lunes, 30 de diciembre de 2019

Somos hijos de Dios en el mundo

En esta Octava de Navidad la liturgia nos ha llevado por distintos estilos de vida y de santidad: el apostolado de san Juan Evangelista, el llamado a Esteban y su predicación como diácono y su martirio, el martirio de los santos Inocentes, el modelo de la Sagrada Familia; un abanico de estilos de vidas que nos presenta el Señor a partir de que Él asume nuestra condición humana para elevarnos a la dignidad de hijos de Dios. Pero esta dignidad que hemos "ganado" gracias al Amor de Dios que, mirando nuestra pequeñez, quiso que volviésemos a ser sus hijos, es una dignidad que tenemos que ir conservando y madurando de día en día.
Es así que hoy, ya terminando la octava de Navidad, la liturgia nos presenta la carta de San Juan, en la cual nos hace muchas exhortaciones y al final nos dice:
"No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre. Porque lo que hay en el mundo - la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la arrogancia del dinero -, eso no procede del Padre, sino que procede del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia.
Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre".
Lo que me lleva aquel momento en el que Jesús, rezando al Padre en la Última Cena, nos dice:
"no sois del mundo pero estáis en el mundo", "no ruego para que los quites del mundo sino para que los preserves del maligno".
Y es una recomendación que tenemos que tener siempre presente, por que el Príncipe de este mundo no nos va a tentar con situaciones que ya sabemos que no podremos llegar a aceptar (aunque a veces nos dejemos convencer muy bien) sino que nos irá poniendo a nuestro alcance situaciones "muy apetitosas" que diremos: "pero hacerlo no tiene problemas, porque todos los hacen... y no está mal". Y ahí es cuando caemos en las redes del mundo, porque lo que no hemos sabido preguntarnos es: ¿es voluntad de Dios que haga esto?
"La concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos, la arrogancia del dinero", ¿acaso no son todas situaciones que vivimos, generalmente, todos los días sin darnos cuenta? ¿No nos dejamos llevar por lo que queremos y no por lo que debemos? ¿No se nos van nuestros ojos detrás de situaciones que no debemos aceptar? ¿Acaso no es el tener lo que va dominando nuestro estilo de vida?
Quizás no sean situaciones muy gravosas en nuestras vidas, pero nos estamos olvidando de quienes somos en realidad: hijos de Dios, que han sido llamados a vivir en la santidad en medio de un mundo que no busca la Luz sino que goza de vivir en las tinieblas.

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