sábado, 28 de diciembre de 2019

Ser fuertes para pedir perdón

"Al verse burlado por los magos, Herodes montó en cólera y mandó matar a todos los niños de dos años para abajo, en Belén y sus alrededores, calculando el tiempo por lo que había averiguado de los magos".
Cuando la vanidad y el apetito de poder nos hacen creer los únicos dueños de la vida y de la verdad, cualquier cosa que se haga que no me guste, me lleva a montar en cólera y salir con espada en mano a matar a quien atenta contra lo que pienso y quiero. No sólo le pasó a Herodes, sino que sigue pasando a lo largo de la historia, y no sólo con los emperadores o presidentes de gobierno, sino con cada uno de nosotros, cuando no nos dejamos conducir por la Mano de Dios y no somos dóciles para reconocer que no somos dueños de la verdad.
No son pocas las veces que se han roto relaciones humanas: parejas, amistades, familias, simplemente por no querer aceptar algo que va en contra de lo que he dicho, pienso o quiero. Pero, el tema no es que me ha disgustado, sino que no he sabido pedir perdón o disculpas por lo que ha sucedido y así continúan las distancias, porque el orgullo no me permite reconocer que el otro tenía razón, y que yo no debía enfadarme tanto porque me dijeron lo que no quería escuchar, o porque hicieron algo que no me gustó, o porque me quitaron "poder" de algo que creía que era mío y no lo era.
Y, cuando las desavenencias se hacen "largas" en el tiempo, se transforman en rencor, y el rencor pasa al odio. Por eso mismo, debemos tener muy en cuenta lo que nos dice san Juan en su carta (que la copia en su totalidad):
"Este es el mensaje que hemos oído a Jesucristo y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna. Si decimos que estamos en comunión con él y vivimos en las tinieblas, mentimos y no obramos la verdad. Pero, si caminamos en la luz, lo mismo que él está en la luz, entonces estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos limpia de todo pecado.
Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Pero, si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia.
Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros.
Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero, si alguno peca, tenemos a uno que abogue ante el Padre: a Jesucristo, el Justo. Él es víctima de propiciación por nuestros pecados, no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero".
Reconocer nuestro error o pecado, es salvar la verdad, la vida, la amistad, la familia, en definitiva destruir el orgullo o vanidad que habita en mí, y construir el Reino de Dios en la tierra. Reconocer el pecado y pedir perdón no significa ser débil, sino ser fuerte para aceptar que no soy perfecto, y que necesito de la Gracia para crecer y santificarme.

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