viernes, 31 de julio de 2015

Si queremos milagros no le pongamos excusas a Dios

En aquel tiempo, fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada:
-«¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?»
Cuando algo se nos torna difícil en la vida espiritual, cuando el hacer la Voluntad de Dios no va en el sentido en que queremos llevar nuestra vida, cuando el evangelio nos dice cosas que no queremos escuchar, cuando Dios nos invita a seguirlo más radicalmente ¡y en tantos otros momentos! siempre tenemos una excusa, que nos parece válida, para no escucharlo, para no ir, para no hacer, para no encontrarnos.
En realidad los que lo conocían, seguramente, tenían ganas que Jesús hiciera milagros entre ellos, que pudiera tocarles el corazón como lo hacía en otras ciudades, pero se mezclaba la vanidad de sus pobres corazones y el poco deseo de descubrir que uno de los suyos les pudiera decir cómo tenían que vivir.
Por eso Jesús, en su pueblo, no pudo hacer muchos milagros "por la falta de fe de su gente", no porque Él no lo quisiera ni tuviera el poder para hacerlo.
Y así sucede en nuestras vidas cuando sólo quiero que Dios me diga lo que YO quiero hacer, cuando le exijo a Dios tal milagro o tal acontecimiento, cuando me pongo en exquisito y sólo busco que su Palabra venga de tal o cual persona. Y ¿quién soy yo para ponerle exigencia a Dios? Si realmente quiero vivir siempre encontraré argumentos para hacerlo, siempre tendré los ojos abiertos para ver sus signos y milagros en las simples cosas que me rodean o en las simples palabras de los están junto a mí.
Si soy sincero conmigo mismo y con Dios entonces mi corazón estará atento al suave susurro de su Voz en la brisa de la mañana, o en el suave canto de las aves, en la voz de mi hermano que me quiere, o en la palabra de aquél que se preocupa por mí.
Dios si quiere puede hacer hablar a las piedras, pero no quiere que sea así, quiere que mi corazón sea de niño confiado que sabe que Él siempre estará a mi lado en mis hermanos, y que si le busco con sincero corazón lo encontraré, lo escucharé, me hablará y me responderá, pero debo derribar las barreras de los caprichos personales que buscan donde no hallarán y esperan donde no encontrarán. Por que el pecado nos hace querer lo que ya se me ha dado, y buscar lo que ya he encontrado, pero siempre espero otra cosa, otra palabra, otro amor, otro signo o milagro.
"Generación mala y perversa no se le dará más signo que el de Jonás".
No dejemos que nuestros caprichos y excusas nos priven del encuentro, de la Palabra, de la Vida que el Señor nos quiere dar, porque el gran milagro está en descubrir su Gran Amor, en mirar la Cruz y ver que Él nos amó hasta entregarse por Amor a la muerte y muerte de Cruz, por nosotros y nuestra salvación.

jueves, 30 de julio de 2015

Entender y aceptar el Reino de los Cielos

"Él les dijo:
-«Ya veis, un escriba que entiende el reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.»
¿Entendemos el reino de los cielos? Jesús nos lo cuenta en muchas parábolas, pero no siempre llegamos a comprender lo que es el Reino de los Cielos. Aunque el Reino de los Cielos no solamente es el Cielo, sino que es también nuestro mundo. Sí, por eso cada día decimos: "venga a nosotros tu Reino" (en el padrenuestro por si no lo habían notado)
Y ¿qué es el Reino de los Cielos en la tierra?
Claro que primero tenemos que aceptar que hay un Cielo, un Mundo nuevo que espera desde donde venimos y al cual vamos, y que ese Reino es de Dios, nuestro Padre, quien nos ha dado la Vida y que, día a día, nos renueva y fortalece para la Vida.
Y en este Caminar hacia el Reino nos hemos encontrado con Cristo, y hemos aceptado su Camino, porque no podemos ser cristianos sin aceptar el Camino de Cristo, pues Él mismo nos dijo: "Yo soy el Camino". Y ¿cuál es el Camino? Sólo Cristo, su Vida es el Camino, su Vida con todas sus consecuencias, por eso mismo también Él nos lo advirtió: "quien quiera venir detrás de Mí niéguese a sí mismo, cargue su Cruz de cada día y sígame".
Ese "sígame" es Caminar con Él, junto a Él, en Él. Y ese Caminar con Cristo es un vivir su Vida que es nuestra Vida, y es una Vida en obediencia en el Amor, porque es el Padre quien nos da a conocer Su Voluntad para llevarnos a la Vida. Por que Su Hijo nos demostró que la obediencia es el único Camino a la Vida del Reino de los Cielos.
Por eso el escritor de Hebreos dice: "por el sufrimiento aprendió lo que significa obedecer". Claro, pero ¿a quién obedezco? Si las únicas voces que escucho son mis voces, mis gustos, mis ganas y mis deseos, pues no escucho la Voz de Dios, no entiendo su Palabra. Cuando nada escucho es porque aún no me he abierto a la Vida Nueva, aún sigo queriendo mi voluntad y no la del Padre. Y ahí es cuando lo miro a Jesús en Getsemaní. Sí, siempre en nuestras vidas llega ese momento en que en la soledad de mi alma imploraré al Padre que pase de mí ese Cáliz. Lloraré como Jesús lágrimas de sangre, pero si he descubierto la Vida en Dios, como Jesús rogaré "que no se haga mi voluntad sino la Tuya".
Por eso cuando hemos aceptado el Camino de la Vida que nos mostró Jesús y al cual Él nos invitó, soy como "un padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo» por que en mi corazón y en mi mente tengo muchas cosas a las que no quiero renunciar, tengo mucho YO del que no quiero desprenderme.
Sí, muchas veces parece que Dios es un ingrato y un injusto, porque como un padre con su hijo adolescente nos pone límites y nos exige más de lo que creemos que podemos dar, pero los frutos sólo los veré y disfrutaré cuando tire todo lo viejo que hay en mi corazón.
Así, a medida que vaya tirando todo lo viejo y me deje renovar por la Gracia y el Amor, cada paso que de en este "valle de lágrimas" será un ladrillo más en la construcción del Reino de los Cielos aquí en la Tierra, porque el Reino lo construyo con mi fidelidad a la Voluntad de Dios en el Amor a Él y a los hermanos.

miércoles, 29 de julio de 2015

El martirio de Don Bartolomé

Hoy, en nuestra Comunidad de Riópar, recordamos el martirio del Beato Bartolomé Rodríguez Soria, sacerdote, nacido en esta ciudad y martirizado en Munera en el año 1936.
Como Santa Marta, Don Bartolomé se dedicó a servir al Señor en la persona de sus hermanos, de los hijos más pequeños que son todos los bautizados. Su vida fue una entrega constante en la Fidelidad a la Vida que el Señor le había regalado y por eso, pasaba muchas oras junto a Jesús en la oración, e intentaba llevar al rebaño puesto bajo su amparo a vivir unidos a Cristo en la oración, la Palabra y la Eucaristía.
Sólo tenía 42 años cuando comenzaron aquellos tremendo días en estas tierras. Ya sus familiares suponían que irían a por él y por eso, desde Riópar fueron a Munera para traerlo, para esconderlo de las garras de la muerte. Pero Bartolomé Fiel al mandato del Señor sólo respondió: "el pastor debe permanecer junto a sus ovejas". Y así fue, permaneció junto al rebaño que le habían pedido velar.
Hoy hace 79 años que "como oveja llevada al matadero" aceptó con un gran corazón y amor a Dios y a su pueblo, un tremendo martirio. Pero no fue sólo el dolor del martirio lo que nos habla de su santidad, sino el haber llevado a su corazón el Amor de Dios, un Amor tan grande que sus últimas palabras fueron para aquellos que lo estaban matando, y, como Jesús en la Cruz, extendió su mano, pidió perdón a los que lo mataban y, amándolos hasta el extremo, Bartolomé perdonó a quienes le quitaban la vida pero le daban la Vida en Dios.
Su vida quizás no tuvo momentos extraordinarios, no fue un gran escritor, ni tuvo revelaciones místicas, ni hizo milagros extraordinarios, pero en su vida se reflejó extraordinariamente el Amor de Dios a sus hijos, en su vida se reflejó la Luz del Espíritu que iluminaba la vida de los pueblos que le fueron encomendados, en su vida se reflejó la misericordia del Señor y la grandeza de su perdón.
Don Bartolomé, como tantos mártires de aquellos días, y como tantos mártires de nuestros días, nos ayudan a confiar, a saber que la Vida que el Señor nos ha regalado no se pierde con la muerte, sino que se gana, que si la entrega fue verdadera fidelidad al Amor a Dios y a los hermanos, esa vida se transforma en Luz para todos los hombres que creen y que confían en el Señor y en Su Palabra.
Hoy, como ayer quieren quitar a Dios de nuestra historia, de nuestras vidas, y, con Dios quieren que dejemos de creer y de vivir en Él. Aquellos mártires y los mártires de hoy nos invitan a no dejarnos cautivar por la mediocridad del mundo, sino que nos invitan a una fidelidad radical al Evangelio, a comprender que sólo la Vida produce Vida, que sólo en Dios encontramos nuestra fortaleza y el sentido para vivir.
Hoy la vida de los mártires nos invita a ser Fieles, Fieles a la Vida que el Señor nos pide vivir, Fieles a la Vida que el Señor nos regaló, Fieles a la Vida que sólo nos da el Señor con Su Vida entregada por Amor a nosotros, para que nosotros viviendo Su Vida podamos dar Vida a los que no tienen un sentido para vivirla.

martes, 28 de julio de 2015

Salir de mí mismo para ir al Encuentro

"El que tenga oídos que oiga", es la frase con que finaliza Jesús las parábolas. Si estuviera predicando en estos tiempos diría que "no hay peor sordo que el que no quiere oír" porque las parábolas, si bien no dicen un mensaje explícito, dan pie a seguir reflexionando hasta encontrar el sentido de lo que Dios nos quiere decir.
Así nos pasa con las cosas cotidiana. A veces creemos que Dios no nos habla ni nos deja mensajes, claro que no tiene ni Facebook, ni whatsapp, ni messenger, ni móvil ni teléfono fijo, pero en cada acontecimiento, en cada hermano, en Su Palabra y en montón de situaciones Dios nos está hablando pero ¿queremos escuchar lo que Él nos dice?
"En aquellos días, Moisés levantó la tienda de Dios y la plantó fuera, a distancia del campamento, y la llamó «tienda del encuentro». El que tenía que visitar al Señor salía fuera del campamento y se dirigía a la tienda del encuentro".
Por eso Moisés instaló la tienda del encuentra fuera del campamento, había que "ir" hacia Dios, salir de uno mismo para ir al encuentro con Dios. Y es ese paso el que nos queda por recorrer, dar el primer paso para salir del ensimismamiento que tenemos e ir al encuentro del Señor, pues Él nos quiere hablar, pero quiere que dejemos de pensar en lo que queremos, en lo que necesitamos para que podamos entender lo que debemos vivir, pues muchas veces nos encaprichamos con algo y no vemos ni valoramos todo lo que Él hace para que nos sintamos seguros, confiados.
Por eso, como hizo el pueblo de Israel cuando Moisés subió al Monte del Señor, no esperó a que bajara para ver qué es lo que Dios quería, sino que se hizo un becerro de oro para satisfacer su necesidad de "presencia" de un dios, un dios que no me habla, que no dice sino un dios en el que sólo rebotan mis palabras y por eso sólo escucho lo que quiero escuchar, que es mi propia voz, mi propia voluntad.
Es cierto sí que Satanás se encarga, junto a sus secuaces, de sembrar la cizaña en el mundo y en nuestros corazones, pero también en algunos momentos, por no salir de mí mismo e ir a la Tienda del Encuentro con mi Dios, yo solito siembro cizaña en mi corazón y en el de mis hermanos, porque no recojo la semilla de la Palabra de Dios para sembrarla, sino que sólo llevo en mis manos mi propia palabra que está manchada de pecado original, y de mis propios pecados.
No dejes que los pensamientos y las palabras malignas inunden el corazón, acércate al fuego del Espíritu que quemará todo lo malo y dejará sólo lo bueno, aquello que no sirve Él lo consumirá y con el suave calor de su Amor hará crecer los frutos de Dios. Pero sal de tu campamento y ve a la Tienda del Encuentro ahí te espera tu Señor y tu Dios, tu Padre y Protector para darte el mejor abrazo que necesitas y volver a encender la llama de la Esperanza, de la Fe y del Amor.

lunes, 27 de julio de 2015

La ansiedad... mala consejera

"Moisés dijo a Aarón:
-« ¿Qué te ha hecho este pueblo, para que nos acarreases tan enorme pecado? »
Contestó Aarón:
-«No se irrite mi señor. Sabes que este pueblo es perverso. Me dijeron: "Haznos un Dios que vaya delante de nosotros, pues a ese Moisés que nos sacó de Egipto no sabemos qué le ha pasado."
La ansiedad por no saber qué le había pasado a Moisés hizo que el Pueblo se hiciera un dios a su medida, un dios al que pudieran ver y tocar. Aarón que había quedado frente al pueblo le hizo caso, y por eso Moisés se enfado tanto con él y con ellos, pero igual pidió misericordia al Señor por el Pueblo.
No sabemos esperar en Dios, nuestra confianza en la Providencia del Señor no es, muchas veces, la suficiente porque la ansiedad nos gana la batalla y buscamos respuestas rápidas a situaciones que urgen nuestra vida.
Y no sólo nos pasa con la Providencia Divina, sino que, también, nos pasa con nuestros hermanos que nos sabemos esperar los tiempos que ellos tienen. Nos desespera, en algunos momentos, que no puedan responder como nosotros lo esperamos o como nosotros hubiéramos respondido; no hacen lo que nosotros hubiéramos hecho en tal o cual situación; no resuelven una situación o no me responden como yo hubiera querido que lo hicieran.
Y lo mismo le pasa a Dios con nosotros, como a nosotros nos pasa con nuestros hermanos. Pero lo que tiene el Señor con nosotros es paciencia y misericordia, algo que aún nos hace falta para crecer o para madurar.
En un Sermón San Cesáreo de Arlés dice:
"Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dulce es el nombre de misericordia, hermanos muy amados; y, si el nombre es tan dulce, ¿cuánto más no lo será la cosa misma? Todos los hombres la desean, mas, por desgracia, no todos obran de manera que se hagan dignos de ella; todos desean alcanzar misericordia, pero son pocos los que quieren practicarla".
Lo cual nos sirve para hacer un paralelo con muchas otras cosas: con la verdad, con la justicia, con el amor... con lo que queráis, porque lo que le reclamamos a Dios o a nuestros hermanos ¿también lo ofrecemos nosotros? o ¿cuando lo exigimos nos gusta que nos lo exijan? Porque también pasa que nos gusta decir la verdad a la cara, pero cuando nos dicen la verdad a la cara nos enfadamos y hasta podemos llegar a quitarle el saludo o la palabra a quien me dice la verdad, y lo mismo con la justicia.
"Con la vara con que midas serás medido", nos dice el Señor.
Esforcémonos para no dejar que la ansiedad, ni la cólera, ni la vanidad, ni el egoísmo nos nublen y cierren el corazón, pues en el corazón habita el Espíritu Santo que nos ayuda confiar, a madurar para que nuestras obras sean fruto del Espíritu de Dios y no fruto del espíritu del mundo o de la ansiedad de las horas.

domingo, 26 de julio de 2015

Entregarnos al Señor para ser transformados

"Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice:
- «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?»
Era muy poco para alimentar a tanta gente, pero era algo. Y era ese algo lo que Jesús intentaba que ellos dieran para que Él pudiera, con ese poco, hacer una multiplicación, pues con lo poco que le entregamos Él puede hacer mucho más. Pero primero necesita que le entreguemos algo.
Generalmente a Dios o a quien sea le llevamos nuestros problemas, pero pocas veces nos presentamos con soluciones pues siempre queremos que nos soluciones los problemas, nos cuesta ponernos a pensar en qué solución le podemos dar.
Pero más que nada esta frase me llevó a recordar algo que nos decía el P. Efraín hace muchos años, en la época de nuestra formación sacerdotal (y de eso hace ya varios años) Él nos decía que nos íbamos a tener que "enfrentar" a una generación que iba a ser incapaz de vivir del Evangelio, incapaz de ser cristiana por la sencilla razón de que se la estaba preparando para recibir de todo pero no entregar nada. Pues los padres estaban en esa actitud de que sus hijos no tenían que sufrir absolutamente nada (y eso está bien) y por eso ante cualquier reclamo o pedido había que cubrirlos de lo quisieran, y había que hacerlo rápido, no dejar que el niño sufriera por no tener lo que quisiera.
Y os preguntaréis ¿qué tiene que ver esto con el ser cristiano? Por que para ser cristianos lo primero que tenemos que aceptar es el llamado de Jesús, pues para seguirlo lo que Él nos dice es:
"quien quiera venir detrás de mí niéguese a sí mismo".
¿Cómo negarme a mí mismo si nunca lo hice, si no me enseñaron, o no me dejaron, o no quisieron que me negara nunca a mí mismo, si siempre que quería algo lo tenía? La negación a uno mismo implica un sufrimiento, porque no es fácil hacerlo, ni pensarlo ni quererlo. Pero ¿por qué tengo que negarme a mí mismo? Para poder seguirlo a Cristo, para poder vivir la Vida que Él me ofrece desde la Cruz y la Resurrección: una Vida Nueva.
Por eso le dice San Pablo a los Efesios:
"Yo, el prisionero por el Señor, os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados".
Esa vocación es la vocación a la santidad: "sed santos porque vuestro Padre Celestial es Santo" pues Él "nos eligió en la persona de Cristo desde antes de la creación del mundo para que fuéramos santos e irreprochables, ante Él, por el amor".
Para alcanzar la plenitud de nuestra vocación tenemos que entregarle a Dios nuestra vida, para que que Él nos transforme así como transformó el pan y los peces, así como transforma el pan y el vino en el altar, que también transforme nuestra vida de hombres en Vida de Hijos de Dios en santidad.
Pues para ello tenemos que aprender a dar de lo nuestro, tenemos que aprender a desprendernos de lo que queremos para aceptar lo que debemos, aunque ello nos cueste "lágrimas de sangre", pero es para alcanzar lo que anhelamos. Si no entregamos los dos panes y los cinco peces, aunque creamos que sea nada o poco, nunca veremos el milagro de la multiplicación que obra el Señor, ni tampoco el milagro de poder alimentar la Vida de nuestros hermanos con la Vida que Él nos da a nosotros.

sábado, 25 de julio de 2015

Beberemos del Cáliz de Cristo?

En aquel tiempo, se acercó a Jesús la madre de los Zebedeos con sus hijos y se postró para hacerle una petición. Él le preguntó:
-¿«Qué deseas?»
Ella contestó:
-«Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.»
Pero Jesús replicó:
-«No sabéis lo que pedís. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? »
¿Cuál es el Cáliz del que habla Jesús? En primer lugar se podría decir que es el Cáliz del martirio, de la muerte en Cruz que va a sufrir por cada uno de los hombres, para remisión de nuestros pecados. Pero es cierto que ese momento, el momento de la Cruz, es el final del camino terrenal de Jesús, pero no es todo el Camino.
Por eso me gustaría pensar que el Cáliz al que Jesús se refiere es Su Vida, Su Camino pues toda su Vida ha sido una preparación para llegar a la entrega total, a vivir de modo pleno la obediencia al Padre hasta la muerte y muerte de Cruz. Sería entonces el Cáliz de la Fidelidad a la Voluntad de Dios hasta la entrega total de la vida por Amor a Dios y a los Hombres. Una entrega que no siempre es un martirio cruento (con derramamiento de sangre) pues Juan (el discípulo amado) no murió mártir, pero también bebió del mismo Cáliz, y alcanzó la misma gloria que los demás apóstoles.
Es lo que entendieron Pedro y los apóstoles cuando el Sanedrín les ordenaba que no hablaran más de Jesús y les respondieron así:
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»
También es cierto que hoy no tenemos quienes nos obliguen a callar como lo hicieron con los apóstoles, aunque algunos sí lo quieren, pero sí el hombre que vive en nosotros nos impide muchas veces hablar, vivir, dar testimonio de lo que verdaderamente somos. El pecado que habita en nosotros nos lleva muchas veces a amoldarnos al mundo, a vivir sus valores, a no reconocer que nuestra vida ya no es cristiana sino que vivimos a dos puntas, a dos velas, honrando al mundo y desconociendo a Cristo que habita en nosotros. Tenemos miedo o, más aún, vergüenza de que nos digan o nos miren o nos señalen por que queremos vivir radicalmente nuestra vida cristiana.
Hoy, más que nunca, tenemos que luchar contra un Hombre que nos quiere llevar a las tinieblas del error, y ese hombre está dentro nuestro y, muchas veces, es más fuerte que los que están fuera y quieren erradicar de la faz de la tierra a Cristo y su Iglesia.
Aceptemos con todas las letras "beber el Cáliz de Cristo" para que la Vida Nueva que Él nos trajo pueda ser realmente Nueva y Vida para que el mundo crea, no en nosotros, sino en Él que por nosotros murió y resucitó.