"Hermanos, cuando los visité para anunciarles el misterio de Dios, no llegué con el prestigio de la elocuencia o de la sabiduría. Al contrario, no quise saber nada, fuera de Jesucristo, y Jesucristo crucificado.
Por eso, me presenté ante ustedes débil, temeroso y vacilante.
Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".
Hay muchos sabios en este mundo que no llegan a alcanzar el misterio de Dios, y, por ello, no pueden, tampoco, descubrir su profundo Amor por el Hombre. Buscan respuestas a los sucesos de la historia y a los propios desde una mera inteligencia humana, o desde simples datos de la realidad. Sin embargo la mayor de las sabidurías no viene del conocimiento humano (aunque sí se puede alcanzar el misterio desde lo humano) sino que viene, de modo especial, desde la contemplación del Misterio de la Cruz.
San Pablo no quiso anunciar desde su propia sabiduría y conocimiento de las Leyes lo que él había conocido desde su propia experiencia, sino que dejó al Espíritu Santo que "hablara por su boca", pues no hay mejor disertante en las cuestiones de la Fe, que el mismo Espíritu que sabe lo que cada uno necesita escuchar.
"Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a sabios y prudentes y se las has revelado a los pequeños", decía el Señor. Y así es, cuando los que se consideran sabios porque tienen muchos títulos quieren dar cátedra, desde su propia sabiduría humana, pueden llegar a explicar hermosos argumentos y tesis bien diseñadas, pero no llegaran nunca a comprender el misterio del Amor y de la Voluntad de Dios, porque no se dejan iluminar por el Espíritu del Señor que habita en nosotros. Pues el Espíritu viene desde la contemplación y la unión personal con el Señor, y no de la contemplación de páginas de libros escritos por hombres, aunque estos sean inspirados y santos místicos.
Si nuestra relación con el Padre, no es a través del Camino que Él nos quiso dejar para nuestra vida, de nada sirven los títulos y diplomas que tengamos colgados sobre nuestros escritorios, pues serán letras vacías que el viento del mundo dispersa por donde quiere y siembran sólo más oscuridad que Luz.
Por eso, tengamos siempre en cuenta las palabras del Apóstol:
"Mi palabra y mi predicación no tenían nada de la argumentación persuasiva de la sabiduría humana, sino que eran demostración del poder del Espíritu, para que ustedes no basaran su fe en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios".
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