De los Sermones de san Quodvuldeo, obispo
El gran Rey nace como un niño pequeño. Vienen los magos desde
tierras lejanas; vienen pina adorar al que está todavía acostado en un pesebre,
pero que reina ya en el cielo y en la tierra. Cuando los magos hacen saber a
Herodes que ha nacido el Rey, Herodes se altera y, para no perder su reino,
quiere matar al recién nacido; y, sin embargo, si hubiese creído en él hubiera
podido reinar tranquilo aquí en la tierra y para siempre en la otra vida. ¿Por
qué temes, Herodes, al oír que ha nacido el Rey? Él no ha venido para
destronarte, sino para vencer al diablo. Pero esto tú no lo entiendes y por esto
te alteras y te llenas de furor; y, para perder al único niño que buscas, te
conviertes en el cruel asesino de muchos.
No te detienen ni las lágrimas de las madres ni el dolor de
los padres que lloran la muerte de sus hijos ni los gritos y quejidos de los
niños. Matas los cuerpos de los niños, porque a ti el temor te mata el corazón;
y piensas que, si logras tu objetivo, podrás vivir por largo tiempo, cuando en
realidad pretendes matar al que es la Vida en persona.
Aquel que es la fuente de la gracia, que es pequeño y grande
a la vez, que está acostado en un pesebre, te hace temer por tu trono; por medio
de ti, y sin que tú lo sepas, realiza sus designios y libra a las almas de la
cautividad del demonio. A los que habían nacido en pecado los recibe en el
número de sus hijos adoptivos.
Aquellos niños, sin saberlo, mueren por Cristo, y sus padres
lloran la muerte de aquellos mártires; Cristo, cuando eran todavía incapaces de
hablar, los convierte en idóneos testigos suyos. Así es el reinado de aquel que
ha venido para ser rey. Así libera aquel que ha venido a ser libertador, así
salva aquel que ha venido a ser salvador. Pero tú, Herodes, ignorando todo esto,
te alteras y te llenas de furor; y, al llenarte de furor contra aquel niño, le
prestas ya tu homenaje sin saberlo.
¡Cuán grande y gratuito es el don! ¿Qué merecimientos tenían
aquellos niños para obtener la victoria? Aún no hablan y ya confiesan a Cristo.
Sus cuerpos no tienen aún la fuerza suficiente para la lucha y han conseguido ya
la palma de la victoria.
lunes, 28 de diciembre de 2020
Santos inocentes
domingo, 27 de diciembre de 2020
Los mayores, tesoro de la iglesia y de la sociedad
sábado, 26 de diciembre de 2020
Las armas de la caridad
De los Sermones de san Fulgencio de Ruspe, obispo
Ayer celebrábamos el nacimiento temporal de nuestro Rey
eterno; hoy celebramos el martirio triunfal de su soldado.
Ayer nuestro Rey, con la vestidura de gala de nuestra carne,
salió del palacio del seno virginal y se dignó visitar el mundo; hoy su soldado,
abandonando la tienda de su cuerpo, ha entrado triunfante en el cielo.
Nuestro Rey, a pesar de su condición altísima, por nosotros
viene humilde, mas no con las manos vacías: él trae para sus soldados una dádiva
espléndida, ya que no sólo les otorga copiosas riquezas, sino que les da también
una fortaleza invencible en el combate. En efecto, trae consigo el don de la
caridad, que eleva a los hombres hasta la participación de la. naturaleza divina.
Y, al repartir estos dones, en nada queda él empobrecido,
sino que de un modo admirable enriquece la pobreza de sus fieles sin mengua de
sus tesoros inagotables.
La misma caridad que hizo bajar a Cristo del cielo a la
tierra ha hecho subir a Esteban de la tierra al cielo. La misma caridad que
había precedido en la persona del Rey resplandeció después en su soldado.
Esteban, para merecer la corona que significaba su nombre,
tuvo por arma la caridad, y ella le dio siempre la victoria. Por amor a Dios no
cedió ante la furia de los judíos, por amor al prójimo intercedió por los que lo
apedreaban. Por esta caridad refutaba a los que estaban equivocados, para que se
enmendasen de su error; por ella oraba por los que lo apedreaban, para que no
fuesen castigados.
Apoyado en la fuerza de esta caridad, venció la furia y
crueldad de Saulo y, habiéndolo tenido por perseguidor en la tierra, logró
tenerlo por compañero en el cielo. Movido por esta santa e inquebrantable
caridad, deseaba conquistar con su oración a los que no había podido convertir
con sus palabras.
Y ahora Pablo se alegra con Esteban, goza con él de la gloria
de Cristo, con él desborda de alegría, con él reina. Allí donde entró primero
Esteban, aplastado por las piedras de Pablo, entró luego Pablo, ayu1ado por las
oraciones de Esteban.
Ésta es, hermanos míos, la verdadera vida, donde Pablo no es
avergonzado por la muerte de Esteban, donde Esteban se congratula de la compañía
de Pablo, porque en ambos es la caridad la fuente de su alegría. La caridad de
Esteban, en efecto, superó la furia de los judíos, la caridad de Pablo cubrió la
multitud de los pecados, la caridad de ambos les hizo merecer juntamente la
posesión del reino de los cielos.
La caridad, por tanto, es la fuente y el origen de todo bien,
la mejor defensa, el camino que lleva al cielo. El que camina en la caridad no
puede errar ni temer, porque ella es guía, protección, camino seguro.
Por esto, hermanos, ya que Cristo ha colocado la escalera de
la caridad, por la que todo cristiano puede subir al cielo, aferraos a esta pura
caridad, practicadla unos con otros y subid por ella cada vez más arriba.
viernes, 25 de diciembre de 2020
Testigos de la Luz
jueves, 24 de diciembre de 2020
Despierta, hombre
De los Sermones de san Agustín, obispo
Despierta, hombre: por ti Dios se hizo hombre. Despierta,
tú que duermes, surge de entre los muertos; y Cristo con su luz te alumbrará.
Te lo repito: por ti Dios se hizo hombre.
Estarías muerto para siempre, si él no hubiera nacido en el
tiempo. Nunca hubieras sido librado de la carne del pecado, si él no hubiera
asumido una carne semejante a la del pecado. Estarías condenado a una miseria
eterna, si no hubieras recibido tan gran misericordia. Nunca hubieras vuelto a
la vida, si él no se hubiera sometido voluntariamente a tu muerte. Hubieras
perecido, si él no te hubiera auxiliado. Estarías perdido sin remedio, si él no
hubiera venido a salvarte.
Celebremos, pues, con alegría la venida de nuestra salvación
y redención. Celebremos este día de fiesta, en el cual el grande y eterno Día,
engendrado por el que también es grande y eterno Día, vino al día tan breve de
esta nuestra vida temporal.
Él se ha hecho para nosotros justicia, santificación y
redención. y así -como dice la Escritura- «el que se gloria que se gloríe en el
Señor.»
La verdad brota, realmente, de la tierra,
pues Cristo, que dijo: Yo soy la verdad, nació de la Virgen. Y la
justicia mira desde el cielo, pues nadie es justificado por si mismo, sino
por su fe en aquel que por nosotros ha nacido. La verdad brota de la tierra,
porque la Palabra se hizo carne. Y la justicia mira desde el cielo,
porque toda dádiva preciosa y todo don perfecto provienen de arriba. La
verdad brota de la tierra, es decir, la carne de Cristo es engendrada en
María. Y la justicia mira desde el cielo, porque nadie puede apropiarse nada,
si no le es dado del cielo.
Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos
en paz con Dios, porque la justicia y la paz se besan. Por medio de nuestro
Señor Jesucristo, porque la verdad brota de la tierra. Por él hemos obtenido el
acceso a esta gracia en que estamos: y nos gloriamos apoyados en la esperanza de
la gloria de Dios. Fíjate que no dice «nuestra gloria», sino la gloria de
Dios, porque la justicia no procede de nosotros, sino que mira desde el
cielo. Por ello el que se gloria que se gloríe no en sí mismo, sino
en el Señor.
Por eso también, cuando el Señor nació de la Virgen, los
ángeles entonaron este himno: Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a
los hombres que ama el Señor.
¿Cómo vino la paz a la tierra? Sin duda porque la verdad
brota de la tierra, es decir, Cristo nace de María. Él es nuestra paz, él
ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, para que todos seamos hombres de
buena voluntad unidos unos a los otros con el suave vínculo de la unidad.
Alegrémonos, pues, por este don, para que nuestra gloria sea el testimonio que
nos da nuestra conciencia; y así nos gloriaremos en el Señor, y no en nosotros.
Por eso dice el salmista: Tú eres mi gloria, tú mantienes alta mi cabeza.
¿Qué mayor gracia pudo hacernos Dios? Teniendo un Hijo único
lo hizo Hijo del hombre, para que el hijo del hombre se hiciera hijo de Dios.
Busca dónde está tu mérito, busca de dónde procede, busca
cuál es tu justicia: y verás que no puedes encontrar otra cosa que no sea pura
gracia de Dios.
miércoles, 23 de diciembre de 2020
Fidelidad versus siempre se hizo así
martes, 22 de diciembre de 2020
Magnificat
Del Comentario de san Beda el Venerable, presbítero, sobre el evangelio de san Lucas
María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra
mi espíritu en Dios mi salvador.»
«El Señor -dice- me ha engrandecido con un don tan magnífico e
inaudito que no se puede explicar con palabras humanas, y el mismo corazón con
todo su amor apenas puede llegar a comprenderlo. Por lo tanto, me entrego con
todas mis fuerzas a la alabanza y a la acción de gracias, contemplando la gran
deza de aquel que es eterno, y gustosamente le consagro mi vida, sentimientos
y pensamientos, porque mi espíritu se alegra en la divinidad eterna de Jesús,
es decir, del Salvador, que se ha revestido de mi carne y reposa en mi seno.»
Porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre
es santo.
Estas palabras se relacionan con el comienzo del cántico, donde
se dice: Proclama mi alma la grandeza del Señor. Sin duda que sólo aquel en
quien el Poderoso hace obras grandes sabrá proclamar dignamente la grandeza
del Señor y podrá exhortar a los que, como él, se sienten enriquecidos por Dios,
diciendo: Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.
Pues el que no proclama la grandeza del Señor, sabiendo que
es infinita, y no bendice su nombre será el último en el reino de los cielos.
Se dice que su nombre es santo porque, por su inmenso poder, trasciende toda
creatura y está infinitamente por encima de todas las cosas creadas.
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su misericordia.
Con toda propiedad el cántico llama siervo o niño del Señor a Israel, pues, para
salvarlo, Dios lo acogió como se acoge a un niño obediente y humilde, según aquello
que dice Oseas: Cuando Israel era un niño yo lo amé.
Porque quien no quiere humillarse no puede tampoco ser salvado ni
decir con el profeta: Dios es mi auxilio, el Señor sostiene mi vida, pues, el
que se haga pequeño tal como este niño será el más grande en el reino de los cielos.
Como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y
su descendencia por siempre.
Al hablar aquí de la descendencia de Abraham no se refiere a la
descendencia según la carne, sino según el espíritu, es decir, no sólo habla de
aquellos que han sido engendrados según la carne, sino también de todos aquellos
que han seguido los pasos de Abraham por medio de la circuncisión de la fe. Porque
Abraham creyó cuando estaba en la circuncisión y, ya entonces, su fe le fue tenida
en cuenta para la justificación.
Por lo tanto la venida del Salvador fue prometida a Abraham y a su
descendencia por siempre, es decir, a los hijos de la promesa, de quienes se dice:
Si sois de Cristo sois por lo mismo descendencia de Abraham, herederos según la
promesa.
Con razón la madre del Señor y la madre de Juan se adelantaron con sus
respectivas profecías al nacimiento de sus hijos; con ello, de la misma forma que el
pecado comenzó por la mujer, también por la mujer se inicia la salvación, y la vida,
que fue perdida por el engaño que sedujo a una sola mujer, es ahora devuelta al mundo
por la profecía de dos mujeres que compiten en su empeño por anunciar la salvación.
lunes, 21 de diciembre de 2020
Sobre la Visitación
Del Comentario de san Ambrosio, obispo, sobre el evangelio de san Lucas
Cuando el ángel reveló a María los misterios recónditos de
Dios, para fortificar la fe con un ejemplo, habló a la Virgen de la maternidad
de una mujer ya anciana y estéril; con ello le quiso demostrar que para Dios no
hay nada imposible.
Al oír María este anuncio, llena de gozo y sin demora, partió
hacia las montañas, no porque dudara de las palabras del ángel ni porque
estuviera incierta de la veracidad del hecho ni porque vacilara ante la realidad
del ejemplo, sino porque se sentía impulsada por el deseo de cumplir un deber de
piedad, anhelante de prestar sus servicios y presurosa por la intensidad de su
alegría.
Llena ya totalmente de Dios, ¿a dónde podía dirigirse María
con prisa sino hacia las alturas? En efecto, la gracia del Espíritu Santo ignora
la lentitud. Los beneficios de María y los dones de la presencia del Señor se
manifestaron en seguida, pues, así que Isabel oyó el saludo de María, su
criatura saltó de gozo en su seno y ella quedó llena del Espíritu Santo.
Considera la precisión y exactitud de cada una de las
palabras: Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en
experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la
naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió
la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la
mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos,
viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta
tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración
de sus propios hijos.
El niño saltó de gozo y la madre fue llena del Espíritu
Santo, pero no fue enriquecida la madre antes que el hijo, sino que, después que
fue repleto el hijo, quedó también colmada la madre. Juan salta de gozo y María
se alegra en su espíritu. En el momento que Juan salta de gozo, Isabel se llena
del Espíritu, pero, sí observas bien, de María no se dice que fuera llena del
Espíritu, sino que se afirma únicamente que se alegró en su espíritu (pues en
ella actuaba ya el Espíritu de una manera incomprensible); en efecto: Isabel fue
llena del Espíritu después de concebir; María, en cambio, lo fue ya antes de
concebir, porque de ella se dice: Dichosa tú que has creído.
Pero también vosotros sois dichosos porque habéis oído y
creído, pues todo el que cree, como María, concibe y da a luz al Verbo de Dios y
proclama sus obras.
Que resida, pues, en todos el alma de María, y que esta alma
proclame la grandeza del Señor; que resida en todos el espíritu de María, y que
este espíritu se alegre en Dios; porque, si bien según la carne hay sólo una
madre de Cristo, según la fe Cristo es fruto de todos nosotros, pues todo aquel
que se conserva puro y vive alejado de los vicios, guardando íntegra la
castidad, puede concebir en sí la Palabra de Dios.
El que alcanza, pues, esta perfección proclama, como María,
la grandeza del Señor y siente que su espíritu, también como el de María, se
alegra en Dios, su salvador; así se afirma también en otro lugar: Proclamad
conmigo la grandeza del Señor.
El Señor es engrandecido ciertamente, pero no en el sentido
de que reciba por medio de nuestras palabras algo que a él le faltaba, sino
porque con estas palabras él queda engrandecido en nosotros. En efecto, porque
Cristo es la imagen de Dios, cuando alguien actúa con piedad y con justicia
engrandece la imagen de Dios -pues todo hombre ha sido creado a su imagen y
semejanza- y, al engrandecer esta imagen, también él queda engrandecido por una
mayor participación de la grandeza divina.
domingo, 20 de diciembre de 2020
Hágase!
María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».
Una simple frase, de una adolescente, que cambió la historia de la Humanidad, haciendo que la historia comenzara a ser Historia de Salvación, pues en su seno comenzó a nacer el Esperado por los Siglos, el Salvador del Hombre: un Dios que se hace Hombre para salvar al hombre.
Y esas palabras de María me llevan a pensar en nuestras palabras, en nuestras respuestas de cada día al Señor: ¿somos capaces de responder a Dios como lo hizo María? ¿Somos capaces de entregar toda nuestra vida a Dios para que Él haga según su Voluntad?
A veces pienso que no estamos preparados para vivir como María, una entrega total a Dios, hacernos sus esclavos para que se cumpla en nosotros “su voluntad en la tierra como en el Cielo”, palabras que siempre salen de nuestros labios, pero que, muchas veces, no llegan al corazón.
María nos lleva a meditar, un poco más, en nuestra pertenencia al Señor, porque es Él quien nos ha elegido, como a Ella, para llevar a Dios al mundo, por eso el Hijo nos dijo: vosotros sois la sal, la luz, y el fermento; para darle al mundo una imagen nueva, para mostrar el hombre un Hombre Nuevo, para hacer que lo que se fue destruyendo del hombre pueda ser reconstruido y restaurado a imagen del Hijo por quien se hizo todo.
Así, este año, tan especial, pero tan vivido desde el dolor, desde la soledad, desde lo íntimo del corazón, aprovechémoslo para adentrarnos en el Misterio de la Navidad, pero desde el corazón de María. Ella como todas las mujeres de Israel estaba a la espera del Mesías, pero Dios la eligió a Ella, para que fuera quien lo recibiera, y todo dependía de su libertad, de su entrega, de su deseo de ser la portadora de la Buena Noticia para toda la humanidad.
Así, también nosotros, estamos llamados, como María a ser los portadores de una Buena Noticia, que no es sólo el deseo de una ¡Feliz Navidad! sino los portadores en nuestras vidas de una Vida Nueva que nace de la Palabra, de los Sacramentos, en fin, de nuestra Fidelidad a la Vida que nació en Belén, y se nos dio como Don de Dios en nuestro Bautismo. Si lo vivimos y lo anunciamos, sembraremos el mundo con semillas de Nueva Humanidad, de un Nuevo Hombre que nace en Dios para los hombres.
sábado, 19 de diciembre de 2020
Saber pedir y saber esperar
viernes, 18 de diciembre de 2020
Dios nos reveló su Amor
De la Carta a Diogneto
Nadie jamás ha visto ni ha conocido a Dios, pero él ha
querido manifestarse a sí mismo. Se manifestó a través de la fe, que es la única
a la que se le concede ver a Dios. Porque Dios, Señor y Creador de todas las
cosas, que todo lo hizo y todo lo dispuso con orden, no sólo amó a los hombres,
sino que también fue paciente con ellos. Siempre lo fue, lo es y lo será: bueno,
benigno, exento de toda ira, veraz; más aún: él es el único bueno. Después de
haber concebido un designio grande e inefable se lo comunicó a su único Hijo.
Mientras mantenía oculto su sabio designio y lo reservaba
para sí, parecía abandonamos y olvidarse de nosotros. Pero, cuando lo reveló por
medio de su amado Hijo y manifestó lo que había establecido desde el principio,
nos dio juntamente todas las cosas: participar de sus beneficios y ver y
comprender sus designios. ¿ Quién de nosotros hubiera esperado jamás tanta
generosidad?
Dios, que todo lo había dispuesto junto con su Hijo, permitió
que hasta el tiempo anterior a la venida del Salvador viviéramos desviados del
camino recto, atraídos por los deleites y concupiscencias, y nos dejáramos
arrastrar por nuestros impulsos desordenados. No porque se complaciera en
nuestros pecados, sino que los toleraba. Ni es tampoco que Dios aprobara aquel
tiempo de iniquidad, sino que estaba preparando el tiempo actual de justicia, a
fin de que, convictos en aquel tiempo de que por nuestras propias obras éramos
indignos de la vida, fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Dios,
reconociendo así que por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de los
cielos, pero que esto se nos concedía como un don de Dios.
Pues cuando nuestra maldad había colmado la medida y se hizo
plenamente manifiesto que por ella merecíamos el castigo y la muerte, llegó en
cambio el tiempo establecido por Dios para manifestar su bondad y su poder -¡oh
inmenso amor de Dios a los hombres!- y no nos odió ni nos rechazó ni se vengó de
nuestras ofensas, sino que nos soportó con magnanimidad y paciencia, apiadándose
de nosotros y cargando él mismo con nuestros pecados. Nos dio a su propio Hijo
como precio de nuestra redención: entregó al que es santo para redimir a los
impíos, al inocente por los malos, al justo por los injustos, al incorruptible
por los corruptibles, al inmortal por los mortales. Y ¿qué otra cosa hubiera
podido encubrir nuestros pecados sino su justicia? Nosotros que somos impíos y
malos, ¿en quién hubiéramos podido ser justificados sino únicamente en el Hijo
de Dios?
¡Oh admirable intercambio, mediación incomprensible,
beneficios inesperados: que la impiedad de muchos sea encubierta por un solo
justo y que la justicia de un solo hombre justifique a tantos impíos!
jueves, 17 de diciembre de 2020
El misterio de nuestra reconciliación
De las Cartas de san León Magno, papa
De nada nos serviría afirmar que nuestro Señor, el Hijo de la
Virgen María, es hombre verdadero y perfecto si no creyésemos además que es
hombre perteneciente a aquel linaje mencionado en el Evangelio.
Mateo, en efecto, dice: Genealogía de Jesucristo, hijo de
David, hijo de Abraham; y sigue el orden de su generación humana hasta
llegar a José, con quien estaba desposada la Madre del Señor.
Lucas, en cambio, siguiendo un orden inverso, se remonta al
origen del género humano, para mostrar que el primer Adán y el nuevo Adán
tienen una misma naturaleza.
El Hijo de Dios, en su omnipotencia, hubiera podido manifestarse,
para instruir y justificar a los hombres, como se había manifestado a los
patriarcas y profetas, es decir, bajo diversas apariencias humanas, como, por
ejemplo, cuando entabló una lucha o mantuvo una conversación, o cuando no
rechazó la hospitalidad que le ofrecían y tomó el alimento que le presentaban.
Todas estas figuras eran como profecía y anuncio misterioso de aquel hombre que
debía asumir, de la descendencia de esos mismos patriarcas, una verdadera
naturaleza humana.
Pero todas estas figuras no podían realizar aquel misterio de
nuestra reconciliación prefijado antes de los tiempos, porque el Espíritu Santo
no había descendido aún sobre la Virgen ni el poder del Altísimo la había aún
cubierto con su sombra; solamente cuando la Sabiduría eterna, edificándose una
casa en el seno purísimo de la Virgen, se hizo hombre pudo tener cumplimiento
este admirable designio; y, uniéndose la naturaleza humana y la divina en una
sola persona, el Creador del tiempo nació en el tiempo, y aquel por quien fueron
hechas todas las cosas empezó a contarse entre las creaturas.
Pues si el nuevo hombre, sometido a una existencia
semejante a la de la carne de pecado, no hubiera llevado sobre sí nuestros
pecados, si el que es consustancial al Padre no se hubiera dignado ser
consustancial a una madre y si -libre de todo pecado- no hubiera unido a sí
nuestra naturaleza, la cautividad humana continuaría sujeta al yugo del
demonio; y tampoco podríamos gloriarnos de la victoria del Vencedor si ésta
hubiera sido obtenida en una naturaleza distinta a la nuestra.
El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de
estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue
Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo
nacimiento espiritual.
Por eso el evangelista dice, refiriéndose a los creyentes:
Ellos traen su origen no de la sangre ni del deseo carnal ni de la voluntad del
hombre, sino del mismo Dios.
miércoles, 16 de diciembre de 2020
Dios se hace visible en Cristo
Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Uno es Dios, quien por su palabra y su sabiduría hizo y dispuso todas las cosas.
Su Palabra es nuestro Señor Jesucristo, que en los últimos tiempos se hizo hombre entre
los hombres para reunir el término con el comienzo, es decir, el hombre con Dios.
Los profetas, que habían recibido el don de la profecía de
la misma Palabra, anunciaron su venida según la carne: Por esta venida se
realizó la unión y comunión de Dios y el hombre, conforme a la voluntad del
Padre. En efecto, la Palabra de Dios había anunciado de antemano que Dios sería
visto por los hombres, que viviría con ellos en la tierra; había anunciado que
hablaría y que estaría con su creatura para salvarla, que ella lo conocería; y
había anunciado también que, librándonos de nuestros enemigos y de la mano de
todos los que nos odian, es decir, de todo espíritu de pecado, nos haría
servirle con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días, a
fin de que el hombre, unido al Espíritu de Dios, glorificara al Padre.
Los profetas anunciaban que Dios sería visto por los
hombres, y así lo proclamó el mismo Señor cuando dijo: Dichosos los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios. Pero nadie puede ver a Dios en
su grandeza y en su gloria inenarrable y seguir viviendo: el Padre es
inaccesible. Sin embargo, porque ama al hombre y porque todo lo puede, aun este
don concedió a los que lo aman: ver a Dios; y esto también lo anunciaron los
profetas: Lo que para los hombres es imposible es posible para Dios.
El hombre por sí mismo no puede ver a Dios; pero Dios, si
quiere, puede manifestarse a los hombres: a quien quiera, cuando quiera y como
quiera. Dios, que todo lo puede, fue visto en otro tiempo por los profetas en el
Espíritu, ahora es visto en el Hijo gracias a la adopción filial y será visto en
el reino de los cielos como Padre. En efecto, el Espíritu prepara al hombre para
recibir al Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, y el Padre en la vida
eterna le da la inmortalidad, que es la consecuencia de ver a Dios.
Pues así como los que ven la luz están en la luz y reciben
su claridad, así también los que ven a Dios están en Dios y reciben su claridad.
La claridad de Dios vivifica y, por lo tanto, los que ven a Dios reciben la
vida.
martes, 15 de diciembre de 2020
Obediencia y arrepentimiento
lunes, 14 de diciembre de 2020
El misterio escondido en Cristo
Del Cántico espiritual de san Juan de la Cruz, presbítero
Por más misterios y maravillas que han descubierto los santos
doctores Y entendido las santas almas en este estado de vida, les quedó todo lo
más por decir y aun por entender, y así hay mucho que ahondar en Cristo, porque
es como una abundante mina con muchos senos de tesoros, que por más que ahonden,
nunca les hallan fin ni término, antes van en cada seno hallando nuevas venas de
nuevas riquezas acá y allá. Que por eso dijo san Pablo del mismo Cristo,
diciendo: En Cristo moran todos los tesoros y sabiduría escondidos, en los
cuales el alma no puede entrar ni puede llegar a ellos, si no pasa primero por
la estrechura del padecer interior y exterior a la divina Sabiduría.
Porque aun a lo que en esta vida se puede alcanzar de estos
misterios de Cristo, no se puede llegar sin haber padecido mucho y recibido
muchas mercedes intelectuales y sensitivas de Dios, y habiendo precedido mucho
ejercicio espiritual, porque todas estas mercedes son más bajas que la sabiduría
de los misterios de Cristo, porque todas son como disposiciones para venir a
ella. ¡Oh, si se acabas e ya de entender cómo no se puede llegar a la espesura y
sabiduría de las riquezas de Dios, que son de muchas maneras, si no es entrando
en la espesura del padecer de muchas maneras, poniendo en eso el alma su
consolación y deseo! iV cómo el alma que de veras desea sabiduría divina desea
primero el padecer, para entrar en ella, en la espesura de la cruz!
Que por eso san Pablo amonestaba a los de Éfeso que no
desfalleciesen en las tribulaciones, que estuviesen bien fuertes y arraigados en
la caridad, para que pudiesen comprender con todos los santos qué cosa sea la
anchura y la longura y la altura y la profundidad, y para saber también la
supereminente caridad de la ciencia de Cristo, para ser llenos de todo
henchimiento de Dios. Porque para entrar en estas riquezas de su sabiduría, la
puerta es la cruz, que es angosta. V desear entrar por ella es de pocos; mas
desear los deleites a que se viene por ella es de muchos.
sábado, 12 de diciembre de 2020
Nuestra Señora de Guadalupe
viernes, 11 de diciembre de 2020
Sobre Eva y María
Del Tratado de san Ireneo, obispo, Contra las herejías
Cuando vino Dios visiblemente a sus creaturas y fue sostenido
por esta creación que es por él mismo sostenida, expió aquella desobediencia
cometida bajo un árbol, por medio de la obediencia efectuada sobre otro árbol, y
destruyó así la seducción con que fue vilmente engañada aquella virgen Eva,
destinada ya para un varón, con la verdad que le fue venturosamente anunciada
por el ángel a la Virgen María, ya también prometida a otro varón.
Y así como Eva fue seducida por un ángel para que se alejara
de Dios, desobedeciendo su palabra, así María fue notificada por otro ángel de
que llevaría a Dios en su seno, si obedecía su palabra. Y como aquélla fue
inducida a no obedecer a Dios, así ésta fue persuadida a obedecerlo, y de esta
manera la Virgen María se convirtió en abogada de la virgen Eva.
Al renovar profundamente el Señor todas las cosas, declaró la
guerra a nuestro enemigo, aplastó a aquel que en un principio nos había hecho
cautivos en Adán y pisoteó su cabeza, según lo que, en el Génesis, Dios dice a
la serpiente: Pongo hostilidad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el
suyo: él herirá tu cabeza cuando tú hieras su talón.
Con ello se anunciaba que aquel que debía. nacer de una mujer
Virgen, hecho hombre como Adán, aplastaría la cabeza de la serpiente. De esta
descendencia habla el Apóstol, en la carta a los Gálatas, cuando dice: La ley
mosaica fue puesta por Dios hasta que viniese la descendencia a quien se habían
hecho las promesas.
Más claramente aún lo demuestra, en esa misma carta, al
decir: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer.
El enemigo no hubiera sido vencido con justicia si el hombre que lo venció no
hubiera nacido de una mujer, pues ya desde el comienzo se opuso al hombre,
dominándolo por medio de la mujer.
Por eso el Señor afirma que él es el Hijo del hombre, el
hombre por excelencia, el cual resume en sí al linaje nacido de mujer, de modo
que, si nuestra especie bajó a la muerte a causa de un hombre vencido, por un
hombre victorioso subamos de nuevo a la vida.
jueves, 10 de diciembre de 2020
La violencia del Reino
miércoles, 9 de diciembre de 2020
Cargad mi yugo
martes, 8 de diciembre de 2020
No he sido yo....
lunes, 7 de diciembre de 2020
La carga del sacerdocio
De las Cartas de san Ambrosio, obispo
Has recibido la carga del sacerdocio. Sentado en la popa de la Iglesia, gobiernas la nave en medio de las olas que la combaten. Mantén firme el timón de la fe, para que las fuertes tormentas de este mundo no te hagan desviar de tu rumbo. El mar es ciertamente grande y dilatado, pero no temas, porque él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos.
Por ello no es de extrañar que, en medio de un mundo tan agitado, la Iglesia del Señor, edificada sobre la roca apostólica, permanezca estable y, a pesar de los furiosos embates del mar, resista inconmovible en sus cimientos. Las olas baten contra ella, pero se mantiene firme y, aunque con frecuencia los elementos de este mundo choquen con gran fragor, ella ofrece a los agobiados el seguro puerto de salvación.
Sin embargo, aunque fluctúa en el mar, se desliza por los ríos, principalmente por aquellos ríos de los que dice el salmo: Levantan los ríos su voz. Porque existen unos ríos que manan de aquel que ha tomado de Cristo la bebida y ha recibido el Espíritu de Dios. Éstos son los ríos que, por la abundancia desbordante de la gracia espiritual, levantan su voz.
Y existe también un río que se precipita entre sus santos como un torrente. Y existe un río que, como el correr de las acequias, alegra al alma pacífica y tranquila. Todo aquel que recibe de la plenitud de este río, como Juan Evangelista, como Pedro y Pablo, levanta su voz; y, así como los apóstoles pregonaron por todos los confines de la tierra el mensaje evangélico, así también éste se lanza a anunciar esa Buena Nueva del Señor Jesús. Recibe, pues, de Cristo, para que puedas hablar a los demás. Acoge en ti el agua de Cristo, aquella que alaba al Señor. Recoge el agua proveniente de diversos lugares, la que derraman las nubes de los profetas. Todo aquel que recoge el agua de los montes, el que la hace venir y la bebe de las fuentes, la derrama luego como las nubes. Llena, pues, de esta agua tu interior, para que la tierra de tu corazón quede humedecida y regada por sus propias fuentes.
Para llenarse de esta agua es necesaria una frecuente e inteligente lectura; así, una vez lleno, regarás a los demás. Por esto dice la Escritura: Si las nubes van llenas, vierten lluvia sobre la tierra.
Sean, pues, tus palabras fluidas, claras y transparentes, de modo que tu predicación infunda suavidad en los oídos de tu pueblo y con el atractivo de tus palabras lo hagas dúctil. De este modo te seguirá de buen grado a donde lo lleves.
Tus exhortaciones estén llenas de sabiduría. En este sentido, dice Salomón: Las armas del espíritu son los labios del sabio; y, en otro lugar: Tus labios estén atados por la inteligencia, es decir, que tus sermones brillen por su claridad e inteligencia, y que tus exhortaciones y tratados no tengan necesidad de apoyarse en las afirmaciones de los demás, sino que tus palabras se defiendan con sus propias armas, y que ninguna palabra vana y sin inteligencia salga de tu boca.
domingo, 6 de diciembre de 2020
Preparad el corazón
"Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán”.
¿Cómo es nuestra preparación para la Navidad?
El evangelio de hoy nos muestra cómo el Señor envió a su Profeta para preparar el corazón de la gente para que puedan reconocer al Mesías. Y la gente que escuchaba a Dios por medio del Profeta, buscaban la manera de purificar sus almas y estar preparados para su llegada.
¿Cómo nos preparamos nosotros?
Seguramente estamos con la cabeza puesta en cuántos podrán venir a casa, con quién me voy a reunir, cómo vamos a hacer con la familia, ¿podremos viajar? Y tantas otras preguntas que, lamentablemente, por este tiempo de pandemia, nos estamos haciendo. Y, para colmo, surgen esas voces que están en contra de todo y que nos dicen: “no hagas caso a los políticos que no sabe cómo hacer las cosas”. Pero, igualmente, todo genera preocupación en nuestras mentes.
Por eso, tenemos que tomarnos un tiempo y descubrir ¿qué es la Navidad para mí? Porque si es una fiesta más, en donde sólo nos reunimos para cenar y beber y hacer el tradicional saludo de ¡feliz navidad! y esperar que llegue Papa Noel… Bueno… ¡¿Qué quieres que te diga?!
Pero, si Navidad es realmente el día en que el Señor Dios manifestó su Amor para con los hombres, y nos envió a Su Unigénito al mundo, nacido de una Virgen, para nuestra Salvación. Entonces, sabemos dónde y cómo lo tenemos que festejar: haciendo caso a las palabras de Juan Bautista que nos anuncia su llegada, pero que nos pide la conversión de nuestro corazón, la purificación por medio del sacramento de la reconciliación, y el verdadero encuentro con el Señor que sólo se da en un lugar: la Eucaristía.
Porque, así como el Vino al Mundo para salvarnos del Pecado, sigue insistiendo en la conversión de nuestros corazones. Y, sobre todo en este tiempo, quiere traernos al Paz al corazón para que no nos dejemos enceguecer por la locura del mundo y podamos vivir, y seguir construyendo un Mundo en Paz y armonía, que encuentre en Su Dios y Salvador, la fortaleza para vivir no sólo este tiempo de pandemia, sino todos los días, mostrando nuestra confianza en el Señor.
sábado, 5 de diciembre de 2020
Somos los pastores que el mundo necesita