De los libros de las Morales de san Gregorio Magno, papa, sobre el libro de Job.
La ley de Dios, de que se habla en este lugar, debe entenderse que es la caridad,
por la cual podemos siempre leer en nuestro interior cuáles son los preceptos de
vida que hemos de practicar. Acerca de esta ley, dice aquel que es la misma Verdad:
Éste es mi mandamiento: Que os améis unos a otros. Acerca de ella dice san Pablo:
Amar es cumplir la ley entera. Y también: Ayudaos a llevar mutuamente vuestras cargas;
y así cumpliréis la ley de Cristo. Lo que mejor define la ley de Cristo es la caridad,
y esta caridad la practicamos de verdad cuando toleramos por amor las cargas de los hermanos.
Pero esta ley abarca muchos aspectos, porque la caridad celosa y solícita incluye
los actos de todas las virtudes. Lo que empieza por sólo dos preceptos se extiende
a innumerables facetas.
Esta multiplicidad de aspectos de la ley es enumerada adecuadamente por Pablo,
cuando dice: La caridad es comprensiva, la caridad no presume ni se engríe; no es
ambiciosa ni egoísta; no se irrita, no lleva cuentas del mal; no se alegra de la
injusticia, sino que goza con la verdad.
La caridad es comprensiva, porque tolera con ecuanimidad los males que se le
infligen. Es benigna, porque devuelve generosamente bien por mal. No tiene
envidia, porque, al no desear nada de este mundo, ignora lo que es la envidia
por los éxitos terrenos. No presume, porque desea ansiosamente el premio de la
retribución espiritual, y por esto no se vanagloria de los bienes exteriores. No
se engríe, porque tiene por único objetivo el amor de Dios y del prójimo, y por
esto ignora todo lo que se aparta del recto camino.
No es ambiciosa, porque, dedicada con ardor a su provecho interior, no siente
deseo alguno de las cosas ajenas y exteriores. No es egoísta, porque considera
como ajenas todas las cosas que posee aquí de modo transitorio, ya que sólo
reconoce como propio aquello que ha de perdurar junto con ella. No se irrita,
porque, aunque sufra injurias, no se incita a sí misma a la venganza, pues
espera un premio muy superior a sus sufrimientos. No lleva cuentas del mal,
porque, afincada su mente en el amor de la pureza, arrancando de raíz toda clase
de odio, su alma está libre de toda maquinación malsana.
No se alegra de la injusticia, porque, anhelosa únicamente del amor para con
todos, no se alegra ni de la perdición de sus mismos contrarios. Goza con la
verdad, porque, amando a los demás como a sí misma, al observar en los otros la
rectitud, se alegra como si se tratara de su propio provecho. Vemos, pues, como
esta ley de Dios abarca muchos aspectos.
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