol; responde una vez, responde dos, responde tres. Venza por tres veces tu profesión de amor, ya que por tres veces el temor venció tu presunción. Tres veces ha de ser desatado lo que por tres veces habías ligado. Desata por el amor lo que habías ligado por el temor.
    A pesar de su debilidad, por primera, por segunda y por tercera vez encomendó el Señor sus ovejas a Pedro.
    En un solo día celebramos el martirio de los dos apóstoles. Es que ambos eran en realidad una sola cosa, aunque fueran martirizados en días diversos. Primero lo fue Pedro, luego Pablo. Celebramos la fiesta del día de hoy, sagrado para nosotros, por la sangre de los apóstoles. Procuremos imitar su fe, su vida, sus trabajos, sus sufrimientos, su testimonio y su doctrina.

domingo, 28 de junio de 2020

Sí o No

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí".
Una vez alguien me preguntó, en función a esta lectura: ¿es cierto que Jesús quiere que odiemos a nuestros padres?
¿Qué les parece a ustedes?
A mí me parece claro que no quiere que odiemos a nuestros padres ni a nadie. Lo que quiere es que no antepongamos el amor a las personas al amor a Dios, porque sería una excusa para no vivir la Voluntad de Dios.
No somos pocos los que siempre encontramos una excusa para no hacer la Voluntad de Dios, y no nos damos cuenta que el llamado de Jesús es una exigencia radical en nuestra vida. Pero, claro, lo primero es que no entendemos que ser cristianos implica un cambio radical de nuestra mentalidad, de nuestra formar de pensar y ver las cosas.
Como humanos que somos siempre anteponemos, a cualquier cosa, lo que nos gusta, lo que quiero, lo que tengo ganas, y, en estos tiempos, sobre todo, mi libertad.
Y Jesús me dice: El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará.
Por eso, antes que pretender entender las exigencias del evangelio, tengo que comprender qué es la vida que digo que vivo, porque ser cristiano, no sólo es un nombre, sino una vida a vivir. Y así nos lo explica san Pablo:
"Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.
Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús".
Es una vida nueva que nace el día de nuestro bautismo. Pero no es una vida igual a todos los demás con algo diferente, sino que es una vida que nace para ser vivida en unión con Cristo, y por eso, tiene una exigencia principal que es el llamdo de Cristo:
"quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, cargue su cruz de cada día y sígame".
Y para poder seguirlo, tengo que hacer un cambio de mentalidad: dejar de pensar como piensa el mundo, en donde lo primero y principal soy yo y mi libertad, para ponerme a pensar cuál es la Voluntad de Dios para mi vida. Y ahí tendré que responder: Sí o No, simple y categóricamente a Dios.

sábado, 27 de junio de 2020

Nació de la Virgen

De los sermones de san Proclo de Constantinopla, obispo

    Alégrense los cielos, y las nubes destilen la justicia, porque el Señor se ha apiadado de su pueblo. Alégrense los cielos, porque, al ser creados en el principio, también Adán fue formado de la tierra virgen por el Creador, mostrándose como amigo y familiar de Dios. Alégrense los cielos, porque ahora, de acuerdo con el plan divino, la tierra ha sido santificada por la encarnación de nuestro Señor, y el género humano ha sido liberado del culto idolátrico. Las nubes destilen la justicia, porque hoy el antiguo extravío de Eva ha sido reparado y destruido por la pureza de la Virgen María y por el que de ella ha nacido, Dios y hombre juntamente. Hoy el hombre, cancelada la antigua condena, ha sido liberado de la horrenda noche que sobre él pesaba.
    Cristo ha nacido de la Virgen, ya que de ella ha tomado carne, según la libre disposición del plan divino: La Palabra se hizo carne, y habitó entre nosotros; por esto la Virgen ha venido a ser madre de Dios. Y es virgen y madre al mismo tiempo, porque ha dado a luz a la Palabra encarnada, sin concurso de varón; y así, ha conservado su virginidad por la acción milagrosa de aquel que de este modo quiso nacer. Ella es madre, con toda verdad, de la naturaleza humana de aquel que es la Palabra divina, ya que en ella se encarnó, de ella salió a la luz del mundo, identificado con nuestra naturaleza, según su sabiduría y voluntad con las que obra semejantes prodigios. De ellos según la carne procede Cristo, como dice san Pablo.
    En efecto, él fue, es y será siempre el mismo; mas por nosotros se hizo hombre; el amigo de los hombres se hizo hombre sin sufrir por eso menoscabo alguno en su divinidad. Por mí se hizo semejante a mí, se hizo lo que .no era aunque conservando lo que era. Finalmente, se hizo hombre para cargar sobre sí el castigo por nosotros merecido y hacernos de esta manera capaces de la adopción filial y otorgamos aquel reina, del cual pedimos que nos haga dignos la gracia y misericordia del Señor Jesucristo, al cual junto con el Padre y el Espíritu Santo, pertenece la gloria, el honor y el poder, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

viernes, 26 de junio de 2020

La esperanza de ver a Dios

De las Homilías de san Gregorio de Nisa, obispo.

    La promesa de Dios es ciertamente tan grande que supera toda felicidad imaginable. ¿Quién, en efecto, podrá desear un bien superior, si en la visión de Dios lo tiene todo? Porque, según el modo de hablar de la Escritura, ver significa lo mismo que poseer; y así, en aquello que leemos: Que veas la prosperidad de Jerusalén, la palabra «ver» equivale a tener. Y en aquello otro: Que sea arrojado el impío, para que no vea la grandeza del Señor, por «no ver» se entiende no tener parte en esta grandeza.
    Por lo tanto, el que ve a Dios alcanza por esta visión todos los bienes posibles: la vida sin fin, la incorruptibilidad eterna, la felicidad imperecedera, el reino sin fin, la alegría ininterrumpida, la verdadera luz, el sonido espiritual y dulce, la gloria inaccesible, el júbilo perpetuo y, en resumen, todo bien.
    Tal y tan grande es, en efecto, la felicidad prometida que nosotros esperamos; pero, como antes hemos demostrado, la condición para ver a Dios es un corazón puro, y, ante esta consideración, de nuevo mi mente se siente arrebatada y turbada por una especie de vértigo, por la duda de si esta pureza de corazón es de aquellas cosas imposibles y que superan y exceden nuestra naturaleza. Pues si esta pureza de corazón es el medio para ver a Dios, y si Moisés y Pablo no lo vieron, porque, como afirman, Dios no puede ser visto por ellos ni por cualquier otro, esta condición que nos propone ahora la Palabra para alcanzar la felicidad nos parece una cosa irrealizable. ¿De qué nos sirve conocer el modo de ver a Dios, si nuestras fuerzas no alcanzan a ello? Es lo mismo que si uno afirmara que en el cielo se vive feliz, porque allí es posible ver lo que no se puede ver en este mundo. Porque, si se nos mostrase alguna manera de llegar al cielo, sería útil haber aprendido que la felicidad está en el cielo. Pero, si nos es imposible subir allí, ¿de qué nos sirve conocer la felicidad del cielo sino solamente para estar angustiados y tristes, sabiendo de qué bienes estamos privados y la imposibilidad de alcanzarlos? ¿Es que Dios nos invita a una felicidad que excede nuestra naturaleza y nos manda algo que, por su magnitud, supera las fuerzas humanas?
    No es así. Porque Dios no creó a los volátiles sin alas, ni mandó vivir bajo el agua a los animales dotados para la vida en tierra firme. Por tanto, si en todas las cosas existe una ley acomodada a su naturaleza, y Dios no obliga a nada que esté por encima de la propia naturaleza, de ello deducimos, por lógica conveniencia, que no hay que desesperar de alcanzar la felicidad que se nos propone, y que Juan y Pablo y Moisés, y otros como ellos, no se vieron privados de esta sublime felicidad, resultante de la visión de Dios; pues, ciertamente, no se vieron privados de esta felicidad ni aquel que dijo: Ahora me aguarda la corona merecida, que el Señor, justo juez, me otorgará, ni aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, ni aquel que oyó de boca de Dios: Te he conocido más que a todos. Por tanto, si es indudable que aquellos que predicaron que la contemplación de Dios está por encima de nuestras fuerzas son ahora felices, y si la felicidad consiste en la visión de Dios, y si para ver a Dios es necesaria la pureza de corazón, es evidente que esta pureza de corazón, que nos hace posible la felicidad, no es algo inalcanzable. Los que aseguran, pues, tratando de basarse en las palabras de Pablo, que la visión de Dios está por encima de nuestras posibilidades se engañan y están en contradicción con las palabras del Señor, el cual nos promete que, por la pureza de corazón, podemos alcanzar la visión divina.

jueves, 25 de junio de 2020

Edificar nuestra vida

"Entonces yo les declararé:
“Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad”.
El que escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a aquel hombre prudente que edificó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos y descargaron contra la casa ; pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca".
¿Cuál es la casa que tenemos que edificar? Es nuestra vida cristiana, es nuestra vocación personal, es nuestra santidad; es, en definitiva, la coherencia de vida a lo que se refiere Jesús. Porque la casa a la que él se refiere es lo que en realidad soy y lo que aparento ser.
En este siglo en que vivimos lo que más se ve es la apariencia de la gente, se quiere aparentar ser algo que, en realidad, no se es, y esa apriencia, es, en definitiva, una mentira existencial, porque no hay nada dentro que lo sostenga y, por esa misma razón, termina finamente cayéndose la máscara y se descubre lo que verdaderamente se es.
Por eso Jesús nos pide que no sólo construyamos lo que se ve, sino que nos esforcemos en lo que no se ve: en los cimientos de nuestra vida que son los verdaderos valores cristianos que Él mismo nos fue enseñando con su propia Vida.
Es cierto que hacer los cimientos es lo que lleva más esfuerzo y lo que menos se nota, pero es sobre lo que se sostiene toda la estructura de nuestra personalidad, y, por eso, aunque la vida nos sacuda a cada momentos nunca nos destruirá porque sabemos dónde y en quién hemos puesto nuestra confianza, y sabemos muy bien cuáles son nuestros valores esenciales.
¿Qué es una buena fachada si dentro de la casa no hay muebles? Hay por estos lados, en España, una frase que viene muy bien, se dice muchas veces de alguna personas: ese no tiene la cabeza muy amueblada, y es porque no piensa o vive de cualquier forma. Y, en realidad todo tiene que estar bien construido: los cimientos, la fachada, el tejado, los muebles... llegar a tener un edificio bien realizado es lo que lleva más tiempo y esfuerzo, pero vale la pena porque es lo más valioso, y es lo que dará autoridad cuando tengamos que dar testimonio de lo que somos.
"Al terminar Jesús este discurso, la gente estaba admirada de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas".
La autoridad de Jesús no era algo superficial, sino que sus palabras llegaban a la gente porque les explicaba desde su propio lugar y con un fundamento vital, y no como lo hacían los escribas que sólo hablaban de cosas que, como decía Jesús, ellos ni siquiera vivían y ni tampoco ayudaban a vivirlas. Por eso Jesús les hablaba desde su mismo lugar y con ejemplos de vida para ayudar a poder vivirlos, sabiendo, claro está, que todo lo que Él nos pide vivir es un camino difícil, pero que, con la ayuda de Su Gracia, siempre podremos recorrer.

miércoles, 24 de junio de 2020

La voz que clama en el desierto

De los Sermones de san Agustín, obispo

    La Iglesia celebra el nacimiento de Juan como algo sagrado, y él es el único de los santos cuyo nacimiento se festeja; celebramos el nacimiento de Juan y el de Cristo.
Ello no deja de tener su significado, y, si nuestras explicaciones no alcanzaran a estar a la altura de misterio tan elevado, no hemos de perdonar esfuerzo para profundizarlo y sacar provecho de él.
    Juan nace de una anciana estéril; Cristo, de una jovencita virgen. El futuro padre de Juan no cree el anuncio de su nacimiento y se queda mudo; la Virgen cree el del nacimiento de Cristo y lo concibe por la fe. Esto es, en resumen, lo que intentaremos penetrar y analizar; y, si el poco tiempo y las pocas facultades de que disponemos no nos permiten llegar hasta las profundidades de este misterio tan grande, mejor os adoctrinará aquel que habla en vuestro interior, aun en ausencia nuestra, aquel que es el objeto de vuestros piadosos pensamientos, aquel que habéis recibido en vuestro corazón y del cual habéis sido hechos templo.
    Juan viene a ser como la línea divisoria entre los dos Testamentos, el antiguo y el nuevo. Así lo atestigua el mismo Señor, cuando dice: La ley y los profetas llegan hasta Juan. Por tanto, él es como la personificación de lo antiguo y el anuncio de lo nuevo. Porque personifica lo antiguo, nace de padres ancianos; porque personifica lo nuevo, es declarado profeta en el seno de su madre. Aún no ha nacido y, al venir la Virgen María, salta de gozo en las entrañas de su madre. Con ello queda ya señalada su misión, aun antes de nacer; queda demostrado de quién es precursor, antes de que él lo vea. Estas cosas pertenecen al orden de lo divino y sobrepasan la capacidad de la humana pequeñez. Finalmente, nace, se le impone el nombre, queda expedita la lengua de su padre. Estos acontecimientos hay que entenderlos con toda la fuerza de su significado.
    Zacarías calla y pierde el habla hasta que nace Juan, el precursor del Señor, y abre su boca. Este silencio de Zacarías significaba que, antes de la predicación de Cristo, el sentido de las profecías estaba en cierto modo latente, oculto, encerrado. Con el advenimiento de aquel a quien se referían estas profecías, todo se hace claro. El hecho de que en el nacimiento de Juan se abre la boca de Zacarías tiene el mismo significado que el rasgarse el velo al morir Cristo en la cruz. Si Juan se hubiera anunciado a sí mismo, la boca de Zacarías habría continuado muda. Si se desata su lengua es porque ha nacido aquel que es la voz; en efecto, cuando Juan cumplía ya su misión de anunciar al Señor, le dijeron: Dinos quién eres. Y él respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto. Juan era la voz; pero el Señor era la Palabra que existía ya al comienzo de las cosas. Juan era una voz pasajera, Cristo la Palabra eterna desde el principio.

martes, 23 de junio de 2020

No es fácil este Camino

«No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros".
No siempre sabemos apreciar lo que tenemos y usamos lo mejor que tenemos para cosas insignificantes, porque cuando tengo algo muy valioso que nada me ha costado, deja de ser valioso por el simple hecho de que no me ha costado esfuerzo tenerlo.
Así sucede con el Don de la Vida en Dios: nada nos ha costado recibirla, y, por eso, no siempre la valoramos como se merece, pues, para muchos, es sólo un simple nombre que puede ser o no despreciado o, incluso, ocultarlo bajo otras apariencias que no son las verdaderas.
"Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas".
Nos decía Jesús en el Evangelio del domingo:
"A quien se declare por mí ante los hombres, yo también me declararé por él ante mi Padre que está en los cielos. Y si uno me niega ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos".
No es sólo hacer las cosas cosas por los demás que son nuestros hermanos, sino hacerlas por Dios que es Quien nos ha dado la vida desde la Cruz. Si quiero recibir, primero tendré que comenzar a dar.
"Entrad por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos".
Sí, es verdad, la vida del cristiano no es (como se dice comúnmente) "moco de pavo", sino que es un camino díficl de transitar, pero no imposible, pues "para Dios nada hay imposible", siempre y cuando cuente con nuestra disponibilidad de corazón para dejarnos guiar por Su Voluntad y no por la nuestra.
Y no podemos decir que no sabíamos cómo era el Camino, pues Jesús mismo nos lo dijo desde el comienzo de su predicación: "quien quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame". El contrato que hemos firmado con Él, el día de nuestro bautismo, no tiene letra pequeña que nos engaña, sino que nos lo ha dicho con palabras fuertes y bien dichas, para que no nos sorprendamos en el Camino cuando la Voluntad del Padre sea contraria a nuestra Voluntad, pues Él mismo nos eseñó las alegría y tristezas, los gozos y dolores del caminar en la Voluntad del Padre, pues "siendo hijo, aprendió, por medio del sufrimiento a obedecer".

lunes, 22 de junio de 2020

No juzguéis?

"En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán con vosotros.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita; sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano»
¿No quiere Jesús que juzguemos? ¿No quiere que hagamos juicio sobre la conducta de los demás?
A veces no sabemos leer el evangelio en toda su totalidad y nos quedamos con párrafos que nos vienen bien, pero en este caso, tenemos que leer este párrafo con aquél en el que el Señor nos habla de la corrección fraterna. ¿Os acordáis?: "si tu hermano peca, corrígelo en privado...".
Lo que no quiere el Señor es que al juzgar condenemos o divulguemos nuestros juicios con chusmeríos que no ayudan a los demás a encontrar el camino de la conversión. Si tengo la capacidad de ver el pecado de mi hermano, entonces tendré que tener la fortaleza para hablar con él en privado para ayudarlo a salir de ese camino, si es que él quiere. Pero el derecho que no me otorga el Señor es el derecho de divulgar la noticia por mar y cielo, pues eso sí que es una falta de amor al prójimo, pues estoy ensuciando su nombre y persona.
Y, además, cuando habla de la viga de nuestro ojo, es porque, algunas veces, tenemos guardados ciertos rencores o venganzas que nos hacen ver lo que queremos ver y no lo que tenemos que ver. Y ahí es cuando se une mi pecado a la justicia y, entonces, soy capaz de "matar" con la lengua a mi hermano, sin haberle dado la posibilidad de convertirse, y, no será él el culpable de su mala conducta, sino yo que no le di la oportunidad o no le enseñé el camino para convertirse.
Por eso es importante, siempre, pensar en cómo me gustaría que me trataran a mí, cómo me gustaría que me ayudase a encontrar el camino de salida de ciertas situaciones, y no ponerme yo a juzgar y condenar, cuando no soy ni más ni menos pecador que mi hermano. Así, encontraré el camino de la humildad por el reconocimiento de mi propio pecado, y, podré alcanzar la sabiduría para ayudar a mi hermano a econtrar, también él, su propio camino.

sábado, 20 de junio de 2020

Conservar las cosas en el corazón

"Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón".
A veces, cuando nos suceden ciertas cosas que no entendemos o no comprendemos, siempre nos parece que no podemos aceptarlas porque no tenemos fe. Y esa situación os cuestiona y nos hace replantearnos nuestra fe, por eso solemos escuchar decir: no tengo fe, tengo poca fe. Y creemos que ciertas personas como los sacerdotes o los relgiosos, por la vida de entrega que llevan tienen más fe que los demás mortales hijos de Dios, y no es así.
María y José tampoco comprendían ciertas cosas que les tocaba vivir, y por eso no se cuestionaban su falta de fe, sino que, como dice el evangelio: "conservaban esas cosas en su corazón". Por que la fe no nos hace entender, sino aceptar y aprender a esperar que, en algún momento, después de meditar y reflexionar encontremos un sentido a lo que nos ha pasado.
María conservaba todas esas cosas en su corazón, y, seguramente, se las ofrecía al Padre en su oración, porque sabía que sólo el Padre sabría el por qué de esas cosas que le tocaba vivir. Por eso, al dejar todo en las manos del Padre, Ella podía seguir recorriendo el Camino que le había mostrado el Padre sin preocuparse de lo que le ocurría o iba a ocurrir, sabía en Quién había puesto su confianza y así lo seguiría haciendo.
Por eso, María nos muestra el Camino que tenemos que recorrer o, mejor dicho, cómo recorrer el camino sin cuestionarnos nuestras faltas fe al no comprender las cosas que nos tocan vivir, sino que todas esas cosas, desde el silencio del corazón, poder llevarlas a la oración y entregárselas al Padre, para que sea Él quien nos siga conduciendo y, cuando Él crea oportuno que nos de la Gracia para comprender el por qué, y, sobre todo, nos siga dando su Gracia para seguir caminando tomados de su Mano.
Y, lo que es más importante, saber que, cuando le ofrecemos al Padre, desde el silencio de la oración, todo lo que nos va ocurriendo, Él nos va cubriendo con su Gracia para que los dolores y las fatigas de cada día no endurezcan nuestro corazón, sino que todo sea transformado en Gracia para poder seguir amando Su Voluntad, y así seguir, como María, siendo un instrumento en sus Manos.

viernes, 19 de junio de 2020

En Tí está la fuente de la Vida

De las Obras de san Buenaventura, obispo

    Y tú, hombre redimido, considera quién, cuál y cuán grande es éste que está pendiente: de la cruz por ti. Su muerte resucita a los muertos, su tránsito lo lloran los cielos y la tierra, y las mismas piedras, como movidas de .compasión natural, se quebrantan. ¡Oh corazón humano, más duro eres que ellas, si con el recuerdo de tal víctima ni el temor te espanta, ni la compasión te mueve, ni la compunción te aflige, ni la piedad te ablanda!
    Para que del costado de Cristo dormido en la cruz se formase la Iglesia y se cumpliese la Escritura que dice: Mirarán a quien traspasaron, uno de los soldados lo hirió con una lanza y le abrió el costado. Y fue permisión de la divina providencia, a fin de que, brotando de la herida sangre yagua, se derramase el precio de nuestra salud, el cual, manando de la fuente arcana del corazón, diese a los sacramentos de la Iglesia la virtud de conferir la vida de la gracia, y fuese para los que viven en Cristo como una copa llenada en la fuente viva, que brota para comunicar vida eterna.
    Levántate, pues, alma amiga de Cristo, y sé la paloma que labra su nido en los agujeros de la peña; sé el pájaro que encuentra su casa y no deja de guardarla; sé la tórtola que esconde los polluelos de su casto amor en aquella abertura sacratísima. Aplica a ella tus labios para que bebas el agua de las fuentes del Salvador. Porque ésta es la fuente que mana en medio del paraíso y, dividida en cuatro ríos que se derraman en los corazones amantes, riega y fecunda toda la tierra.
    Corre con vivo deseo a esta fuente de vida y de luz quienquiera que seas, ¡oh alma amante de Dios!, y con toda la fuerza del corazón exclama:
    «¡Oh hermosura inefable del Dios altísimo, resplandor purísimo de la eterna luz! ¡Vida que vivificas toda vida, luz que iluminas toda luz y conservas en perpetuo resplandor millares de luces, que desde la primera aurora fulguran ante el trono de tu divinidad!
    ¡Oh eterno e inaccesible, claro y dulce manantial de la fuente oculta a los ojos mortales, cuya profundidad es sin fondo, cuya altura es sin término, su anchura ilimitada y su pureza imperturbable!
    De ti procede el río que alegra a la ciudad de Dios. Recrea con el agua de este deseable torrente los resecos labios de los sedientos de amor, para que con voz de regocijo y gratitud te cantemos himnos de alabanza, probando por experiencia que en ti está la fuente de la vida y tu luz nos hace ver la luz

jueves, 18 de junio de 2020

Pensar lo que decimos

En el evangelio de ayer el Señor nos hablaba de no ser hipócritas, de vivir en serio lo que queremos vivir y no vivir para las apariencias, ni por las apariencias, sino darle un sentido a todo lo que vivimos para que realmente vivamos lo que decimos vivir. Suena a trabalenguas pero es así: que nuestras palabras sean el reflejo de nuestra vida, y nuestra vida sea el reflejo de nuestras palabras.
Y, en este mismo sentido tenido que intentar comprender la oración que, hoy, Jesús, nos enseña: el Padre nuestro. Y digo comprenderlo porque son de esas cosas que hemos aprendido y que las repetimos ya por rutina y no le damos el peso que cada palabra tiene, porque ¿quién de nosotros nos ponemos a pensar lo que estamos diciendo cuando rezamos el Padre nuestro? Si lo decimos tan de memoria que en unos pocos segundos ya hemos dicho todo, pero, en el fondo no hemos dicho nada, porque no nos pusimos a pensar y reflexionar lo que estamos diciendo.
Muchas veces, cuando lo escucho rezar, o cuando yo mismo lo rezo, es como esas frases u oraciones de superstición que decimos para obtener algo, o lo repetimos para...
Por eso creo que es necesario que, cada uno, volvamos a pensar cada frase, cada palabra de lo que el Señor nos enseñó, y lo hagamos cada día, porque, cada día, tendrá algo que decirnos nuesro Padre del Cielo, para mí y para que yo viva con mis hermanos. Por eso separaré las frases y, si queréis, cada uno, sólo piense qué me dice el Padre con esa frase y qué es lo que Él quiere de mi cuando le estoy hablando, porque en cada frase expreso una necesidad, pero no lo que yo quiero, sino la necesidad que el Padre ha sembrado en mi corazón y que, con el Espíritu, está clamando desde mi interior, es decir, pensar y dejar que el Padre nos habla por medio de las palabras que el Hijo nos enseñó.
Padre nuestro
que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo,
danos hoy nuestro pan de cada día,
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden,
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal”
Ni nos olvidemos de lo que el Señor agregó a continuación de esta oración:
"Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, también os perdonará vuestro Padre celestial, pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas".
Amén.

miércoles, 17 de junio de 2020

Por qué hago lo que hago?

"Hipocresía", dice el diccionario: fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen.
De esto nos habla hoy el Señor en el Evangelio: de la hipocresía en nuestras vidas, pero no sólo de aquellos momentos hipócritas que tenemos muchas veces, sino de algo más profundo que la hipocresía, y que tiene que ver con el pecado original que habita en nosotros.
Yo creo que lo que el Señor quiere que nos preguntemos, sobre todo, es ¿por qué hacemos las cosas que hacemos? ¿Qué es lo que nos impulsa a orar, a dar limosna...? ¿Lo hacemos porque vemos lo bueno que es o lo hacemos para que los demás vean lo bueno que soy? ¿Lo hago por hacer el bien a los demás o lo hago para que los demás vean cuánto bien hago? ¿Lo hago porque es la Voluntad de Dios que lo haga o lo hago para que vean cuán santo y sacrificado soy?
Cuando hago las cosas para que los demás las vean, entonces, como dice el Señor, ya tengo mi paga. Pero si hago las cosas porque Dios me ha mostrado que las haga, y las hago sin buscar ser aplaudido por los demás, entonces, será el Señor quien me de el 100 x 1, y la vida eterna.
Es que, al ser como somos y estar infectados por el pecado original, siempre sale a relucir el gusto de que los demás me aplaudan por lo que hago, para así seguir creciendo en mi vanidad y egoísmo, lo cual es perjudicial para mi alma. Por eso el Señor me pide que lo que haga no lo haga para ser visto por los demás, sino para buscar el crecimiento de mi alma y así vivir en fidelidad a la Voluntad de Dios.
Claro está que si sigo el camino que me marcó el Señor, y mi alma crece en santidad, seguramente, los demás verán el buen olor de las obras buenas y glorificarán al Padre de los Cielos. En cambio si sólo hago las cosas para mi propia gloria, los hombres sólo me felicitarán a mí y no al Padre de los Cielos.
Y nuestra misión como cristianos es acercar a los hombres a Dios para que encuentren el Camino de la Salvación. Una Salvación que yo, como hombre, nunca podré darles, y, en cambio, cuando noten mis pecados y defectso, seguramente dejarán de seguirme.
Por eso no hemos de buscar nuestra propia gloria o protagonismo, sino dejar que los dones que el Señor me ha dado, y el vivir en Su Voluntad, sean quienes muestren el poder y la gloria de Dios que se manifiesta por mi vida, pues soy un simple instrumento en Sus Manos.
«Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario, no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial. Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles para ser honrados por la gente; en verdad os digo que ya han recibido su recompensa. Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará".

martes, 16 de junio de 2020

Capricho y deber

En tres renglones el escritos del libro de los Reyes resume lo que hizo Ajab, o, mejor dicho, lo que por un capricho hizo Ajab u el capricho de Ajab hizo que su esposa cometiera un asesinato:
"No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor. Actuó del modo más abominable, yendo tras los ídolos, procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente a los hijos de Israel".
Hoy en día, por la capacidad que tenemos de que con un click en el ordenador o una aplicación del movil podemos pedir lo que se nos ocurra, y tener a nuestro alcance cualquier tipo de información, sea buena o mala, creemos que podemos llegar a conseguir todo lo que queremos y deseamos. Esa realidad nos hace pensar, también, que así podemos actuar con Dios: se nos ocurre algo, sea bueno o malo, y nos lo tiene que dar, y si no nos ponemos a llorar como lo hizo Ajab para ver si podemos conseguir nuestros caprichos.
Pero, la realidad es que Dios sabe lo que nos hace bien y no nos da según nuestros antojos, sino lo que realmente usaremos para nuestra salvación. Lo que Él quiere es que descubramos el Camino hacia la Vida, y que, a pesar de habernos equivocado que descubramos el error y lo reparemos, que aceptemos la misericordia del Señor y nos convirtamos del mal que hemos hecho o provocado. Porque, aunque Ajab no le pidió a su mujer que matara a Nabot, ella quiso hacer lo mejor para su ser amado; así él pensaba que podía quedar libre del pecado de ella, pero no, ella lo hizo por amor a él.
Y ahí recordamos alguna frase que hemos escuchado o repetido alguna vez: ¿el fin justifica los medios? ¿Hacer semejante cosa por amor justifica hacer daño a otro? Cuando mis acciones hacen daño a otro o a mí mismo, nada lo justifica, porque no hemos de buscar el mal, aunque eso me traiga lo mejor para mí, sino que buscar hacer el bien, para mejorar, no sólo mi situación sino, también, la situación de los demás.
Por eso el Señor nos pide mirar no sólo a lo alto de nuestra vida, sino aspirar a lo más alto, buscando que el valor de la magnanimidad sea lo que nos lleve a alcanzar la cima de la santidad vivida en el amor:
"Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto".
Si lo que voy a hacer, reclamar o decir no ayuda para construir la paz, vivir la verdad, sembrar la fraternidad, dar alegría, ayudar a crecer.... a mí mismo y a los demás ¿para qué lo voy a hacer?
El mundo de hoy me hace trabajar con espíritu de saber que sólo yo soy lo importante, y que mis derechos valen más que los derechos de los demás, y por eso, nos vamos "pisoteando" entre todos para alcanzar algo que no nos ayudará, sino que sólo aplacará nuestros deseos, pero no nos llevará al progreso de mi persona o de la persona de los demás. Busquemos el Bien más alto, para que la Belleza del Ser predomine ante el deseo del tener.

lunes, 15 de junio de 2020

Nuestra oración

Del Tratado de san Cipriano, obispo y mártir, Sobre la oración del Señor.

    Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que hiciéramos una oración individual y privada, de modo que cada cual rogara sólo por sí mismo. No decimos: «Padre mío, que estás en el cielo», ni: «Dame hoy mi pan de cada día», ni pedimos el perdón de las ofensas sólo para cada uno de nosotros, ni pedimos para cada uno en particular que no caigamos en tentación y que nos libre del mal. Nuestra oración es pública y común, y cuando oramos lo hacemos no por uno solo, sino por todo el pueblo, ya que todo el pueblo somos como uno solo.
    El Dios de la paz y el Maestro de la concordia, que nos enseñó la unidad, quiso que orásemos cada uno por todos, del mismo modo que él incluyó a todos los hombres en su persona. Aquellos tres jóvenes encerrados en el horno de fuego observaron esta norma en su oración, pues oraron al unísono y en unidad de espíritu y de corazón; así lo atestigua la sagrada Escritura que, al enseñarnos cómo oraron ellos, nos los pone como ejemplo que debemos imitar en nuestra oración: Entonces -dice- los tres, a una sola voz, se pusieron a cantar, glorificando y bendiciendo a Dios. Oraban los tres a una sola voz, y eso que Cristo aún no les había enseñado a orar.
    Por eso fue eficaz su oración, porque agradó al Señor aquella plegaria hecha en paz y sencillez de espíritu. Del mismo modo vemos que oraron también los apóstoles, junto con los discípulos, después de la ascensión del Señor. Todos ellos -dice la Escritura- perseveraban en la oración, con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María, la madre de Jesús, y de los hermanos de éste. Perseveraban unánimes en la oración, manifestando con esta asiduidad y concordia de su oración que Dios, que hace habitar unánimes en la casa, sólo admite en la casa divina y eterna a los que oran unidos en un mismo espíritu.
    ¡Cuán importantes, cuántos y cuán grandes son, hermanos muy amados, los misterios que encierra la oración del Señor, tan breve en palabras y tan rica en eficacia espiritual! Ella, a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones. Vuestra oración -dice el Señor- ha de ser así: «Padre nuestro, que estás en el cielo.»
    El hombre nuevo, nacido de nuevo y restituido a Dios por su gracia, dice en primer lugar: Padre, porque ya ha empezado a ser hijo. La Palabra vino a los suyos -dice el Evangelio- y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, a los que creen en su nombre, les dio poder de llegar a ser hijos de Dios. Por esto, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios debe comenzar por hacer profesión, lleno de gratitud, de su condición de hijo de Dios, llamando Padre suyo al Dios que está en el cielo.

domingo, 14 de junio de 2020

El Pan que nos hace Ser

"En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Como muchas veces pienso y digo, qué real es esa pregunta que se hacían los judíos mientras Jesús hablaba: les parecía increíble lo que Él les estaba diciendo, pues no era posible poder alimentarse con su propios cuerpo, con su propia carne. No era posible porque lo estaban viendo y escuchando.
Para nosotros, hoy, en nuestro tiempo sí es posible creer que podemos alimentarnos con el Cuerpo de Cristo, pero, muchas veces, no llegamos a comprender o a valorar claramente lo que recibimos, o lo que estamos compartiendo. Y, sobre todo, en estos tiempos donde la Primera Comunión es sólo una fiesta de fin de curso donde me dan un regalo, tampoco se llega a valorar o a descubrir la Vida que lleva dentro la Eucaristía. Y, en muchos casos, ni los padres y menos los niños llegan a imaginarse o comprender el Valor de la Eucaristía.
Por eso es necesario que, así como estamos pensando en la "nueva normalidad", pensemos en la nueva evangelización. ¿Cómo volver a creer que lo que recibimos en la Eucaristía es el Verdadero Pan del Cielo, el Verdadero Cuerpo de Cristo? ¿Cómo volver a creer que lo que estamos recibiendo no es un premio a nuestras buenas conductas sino un Alimento necesario para nuestra vida en santidad? ¿Cómo volver a creer que esa Eucaristía, ese Cuerpo de Cristo, nos hace a todos parte de un Cuerpo Místico de Cristo que es la Iglesia y en donde todos somos hermanos y debemos vivir el Amor que Cristo nos tuvo a nosotros? ¿Cómo comprender....
"Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mi.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Como Jesús le dijo a la hermana de Lázaro frente a su tumba, también nos lo pregunta a nosotros: ¿Crees esto? para que podamos vivir lo que San Pablo nos anuncia:
"El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan".
En el Cuerpo Místico de Cristo todos somos miembros unidos por Su Amor y por nuestro amor mutuo, no lo desperdiciemos.

sábado, 13 de junio de 2020

La fuerza está en las obras

De los Sermones de san Antonio de Padua, presbítero

    El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza. la paciencia y la obediencia. que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras. Cesen, por favor, las palabras y sean las obras quienes hablen. Estamos repletos de palabras, pero vacíos de obras, y por esto el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo. «La norma del predicador -dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica.» En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que la contradice con sus obras.
    Pero los apóstoles hablaban según les hacía expresarse el Espíritu Santo. ¡Dichoso el que habla según le hace expresarse el Espíritu Santo y no según su propio sentir!
Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndolas a sí mismos. De estos tales y de otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas -oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos -oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo. con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié. por eso son inútiles a mi pueblo -oráculo del Señor-.
    Hablemos, pues, según nos haga expresarnos el Espíritu Santo. pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario del día de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición. de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios uno y trino.

viernes, 12 de junio de 2020

En el silencio aprender a escuchar

"Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.
Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso en pie a la entrada de la cueva.
Y llegó una voz que le dijo:
«¿Qué haces, aquí, Elías?»
Vivimos en una sociedad que va llenando nuestras vidas de ruido, y, además, vivimos metidos dentro del ruido de nuestras vidas pues vamos corriendo siempre detrás del hacer muchas cosas para poder cubrir muchos "agujeros" económicos por querer tener. Entre el ruido externo y el ruido interno creemos que podemos llegar a vivir de acuerdo al Querer de Dios, pero no es así. Y no es así porque, como dice la lectura del libro de los Reyes, Dios no estaba en ni el viento huracanado, ni en el fuego, ni en el terremoto, sólo se percibía en la brisa suave, es decir en la tranquilidad del silencio exterior e interior.
Es en ese momento, en ese lugar en el que puedo encontrar el silencio interno y externo, cuando puedo hablar y escuchar al al Señor, si es que quiero vivir según su Voluntad. Porque, como dice la lectura, cuando Elías escuchó el susurro de la brisa suave salió a hablar con el Señor, y el Señor le habló. Son pasos que tenemos que aprender a dar para tener una vida interior más profunda, más dialogada con el Señor: buscar el silencio y salir a su encuentro y dialogar con Él.
Como digo muchas veces: las oraciones que hemos aprendido de memoria nos sirven para muchos momentos, y son un aliciente en nuestra vida espiritual porque nos ayudan a meditar realidades espirituales. Pero también neceistamos el diálogo verdadero con nuestro Padre, con Jesús, con el Espíritu, con María... Nos conformamos, muchas veces, con que nuestra oración es buena porque hacemos lo convenido: el rosario, o la liturgia de las horas, o leemos algún libro espiritual. Todos instrumentos que están muy bien y son querido por Dios, pero así no aprendemos a escuchar, y, en todo diálogo es necesario escuchar para saber qué es lo que hay que hacer.
Por eso, cuando Elías salió de su "cueva" (que es nuestro encierro en lo que siempre hacemos) Dios le habló y le preguntó: ¿qué haces aquí?, y Elías le contestó y ahí comenzó el diálogo, donde Elías pudo presentarle sus problemas al Señor, y el Señor le dijo lo que tenía que hacer.
Está claro que, seguramente, no escucharemos la Voz del Señor tan clara como la escuchó Elías, pero por eso es que tendremos que ir adecuando nuestros oídos para aprender a escuchar al Señor, para aprender a escuchar cuál es Su Voluntad para nuestra vida.

jueves, 11 de junio de 2020

Sois la luz del mundo

De los Tratados de san Cromacio, obispo, sobre el evangelio de san Mateo

    Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto del monte; ni se enciende una lámpara para meterla bajo el celemín, sino para ponerla sobre el candelero, así alumbra a todos los que están en la casa. El Señor dijo a sus discípulos que eran la sal de la tierra, porque ellos, por medio de la sabiduría celestial, condimentaron los corazones de los hombres que, por obra del demonio, habían perdido su sabor. Ahora añade también que son la luz del mundo, ya que, iluminados por él mismo, que es la luz verdadera y eterna. se convirtieron ellos también en luz que disipó las tinieblas.
    Puesto que él era el sol de justicia, con razón llama a sus discípulos luz del mundo, ya que ellos fueron como los rayos a través de los cuales derramó sobre el mundo la luz de su conocimiento; ellos, en efecto, ahuyentaron del corazón de los hombres las tinieblas del error, dándoles a conocer la luz de la verdad.
    También nosotros, iluminados por ellos, nos hemos convertido de tinieblas en luz, tal como dice el Apóstol: Un tiempo erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz. Y también: Todos sois hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas.
    En este mismo sentido habla san Juan en su carta, cuando dice: Dios es luz, y el que permanece en Dios está en la luz, como él también está en la luz. Por lo tanto, ya que tenemos la dicha de haber sido liberados de las tinieblas del error, debemos caminar siempre en la luz, como hijos que somos de la luz. Por esto dice el Apóstol: Aparecéis como antorchas en el mundo, presentándole la palabra de vida.
    Si así no lo hacemos, es como si, con nuestra infidelidad, pusiéramos un velo que tapa y oscurece esta luz tan útil y necesaria, en perjuicio nuestro y de los demás. Por esto también incurrió en castigo aquel siervo que prefirió esconder el talento, que había recibido para negociar un lucro celestial, antes que ponerlo en el banco, como sabemos por el Evangelio.
    Así, pues, aquella lámpara resplandeciente, encendida para nuestra salvación, debe brillar siempre en nosotros. Poseemos, en efecto, la lámpara de los mandatos celestiales y de la gracia espiritual, acerca de la cual afirma el salmista: Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. De ella dice también Salomón: El consejo de la ley es lámpara.
    Por consiguiente, nuestro deber es no ocultar esta lámpara de la ley y de la fe, sino ponerla siempre en alto en la Iglesia, como en un candelero, para la salvación de todos, para que así nos beneficiemos nosotros de la luz de su verdad y para que ilumine a todos los creyentes.

miércoles, 10 de junio de 2020

Sobre qué muleta andas?

"En aquellos días, el rey Ajab dio una orden entre todos los hijos de Israel y reunió a los profetas de Baal en el monte Carmelo.
Elías se acercó a todo el pueblo y dijo:
«¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es Dios, seguidlo; si lo es Baal, seguid a Baal».
Hoy también cabría esta pregunta de Elías a nosotros, o, mejor dicho, esta exhortación de Elías, porque no siempre seguimos a nuestro Dios y Padre. No siempre seguimos las enseñanzas de Jesús nuestro Señor. No siempre buscamos su Voluntad sobre todas las cosas. No siempre... casi siempre andamos sobre dos muletas, y, muchas veces, no caminamos sobre la muleta verdadera sino sobre la que nos hemos inventado.
¿Cuál o quién es nuestro verdadero dios? ¿Lo sabemos? ¿Nos hemos preguntado verdaderamente a quién seguimos? Quizás sea una pregunta difícil, porque no siempre estamos en la misma situación sentimental o afectiva, y, muchas veces, son los afectos o sentimientos los que nos hacen estar más cerca o más lejos de Dios. Porque en los momentos de bonanza todos decimos que creemos en Dios, pero en los momentos de dolor u oscuridad, cuando sentimos que Diso no está cerca nuestro, es cuando nos damos cuenta que no teníamos una "sana" relación con Dios, o, simplemente que no conocíamos su forma de actur como Padre, sino que lo habíamos transformado en un empleado de mi propio supermercado, que cuando necesitaba algo recurría a él, pero cuando no lo tenía iba a otro.
"El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos".
Esto no lo digo yo, creemos que es Palabra de Dios, creemos que es Palabra de Jesús, y por eso tenemos que volver a pensar en quién o a quién le creemos, porque si realmente decimos que creemos en Dios Padre de nuestro Jesucristo, y creemos que Él es nuestro Dios, entonces tenemos que saber que Su Palabra y sus Mandatos son para vivirlos en todo momento, y no sólo cuando a mi se me antoja, y cuando no vivo los mandatos del mundo (que son más fáciles y me gustan más que el Evangelio), o me uno a otras espiritualidades que no tienen nada que ver con el Evangelio.
Y es por eso que Elías nos vuelve a exhortar y decir que nos decidamos por un dios, que aceptemos el desafío de definir nuestra vida, porque nuestra vida, como dice Jesús, es la que enseña a los demás a cómo vivir: "los hombre viendo vuestras buenas obras glorifiquen a Dios". Y ¿nuestras obras son buenas, es decir, son coherentes los actos de mi vida con mi ser cristiano?

martes, 9 de junio de 2020

Creer y confiar para dar testimonio

Pero Elías le dijo:
«No temas. Entra y haz como has dicho, pero antes prepárame con la harina una pequeña torta y tráemela. Para ti y tu hijo la harás después. Porque así dice el Señor, Dios de Israel:
“La orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor conceda lluvias sobre la tierra”».
Ella se fue y obró según la palabra de Elías, y comieron él, ella y su familia.
Por mucho tiempo la orza de harina no se vació ni la alcuza de aceite se agotó, según la palabra que había pronunciado el Señor por boca de Elías".
Cuando uno lee este pasaje del libro de los Reyes parece que fuera impensable pedirle a alguien que no tiene nada que de, a un profeta, lo que no tiene. Sin embargo, Elías, confiando en la palabra del Señor, le pide a la viuda algo que ella guarda para muerte. Pero, también, está la actitud de la mujer que, confiando en la palabra del profeta, hace lo que el Señor le pide: dar de su pan al hambriento.
Lo que creo que el Señor nos pide mirar, sobre todo, es la confianza en su Palabra, en su Providencia, reconociendo que no siempre confiamos lo necesario como para dejar que Su Palabra obre en nosotros el milagro. Claro está que no será el milagro que hizo con esta mujer, o los milagros que esperamos continuamente acerca de nuestra salud o situación económica. Pero sí el Señor puede obrar otros milagros que son necesarios en nuestra vida: no dejar que perdamos la Gracia, que se debilite nuestra Fe, que se muera nuestro amor, o alegría, o esperanza...
Por que si perdemos la confianza en la Palabra del Señor y dejamos morir nuestra esperanza en sus Promesas, entonces ya no podremos ser fieles a lo que el Señor nos dice que tenemos que ser:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
¿Cómo podremos ser Sal, Luz si no nos alimentamos del Señor, si no creemos en Su Palabra, si no confianmos en Su Providencia? ¿Son nuestra obras buenas como para dar testimonio de la gloria de Dios? ¿Los hombres viendo nuestras vidas pueden llegar a creer en Dios? ¿Viendo nuestras vidas pueden llegar a creer que confiamos en Dios?

lunes, 8 de junio de 2020

Ser cristiano no sólo de nombre, sino de hecho

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir, a los Romanos.

    Nunca tuvisteis envidia de nadie, y así lo habéis enseñado a los demás. Lo que yo ahora deseo es que lo que enseñáis y mandáis a otros lo mantengáis con firmeza y lo practiquéis en esta ocasión. Lo único que para mí habéis de pedir es que tenga fortaleza interior y exterior, para que no sólo hable, sino que esté también interiormente decidido, a fin de que sea cristiano no sólo de nombre, sino también de hecho. Si me porto como cristiano, tendré también derecho a este nombre y, entonces, seré de verdad fiel a Cristo, cuando haya desaparecido ya del mundo. Nada es bueno sólo por lo que aparece al exterior. El mismo Jesucristo, nuestro Dios, ahora que está con su Padre, es cuando mejor se manifiesta. Lo que necesita el cristianismo, cuando es odiado por el mundo, no son palabras persuasivas, sino grandeza de alma.
    Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios, con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y he de ser molido por los dientes de las fieras, para llegar a ser pan limpio de Cristo.
    Halagad, más bien, a las fieras, para que sean mi sepulcro y no dejen nada de mi cuerpo; así, después de muerto, no seré gravoso a nadie. Entonces seré de verdad discípulo de Cristo, cuando el mundo no vea ya ni siquiera mi cuerpo. Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. No os doy yo mandatos como Pedro y Pablo. Ellos eran apóstoles, yo no soy más que un condenado a muerte; ellos eran libres, yo no soy al presente más que un esclavo. Pero, si logro sufrir el martirio, entonces seré liberto de Jesucristo y resucitaré libre con él. Ahora, en medio de mis cadenas, es cuando aprendo a no desear nada.
    Desde Siria hasta Roma vengo luchando ya con las fieras, por tierra y por mar, de noche y de día, atado como voy a diez leopardos, es decir, a un pelotón de soldados que, cuantos más beneficios se les hace, peores se vuelven. Pero sus malos tratos me ayudan a ser mejor, aunque no por eso me creo justificado. Quiera Dios que tenga yo el gozo de ser devorado por las fieras que me están destinadas; lo que deseo es que no se muestren remisas; yo las azuzaré para que me devoren pronto, no suceda como en otras ocasiones que, atemorizadas, no se han atrevido a tocar a sus víctimas. Si se resisten, yo mismo las obligaré.
    Perdonadme lo que os digo; es que yo sé bien lo que me conviene. Ahora es cuando empiezo a ser discípulo. Ninguna cosa, visible o invisible, me prive por envidia de la posesión de Jesucristo. Vengan sobre mí el fuego, la cruz, manadas de fieras, desgarramientos, amputaciones, descoyuntamiento de huesos, seccionamiento de miembros, trituración de todo mi cuerpo, todos los crueles tormentos del demonio, con tal de que esto me sirva para alcanzar a Jesucristo.

domingo, 7 de junio de 2020

Luz, resplandor y Gracia en la Trinidad y por la Trinidad

De las Cartas de san Atanasio, obispo

    Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar el contenido de la antigua tradición, de la doctrina y la fe de la Iglesia católica, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres. En ella, efectivamente, está fundamentada la Iglesia, de manera que todo aquel que se aparta de esta fe deja de ser cristiano y ya no merece el nombre de tal.
    Existe, pues, una Trinidad, santa y perfecta, de la cual se afirma que es Dios en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que no tiene mezclado ningún elemento extraño o externo, que no se compone de uno que crea y de otro que es creado, sino que toda ella es creadora, es consistente por naturaleza y su actividad es única. El Padre hace todas las cosas a través del que es su Palabra, en el Espíritu Santo. De esta manera queda a salvo la unidad de la santa Trinidad. Así, en la Iglesia se predica un solo Dios, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo. Lo trasciende todo, en cuanto Padre, principio y fuente; lo penetra todo, por su Palabra; lo invade todo, en el Espíritu Santo.
    San Pablo, hablando a los corintios acerca de los dones del Espíritu, lo reduce todo al único Dios Padre, como al origen de todo, con estas palabras: Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos.
    El Padre es quien da, por mediación de aquel que es su Palabra, lo que el Espíritu distribuye a cada uno. Porque todo lo que es del Padre es también del Hijo; por esto, todo lo que da el Hijo en el Espíritu es realmente don del Padre. De manera semejante, cuando el Espíritu está en nosotros, lo está también la Palabra, de quien recibimos el Espíritu, y en la Palabra está también el Padre, realizándose así aquellas palabras: El Padre y yo vendremos a fijar en él nuestra morada. Porque donde está la luz, allí está también el resplandor; y donde está el resplandor, allí está también su eficiencia y su gracia esplendorosa.
    Es lo que nos enseña el mismo Pablo en su segunda carta a los Corintios, cuando dice: La gracia de Jesucristo el Señor, el amor de Dios y la participación del Espíritu Santo están con todos vosotros. Porque toda gracia o don que se nos da en la Trinidad se nos da por el Padre, a través del Hijo, en el Espíritu Santo. Pues así como la gracia se nos da por el Padre, a través del Hijo, así también no podemos recibir ningún don si no es en el Espíritu Santo, ya que hechos partícipes del mismo poseemos el amor del Padre, la gracia del Hijo y la participación de este Espíritu.