miércoles, 24 de julio de 2019

Enseñad a todas las gentes

Del Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia, del Concilio Vaticano segundo

    El Señor Jesús, antes de entregar libremente su vida por el mundo, de tal suerte ordenó el ministerio apostólico y prometió el Espíritu Santo que había de enviar, que ambos quedaron asociados en la realización de la obra de la salud en todas partes y para siempre.
    El Espíritu Santo unifica en la comunión y en el servicio y provee de diversos dones jerárquicos y carismáticos a toda la Iglesia a través de los tiempos, vivificando las instituciones eclesiásticas como alma de ellas e infundiendo en los corazones de los fieles .el mismo impulso de misión con que había sido llevado el mismo Cristo. Alguna vez también se anticipa visiblemente a la acción apostólica, lo mismo que la acompaña y dirige incesantemente de varios modos.
    El Señor Jesús ya desde el principio llamó a sí a los que él quiso, y designó a doce para que lo acompañaran y para enviar los a predicar. De esta forma los apóstoles fueron los gérmenes del nuevo Israel y al mismo tiempo origen de la sagrada jerarquía.
    Después, cuando con su muerte y resurrección había completado en sí mismo los misterios de nuestra salvación y de la renovación de todas las cosas, el Señor consiguió todo el poder en el cielo y en la tierra; antes de subir al cielo, fundó su Iglesia como sacramento de salvación, y envió a los apóstoles a todo el mundo, como él había sido enviado por el Padre, ordenándoles: Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado.
    Por ello incumbe a la Iglesia el' deber de propagar la fe y la salvación de Cristo, tanto en virtud del mandato expreso, que heredó de los apóstoles el orden de los obispos, con la cooperación de los presbíteros, juntamente con el sucesor de Pedro y sumo pastor de la Iglesia, como en virtud de la vida que Cristo comunicó a sus miembros.
    La misión, pues, de la Iglesia, se realiza mediante aquella actividad, con la que, obedeciendo al mandato de Cristo y movida por la gracia y la caridad del Espíritu Santo, se hace presente en acto pleno a los hombres o las gentes para conducidos a la fe, a la libertad y a la paz de Cristo por el ejemplo de la vida y de la predicación, por los sacramentos y demás medios de la gracia, de forma que se les descubra el camino libre y seguro para la plena participación del misterio de Cristo.

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