domingo, 8 de diciembre de 2019

Su Sí y nuestro si

"El Señor Dios le replicó:
«¿Quién te informó de que estabas desnudo? ¿es que has comido del árbol del que te prohibí comer?».
Adán respondió:
«La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto y comí».
El Señor Dios dijo a la mujer:
«¿Qué has hecho?».
La mujer respondió:
«La serpiente me sedujo y comí».
No es extraño este diálogo que el escritor sagrado pone en labios de Adán y Eva, por lo visto, desde antiguo, se viene haciendo igual: yo no tengo la culpa... otros me obligaron a pecar... Siempre intentamos tirar para el costado nuestra culpa. Y, en realidad, cada uno es libre de aceptar una invitación o no, ya sea a pecar o a la virtud, pues cada uno de nosotros somos seres libres y tenemos conciencia del bien y del mal, creo yo. Por lo tanto, si hacemos algo mal no tiene que tener la culpa el otro, sino yo que acepté tal o cual acto.
Claro está que si lo hago bien el mérito siempre será mío, nunca tendrá la culpa otro de haber realizado el bien.
Nos creemos, muchas veces, muy listos porque nos quitamos de encima la culpa, sin embargo, el Señor que ve en nuestro corazón sabe cuál ha sido nuestra intención y cuál ha sido nuestra decisión.
Pero, gracias, a aquél momento del Pecado Original, hemos tenido una Gran Mujer que ha sabido dar un Sí libre y consciente a la Voluntad de Dios, y no dejando que la decisión la tomara otro, Ella misma dio su Sí al Padre para hacer Su Voluntad.
María, siendo una adolescente, pero con una fe adulta pudo discernir y dejarse llenar por Dios desde pequeña, para que, llegado el momento, pudiera reconocer su Palabra y aceptar Su Voluntad. Una Voluntad que no sabía cómo podía realizarla, pero, igualmente, aceptó el desafío de ser la Madre del Salvador.
Claro que no por eso la llamamos "bienaventurada" a lo largo de las generaciones, sino com dijo Isabel: "bendita tú por haber creído lo que te fue dicho de parte del Señor"; o como Jesús mismo dijo: "mas bien, felices los que escuchan la Palabra de Dios y la practican".
María fue la mujer de la escucha y la práctica, por eso pudo engendrar en su seno al Hijo de Dios: Y el Verbo se hizo carne, gracias a la disponibilidad de corazón de María y, en ningún momento, volvió a renunciar a aquél Sí que dio en Nazaret, sino que lo mantuvo hasta estar de pie junto a la Cruz de Su Hijo.
Hoy, Ella quiere que no sólo la miremos y demos gloria a Dios por su vida, sino que le pidamos, como intercesora ante el Padre, el Espíritu de docilidad y disponibilidad que Ella tuvo, para que, nosotros, sus hijos, sepamos abrir nuestro corazón a la Voluntad de Dios y así poder ser transformadores de nuestra historia y de la Historia.

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