"María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá", a la casa de su prima Isabel que, según lo que le había dicho el Ángel, a pesar de su vejez estaba embarazada, la que consideraban estéril.
En el momento de la anunciación del ángel a María descubrimos en ella una disposición total para hacer la Voluntad de Dios: ¡He aquí la esclava del Señor! Hágase en mí según tu palabra". Tenía el corazón totalmente abierto a la Palabra para poder dejarse conducir por lo que Dios le pedía.
Y, por eso mismo, pudo, sin que le dijeran nada, tomar la decisión de "salir sin demora" a la casa de Isabel, porque su prima, seguramente, necesitaría ayuda.
María nos enseña así que no debemos esperar a que alguien nos pida ayuda, sino salir a su encuentro para ayudar, aunque no sepamos, ciertamente, si lo necesita o no. Tenemos que estar ahí porque el amor nos llama a dar amor, y el amor se nota en el servicio al otro, en la disponibilidad que tenemos para estar junto a quien nos necesita.
Porque así como la fe sin obras es muerta, el amor sin obras también está muerto, porque como dice san Juan en su carta: "quien dice que ama a Dios a quien no ve, y no ama a su hermano a quien ve, es un mentiroso". Y la mentira se ve, siempre, en nuestra manera de actuar, o, mejor dicho, en nuestra manera de no actuar, en nuestras omisiones de amor y de servicio al que nos necesita.
Está claro que, muchas veces, cuando estamos impedidos por enfermedades o por edad, no podemos salir presurosos a ver a alguien y tenderle una mano. Y , por eso, María también nos enseña otra forma de actuar: la intercesión ante Jesús, como lo hizo en las bodas de Caná de Galilea. Aunque no podamos ir físicamente a ver a nuestro hermano necesitado, nuestra oración será el acto de amor y servicio que podamos ofrecerle, porque la oración de intercesión, también es necesaria: María no hace los milagros, sino que le pide a Su Hijo y al Padre que obren el milagro. Nosotros no podremos llegar a todos, pero podemos ofrecer nuestra oración y sacrificios por todos los que necesitan de la Gracia para poder llegar al Señor.
María nos enseña que siempre tenemos que tener disponibilidad no sólo para Dios, sino para servir a nuestros hermanos. Las dos van unidas de la mano, pues una sin la otra carecen de una buena dimensión: está bien y es necesario disponer el corazón para Dios, y Él siempre nos enviará a servir a nuestros hermanos, sin excusas.
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