De las Homilías de san Juan Crisóstomo, obispo, sobre el evangelio de san Mateo
Los hijos de Zebedeo apremian a Cristo, diciéndole: Haz que se siente
uno a tu derecha y otro a tu izquierda. ¿Qué les responde el Señor? Para hacerles
ver que lo que piden no tiene nada de espiritual y que, si hubieran sabido lo que pedían,
nunca se hubieran atrevido a hacerlo, les dice: No sabéis lo que pedís, es decir:
«No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán superior a los mismos coros celestiales es
esto que pedís.» Luego añade: ¿Podéis beber el cáliz que yo tengo que beber o recibir
el bautismo con que yo he de ser bautizado? Es como si les dijera: «Vosotros me
habláis de honores y de coronas, pero yo os hablo de luchas y fatigas. No es éste tiempo
de premios, ni es ahora cuando se ha de manifestar mi gloria; la vida presente es tiempo
de muertes, de guerra y de peligros.»
Pero fijémonos cómo la manera de interrogar del Señor equivale a una exhortación
y a un aliciente. No dice: «¿Podéis soportar la muerte? ¿Sois capaces de derramar vuestra sangre?»,
sino que sus palabras son: ¿Podéis beber el cáliz? Y, para animarlos a ello, añade:
Que yo tengo que beber; de este modo, la consideración de que se trata del mismo cáliz
que ha de beber el Señor había de estimularlos a una respuesta más generosa. Y a su pasión le
da el nombre de «bautismo», para significar con ello que sus sufrimientos habían de ser causa
de una gran purificación para todo el mundo. Ellos responden: Sí, podemos. El fervor
de su espíritu les hace dar esta respuesta espontánea, sin saber bien lo que prometen, pero
con la esperanza de que de este modo alcanzarán lo que desean.
¿Qué les dice entonces el Señor? En efecto, mi cáliz lo beberéis y
recibiréis el bautismo que yo he de recibir. Grandes son los bienes que les anuncia,
esto es: «Seréis dignos del martirio y sufriréis lo mismo que yo, vuestra vida acabará con
una muerte violenta y así seréis partícipes de mi pasión. Pero el sentarse a mi derecha
o a mi izquierda no me corresponde a mi otorgarlo; es para quienes lo ha reservado mi Padre.»
Después que ha levantado sus ánimos y ha provocado su magnanimidad, después que los ha hecho
capaces de superar el sufrimiento, entonces es cuando corrige su petición.
Los otros diez se disgustaron contra los dos hermanos. Ya veis cuán
imperfectos eran todos, tanto aquellos que pretendían una precedencia sobre los otros diez,
como también los otros diez que envidiaban a sus dos colegas. Pero -como ya dije en otro
lugar- si nos fijamos en su conducta posterior, observamos que están ya libres de esta clase
de aspiraciones. El mismo Juan, uno de los protagonistas de este episodio, cede siempre el
primer lugar a Pedro, tanto en la predicación como en la realización de los milagros, como
leemos en los Hechos de los apóstoles. En cuanto a Santiago, no vivió por mucho tiempo; ya
desde el principio se dejó llevar de su gran vehemencia y, dejando a un lado toda aspiración
humana, obtuvo bien pronto la gloria inefable del martirio.
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