De los Comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos.
Si Cristo reconcilió al mundo con Dios, él ciertamente no tenía necesidad de
reconciliación. ¿Por qué pecado propio tenía que satisfacer, él, que no conoció
en absoluto el pecado? Cuando los judíos le pedían la didracma que, según
mandaba la ley, se ofrecía por el
pecado, dijo a Pedro: «Simón, los reyes de la tierra, ¿de quiénes cobran
impuestos y tributos? ¿De sus propios hijos o de los extraños?» Y habiéndole
respondido que de los extraños, añadió Jesús: «Por lo tanto, los hijos están
libres de impuestos. Mas para no darles motivo
de escándalo, vete al mar y echa el anzuelo; tomas en tus manos el primer pez
que caiga y le abres la boca; hallarás una estatera; tómala y págales por mí y
por ti.»
Con este hecho demostró que no tenía que satisfacer por sus propios pecados, ya
que él no era esclavo del pecado, sino que, como Hijo de Dios, estaba libre de
todo error. El Hijo, en efecto, libera, pero el siervo está sujeto al pecado.
Por tanto, el Hijo estaba libre de todo pecado y no tenía por qué dar un precio
por su rescate, él, cuya sangre era precio suficiente para rescatar al mundo
entero de todos sus pecados. Es natural qué' libre a los demás el que no tiene
por su parte deuda alguna.
Digo más. No sólo Cristo no tenía que pagar precio alguno por su rescate ni
ofrecer satisfacción alguna por sus pecados, sino que además podemos entender
esto aplicado a cada uno de los hombres, en el sentido de que ninguno de ellos
debe una satisfacción por sí mismo; pues Cristo satisfizo por todos y los
rescató a todos.
¿Qué hombre puede haber ya, cuya sangre sea idónea para su propio rescate,
después que Cristo ha derramado la suya propia por el rescate de todos? ¿Hay
alguien cuya sangre pueda compararse a la de Cristo? ¿O es que hay algún hombre
capaz de ofrecer por sí mismo una satisfacción superior a la que ofreció Cristo
en su persona, siendo así que él solo reconcilió al mundo con Dios por su
sangre? ¿Qué víctima puede haber mayor? ¿O qué sacrificio más excelente? ¿O qué
mejor abogado que aquel que se hizo propiciación por los pecados de todos y que
dio su vida en rescate nuestro?
Lo que se exige, pues, no es la satisfacción o el rescate que pudiera ofrecer
cada uno, ya que la sangre de Cristo es el precio de todos, pues con ella nos
rescató el Señor Jesús, reconciliándonos él solo con el Padre; y se cansó hasta
el fin, ya que cargó sobre sí nuestro propio cansancio, diciendo: Venid a mí
todos los que andáis rendidos, que yo os daré descanso.
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