De la Regla de san Benito, abad
Cuando emprendas alguna obra buena, lo primero que has de hacer es pedir constantemente
a Dios que sea él quien la lleve a término, y así nunca lo contristaremos con nuestras
malas acciones, a él, que se ha dignado contamos en el número de sus hijos, ya que en
todo tiempo debemos sometemos a él en el uso de los bienes que pone a nuestra disposición,
no sea que algún día, como un padre que se enfada con sus hijos, nos desherede, o, como un
amo temible, irritado por nuestra maldad, nos entregue al castigo eterno, como a servidores
perversos que han rehusado seguirlo a la gloria.
Por lo tanto, despertémonos ya de una vez, obedientes a la llamada que nos hace
la Escritura: Ya es hora que despertéis del sueño. Y, abiertos nuestros
ojos a la luz divina, escuchemos bien atentos la advertencia que nos hace cada
día la voz de Dios: Hoy, si escucháis su voz, no endurezcáis el corazón;
y también: El que tenga oídos oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.
¿Y qué es lo que dice? Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del
Señor. Caminad mientras tenéis luz; para que las tinieblas de la muerte no os
sorprendan.
Y el Señor, buscando entre la multitud de los hombres a uno que realmente
quisiera ser operario suyo, dirige a todos esta invitación: ¿Hay alguien que
ame la vida y desee días de prosperidad? Y si tú, al oír esta invitación,
respondes: «Yo», entonces Dios te dice: "Si amas la vida verdadera y eterna,
guarda tu lengua del mal, tus labios de la falsedad; apártate del mal, obra el
bien, busca la paz y corre tras ella. Si así lo hacéis, mis ojos estarán
sobre vosotros y mis oídos atentos a vuestras plegarias; y, antes de que me
invoquéis, os diré: Aquí estoy.»
¿Qué hay para nosotros más dulce, hermanos muy amados, que esta voz del Señor
que nos invita? Ved cómo el Señor, con su amor paternal, nos muestra el camino
de la vida.
Ceñida, pues, nuestra cintura con la fe y la práctica de las buenas obras,
avancemos por sus caminos, tomando por guía el Evangelio, para que alcancemos a
ver a aquel que nos ha llamado a su reino. Porque, si queremos tener
nuestra morada en las estancias de su reino, hemos de tener presente que para
llegar allí hemos de caminar aprisa por el camino de las buenas obras.
Así como hay un celo malo, lleno de amargura, que separa de Dios y lleva al
infierno, así también hay un celo bueno, que separa de los vicios y lleva a Dios
y a la vida eterna. Éste es el celo que han de practicar con ferviente amor los
monjes, esto es: tengan por más dignos a los demás; soporten con una
paciencia sin límites sus debilidades, tanto corporales como espirituales;
pongan todo su empeño en obedecerse los unos a los otros; procuren todos el bien
de los demás, antes que el suyo propio; pongan en práctica un sincero amor
fraterno; vivan siempre en el temor y amor de Dios; amen a su abad con una
caridad sincera y humilde; no antepongan nada absolutamente a Cristo, el cual
nos lleve a todos juntos a la vida eterna.
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