miércoles, 7 de marzo de 2018

Fieles a la Palabra de Dios

En el Evangelio pareciera que el Señor está hablando sólo a los maestros de la Ley, lo que hoy serían todos aquellos que enseñan Doctrina cristiana, llámase profesores, catequistas, sacerdotes. Pero en realidad quiere, por un lado decirnos que, aunque pasen los años y los siglos, la Ley de Dios se mantiene, pues no es Él quien ha venido a modificarla, ni tiene el poder de modificarla, pues el Legislador Supremo es quien la escrito y se la ha dado a un Pueblo que la aceptó como Ley de Vida.
El Legislador Supremo, claro está es el Padre Dios, y si el Hijo ha dicho miles de veces: "mi alimento es hacer la Voluntad de mi Padre", no puede modificar algo que el Padre ha escrito o ha pronunciado como Ley de Vida. Aunque hoy en día estamos, casi, acostumbrados a que sean los hijos quienes manden sobre los padres y no al revés, y por eso, hoy que somos hijos de Dios queremos hacer las Leyes de la Vida a nuestra medida, creyendo que Dios es como nosotros, y en lugar del "hágase tu Voluntad en la tierra como en el Cielo", queremos que se haga mi voluntad en el cielo como en la tierra. Y eso, lamentablemente, no va a ocurrir nunca.
Por eso la misión de anunciar la Palabra de Dios tal cual fue escrita y proclamada no sólo es misión de algunos, sino de todos los que hemos aceptado el llamado de Cristo a seguirlo. Y nuestra misión tiene que ser en Fidelidad a lo que la Palabra dice, y no a lo que quiero que la Palabra diga. Porque sólo la Palabra de Dios nos da vida, y es una vida eterna. Una misión de anunciar que comienza con aquellos que han decidido transmitir el Don de la Fe cristiana a sus hijos, y esos son los padres. Sí, papá y mamá que han tomado la decisión de hacer que sus hijos vivan el cristianismo, y por eso los llevan a bautizar son los primeros propagadores de la Fe.
Una Fe que se basa en el conocimiento y aceptación de la Voluntad de Dios que está expresada, primeramente, en los Mandamientos que Él dio a su Pueblo y que su Hijo llevó a plenitud con su vida. Una vida en la que, según el escritor de la carta a los Hebreos, "por el sufrimiento aprendió a obedecer". Y es esa obediencia de Jesús la que nos abrió el Camino y nos marcó el sendero para alcanzar la plenitud de nuestra vida, pero siempre en Fidelidad a la Vida que Él vivió por y para nosotros, igual en todo, menos en el pecado.
Y, como he dicho muchas veces, no andemos buscando atajos ni modifcaciones, como si fueran leyes humanas, porque no las vamos a encontrar. Intentemos, con la Gracia del Espíritu Santo, ser, cada día, más Fieles a la Vida que nos da la Palabra de Dios, y viviéndola dar testimonio de la plenitud que nos otorga.

martes, 6 de marzo de 2018

Amar es la receta...

Dice Azarías en esa hermosa oración de perdón:
"Por eso, acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde, como un holocausto de carneros y toros o una multitud de corderos cebados".
"Un corazón contrito y humillado, tú, Señor, no lo desprecias", rezamos en el salmo.
Pero ¿llegamos a una conversión real del corazón? ¿Somos capaces de perdonar tanto como nos pide el Señor? "No te digo 7 veces, sino 70 veces 7", le dijo a Pedro. Claro que sabemos que no son 490 veces, sino perdonar tanto como sea necesario a mi hermano, y no sólo al hermano al que quiero, sino también a quien no quiero.
Y, sí, es muy difícil perdonar tanto. Es difícil abrir el corazón cuando te lo han herido de modo muy duro, o cuando han herido a alguien a quién tú quieres. Para el hombre (varones y mujeres) no es posible perdonar tanto, "pero lo que es imposible para el hombre no lo es para Dios".
Por eso, para poder llegar a ese arrepentimiento y a ese perdón que nos pide el Señor tenemos que estar en estrecha relación con el Señor. Tenemos que recibir la Gracia del Perdón para poder saber perdonar.
Cuando nuestras confesiones son sinceras y brotan del dolor del pecado en el corazón, y sentimos el gozo de la Gracia de la reconciliación, entonces podremos saber cuánto tenemos que perdonoar, porque hemos experimentado el perdón del Señor. Sino sólo seremos como el hombre de la parábola, que después de recibir el perdón del Rey no pudo, él mismo, perdonar a otro que le debía menos.
Y algo que nunca me voy a cansar de repetir es que perdonar no significa olvidar. Ojala la Gracia de la Reconciiación nos borrara los malos momentos de la memoria, pero no lo hace. Nuestra memoria guarda cada cosa que hemos vivido, la buenas y las malas. Y ¿qué es lo importante? No traer los malos momentos al hoy constantemente. No sacar al aire esos momentos que no me dan paz, sino intentar buscar mejores momentos ¡que los hay! para volver a sentir el amor, la paz, la serenidad del corazón.
Y si aún quedan esos dolores recordemos algo que nos dijo el Señor, pero que no le hemos hecho mucho caso: "si saludaís a quien os saludo ¿qué mérito teneis? eso también lo hacen los paganos. Si amáis a quienes os aman ¿qué hacéis de bueno? eso también lo hacen los que creen... Por eso yo os digo: amad a vuestros enemigos, orad por quienes os persiguen..."
Es lo que tiene haberse enamorado de Dios, querer a nuestro Padre Dios, seguirlo a Cristo: nos pide cosas que no son propias de los hombres, sino que son propia de los santos ¡y eso somos nosotros! El Espíritu que se nos ha dado nos ha santificado, ahora nos toca hacerlo realidad.

lunes, 5 de marzo de 2018

En la sencillez de todos los días está la alegría

"Sus servidores se le acercaron para decirle: «Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio!”» Bajó, pues, y se baño en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio".
Generalmente las cosas más sencillas son las que menos importancia tienen en nuestras vidas, pues creemos que sólo las cosas extraordinarias nos dan re-nombre, nos hacen importantes. Por eso es que cuando Dios no hace un milagro magnífico o maravilloso no le damos tanta importancia. Es que nos creemos tan importantes y tan grandes, que para las cosas sencillas decimos que las hagan otros que tienen más tiempo.
Es por eso que hemos perdido toda capacidad de asombro ante las pequeñas cosas de la vida, y, también, hemos perdido la capacidad de hacer agradable la vida de los demás con los pequeños gestos de todos los días: una sonrisa al saludar, saludar con delicadeza y alegría, pedir por favor las cosas que necesito, dar las gracias cuando alguien me da algo aunque sea algo que no necesito, y, ni qué hablar si tengo que pedir disculpas simplemente para que me dejen pasar por un lugar, porque cuando se trata de pedir perdón por algo mal que hice ¡ufff! eso ni pensarlo que da escalofríos.
El mundo de hoy nos ha hecho insensibles a las pequeñas cosas y a la sencillez de la vida, necesitamos llegar a los más altos niveles de distinción, y si no llegamos por lo menos lo tenemos que parecer o aparentar. Aunque hoy la moda nos hace ser más zaparastrozos que otros años, pero eso es también distinción, porque estamos pagando dinerales por los agujeros en la ropa. Pero bueno... dicen que lo que es moda no incomoda... a veces...
Pero ¿qué lindo y encantador que serían nuestros días si nos dedicáramos a hacer agradable los encuentros con otras personas? La delicadeza y la sencillez, la galantería y la cordialidad, la amabilidad y la gratitud, y aunque a digan que es anticuado y machista: la caballerosidad, es también un hermoso valor a recuperar.
Creo que para las pequeñas cosas de todos los díasl todos tenemos tiempo, y deberíamos darnos cuenta que son las cosas más difíciles de hacer, pues necesitamos estar atentos a los demás, descubrir que sólo negándonos a nosotros mismos podemos sonreir aunque no tengamos ganas, dar las gracias aunque no me guste algo, pedir disculpas aunque no las merezcan, y así, con todas las cosas. Y vamos a ver que, como dicen algunos cartelitos de los muros: ¡qué divertido que es andar desentonando con todo el mundo! Porque es cierto que esos cartelitos aparecen mucho, pero son sólo carteles que nadie o pocos llevan a la práctica.
Por eso, nunca me cansaré de repetir, como decía Santa Teresita: "hacer extraordinario lo ordinario y hacer sobrenatural lo natural", es un desafío que muy pcoos lo entenderán y pocos lo querrán hacer, porque no están hechos para las pequeñas cosas de todos los días. ¿Será cierto?

domingo, 4 de marzo de 2018

El Templo del Espíritu

“Destruid este Templo y lo construiré en tres días”, le dijo el Señor a los judíos, pero no comprendieron que se refería a su propio cuerpo, ese Cuerpo que sería destruido en el árbol de la Cruz y volvería a la Vida desde el Sepulcro.
Pero no sólo su Cuerpo es el Templo del Señor, sino desde nuestro Bautismos, nuestro cuerpo es templo vivo del Espíritu Santo, pues Él habita en nosotros desde ese día. Y así como cuidamos el templo de piedra en que cada día vamos a encontrarnos con el Señor, nuestro cuerpo tiene que ser también cuidado para que siempre brille con la Luz del Espíritu. Son nuestros actos y nuestros deseos los que van, cada día, dándole más brillo a nuestro cuerpo y mostrando con su alegría, con su paz y armonía quién habita en él.
Por eso mismo el Señor nos decía que en lo secreto de nuestra habitación, o en el silencio de nuestro corazón podemos encontrarnos con el Padre, pues, como dice San Pablo: es el Espíritu quien clama desde nosotros ¡Abba! ¡Padre! y es quien sabe lo que verdaderamente necesitamos antes que se lo pidamos. Pues el Espíritu que habita en nosotros nos hace ver (si le damos permiso y lo dejamos hablar) cuál es la Voluntad de Dios en nuestra vida.
Pero es también ese mismo Espíritu quien nos anima en nuestra desesperanza, quien nos fortaleza en nuestra debilidad, quien nos resucita en nuestras muertes, y quien nos enseña a rezar como necesitamos.
Y, así a medida que ese templo se va ensuciando con nuestro pecado cotidiano, necesita que venga la Gracia del Padre a limpiar nuestro desorden interior. Es el sacramento de la reconciliación el mejor remedio para volver a darle a nuestro templo el brillo del Espíritu, la alegría de la Gracia de la Reconciliación con el Padre y con nuestros hermanos, para que esa misma reconciliación la podamos tener con nosotros mismos y la Luz de la alegría del Amor siga siendo una constante en la vida de cada día.

sábado, 3 de marzo de 2018

El hijo mayor y la misericordia

Este sábado de cuaresma la liturgia nos invita a reflexionar sobre la misericordia y el pecado, la misericordia no sólo del Padre Dios que, espero que lo sepamos, que es infinita, como nos lo demuestra la primera lectura y la parábola del Hijo Pródigo, sino también la misericordia que tenemos nosotros hacia nuestros hermanos. Y, claro está que relfexionamos en la misericordia pues porque es lo que permite que se nos perdone y, si tenemos en el corazón la misma misericordia que recibimos por nuestro pecados, podemos perdonar.
Siempre meditamos sobre la misericordia que el Padre tiene hacia nosotros, y que, por esa misericordia y amor que nos tiene, es que envió a Su Hijo Único para que nos diera matara en la Cruz nuestro pecado y con su resurrección nos devolviera la Gracia de la filiación divina. Una Gracia que tenemos que actualizar diariamente siendo Fieles a la Vida que Él mismo nos regaló. Por eso, a pesar de nuestro pecado y de que nuestro pecado "sea rojo como la grana él lo deja blanco como la nieve", porque es Amor y su misericordia es infinita, si hay verdadera conversión en nuestro corazón.
Pero también está la otra parte, que en la parábola del Hijo Pródigo lo vemos en el hijo mayor: ¿aceptamos con misericordia a nuestros hermanos cuando habiendo pecado piden perdón? ¿Recibimos con agrado a los que se convierten y quieren vivir junto a nosotros la vida en Dios? ¿Guardamos tanto rencor en el corazón como para reclarmarle al Padre que por nosotros no ha hecho nada como lo hace con el hijo que vuelve al hogar? ¿"Pasamos factura" al otro por tantas cosas que hemos "guardado en el corazón" y nunca hemos dicho? ¿Somos capaces de abrir los brazos al pecador arrepentido como el Padre los abre para darme su perdón?
¿Cuál es nuestro problema? Que nos cuesta perdonar a quien no amamos, a quién no está dentro de la fila de nuestras amistades, a quien hemos puesto en una "lista negra" de pecadores o de personas no-gratas. Y todo eso porque nunca hemos experimentado el verdadero gozo del abrazo del Padre cuando nos confesamos, porque aún no hemos sentido el dolor del pecado, y no podemos perdonar si no hemos experimentado verdaderamente el perdón.
Cuando nuestro corazón realmente experimente la misericordia del Padre en ese abrazo tierno y feliz por haber reconocido mi pecado y haber dado el paso de querer caminar en el Verdadero Camino, entonces podré conocer lo que significa saberme perdonado. Y podré habrir mi corazón para perdonar a mis hermanos.
El corazón del hijo mayor se había endurecido de tanto "guardar" cosas sin hablar en su corazón, de tanto no decirle al Padre lo que sentía, de tanto no compartir y no sentirse libre como el menor. Pero al final todo eso guardado se convirtió en rencor y dolor que salió a la luz con el regreso del hermano. ¿Se parece a su corazón nuestro corazón? ¿Cuál es nuestra actitud frente a los pecados de mi hermano? ¿Soy capaz de arrojarle una piedra como quisieron hacer los fariseos con la mujer pecadora?

viernes, 2 de marzo de 2018

Pecamos de omisión o nos jugamos por salvar a nuestros hermanos?

El comienzo de la vida de José nos ayuda a ver algunas cosas que, también, forman parte de la vida diaria en la que nos movemos. José un hombre privilegiado, con un don extraordinario de parte de Dios, pero también con muchos ideales en su corazón, contaba también con el la privilegio de su padre por ser el hijo más pequeño de su familia. Son muchos dones y mucho cariño el que posee y por eso a sus hermanos le comenzó a "picar" el bichito de la envidia.
Un defecto y pecado que si no lo frenamos a tiempo se hace imposible detenerlo y, aunque a veces nos parece algo normal poseerlo, no nos damos cuenta el daño que va causando en nuestro corazón, pues no nos deja disfrutar de lo que tenemos sino que siempre estamos comparándonos con los demás.
Así fue que los hermanos de José comenzaron a planear su muerte, para poder dejar de "sufrir" por su presencia. En lugar de integrarlo en sus vidas o de poder vivir ellos mismos los mismos sueños de José, ¡no! mejor nos lo quitamos del medio y así podremos tener nosotros lo que él tiene.
Cuando vemos estas situaciones en nuestra vida tenemos, clara es, que hacer algo, pues no podemos quedarnos de brazos cruzados. Y ¿qué es lo que hacemos? ¿Cómo nos enfrentamos a una situación así? Algunos tomamos parte en preparar la venganza y nos sumamos al odio que hay en los corazones y nos hacemos cómplices de la misma situación. Otros, creen que con el silencio se libran de ser cómplices, pero igualmente somos cómplices pues no hemos hecho nada para impedir que alguien ataque a otra persona, de un modo u otro.
El pecado de omisión es uno de los más habituales en nuestras vidas, pues sabiendo cómo tenemos que actuar nos quedamos de manos cruzadas dejando que los demás hagan lo que quieran sin decir ni hacer nada para mostrar la voluntad de Dios. Pues aunque yo no haga sabiendo que tengo que hacerlo, eso se llama pecado de omisión, y habiendo podido evitar algo he dejado que suceda.
En cambio Rubén, uno de los hermanos, tomó partido en la conversación y evitó la muerte la José. No dudó en decir lo que le parecía, aunque eso le costara, también a él, el rechazo del resto de sus hermanos. Pero fue una intervención desde el amor al otro, desde el valor y esa intervención ayudó a que Dios pudiera obrar con José como lo tenía previsto.
Y así llegamos a la parábola de Jesús: Él nos ha dado una viña para trabajar, pero vendrá a buscar los frutos de la viña. Y ¿qué le diremos? ¿Cómo hemos trabajado en su viña? ¿Hemos dado los frutos que Él esperaba? ¿Hemos sido fieles a lo que Él quería de nosotros? O como los arrendatarios ¿iremos matando a los que vengan en su nombre para no tener que escucar lo que Él nos tenga que decir o pedir? ¿Cómo actuará Jesús con nosotros si nosotros no actuamos como Él con nuestros hermanos?

jueves, 1 de marzo de 2018

Transformamos los bienes en males

Dos lecturas que se complementan muy bien para entender el corazón del hombres y los bienes que nos da Dios, porque leyendo el Evangelio pareciera que los bienes son malos para el hombres, pero en realidad no lo son. Los bienes, tanto materiales como espirituales, son buenos, por eso se llaman bienes porque están dados para el bien del hombre. Y entonces ¿qué es lo que hace malos a los bienes? El corazón del hombre.
"Maldito quien confía en el hombre, y busca el apoyo de las criaturas, apartando su corazón del Señor".
Cuando el hombre se aparta de Dios, su corazón se aparta del Bien y se va tornando egoísta, vanidoso, orgulloso y todos los males van entrando de a poco en él, por eso todo lo que tiene, tanto material como espiritual, va cambiando de bien a mal, por eso los bienes de un hombre bueno, cuando se transforma en malo se conviertes en males, no sólo para él mismo, sino también para los demás.
Por eso el Evangelio nos muestra que un hombre que tenía muchos bienes, sus bienes se transformaroon en males para él pues no le dejaron ser generoso y caritativo, sino egoísta y ávaro, cerrándosele así el corazón para ser compasivo con sus hermanos que más necesitaban. Y así los bienes que podrían haberle dado la Vida al hombres, si los hubiese usado para hacer el bien, le dieron la muerte porque lo usaron para "engordar" su propio yo y no los supo copartir con quienes los necesitaban.
Es así que, sin darnos cuenta, nos vamos transformando cuando nos el egoísmo y la vanidad espritual entran en nuestro corazón, que nos hacen creer que somos mejores que los demás, que podemos estar más arriba que el resto, y que eso nos habilita para ser jueces y verdugos de nuestros hermanos, es porque los bienes espirituales se han transformados en males espirituales, pues sin pensarlo hemos dejado entrar el pecado en nuestro corazón, nos hemos ido apartando del Amor de Dios para amar lo que no es de Dios.
Cuando los cristianos dejamos de tener los valores propios del cristanismo como base en nuestra vida y dejamos que los valores del mundo ocupen su lugar, sin darnos cuenta vamos haciendo daño en nuestras comunidades, vamos sembrando cizaña por donde pasamos y destruyendo la Obra que Dios ha querido construir con los bienes que nos ha dado.
Es así que el cristiano tiene que ser mucho más astuto que el mundo en el que vive, aprovechar cada momento que nos regala Dios apra examinar lo que ha dejado entrar en su corazón, y mirar lo que ha salido de sus labios, para poder discernir si lo que está viviendo o cómo lo está viviendo es realmente fruto del Amor que Dios ha sembrado en su corazón o simplemente son actitudes mundanas que las hago parecer como muy cristianas, haciendo que no se bueno ser cristiano.