lunes, 28 de diciembre de 2020

Santos inocentes

De los Sermones de san Quodvuldeo, obispo

    El gran Rey nace como un niño pequeño. Vienen los magos desde tierras lejanas; vienen pina adorar al que está todavía acostado en un pesebre, pero que reina ya en el cielo y en la tierra. Cuando los magos hacen saber a Herodes que ha nacido el Rey, Herodes se altera y, para no perder su reino, quiere matar al recién nacido; y, sin embargo, si hubiese creído en él hubiera podido reinar tranquilo aquí en la tierra y para siempre en la otra vida. ¿Por qué temes, Herodes, al oír que ha nacido el Rey? Él no ha venido para destronarte, sino para vencer al diablo. Pero esto tú no lo entiendes y por esto te alteras y te llenas de furor; y, para perder al único niño que buscas, te conviertes en el cruel asesino de muchos.
    No te detienen ni las lágrimas de las madres ni el dolor de los padres que lloran la muerte de sus hijos ni los gritos y quejidos de los niños. Matas los cuerpos de los niños, porque a ti el temor te mata el corazón; y piensas que, si logras tu objetivo, podrás vivir por largo tiempo, cuando en realidad pretendes matar al que es la Vida en persona.
    Aquel que es la fuente de la gracia, que es pequeño y grande a la vez, que está acostado en un pesebre, te hace temer por tu trono; por medio de ti, y sin que tú lo sepas, realiza sus designios y libra a las almas de la cautividad del demonio. A los que habían nacido en pecado los recibe en el número de sus hijos adoptivos.
    Aquellos niños, sin saberlo, mueren por Cristo, y sus padres lloran la muerte de aquellos mártires; Cristo, cuando eran todavía incapaces de hablar, los convierte en idóneos testigos suyos. Así es el reinado de aquel que ha venido para ser rey. Así libera aquel que ha venido a ser libertador, así salva aquel que ha venido a ser salvador. Pero tú, Herodes, ignorando todo esto, te alteras y te llenas de furor; y, al llenarte de furor contra aquel niño, le prestas ya tu homenaje sin saberlo.
    ¡Cuán grande y gratuito es el don! ¿Qué merecimientos tenían aquellos niños para obtener la victoria? Aún no hablan y ya confiesan a Cristo. Sus cuerpos no tienen aún la fuerza suficiente para la lucha y han conseguido ya la palma de la victoria.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Los mayores, tesoro de la iglesia y de la sociedad

Este Domingo es el día de la Sagrada Familia de Nazaret y, desde la Conferencia Episcopal, nos invita a reflexionar sobre un tema particular e importante en nuestra sociedad actual: “los ancianos, tesoro de la iglesia y de la sociedad”. Del documento emitido por la CEE quise rescatar este punto para que lo pensemos, meditemos y recemos, porque en nuestra sociedad actual, mundial y particular, estamos intentando desprendernos de todo lo que es una “molestia” para la vida cotidiana, ya sea en el vientre de una madre antes de nacer, o en los últimos años de la vida.
“En una sociedad, en la que muchas veces se reivindica una libertad sin limites y sin verdad en la que se da excesiva importancia a lo joven, los mayores nos ayudan a valorar lo esencial y a renunciar a lo transitorio. La vida les ha enseñado que el amor y el servicio a los suyos y a los restantes miembros de la sociedad son el verdadero fundamento en el que todos deberíamos apoyarnos para acoger, levantar y ofrecer esperanza a nuestros semejantes en medio de las dificultades de la vida.
Nos dará mucha luz considerar la pandemia del coronavirus como un tiempo de prueba. Un tiempo en el que se ponen a prueba nuestras convicciones y la profundidad de las mismas, un tiempo en el que muchas de nuestras seguridades se desmoronan y en el que estamos llamados a dar una respuesta. Con admiración contemplamos la entrega heroica de tantos profesionales y voluntarios que desde el ámbito civil y desde su compromiso de fe se han desgastado por atender a los más golpeados por esta crisis sanitaria. Entre estas víctimas ocupan un lugar privilegiado nuestros mayores. Aprendamos esta lección de la historia, ya que «en una civilización en la que no hay sitio para los ancianos o se los descarta porque crean problemas, esta civilización lleva consigo el virus de la muerte». De manera especial, esmeremos nuestros cuidados por los ancianos que están enfermos, sin olvidar que el enfermo que se siente rodeado de una presencia amorosa, humana y cristiana, supera toda forma de depresión y no cae en la angustia de quien, en cambio, se siente solo y abandonado a su destino de sufrimiento y de muerte.
Muchos de nuestros mayores, en la plenitud de su vida, elevan su mirada a la trascendencia, sabiendo discernir lo importante y prescindir de lo pasajero. Esta mirada suya es imprescindible en medio de esta sociedad que muchas veces se aferra a lo temporal y olvida nuestra condición de peregrinos en esta tierra que encaminan sus pasos a la eternidad. No dejemos de educar para la muerte, que está en la esencia del ser; para la vejez, que forma parte de la existencia; para el sufrimiento y la dependencia, frente a la idolatrada autonomía, que nos ayudan a sentir la filiación y la humildad, y nos sitúan frente a Dios.
Tengamos presente que «la fe sin obras está muerta» (Sant 3, 26). Busquemos modos concretos para vivir este cariño y veneración por nuestros mayores. Sirva de ejemplo la campaña lanzada por el Dicasterio de Laicos, Familia y Vida «Cada anciano es tu abuelo», que invita a utilizar la fantasía del amor y llamar por teléfono o por video y escuchar a las personas mayores. Terminamos haciendo nuestras las palabras que el papa Francisco dirigía a los mayores:
La ancianidad es una vocación. No es aún el momento de «abandonar los remos en la barca». Este período de la vida es distinto de los anteriores, no cabe duda; debemos también un poco «inventárnoslo», porque nuestras sociedades no están preparadas, ni espiritual ni moralmente, para dar a este momento de la vida su valor pleno.
Que la Sagrada Familia de Nazaret, hogar de caridad, interceda por nuestras familias para que seamos custodios del tesoro que hemos recibido en nuestros mayores.
Que la Luz y el espíritu de la Sagrada Familia nos ayude y fortalezca para defender en todo momento la vida humana, para dignificarla y amarla, y, darle, sobre todo, el sentido que Dios ha pensado desde siempre.

 

sábado, 26 de diciembre de 2020

Las armas de la caridad

De los Sermones de san Fulgencio de Ruspe, obispo

    Ayer celebrábamos el nacimiento temporal de nuestro Rey eterno; hoy celebramos el martirio triunfal de su soldado.
    Ayer nuestro Rey, con la vestidura de gala de nuestra carne, salió del palacio del seno virginal y se dignó visitar el mundo; hoy su soldado, abandonando la tienda de su cuerpo, ha entrado triunfante en el cielo.
    Nuestro Rey, a pesar de su condición altísima, por nosotros viene humilde, mas no con las manos vacías: él trae para sus soldados una dádiva espléndida, ya que no sólo les otorga copiosas riquezas, sino que les da también una fortaleza invencible en el combate. En efecto, trae consigo el don de la caridad, que eleva a los hombres hasta la participación de la. naturaleza divina.
    Y, al repartir estos dones, en nada queda él empobrecido, sino que de un modo admirable enriquece la pobreza de sus fieles sin mengua de sus tesoros inagotables.
    La misma caridad que hizo bajar a Cristo del cielo a la tierra ha hecho subir a Esteban de la tierra al cielo. La misma caridad que había precedido en la persona del Rey resplandeció después en su soldado.
    Esteban, para merecer la corona que significaba su nombre, tuvo por arma la caridad, y ella le dio siempre la victoria. Por amor a Dios no cedió ante la furia de los judíos, por amor al prójimo intercedió por los que lo apedreaban. Por esta caridad refutaba a los que estaban equivocados, para que se enmendasen de su error; por ella oraba por los que lo apedreaban, para que no fuesen castigados.
    Apoyado en la fuerza de esta caridad, venció la furia y crueldad de Saulo y, habiéndolo tenido por perseguidor en la tierra, logró tenerlo por compañero en el cielo. Movido por esta santa e inquebrantable caridad, deseaba conquistar con su oración a los que no había podido convertir con sus palabras.
    Y ahora Pablo se alegra con Esteban, goza con él de la gloria de Cristo, con él desborda de alegría, con él reina. Allí donde entró primero Esteban, aplastado por las piedras de Pablo, entró luego Pablo, ayu1ado por las oraciones de Esteban.
    Ésta es, hermanos míos, la verdadera vida, donde Pablo no es avergonzado por la muerte de Esteban, donde Esteban se congratula de la compañía de Pablo, porque en ambos es la caridad la fuente de su alegría. La caridad de Esteban, en efecto, superó la furia de los judíos, la caridad de Pablo cubrió la multitud de los pecados, la caridad de ambos les hizo merecer juntamente la posesión del reino de los cielos.
    La caridad, por tanto, es la fuente y el origen de todo bien, la mejor defensa, el camino que lleva al cielo. El que camina en la caridad no puede errar ni temer, porque ella es guía, protección, camino seguro.
    Por esto, hermanos, ya que Cristo ha colocado la escalera de la caridad, por la que todo cristiano puede subir al cielo, aferraos a esta pura caridad, practicadla unos con otros y subid por ella cada vez más arriba.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Testigos de la Luz

Antes que nada ¡Feliz Navidad! Dios ha nacido para nuestra Salvación, y nosotros lo hemos reconocido en un Niño recostado en pesebre. ¡Esa es nuestra fe! Y esa es la Luz que ese Niño vino a traernos a nuestras vidas, y, de nuestras vidas, al mundo entero.
"Y la luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió.
Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él".
Hoy como ayer la Luz quiere brillar en las tinieblas, en las tinieblas del mundo, en las tinieblas de error, pero hay quienes no quieren reconocer la Luz. Y ¿por qué no quieren reconocer la Luz? Sobre todo porque quienes portamos la Luz no somos testigos creíbles de la Luz que decimos haber recibido.
Y, sí, es la verdad. Como dice el Evangelio acerca de Juan: "venía como testigo, para der testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él". Esa también es nuestra misión: dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de nosotros. Por eso el Señor nos dijo: "vosotros sois la luz del mundo". Y ¿por qué no somos testigos veraces de la Luz? Porque dejamos que la luz del mundo se filtre en nuestros corazones, y nos dejamos engañar por luces que no son verdaderas y que van cambiando con el correr del tiempo. En cambio, la Luz Verdadera, aquella que vino al mundo en Belén, es una Luz que ilumina, también, las tinieblas de nuestros corazones y nos quiere llevar a cambiar de vida, a reconocer nuestros errores, y a ir contra la corriente del mundo.
Ya nos los decía San Juan Pablo II, en la Jornada de los Jóvenes del año 2000: "sed mártires de luchar contra la corriente del mundo", en cambio nos hemos visto arrastrados (o mejor dicho nos hemos dejado arrastrar) por la corriente del mundo, y aunque, muchas veces decimos que no, pero aceptamos los pecados del mundo, y así, la Luz que nació en Belén, en nuestros corazones va perdiendo fuerza.
Hoy, y cada día, miremos al Niño que nacido, en el que creemos; y volvamos la mirada, también, hacia el Sagrario, pues ahí está el Verdadero Dios esperándonos, invitándonos a recibirlo para que la Verdadera Luz vuelva a nacer en nuestras vidas, para que tengamos la fortaleza necesaria para remar contra la corriente, para que sepamos confiar en Su Providencia y poder defendernos contra las tinieblas, y dejar paso a la Luz, para que, como Juan seamos portadores de la Luz Verdadera, que lleguemos como nos pidió Jesús a iluminar con nuestras vidas el mundo. ¡Somos sus testigos! Tenemos que creérnoslo para que sigamos transformando el mundo como Él lo transformó. Para que no sólo sea brindar por una Navidad, sino que sea Vivir una Navidad todos y cada uno de los días, porque la Luz vino al mundo y nosotros somos testigos fieles de su Verdad y su Vida.

 

jueves, 24 de diciembre de 2020

Despierta, hombre

De los Sermones de san Agustín, obispo

    Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta, tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará. Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.
    Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no hubiera venido a salvarte.
    Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día, engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de esta nuestra vida temporal.
    Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y redención. y así -como dice la Escritura- «el que se gloria que se gloríe en el Señor.»
    La verdad brota, realmente, de la tierra, pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por si mismo, sino por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra, porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo, porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada, si no le es dado del cielo.
    Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el cielo. Por ello el que se gloria que se gloríe no en sí mismo, sino en el Señor.
    Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor.
    ¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de buena voluntad unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad. Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros. Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.
    ¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.
    Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura gracia de Dios.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Fidelidad versus siempre se hizo así

"A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados".
En la vida cotidiana siempre nos encontramos con aquellos que creen saber más que uno, sobre todo, querer meterse donde no los han llamado y, poder dar opinión sin saber cuál es la voluntad de Dios para uno. Eso es lo que narran estos versículos.
Zacarías e Isabel sabían qué era lo que Dios había pedido sobre su hijo, desde lo más pequeño como era ponerle el nombre que el Ángel le había comunicado a Zacarías. Pero siempre surgen esas personas que nos dice: "pero si siempre se hizo así", y como dudaron de Isabel, le preguntaron a Zacarías. Y él, fiel a lo que el Señor le había pedido, dijo lo mismo que su esposa.
Creemos, muchas veces, que lo que siempre se hizo es lo que nos da seguridad, y que la tradición, es lo que siempre tenemos que hacer; y, por eso, muchas veces, no le damos lugar a Dios para que pueda hacer lo que Él ve conveniente para mi vida, o para la vida de los demás.
Y, por otro lado, vemos la unión que hay entre los esposos, que los dos buscan lo mismo: la fidelidad a Dios, hacer Su Voluntad. Es una hermoso ejemplo en estos tiempos que nos ayuda a ver que sólo siendo fieles a Dios se pueden dar grandes frutos, y, sobre todo, que esa fidelidad puede cambiar la historia de todos, si dejamos que Él actúe a través de nuestras vidas.
Y ¿por qué se quedaron todos maravillados? ¿Porque había unidad de criterios entre Zacarías e Isabel? ¿Porque habían elegido un nombre que rompía con la tradición de la familia? Quizás por las dos cosas. Quizás se quedaron maravillados porque le taparon la boca a aquellos que querían que el niño llevara otro nombre y, como los dos estaban de acuerdo, no pudieron hacer otra cosa. Y, también, seguramente, eso maravilló a muchos, porque, a veces, los que siempre están metidos en todas las cosas son los que ganan con sus opiniones, y, cuando hay alguien que no les sigue el juego, otros se maravillan. Quizás...
Pero lo bueno de la historia es que Zacarías e Isabel hicieron lo que correspondía a la Voluntad de Dios, y le dieron al hijo que habían recibido de Dios, el nombre que Él quería y no lo que querían los hombres.
Y, ahí vemos otro detalle, ellos fueron conscientes que ese niño había sido un regalo del Señor, como toda vida, pero de modo particular, el nacimiento de Juan fue un milagro de Dios, y como tal, había que seguir en fidelidad lo que el Señor le había mandado a Zacarías por medio del Ángel. No sólo dar gracias por el milagro, sino aceptar las "condiciones" que el Señor había puesto para recibir el milagro, desde la más pequeña como era ser fiel al nombre para el niño.
Así es cuando somos fieles al Señor, no sólo en las grandes empresas, sino en los pequeños detalles del día a día, Él no se cansará de darnos las Gracias para seguir sembrando su Palabra en la historia, y anunciar con nuestra vida sus maravillas.

 

martes, 22 de diciembre de 2020

Magnificat

Del Comentario de san Beda el Venerable, presbítero, sobre el evangelio de san Lucas

    María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi salvador.»
    «El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan magnífico e inaudito que no se puede explicar con palabras humanas, y el mismo corazón con todo su amor apenas puede llegar a comprenderlo. Por lo tanto, me entrego con todas mis fuerzas a la alabanza y a la acción de gracias, contemplando la gran deza de aquel que es eterno, y gustosamente le consagro mi vida, sentimientos y pensamientos, porque mi espíritu se alegra en la divinidad eterna de Jesús, es decir, del Salvador, que se ha revestido de mi carne y reposa en mi seno.»
    Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo.
    Estas palabras se relacionan con el comienzo del cántico, donde se dice: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza del Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios, diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
    Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que es infinita, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos. Se dice que su nombre es santo porque, por su inmenso poder, trasciende toda creatura y está infinitamente por encima de todas las cosas creadas.
    Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia. Con toda propiedad el cántico llama siervo o niño del Señor a Israel, pues, para salvarlo, Dios lo acogió como se acoge a un niño obediente y humilde, según aquello que dice Oseas: Cuando Israel era un niño yo lo amé.
    Porque quien no quiere humillarse no puede tampoco ser salvado ni decir con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, pues, el que se haga pequeño tal como este niño será el más grande en el reino de los cielos.
    Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y su descendencia por siempre.
    Al hablar aquí de la descendencia de Abraham no se refiere a la descendencia según la carne, sino según el espíritu, es decir, no sólo habla de aquellos que han sido engendrados según la carne, sino también de todos aquellos que han seguido los pasos de Abraham por medio de la circuncisión de la fe. Porque Abraham creyó cuando estaba en la circuncisión y, ya entonces, su fe le fue tenida en cuenta para la justificación.
    Por lo tanto la venida del Salvador fue prometida a Abraham y a su descendencia por siempre, es decir, a los hijos de la promesa, de quienes se dice: Si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de Abraham, herederos según la promesa.
    Con razón la madre del Señor y la madre de Juan se adelantaron con sus respectivas profecías al nacimiento de sus hijos; con ello, de la misma forma que el pecado comenzó por la mujer, también por la mujer se inicia la salvación, y la vida, que fue perdida por el engaño que sedujo a una sola mujer, es ahora devuelta al mundo por la profecía de dos mujeres que compiten en su empeño por anunciar la salvación.

lunes, 21 de diciembre de 2020

Sobre la Visitación

Del Comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el evangelio de san Lucas

    Cuando el ángel reveló a María los misterios recónditos de Dios, para fortificar la fe con un ejemplo, habló a la Virgen de la maternidad de una mujer ya anciana y estéril; con ello le quiso demostrar que para Dios no hay nada imposible.
    Al oír María este anuncio, llena de gozo y sin demora, partió hacia las montañas, no porque dudara de las palabras del ángel ni porque estuviera incierta de la veracidad del hecho ni porque vacilara ante la realidad del ejemplo, sino porque se sentía impulsada por el deseo de cumplir un deber de piedad, anhelante de prestar sus servicios y presurosa por la intensidad de su alegría.
    Llena ya totalmente de Dios, ¿a dónde podía dirigirse María con prisa sino hacia las alturas? En efecto, la gracia del Espíritu Santo ignora la lentitud. Los beneficios de María y los dones de la presencia del Señor se manifestaron en seguida, pues, así que Isabel oyó el saludo de María, su criatura saltó de gozo en su seno y ella quedó llena del Espíritu Santo.
    Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos.
    El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María se alegra en su espíritu. En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena del Espíritu, pero, sí observas bien, de María no se dice que fuera llena del Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto: Isabel fue llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de concebir, porque de ella se dice: Dichosa tú que has creído.
    Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y proclama sus obras.
    Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios.
    El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María, la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad conmigo la grandeza del Señor.
    El Señor es engrandecido ciertamente, pero no en el sentido de que reciba por medio de nuestras palabras algo que a él le faltaba, sino porque con estas palabras él queda engrandecido en nosotros. En efecto, porque Cristo es la imagen de Dios, cuando alguien actúa con piedad y con justicia engrandece la imagen de Dios -pues todo hombre ha sido creado a su imagen y semejanza- y, al engrandecer esta imagen, también él queda engrandecido por una mayor participación de la grandeza divina.
 

domingo, 20 de diciembre de 2020

Hágase!

María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Una simple frase, de una adolescente, que cambió la historia de la Humanidad, haciendo que la historia comenzara a ser Historia de Salvación, pues en su seno comenzó a nacer el Esperado por los Siglos, el Salvador del Hombre: un Dios que se hace Hombre para salvar al hombre.

Y esas palabras de María me llevan a pensar en nuestras palabras, en nuestras respuestas de cada día al Señor: ¿somos capaces de responder a Dios como lo hizo María? ¿Somos capaces de entregar toda nuestra vida a Dios para que Él haga según su Voluntad?

A veces pienso que no estamos preparados para vivir como María, una entrega total a Dios, hacernos sus esclavos para que se cumpla en nosotros “su voluntad en la tierra como en el Cielo”, palabras que siempre salen de nuestros labios, pero que, muchas veces, no llegan al corazón.

María nos lleva a meditar, un poco más, en nuestra pertenencia al Señor, porque es Él quien nos ha elegido, como a Ella, para llevar a Dios al mundo, por eso el Hijo nos dijo: vosotros sois la sal, la luz, y el fermento; para darle al mundo una imagen nueva, para mostrar el hombre un Hombre Nuevo, para hacer que lo que se fue destruyendo del hombre pueda ser reconstruido y restaurado a imagen del Hijo por quien se hizo todo.

Así, este año, tan especial, pero tan vivido desde el dolor, desde la soledad, desde lo íntimo del corazón, aprovechémoslo para adentrarnos en el Misterio de la Navidad, pero desde el corazón de María. Ella como todas las mujeres de Israel estaba a la espera del Mesías, pero Dios la eligió a Ella, para que fuera quien lo recibiera, y todo dependía de su libertad, de su entrega, de su deseo de ser la portadora de la Buena Noticia para toda la humanidad.

Así, también nosotros, estamos llamados, como María a ser los portadores de una Buena Noticia, que no es sólo el deseo de una ¡Feliz Navidad! sino los portadores en nuestras vidas de una Vida Nueva que nace de la Palabra, de los Sacramentos, en fin, de nuestra Fidelidad a la Vida que nació en Belén, y se nos dio como Don de Dios en nuestro Bautismo. Si lo vivimos y lo anunciamos, sembraremos el mundo con semillas de Nueva Humanidad, de un Nuevo Hombre que nace en Dios para los hombres.


sábado, 19 de diciembre de 2020

Saber pedir y saber esperar

"Pero el ángel le dijo:
«No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo, y le pondrás por nombre Juan. Te llenarás de alegría y gozo, y muchos se alegrarán de su nacimiento".
Es algo que ya sabemos que los tiempos de Dios no son nuestros tiempos y eso, muchas veces, nos llena de impaciencia y ansiedad. Zacarías e Isabel ya eran ancianos y no podían tener hijos, seguramente, como le dijo el ángel, hacía muchos años que suplicaban por el hijo, pero hasta que Dios no lo vió oportuno, como diría san Pablo de Jesús: llegada la plenitud de los tiempos; Dios no les concedió lo que pedían.
Pero no sólo Dios espera la plentiud de los tiempos, sino que, también, espera que en ese tiempo el instrumento pueda ayudar a Su Plan de Salvación. San Juan Bautista fue pensado por Dios para un momento determinado y para una misión determinadas, y así la cumplió él. Lo mismo que sus padres que, siendo fieles a la Voluntad de Dios, le dieron al niño el nombre que Dios quería y no el que los hombres pretendía, pues, cuando se quiere ser Fiel a Dios, no importa lo que piensen los hombres, pues la lógica de Dios es muy diferente de la lógica humana.
Y esto nos ayuda a ver dos o más cosas: por un lado que no tenemos que dejarnos caer en la ansiedad porque "Dios no nos esuchce", sí que nos escucha, pero Él sabe mejor que yo, cuándo y qué necesito, claro que eso no quita que siga pidiendo lo que creo querer, pero mucho más he de pedir el Espíritu Santo.
Por eso mismo, cuando pido el Espíritu Santo, Él me enseñará a pedir y, sobre todo, a pedir lo que sabe que Dios ha pensado para mí. Me ayuda a descubrir mi vocación y a vivirla en el momento oportuno, y recibir la fortaleza para poder llevarla a cabo.
Porque la ansiedad y el no saber qué tengo que hacer, siempre nos llevarán por otros caminos que no son los de Dios, y, muchas veces, nos harán sentir el sinsentido de lo que estamos, porque sólo estamos llenando el tiempo y el espacio de cosas que no nos convienen y que no le dan sentido a mi vida.
La confianza en la Providencia y el saber dejar al Espíritu Santo que interceda por nosotros, nos ayudará a encontrar la serenidad y la paz necesaria para poder discernir con claridad cuál es la Voluntad de Dios para mi vida, y, con Su Gracia, poder "alcanar la meta sin perder la fe".

 

viernes, 18 de diciembre de 2020

Dios nos reveló su Amor

De la Carta a Diogneto

    Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres, sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno, benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
    Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba para sí, parecía abandonamos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio, nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y comprender sus designios. ¿ Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta generosidad?
    Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a fin de que, convictos en aquel tiempo de que por nuestras propias obras éramos indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios, reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.
    Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder -¡oh inmenso amor de Dios a los hombres!- y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de nuestras ofensas, sino que nos soportó con magnanimidad y paciencia, apiadándose de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que somos impíos y malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo de Dios?
    ¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible, beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!

jueves, 17 de diciembre de 2020

El misterio de nuestra reconciliación

De las Cartas de san León Magno, papa

    De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es hombre perteneciente a aquel linaje mencionado en el Evangelio.
    Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham; y sigue el orden de su generación humana hasta llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.
    Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán tienen una misma naturaleza.
    El Hijo de Dios, en su omnipotencia, hubiera podido manifestarse, para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban. Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera naturaleza humana.
    Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron hechas todas las cosas empezó a contarse entre las creaturas.
    Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros pecados, si el que es consustancial al Padre no se hubiera dignado ser consustancial a una madre y si -libre de todo pecado- no hubiera unido a sí nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.
    El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual.
    Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes: Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del hombre, sino del mismo Dios.
 

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Dios se hace visible en Cristo

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías

    Uno es Dios, quien por su palabra y su sabiduría hizo y dispuso todas las cosas.
Su Palabra es nuestro Señor Jesucristo, que en los últimos tiempos se hizo hombre entre los hombres para reunir el término con el comienzo, es decir, el hombre con Dios.
    Los profetas, que habían recibido el don de la profecía de la misma Palabra, anunciaron su venida según la carne: Por esta venida se realizó la unión y comunión de Dios y el hombre, conforme a la voluntad del Padre. En efecto, la Palabra de Dios había anunciado de antemano que Dios sería visto por los hombres, que viviría con ellos en la tierra; había anunciado que hablaría y que estaría con su creatura para salvarla, que ella lo conocería; y había anunciado también que, librándonos de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian, es decir, de todo espíritu de pecado, nos haría servirle con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días, a fin de que el hombre, unido al Espíritu de Dios, glorificara al Padre.
    Los profetas anunciaban que Dios sería visto por los hombres, y así lo proclamó el mismo Señor cuando dijo: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Pero nadie puede ver a Dios en su grandeza y en su gloria inenarrable y seguir viviendo: el Padre es inaccesible. Sin embargo, porque ama al hombre y porque todo lo puede, aun este don concedió a los que lo aman: ver a Dios; y esto también lo anunciaron los profetas: Lo que para los hombres es imposible es posible para Dios.
    El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en el reino de los cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios.
    Pues así como los que ven la luz están en la luz y reciben su claridad, así también los que ven a Dios están en Dios y reciben su claridad. La claridad de Dios vivifica y, por lo tanto, los que ven a Dios reciben la vida.

martes, 15 de diciembre de 2020

Obediencia y arrepentimiento

"En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña." El le contestó: "No quiero." Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor". Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?»
En una parábola muy corta el Señor nos enseña dos cosas importantes para nuestras vidas: la obediencia y el arrepentimiento.
La obediencia a la Voluntad de Dios, pero no a la voluntad de los hombres, pues esa voluntad no nos salva, salvo que ese hombre hable en nombre de Dios. Y, por eso, tengo que aprender a discernir a quién obedecer o a quien obedezco. No es como se dice por ahí que "la iglesia nos quiere sumisos". No. La Iglesia nos enseña a ser obedientes a la Voluntad de Dios, pero una obediencia razonada, discernida, para lo cual tengo que aprender a escuchar, primero a Dios, saber qué es lo que el Señor puede querer para mi vida, y luego aceptar Su Voluntad, aunque salga de los labios de una persona a la que considero mi guía, mi pastor. Pero, siempre, la decisión de obedecer será mia, personal, porque he podido discernir si lo que me estaban diciendo era de Dios o no lo era.
No es algo muy fácil para hacerlo, pero como hijo de Dios, y en función de lo que Cristo nos ha enseñado, tengo que encontrar el Camino para saber escuchar, discernir y aceptar lo que Dios me pide vivir y cómo vivirlo.
Muchas veces, seguramente, nos equivocaremos en las decisiones o no siempre estaremos de acuerdo con esa Voluntad, y nos pasará como al primer hijo que dijo que no pero después sí. Y ahí está el arrepentimiento del corazón, quizás, en un primero momento no veo con claridad lo que me está pidiendo Dios y, lógicamente, por instinto humano o por pecado personal, pueda decir que NO a Su Voluntad. Pero después en la oración o por algún otro motivo vea con más claridad que lo que me ha pedido no va en contra de mis deseos, sino que es el mejor camino a recorrer. Simplemente, pido perdón y me decido a cumplir con Su Voluntad.
Claro está que, por orgullo, vanidad o lo que sea, nos es muy difícil, muchas veces, decir: ¡Si, Padre! Aquí estoy para hacer tu voluntad. Lo digo decidido cuando esa Voluntad está de acuerdo con mis ganas, pero cuando no estoy muy conforme con lo que me dicen o piden, entonces ya no lo digo con tanta firmeza e, incluso, me niego a aceptarla.
Por eso Jesús nos enseñó con su vida a que la Voluntad de Dios, aunque puede llegar a costar mucho, siempre es el Camino a la Vida: "Padre, si es posible aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad sino la tuya".
Vuelvo a lo mismo, no es la sumisión del esclavo, sino la obediencia de una persona que ha sabido discernir lo que le conviene, y lo que ha aceptado vivir cuando ha tomado la decisión de seguir a Cristo, pero esa obediencia no me exige dejar de lado mi capacidad de razonar y discernir, sino que lo tengo que hacer, y, finalmente aceptar lo que sea Voluntad de Dios, y no voluntad de los hombres. Es, para nosotros una aceptación desde la inteligencia, pero un salto de fe, en algunos momentos de nuestras vidas. Y, todo con la ayuda de la Gracia de Dios, sin ella es imposible poder discernir y aceptar.

 

lunes, 14 de diciembre de 2020

El misterio escondido en Cristo

Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, presbítero

    Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores Y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden, nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de nuevas riquezas acá y allá. Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo, diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos, en los cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si no pasa primero por la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría.
    Porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a ella. ¡Oh, si se acabas e ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su consolación y deseo! iV cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!
    Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen bien fuertes y arraigados en la caridad, para que pudiesen comprender con todos los santos qué cosa sea la anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo henchimiento de Dios. Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la puerta es la cruz, que es angosta. V desear entrar por ella es de pocos; mas desear los deleites a que se viene por ella es de muchos.

sábado, 12 de diciembre de 2020

Nuestra Señora de Guadalupe

En el día de la Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América.
Del Nicán Mopohua, relato del escritor indígena del siglo dieciséis don Antonio Valeriano     
 
Un sábado de mil quinientos treinta y uno, a pocos días del mes de diciembre, un indio de nombre Juan Diego iba muy de madrugada del pueblo en que residía a Tlatelolco, a tomar parte en el culto divino y a escuchar los mandatos dé Dios. Al llegar junto al cerrillo llamado Tepeyac, amanecía, y escuchó que le llamaban de arriba del cerrillo:     
«Juanito, Juan Dieguito.»     
ÉI subió a la cumbre y vio a una señora de sobrehumana grandeza, cuyo vestido era radiante como el sol, la cual con palabra muy blanda y cortés, le dijo:     
«Juanito, el más pequeño de mis hijos, sabe y ten entendido que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios por quien se vive. Deseo vivamente que se me erija aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a los demás amadores míos que me invoquen y en mí confíen. Ve al Obispo de México a manifestarle lo que mucho deseo. Anda y pon en ello todo tu esfuerzo.»     
Cuando llegó Juan Diego a presencia del Obispo don fray Juan de Zumárraga, religioso de san Francisco, éste pareció no darle crédito y le respondió:     
«Otra vez vendrás y te oiré más despacio.»     
Juan Diego volvió a la cumbre del cerrillo, donde la Señora del Cielo le estaba esperando, y le dijo:     
«Señora, la más pequeña de mis hijas, niña mía, expuse tu mensaje al Obispo, pero pareció que no lo tuvo por cierto. Por lo cual te ruego que le encargues a alguno de los principales que lleve tu mensaje para que le crean, porque yo soy sólo un hombrecillo.»     
Ella le respondió:     
«Mucho te ruego, hijo mío el más pequeño, que otra vez vayas mañana a ver al Obispo y le digas que yo en persona, la siempre Virgen santa María, Madre de Dios, soy quien te envío.»     
Pero al día siguiente, domingo, el Obispo tampoco le dio crédito y le dijo que era muy necesaria alguna señal para que se le pudiera creer que le enviaba la misma Señora del Cielo. Y le despidió.     
El lunes, Juan Diego ya no volvió. Su tío Juan Bernardino se puso muy grave y, por la noche, le rogó que fuera a Tlatelolco muy de madrugada a llamar un sacerdote que fuera a confesarle.     
Salió Juan Diego el martes, pero dio vuelta al cerrillo y pasó al otro lado, hacia el oriente, para llegar pronto a México y que no lo detuviera la Señora del Cielo. Mas ella le salió al encuentro a un lado del cerro y le dijo:     
«Oye y ten entendido, hijo mío el más pequeño, que es nada lo que te asusta y aflige. No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna. ¿No estoy yo aquí que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra? ¿No estás, por ventura, en mi regazo? No te aflija la enfermedad de tu tío. Está seguro de que ya sanó. Sube ahora, hijo mío, a la cumbre del cerrillo, donde hallarás diferentes flores; córtalas y tráelas a mi presencia.»     
Cuando Juan Diego llegó a la cumbre, se asombró muchísimo de que hubiesen brotado tantas exquisitas rosas de Castilla, porque a la sazón encrudecía el hielo, y las llevó en los pliegues de su tilma a la Señora del Cielo. Ella le dijo:     
«Hijo mío, ésta es la prueba y señal que llevarás al Obispo para que vea en ella mí voluntad. Tú eres mi embajador muy digno de confianza.»     
Juan Diego se puso en camino, ya contento y seguro de salir bien. Al llegar a la presencia del Obispo, le dijo: «Señor, hice lo que me ordenaste. La Señora del Cielo condescendió a tu recado y lo cumplió. Me despachó a la cumbre del cerrillo a que fuese a cortar varias rosas de Castilla, y me dijo que te las trajera y que a ti en persona te las diera. Y así lo hago, para que en ellas veas la señal que pides y cumplas su voluntad. Helas aquí: recíbelas.»     
Desenvolvió luego su blanca manta, y, así que se esparcieron por el suelo todas las diferentes rosas de Castilla, se dibujó en ella y apareció de repente la preciosa imagen de la siempre Virgen santa María, Madre de Días, de la manera que está y se guarda hoy en su templo del Tepeyac.     
La ciudad entera se conmovió, y venía a ver y a admirar su devota imagen y a hacerle oración, y, siguiendo el mandato que la misma Señora del Cielo diera a Juan Bernardino cuando le devolvió la salud, se le nombró, como bien había de nombrarse: «Ia siempre Virgen santa María de Guadalupe.»

 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Sobre Eva y María

Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
 
    Cuando vino Dios visiblemente a sus creaturas y fue sostenido por esta creación que es por él mismo sostenida, expió aquella desobediencia cometida bajo un árbol, por medio de la obediencia efectuada sobre otro árbol, y destruyó así la seducción con que fue vilmente engañada aquella virgen Eva, destinada ya para un varón, con la verdad que le fue venturosamente anunciada por el ángel a la Virgen María, ya también prometida a otro varón.
    Y así como Eva fue seducida por un ángel para que se alejara de Dios, desobedeciendo su palabra, así María fue notificada por otro ángel de que llevaría a Dios en su seno, si obedecía su palabra. Y como aquélla fue inducida a no obedecer a Dios, así ésta fue persuadida a obedecerlo, y de esta manera la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva.
    Al renovar profundamente el Señor todas las cosas, declaró la guerra a nuestro enemigo, aplastó a aquel que en un principio nos había hecho cautivos en Adán y pisoteó su cabeza, según lo que, en el Génesis, Dios dice a la serpiente: Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.
    Con ello se anunciaba que aquel que debía. nacer de una mujer Virgen, hecho hombre como Adán, aplastaría la cabeza de la serpiente. De esta descendencia habla el Apóstol, en la carta a los Gálatas, cuando dice: La ley mosaica fue puesta por Dios hasta que viniese la descendencia a quien se habían hecho las promesas.
    Más claramente aún lo demuestra, en esa misma carta, al decir: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer. El enemigo no hubiera sido vencido con justicia si el hombre que lo venció no hubiera nacido de una mujer, pues ya desde el comienzo se opuso al hombre, dominándolo por medio de la mujer.
    Por eso el Señor afirma que él es el Hijo del hombre, el hombre por excelencia, el cual resume en sí al linaje nacido de mujer, de modo que, si nuestra especie bajó a la muerte a causa de un hombre vencido, por un hombre victorioso subamos de nuevo a la vida.

 

jueves, 10 de diciembre de 2020

La violencia del Reino

"Desde los días de Juan el Bautista, hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan".
San Agustín decía: Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti.
Y es cada uno de nosotros, los que, cada día, rezamos: "venga a nosotros tu Reino", quienes tienen que hacerse violencia para que el Reino de los Cielos llegue a nosotros. Porque, así como dice el refrán: a Dios rogano y con el mazo dando. Pero no pienses mal, no es la violencia del muno, no tenemos que andar como los extremistas o fundamentalistas dando golpes a la gente para que creean en Dios. No. No es esa la violencia a la que se refiere Jesús.
La violencia interna de la negación a uno mismo para poder ser Fiel a la Voluntad de Dios, por eso, también, decimos: "hágase Tu Voluntad en la tierra como en el Cielo". Pero... no siempre buscamos la Voluntad de Dios en nuestras vidas, sino que, la mayoría de las veces, hacemos lo que tenemos ganas o lo hacemos sin ponernos a pensar si está bien, o, por lo menos, si es lo que están entro de los 10 mandamientos, como mínimo.
Vivmos tan metidos en las ideologías el mundo que ya nos da todo lo mismo, y decimos frases y oraciones sin pensar lo que decimos, pedimos sin saber lo que pedimos y nos comprometemos con nuestras palabras sin saber a qué nos comprometemos, total, después hago lo que quiero. Y, así, el Reino de los Cielos no llega a la tierra, porque no vivimos las cosas del cielo en la tierra.
Y es esa la violencia que el Señor quiere que hagamos, la lucha de la que hablaba san Pablo: hay una lucha en mi interior, la carne contra el espíritu y el espíritu contra la carne, porque no siempre hago lo que debo sino lo que no quiero.
Esa violencia es una violencia constante en nuestra vida, si es que somos conscientes de quienes somos y de lo que tenemos que hacer. Pero si no somos conscientes de nuestro papel protagónico en la historia por ser hijos de Dios, entonces nunca existirá esa historia.
Pero, para desgracia, estas leyendo estas palabras y ahora comienzas a ser consciente de que tienes un papel importante en la historia, y sólo tú lo puedes hacer, pues Dios te ha llamado y elegido para que seas sal, luz y fermento en la tierra, para que lleves un mensaje nuevo, una vida nueva, liberada del pecado y de la concupiscencia, para no dejarte llevar por ideologías mundanas sino por la Palabra de tu Padre, por Su Voluntad, para ser mensajero de Su Vida.
Así, como dice Jesús, seguiremos haciéndonos violencia para que el Reino de Dios, primero, se haga vida en nosotros, y después lo mostraremos al mundo y lo llevaremos por donde vayamos, sabiendo que no lo hacemos solos sino que Él estará con nosotros por que así lo ha prometido.

 

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Cargad mi yugo

"¿Por qué andas diciendo, Jacob, y por qué murmuras, Israel: «Al Señor no le importa mi destino, mi Dios pasa por alto mis derechos»?"
Es cierto, a veces, pareciera que el Señor no nos escucha, que hablamos y hablamos, pedimos y pedimos, pero no obtenemos respuesta a nuestras voces, a nuestros reclamos. Sin embargo, sabemos que Él no pasa por alto ninguna de nuestras palabras, y ninguno de nuestros reclamos.
"¿Acaso no lo sabes, es que no lo has oído?
El Señor es un Dios eterno que ha creado los confines de la tierra.
No se cansa, no se fatiga, es insondable su inteligencia.
Fortalece a quien está cansado, acrecienta el vigor del exhausto.
Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan".
Porque lo conocemos, porque lo amamos, seguimos esperando, porque nuestra Esperanza nos ha sido dada junto con el Espíritu que nos ayuda a llevar adelante la vida, la fe, el amor. Sabemos, que, si miramos hacia atrás en nuestra vida, podremos ver que siempre Él nos ha sacado de los pozos en los que hemos caído, que nos ha acompañado en las noches oscuras, y, cuando se nos hacía pesada la carga de la Cruz ha salido a nuestro encuentro y hemos podido llevarla cuantas veces Él nos lo ha pedido.
Pero, muchas otras veces, se nos cansa el alma y, humamente, nos parece haber legado al fondo de nuestras fuerzas, y, pareciera que nos falta o se nos ha perdido la fe, y se cierra nuestro corazón a una nueva súplica al Señor. Y es en ese momento donde Jesús vuelve y nos dice:
«Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.
Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso. para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».
¿Por qué su yugo es llevadero y su carga ligera, si el Él mismo sucumbió al peso de la Cruz y se sintió abandonado sobre la Cruz?
Por eso mismo, Él ya la cargó por nosotros. Él ya venció el peso de la Cruz. Él será nuestro Cireneo si nosotros aceptamos cargarla, si aceptamos seguirlo. No nos dejará solos en el Camino, aunque lo parezca, siempre estará a nuestro lado para fortalecer nuestras almas para que sigamos avanzando en el Camino, y podamos llegar a la meta sin perder la fe. Por eso Él nos pide llevar Su Yugo y Su Carga, y no las que nos nosotros queremos llevar, porque las nuestras se nos hacen pesadas y duras, más la de Él es suava y ligera.

 

martes, 8 de diciembre de 2020

No he sido yo....

"El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
A simple vista pareciera que nunca tenemos la culpa de nada, sino que ha sido otro quien nos ha llevado al pecado, pues nosotros solo dijimos que sí a lo que me ofrecían. Casi que se podría decir que el dialogo de Dios con Adán y Eva, después del pecado, es un diálogo que se repite por los siglos entre las diferentes generaciones: no he sido yo, sino que me han echo pecar... intentando quitarnos de encima la responsabilidad de haber cometido algo que no debíamos, pero no lo hice porque quise, sino porque insistieron.
Desde aquella época, aún conservamos esa espina de querer quitarnos la responsabilidad de lo que sucede, y tirársela a otro, para que ese otro de la tire al otro, y así, intentando que, por lo menos, no sea yo quien tenga la culpa.
Y es cierto, fue alguien quien tiró la primera idea, pero tú la aceptaste y te hiciste cargo de tu respuesta y aceptación, entonces hazte cargo de lo que has hecho, reconoce que no ha pensado, que has dejado que te lleven a ese lugar, a cometer ese hecho. Tú eres una persona que tiene, no sólo que aprender a pensar por sí mismo y a decidir por sí mismo, sino que también tienes que hacerte cargo de tus acciones y omisiones, de tus respuestas y palabras, de tus hechos, de tu vida.
Muchas veces tenemos en la cabeza que el reconocer un error, el pedir disculpas o perdón no hacen más débiles, y, en realidad, es todo lo contrario, hay que ser muy fuertes para pedir perdón, para perdonar, para reconocer mis errores y dar cuenta de mis responsabilidades. Y, a la vez, al hacerlo voy creciendo en sabiduría porque voy "capitalizando" las enseñanzas de mis errores, especialmente para no volver a cometer los mismos.
Y, frente a la imagen de Adán y Eva, tenemos la imagen de María, y también José, que asumieron en sus vidas la respuesta que le dieron al Señor: ¡He aquí la esclava del Señor! dijo María, y José, en supo aceptar a María luego del sueño del ángel, y fue fiel a su vocación y a su misión como esposo y padre.
Hoy, en el día de la Inmaculada, ya próximos a la Navidad, tenemos que mirar hacia nuestro interior y descubrir cuales han sido nuestra actitudes frente a la Voluntad de Dios, si la hemos dejado de lado, o nos hemos dejado llevar por los aires del mundo, para que, con un corazón purificado por el arrepentimiento y pedido de perdón, pueda disponer un corazón libre para el Nacimiento del Hijo de Dios, no en un sucio y frío establo, sino en un limpio y cálido corazón abierto, como el de María, a la Voluntad de Dios.

lunes, 7 de diciembre de 2020

La carga del sacerdocio

 De las Cartas de san Ambrosio, obispo


    Has recibido la carga del sacerdocio. Sentado en la popa de la Iglesia, gobiernas la nave en medio de las olas que la combaten. Mantén firme el timón de la fe, para que las fuertes tormentas de este mundo no te hagan desviar de tu rumbo. El mar es ciertamente grande y dilatado, pero no temas, porque él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.
    Por ello no es de extrañar que, en medio de un mundo tan agitado, la Iglesia del Señor, edificada sobre la roca apostólica, permanezca estable y, a pesar de los furiosos embates del mar, resista inconmovible en sus cimientos. Las olas baten contra ella, pero se mantiene firme y, aunque con frecuencia los elementos de este mundo choquen con gran fragor, ella ofrece a los agobiados el seguro puerto de salvación.
    Sin embargo, aunque fluctúa en el mar, se desliza por los ríos, principalmente por aquellos ríos de los que dice el salmo: Levantan los ríos su voz. Porque existen unos ríos que manan de aquel que ha tomado de Cristo la bebida y ha recibido el Espíritu de Dios. Éstos son los ríos que, por la abundancia desbordante de la gracia espiritual, levantan su voz.
    Y existe también un río que se precipita entre sus santos como un torrente. Y existe un río que, como el correr de las acequias, alegra al alma pacífica y tranquila. Todo aquel que recibe de la plenitud de este río, como Juan Evangelista, como Pedro y Pablo, levanta su voz; y, así como los apóstoles pregonaron por todos los confines de la tierra el mensaje evangélico, así también éste se lanza a anunciar esa Buena Nueva del Señor Jesús. Recibe, pues, de Cristo, para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo, aquella que alaba al Señor. Recoge el agua proveniente de diversos lugares, la que derraman las nubes de los profetas. Todo aquel que recoge el agua de los montes, el que la hace venir y la bebe de las fuentes, la derrama luego como las nubes. Llena, pues, de esta agua tu interior, para que la tierra de tu corazón quede humedecida y regada por sus propias fuentes.
    Para llenarse de esta agua es necesaria una frecuente e inteligente lectura; así, una vez lleno, regarás a los demás. Por esto dice la Escritura: Si las nubes van llenas, vierten lluvia sobre la tierra.
    Sean, pues, tus palabras fluidas, claras y transparentes, de modo que tu predicación infunda suavidad en los oídos de tu pueblo y con el atractivo de tus palabras lo hagas dúctil. De este modo te seguirá de buen grado a donde lo lleves.
    Tus exhortaciones estén llenas de sabiduría. En este sentido, dice Salomón: Las armas del espíritu son los labios del sabio; y, en otro lugar: Tus labios estén atados por la inteligencia, es decir, que tus sermones brillen por su claridad e inteligencia, y que tus exhortaciones y tratados no tengan necesidad de apoyarse en las afirmaciones de los demás, sino que tus palabras se defiendan con sus propias armas, y que ninguna palabra vana y sin inteligencia salga de tu boca.

domingo, 6 de diciembre de 2020

Preparad el corazón

"Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán”.

¿Cómo es nuestra preparación para la Navidad?

El evangelio de hoy nos muestra cómo el Señor envió a su Profeta para preparar el corazón de la gente para que puedan reconocer al Mesías. Y la gente que escuchaba a Dios por medio del Profeta, buscaban la manera de purificar sus almas y estar preparados para su llegada.

¿Cómo nos preparamos nosotros?

Seguramente estamos con la cabeza puesta en cuántos podrán venir a casa, con quién me voy a reunir, cómo vamos a hacer con la familia, ¿podremos viajar? Y tantas otras preguntas que, lamentablemente, por este tiempo de pandemia, nos estamos haciendo. Y, para colmo, surgen esas voces que están en contra de todo y que nos dicen: “no hagas caso a los políticos que no sabe cómo hacer las cosas”. Pero, igualmente, todo genera preocupación en nuestras mentes.

Por eso, tenemos que tomarnos un tiempo y descubrir ¿qué es la Navidad para mí? Porque si es una fiesta más, en donde sólo nos reunimos para cenar y beber y hacer el tradicional saludo de ¡feliz navidad! y esperar que llegue Papa Noel… Bueno… ¡¿Qué quieres que te diga?!

Pero, si Navidad es realmente el día en que el Señor Dios manifestó su Amor para con los hombres, y nos envió a Su Unigénito al mundo, nacido de una Virgen, para nuestra Salvación. Entonces, sabemos dónde y cómo lo tenemos que festejar: haciendo caso a las palabras de Juan Bautista que nos anuncia su llegada, pero que nos pide la conversión de nuestro corazón, la purificación por medio del sacramento de la reconciliación, y el verdadero encuentro con el Señor que sólo se da en un lugar: la Eucaristía.

Porque, así como el Vino al Mundo para salvarnos del Pecado, sigue insistiendo en la conversión de nuestros corazones. Y, sobre todo en este tiempo, quiere traernos al Paz al corazón para que no nos dejemos enceguecer por la locura del mundo y podamos vivir, y seguir construyendo un Mundo en Paz y armonía, que encuentre en Su Dios y Salvador, la fortaleza para vivir no sólo este tiempo de pandemia, sino todos los días, mostrando nuestra confianza en el Señor.


sábado, 5 de diciembre de 2020

Somos los pastores que el mundo necesita

"Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Si hoy volviera Jesús, ¿cómo nos vería? Y yo creo que nos volvería a ver extenuaudos y abandonados, o mejor dicho como abandonados. Pero ¿hoy es cierto que no tenemos pastores? Hay pastores, sí, hay buenos y malos pastores, no nos vamos a engañar, pero sí hay pastores. Y los hay por todo el mundo, pero no siempre vamos al pastor, no siempre nos encontramos con el pastor, no siempre estamos junto al pastor.
Pero sí seguimos extenuados, agobiados. El mundo de hoy nos cansa, nos llena de cosas y actividades que van desgastando nuestra vida, pero sobre todo, no nos va dejando libre para alimentar nuestra vida espiritual, o, mejor dicho nos vamos esclavizando de tantas cosas que creemos que nos liberan, que al final nos terminan agotando, y sin tiempo para ir a buscar al pastor que nos lleve a buenos pastos a recargar fuerzas.
Pero ¿sólo los sacerdotes son los pastores que necesitamos? No, no lo creo.
Es cierto que los sacerdotes somos los únicos que podemos hacer algunas cosas: celebrar la misa y confeccionar el Pan de la Vida, la Eucaristía; celebrar el sacramento de la reconciliación para poder recibir la Gracia del Perdon y poder retomar el Camino con más fuerzas y esperanzas; celebrar el sacramento de la unicón de los enfermos para que ellos puedan recibir la fuerza del Espíritu para poder llevar la cruz de cada día.
Sí, para ser canal de Gracia del Señor necesitamos a los sacerdotes, pero después hay otras muchas cosas que los bautizados, todos, pueden llegar a hacer, pues todos tenemos el Don del Espíritu Santo que nos ha consagrado como sacerdotes, profetas y reyes. Y habiendo recibido el sacerdocio real, podemos ser portadores de la Buena Noticia, ir a nuestros hermanos para llevar el Pan de la Palabra, acompañarlos en el Camino de la Cruz para ser sus samaritanos y cireneos que le ayuden a llevar le peso de la cruz de cada día; podemos recibir sus peticiones y ofrecérselas al Señor en la oración de cada día; podemos sanar los corazones afligidos con palabras de consuelo, de esperanza, de alegría de amor; podemos indicarles el camino para llegar a la Eucaristía y al Perdón.
Esas son algunas de las cosas que podemos hacer todos los bautizados, por esas son las Gracias que el Señor nos ha concedido, como dice Jesús: "gratis"; y por eso, Él mismo nos dice:
"Id y proclamad que ha llegado el reino de los cielos. Curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, arrojad demonios. Gratis habéis recibido, dad gratis».
Todo lo que recibimos por se hijos de Dios por medio del Espíritu Santo y los Sacramentos, son Gracias de Dios para poder llevarlas, también a nuestros hermanos. Todos los bautizados somos los pastores que el mundo necesita, porque llevamos el tesoro de la Gracia en nuestros corazones y la distribuimos entre los que, en el mundo, necesitan de Dios.